Por Jaime Horta Díaz
Bogotá. El 29 de julio de 1805 nació en París Alexis de Tocqueville, el nuevo Montesquieu, el prestigioso autor de La democracia en América (1835) sobre el nuevo sistema político inaugurado en el Nuevo Mundo.
A partir de él, aristócrata para más señas, muchos europeos e incluso americanos han “descubierto” que la democracia contemporánea basada en gobiernos elegidos nació en América.
El celebrado autor se maravillaba -y se sigue maravillando en la historia- del fenómeno político inaugurado en Estados Unidos en nombre del pueblo y ajeno por tanto a los títulos hereditarios y odiosos privilegios.
Charles Alexis Clérel de Tocqueville (1805-1859) vino a América, impresionado por los cambios políticos y sociales que se experimentaban en el Nuevo Mundo, y dejó un elocuente testimonio del origen de nuestras principales instituciones. Es paradójico que un europeo sea el que nos ilustre sobre la libertad y la democracia conquistadas en América, que profesores de Derecho Público no asimilan del todo, aun en conceptos jurídicos tan precisos como soberanía y derechos humanos (algún día se dirá derechos, sin apellidos redundantes).
La soberanía, por ejemplo, en Europa residía en la persona del rey hasta la Revolución Francesa. El capitalismo le cambió el titular y se lo atribuyó a la Nación, un ente abstracto diferente a la suma de los habitantes, pero no expresamente al pueblo. Solo en América se reclamó la soberanía del pueblo.
De igual manera, bajo la concepción europea, el gobernante era el omnímodo titular de los derechos que “otorgaba” al pueblo de vez en cuando, así fuera presionado por las armas. En la fórmula de América el pueblo es el único dueño de los derechos, aún de los no documentados, con lo cual se cierra de plano el paso a las llamadas “reservas de derechos” por los anticuados monarquistas del siglo XVIII.
Se nos había enseñado que la democracia surgió en Grecia pero en América alcanzó el esplendor que sorprendió a Tocqueville e irradió a todo el mundo.