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UNDECIMA ESTACION Jesús clavado en la Cruz. |
Llegamos ya al desenlace cruelísimo y sangriento de la Divina Tragedia. El cuadro que contemplamos representa la escena en que Jesús es clavado en el leño de la Cruz. Todo en la Pasión de Cristo es inhumano en grado superlativo; pero aquí la crueldad sobrepasa los límites de lo imaginable y de lo soportable, no sólo para quien la sufre, sino también para quien la contempla, a poco que tenga algo de sensibilidad humana y de buen corazón. Atravesar con gruesos clavos las manos y los pies de un cuerpo vivo y clavarlos a martillazos sobre dos vigas en cruz, es un suplicio tan terrible, que apenas si se concibe que alguien pueda soportarlo. Lo soportó, sin embargo, Jesucristo, con sublime entereza y con tal mansedumbre, que pareció verdaderamente, como lo vío Isaías, "una oveja conducida al matadero" y "un cordero que no abre su boca y enmudece ante quien le esquila" (1) |
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verlo así, tendido, cara al cielo, sobre el patíbulo y
clavado en él, se renueva en nuestro espíritu la
visión del Pesebre de Belén. Entre las pajas de aquella
cuna y el leño de la Cruz, no hay sino un diferencia de
grados: Aquéllas eran de madera tierna para el cuerpo de
niño; ésta es madera fuerte para el cuerpo de un
hombre. El mismo es el estado de impotencia a que aparece
reducida la Omnipotencia Divina: allí, ligada por los
pañales; aquí, aprehendida por los clavos. La misma es
la mudez que sella los labios de Cristo: allí, por la
infancia balbuciente; aquí, por la mansedumbre sufriente
del Cordero Divino. Idéntico es el mensaje de Amor y de
Verdad que se nos da, sin palabras, envuelto en la carne
adorable del Hijo del Hombre; carne aquélla rosada y
palpitante de vida nueva; carne ésta atormentada y
lacerada, como la del pecho del pelícano, para darnos
vida eterna. Y en uno y otro momento, resplandece a los
ojos del Cielo y de la tierra, en aquel Cuerpo Divino, la
condición de Hostia pura, ofrecida al Eterno Padre
"voluntariamente", como se expresa Isaías,
para aplacar su ira y pagar por nuestras iniquidades.
"Por lo cual" -dice el Señor por boca del
mismo Profeta- "le daré como herencia suya una gran
muchedumbre de naciones, y tendrá por botín los
despojos de los fuertes" (2); de suerte que no
declina, sino que triunfa y resplandece, en su suplicio,
su Divina Realeza. Alcanza, pues, aquí su realización plena un designio divino, libremente aceptado desde la eternidad, y libremente cumplido en el tiempo, con amor generoso y valor infinito, a cuyo cumplimiento corresponde en premio a quien es Rey de todo lo creado por generación eterna, el reinar sobre los hombres por derecho de conquista. (1) Isaías, LIII, 7. (2) Isaías, LIII, 12. |
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