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OCTAVA ESTACION Jesús consuela a las piadosas
mujeres. |
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La
escena que representa
esta octava Estación, nos la refiere el Evangelista San
Lucas. Las mujeres de Jerusalén contemplan el paso de
Jesús, con su Cruz a cuestas, hacia el monte Calvario, y
lloran desoladamente al verlo tan llagado y desfigurado
por los tormentos. No debió ser frecuente este espectáculo de lágrimas y de compasión, pues es el único en el que se detiene el Evangelista y que provoca una respuesta de parte de Jesús. Este, desde el trascendental diálogo con Pilato, no ha vuelto a desplegar sus labios; pero ahora se siente tocado en lo más íntimo de su ser. El Maestro de las grandes jornadas revive, y, sobreponiéndose a sus tremendos dolores, dice sentenciosamente a aquellas piadosas mujeres que lloran: "Hijas de Jerusalén, no |
| lloréis
por mí, llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos.
Porque vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las
estériles, y dichosas las entrañas que no concibieron y
los pechos que no dieron de mamar. Entonces comenzarán a
decir a los montes: Caed sobre nosotros; y a los
collados: Supultadnos. Pues, si al árbol verde le tratan
de esta manera, ¿en el seco qué se hará?" (1). Como se ve, todo un discurso en pleno camino de la Cruz. Todo un discurso como todos los suyos, lleno de generosidad y de amorosa prevención. El es el "árbol verde", árbol de vida eterna. Nada podrán contra El los embates enemigos. Ajado, recobrará su lozanía; cortado, retoñará; arrancado de raíz, volverá a nueva vida en la resurrección. Pero los que no viven de él, los que no participan de su vida, ¿cómo podrán resistir esos mismos embates, que seguramente les acometerán? Porque hay en las palabras de Jesús a las piadosas mujeres una alusión muy directa a los días aciagos que bien pronto vendrían sobre Jerusalén; pero hay también una alusión bien clara a lo que acontecerá a los hombres en su vida espiritual. La única vida verdadera y eterna es la suya: Vida que él ha recibido del Padre, como Unigénito engendrado desde toda la eternidad, y que él ha venido a comunicar a los hombres para que sean salvos. Para estar en la corriente de esa sobrenatural y divina comunicación, es preciso estar "injertados" (2) en él, que es "árbol verde". Sólo así será posible vencer en el combate de la vida, porque "no hay salvación para el hombre sino en Cristo" (3), y, para ir en pos de Cristo, no hay otro modo sino "tomar la propia cruz y seguirle" (4). ¿Todos lo verán y lo comprenderán así? ¿No habrá ciegos y pusilánimes? Ciertamente que sí. Esos son los que, al margen de la corriente de la vida sobrenatural que nos ha traído con su encarnación y con su muerte Jesucristo, permanecerán "leños secos". El incendio de las humanas pasiones hará pasto en ellos, y su desgracia es más digna de lágrimas que los propios dolores de Cristo. (1) S. Lucas, XXIII, 28-32. (2) Romanos, VI, 5. (3) Actos, IV, 12. (4) S. Mateo, XVI, 24. |
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