DUODECIMA ESTACION

Jesús levantado en la Cruz.
"Cuando sea levantado sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí".
(Juan, XII, 32)
"Decid a las naciones que ya reina el Señor"
(Salmo, XCV, 10)

Este cuadro es de una fuerza admirable y de deliciosa belleza en sus vigorosos contrastes. El nos muestra una realidad física: Cristo sufriente en la Cruz; y un realidad mística: la Divina Realeza de Cristo, triunfante por la Cruz. Al pie, las serenas figuras de la Virgen, de San Juan y de la Magdalena, con sus ojos carnales cerrados, ven con los ojos del espíritu el triunfo que endulza su dolor, mientras que el Centurión romano, con sus ojos abiertos, todavía no ve sino al hombre que sufre en la Cruz estertores de muerte.

Clavado sobre el Patíbulo, Jesús es levantado en alto y mostrado en la Cruz a todo el pueblo, entre dos ladrones que con Él fueron también crucificados, "confundido con los facinerosos" (1), como lo vió Isaías, y con la causa de su condena escrita sobre una tabla en tres idiomas,

Hebreo, Griego y Latín: "Jesús Nazareno, Rey de los Judíos".

La escribió o la mandó escribir, el propio Pilato, que, al tomarse este desquite contra sus odiados instigadores, los jefes espirituales de aquel pueblo al que habían hecho gritar en su presencia: "¡No tenemos otro Rey más que el César!", vino a ser, burla burlando, el pregonero oficial de la realeza de Cristo.

Si un artista quisiera representar la crucifixión del Señor en toda su horrenda realidad, produciría una obra que no podrían soportar los ojos ni el corazón. La Cruz no era sólo un instrumento de muerte, sino una manera de ajusticiar a un ex hombre, infiriéndole, al mismo tiempo, la mayor infamia y haciéndole sufrir el mayor tormento. Con razón Cicerón la llamó "cosa nefanda", y "el más cruel y tétrico suplicio".

Jesús la sufrió en toda su tremenda realidad; pero, con su muerte en ella, la ennobleció, convirtiéndola en un lábaro de triúnfo, en un símbolo de paz y de amor, de esperanza y de consuelo, y en su trono de gloria.

Sentado en ella, como en su cátedra, está el Maestro de los hombres. Subido a ella, como a su altar, está el Sumo Eterno Sacerdote. Instalado en ella, como en su trono, está el Rey inmortal de los siglos, el Rey de la Eterna Verdad, Rey del Cielo y de la Tierra, dando el supremo testimonio de su Divina Realeza.

Inútilmente le dirán en son de burla: "si eres el Cristo, el Rey de Israel desciende de la Cruz" (2). Tanto importaba invitarlo a que renunciara, en aquel instante supremo, al fin logrado de su Encarnación misma. "Yo para esto nací y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la Verdad" (3), había dicho él, pocas horas antes, a Pilato, y agregó entonces esto otro: "Todo aquel que es de la Verdad escucha mi Voz". (4)

Bien sabía él las sed de verdad que embarga a los hombres, a quienes perdió el que es llamado, por antonomasia, "padre de la mentira"; por eso pudo anunciar, en vida, proféticamente: "Cuando sea levantado sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí" (5).

Los hombres apetecen y buscan la verdad, como el pan el hambriento, como el agua el sediento, y su gran tragedia consiste en haber creído hallarla en quienes se la han mentido. Uno solo, sin embargo, ha amado de verdad a los hombres, como que dió su vida por salvarlos: Cristo. Uno solo ha dicho la verdad a los hombres, como que Él mismo es la Verdad Sustancial y Eterna que bajó del Cielo: Cristo. Uno solo ha enseñado a los hombres la verdadera justicia y el verdadero amor: Cristo. uno solo ha traído a los hombres la verdadera libertad, la libertad sublime de los hijos de Dios: Cristo. Por eso su cuerpo Santísimo enarbolado en la Cruz, es bandera de gloria pata todos los hombres que, porque "son de la Verdad y escuchan su voz" oponen al grito apóstata: "No queremos que Éste reine sobre nosotros" (6), el grito fiel que resuena en el mundo desde hace veinte siglos: "¡No queremos otro Rey, sino Cristo!".

Este grito es el que oyó, y aquella bandera es la que vió David, cuando con exaltación y gozo, dijo en el Salmo XCV: "Decid a las naciones que ya reina el Señor", y esta misma es la versión triunfal que mueve a la Iglesia a exclamar en su Liturgia: "Regnávit a ligno Deus!": "¡Reinó Dios desde la Cruz!"

(1) Isaías, LIII, 12. (2) S. Marcos, XVI, 32. (3) S. Juan, XVIII, 37. (4) S. Juan, XVIII, 37. (5) S. Lucas, XII, 32. (6) S. Lucas, XIX, 14.

Nota: La admiración y el afecto que el artista siente por Su Eminencia Rvma. el Sr. Cardenal Dr. Antonio Caggiano, Obispo del Rosario, lo ha inducido a modelar en este cuadro el rostro del Apóstol San Juan con las facciones del mismo Emmo. Sr. Cardenal, perfectamente logradas.

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