|
NOVENA ESTACION Jesús cae por tercera vez. |
La tercera caída del Señor, en su camino al Calvario, renueva en grado sumo, la profunda enseñanza de las otras dos. El Hombre-Dios, el Maestro de Israel, el Rey "cuyo reino no es de este mundo", pero que tiene a este mundo "como escabel de sus pies", está postrado completamente y en estado de máxima humillación, tal como lo vió Jeremías: "Pondrá su boca en el polvo, y será saturado de oprobios" (1). El mismo acusa en su cuerpo y en su alma el dolor y el desaliento de esta total y profunda caída; por eso exclama, por boca de David, en el Salmo XXXVII: "Me han abandonado mis fuerzas... estoy del todo postrado". Y, con el mismo Rey Profeta, en el Salmo XXI, dirige a su Eterno Padre esta humilde queja, que repetirá de viva voz en la Cruz, y este triste lamento, que tiene toda la amargura de la derrota: "Dios mío, ¿por qué me has |
![]() |
| abandonado?...
Soy como agua derramada ... Yo soy gusano y no hombre,
oprobio de los hombres y desecho de la plebe". La Cruz con su peso enorme, y los tormentos renovados, han hecho sucumbir al Rey magnífico. ¿Pero es él verdaderamente quien sucumbe? ¿Podríamos olvidar nosotros, como en aquel momento parece que olvidaron todos, lo que de él estaba profetizado? Recordemos una vez más el claro texto de Isaías: "Verdaderamente, él tomó sobre sí nuestra flaqueza y cargó con nuestros dolores... Fué herido por nuestras iniquidades, pisoteado por nuestras culpas; a él le ha sido dada la humillación que debió ser para nosotros castigo saludable, y sus llagas nos han curado" (2). Bien se comprende, pues, por qué la Cruz pesa tanto sobre los hombros de Cristo, como que llega a abatirlo contra el suelo. Bien se comprende cómo el Rey no está derrotado, sino que consiente en sufrir en su humanidad todo cuanto merecería de expiación y de castigo lo que él ha tomado sobre sí, siendo nuestro, para poder ofrecer al Padre, como Dios, una humillación de valor infinito y condignamente satisfactoria. Ahora comprendemos bien la serenidad de ese rostro y la dignidad de ese cuerpo tendido, con que el artista ha tenido el felíz acierto de presentarnos a Cristo en este cuadro. Contemplándolo, nuestra alma no puede menos que moverse a la piedad y al amor hacia quien, siendo el Rey del Cielo, está como abrazándonos y besándonos a todos, en la tierra humilde de su dolorosa postración. (1) Jeremías, Trenos, III, 29-30. (2) Isaías, LIII, 4-5. |
|