DECIMATERCERA ESTACION

Jesús muerto en los brazos de su Madre.
"¿A quién te compararé, oh virgen hija de Sión? Grande es como el mar tu amargura".
(Jeremías, Trenos, II, 13)

La penúltima estación del Vía Crucis está inspirada en los más profundos sentimientos de desolación y de ternura. La figura central en este cuadro es la Virgen María. Muerto el Señor, el alma cristiana se vuelve espontáneamente hacia la que Jesús mismo, en su agonía, nos dejó por Madre. Hay en el corazón un instintivo deseo de consolarla. Hay en la conciencia una necesidad incontenible de disculparse con ella, por ser nosotros la causa última de su desolación

Muerto Jesús, después de tres horas de agonía en la Cruz, los Escibas y Fariseos sintieron prisa porque se quitara de allí su cadáver, lo mismo que los de los otros dos ajusticiados, pues el día siguiente era sábado muy solemne. Pidieron, pues, a Pilato que se les practicara a los tres el "crurifragio", especie de golpe de gracia, que consistía en quebrar las piernas a los crucificados, para precipitar su muerte.

El soldado encargado de la tarea hízolo así con los dos hombres, pero, en llegado a Jesús, viendo que ya estaba muerto, consideró inútil el "crurifragio" y se contentó con atravesarle el costado con su lanza, brotando de la herida sangre y agua. San Juan, que es quien refiere este significativo hecho, lo comenta diciendo: "Estas cosas ocurrieron para que se cumpliese la Escritura (que dice): "No será quebrado en él hueso alguno", y además otra Escritura (que dice): "Mirarán al que traspasaron" (1)

Todo estaba, pues, terminado, y José de Arimatea, hombre justo y principal, valientemente se presentó a Pilato, pidiéndole el cadáver de Jesús para sepultarlo. Compró aromas y una sábana nueva para su mortaja, y ayudado por Nicodemus, otro varón principal, amigo y discípulo de Jesús, bien que, como él, oculto por miedo a los judíos, bajó de la Cruz el Santísimo Cuerpo, y piadosamente lo puso en los brazos de su Madre.

Quedaba así cerrado el ciclo admirable de un inefable misterio, por el cual una criatura humana, la Virgen María, fué íntimamente asociada a nuestra Redención, viniendo a ser en verdad nuestra Corredentora. En el seno de esa Virgen puso el Espíritu Santo el cuerpo de Jesús el Salvador bajado del Cielo, que de ella nació. En los brazos de esa Virgen fué puesto, muerto, el cuerpo de Jesús, el Redentor, bajado de la Cruz, que ella nos dió. Vienen a la memoria los inspirados versos del himno eucarístico de Santo Tomás: "Nobis datus, nobis natus, ex intacta Virgine": "Nos fué dado y nos nació de una Virgen sin mancilla".

En este cuadro del Vía Crucis, lo mismo que en el Pesebre de Belén, entra como por los ojos la verdad teológica de que la Virgen María, que tuvo en su seno y tiene aquí en sus brazos, para darlo a los hombres, al Autor de la Gracia, es, entre Dios y los hombres, la Medianera de todas las Gracias.

Jesús muerto en los brazos de su Madre es una escena que habla mucho a nuestra inteligencia, pero habla más aún a nuestro corazón. Al dolor inmenso, a la amargura y desolación de la Virgen sin mancha, la Madre augusta del Mesías, del Redentor, del Rey, bien pueden aplicarse, como por alegoría profética, las palabras de lamento y de asombro que pronunció Jeremías ante Jerusalén desierta, sentado sobre sus ruinas: "¿A quién te compararé, oh virgen hija de Sión? Grande es como el mar tu amargura" (2). Ponderación que la propia doliente confirma con las palabras que el mismo Jeremías puso en boca de las Ciudad destruída: "¡Oh vosotros cuantos pasáis por el camino! considerad y ved si hay dolor semejante a mi dolor" (3)

Entre tanto, el Reino está ya conquistado, y el símbolo de la Divina Realeza queda fijado en la Cruz, a la que, desde ahora y por los siglos, se asocian los resplandores de su triunfo.

(1) S. Juan, XIX, 31-37. (2) Jeremías, Trenos, II, 13. (3) Jeremías, Trenos, I, 12.

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