DECIMA ESTACION

Jesús despojado de sus vestiduras.
"Se repartieron mis vestidos, y sobre mi túnica echaron suertes".
(Salmo, XXI, 19)

El drama de la Pasión de acerca ya a su culminación trágica, y el paso que contemplamos es de gran significación e importancia.

Las palabras de la profecía de David, que, por transposición, exornan este cuadro, directamente no hablan sino del reparto de los vestidos y del sorteo de la túnica de Jesús, cosas que históricamente ocurrieron después de la crucifixión; pero esto supone el hecho de la denudación, que es lo que, en este paso del Vía Crucis, se contempla, y ambos sucesos se relacionan entre sí de tal manera, que pueden unirse en una misma consideración.
Jesús es despojado de sus pobres vestidos para así, libre de toda impedimenta, ser clavado en la Cruz, levantado en alto y mostrado desnudo a la vista de todo el pueblo.

Los soldados se reparten luego entre sí esos vestidos, como con derecho propio, en pago de su infame tarea. Pero una prenda hay, que ofrece dificultad para el reparto: es la túnica "inconsútil", o sea, sin costuras, tejida de una sola pieza, quizás por las hábiles y amorosas manos de su madre. Era una prenda clásica en el vestir masculino del pueblo hebreo en aquellos tiempos. Partirla para su distribución, era inutilizarla para todos; por eso, aquellos sayones optaron, con buen sentido, por sortearla entre ellos.

Sin querer, y mientras pretenden tan sólo inferirle una soez injuria, los verdugos de Jesús realizan, al desnudarlo, una acción de la mayor trascendencia. El es el Verbo de Dios, Palabra de su mente, su Pensamiento sustancial y eterno, que, así como nuestro pensamiento humano, verbo de nuestra mente, para hacerse sensible y comunicarse a los demás, adopta una envoltura material y se expresa mediante el sonido articulado, de una manera análoga, siendo él Idea Infinita, Espíritu purísimo como el Padre, por quien es engendrado desde toda la eternidad, adoptó, para hacerse sensible a los hombres y revelarles la Eterna Verdad del Padre, nuestra naturaleza humana; de suerte que, como dice San Pablo, "Habiéndonos Dios hablado por muchas veces y de muchos modos, en otro tiempo, por los profetas, últimamente nos ha hablado por su Hijo" (1).

Nada hay más elocuente que la sola vista de la carne santísima del Hijo de Dios, con la que habló en Belén, recién nacido, a los Pastores y a los Magos, y con la que, estando muerto, sigue hablando desde la Cruz a todas las generaciones.

El artista hace ver en este cuadro cómo algo de esa elocuencia parece haber llegado al alma de uno de los sayones; por eso, con magistral acierto, ha puesto en el rostro del soldado esa expresión de sorpresa al contemplar el cuerpo que él mismo acaba de desnudar. Es que ni él ni su compañero saben que, al arrancar con tanta saña de aquel cuerpo aquellos vestidos, están descorriendo el velo de un reinado, que no tiene parangón ni fin: el reinado infinito de la Eterna Verdad, dada a los hombres envuelta en carne humana, como alimento de una vida nueva, que los haga vasallos de ese Rey y ciudadanos del Cielo.

Bien hacen aquellos infelices con no rasgar ni dividir la túnica "inconsútil" de Jesús. Esa túnica es el símbolo de la perfecta unidad de la doctrina evangélica. No se puede dividir esta doctrina sin destruírla y volverla inapta para contener la Eterna Verdad, como no se podía dividir aquella túnica, sin convertirla en un trapo inútil, carente de todo interés.

(1) Hebreos, I, 2.

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