UNDECIMA ESTACION

Jesús clavado en la Cruz.
"Conducido como oveja al matadero... perforaron mis manos y mis pies".
(Isaías, LIIII y Salmo XXI)

Llegamos ya al desenlace cruelísimo y sangriento de la Divina Tragedia. El cuadro que contemplamos representa la escena en que Jesús es clavado en el leño de la Cruz. Todo en la Pasión de Cristo es inhumano en grado superlativo; pero aquí la crueldad sobrepasa los límites de lo imaginable y de lo soportable, no sólo para quien la sufre, sino también para quien la contempla, a poco que tenga algo de sensibilidad humana y de buen corazón.

Atravesar con gruesos clavos las manos y los pies de un cuerpo vivo y clavarlos a martillazos sobre dos vigas en cruz, es un suplicio tan terrible, que apenas si se concibe que alguien pueda soportarlo. Lo soportó, sin embargo, Jesucristo, con sublime entereza y con tal mansedumbre, que pareció verdaderamente, como lo vío Isaías, "una oveja conducida al matadero" y "un cordero que no abre su boca y enmudece ante quien le esquila" (1)

Al verlo así, tendido, cara al cielo, sobre el patíbulo y clavado en él, se renueva en nuestro espíritu la visión del Pesebre de Belén. Entre las pajas de aquella cuna y el leño de la Cruz, no hay sino un diferencia de grados: Aquéllas eran de madera tierna para el cuerpo de niño; ésta es madera fuerte para el cuerpo de un hombre. El mismo es el estado de impotencia a que aparece reducida la Omnipotencia Divina: allí, ligada por los pañales; aquí, aprehendida por los clavos. La misma es la mudez que sella los labios de Cristo: allí, por la infancia balbuciente; aquí, por la mansedumbre sufriente del Cordero Divino. Idéntico es el mensaje de Amor y de Verdad que se nos da, sin palabras, envuelto en la carne adorable del Hijo del Hombre; carne aquélla rosada y palpitante de vida nueva; carne ésta atormentada y lacerada, como la del pecho del pelícano, para darnos vida eterna. Y en uno y otro momento, resplandece a los ojos del Cielo y de la tierra, en aquel Cuerpo Divino, la condición de Hostia pura, ofrecida al Eterno Padre "voluntariamente", como se expresa Isaías, para aplacar su ira y pagar por nuestras iniquidades. "Por lo cual" -dice el Señor por boca del mismo Profeta- "le daré como herencia suya una gran muchedumbre de naciones, y tendrá por botín los despojos de los fuertes" (2); de suerte que no declina, sino que triunfa y resplandece, en su suplicio, su Divina Realeza.

Alcanza, pues, aquí su realización plena un designio divino, libremente aceptado desde la eternidad, y libremente cumplido en el tiempo, con amor generoso y valor infinito, a cuyo cumplimiento corresponde en premio a quien es Rey de todo lo creado por generación eterna, el reinar sobre los hombres por derecho de conquista.

(1) Isaías, LIII, 7. (2) Isaías, LIII, 12.

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