DECIMACUARTA ESTACION

Jesús puesto en el Sepulcro.
"Lo invocarán las Naciones, y su sepulcro será glorioso".
(Isaías, XII, 10)

Con cien libras de una mezcla aromática de mirra y áloe, comprada exprofeso por el piadoso José de Arimatea, fué ungido el cuerpo inerte de Jesús; y, amortajado conforme a la usanza judía con la sábana nueva adquirida por el mismo preclaro varón, fué puesto en el sepulcro que éste tenía, sin estrenar aún, cavado en la piedra viva. Sepulcro de hombre rico. Unguento y mortaja de persona principal.

Notable y significativa es la variante que se observa en el fondo escultórico de este cuadro, con respecto al de todos los demás de este Vía Crucis. Mientras en los cuadros anteriores el símbolo de la Realeza de Cristo ha estado presente siempre, iluminando con sus rayos desde lo alto la escena, en éste ese símbolo desaparece, como si, con la muerte del Señor y su sepultura,

su Divina Realeza quedara velada a nuestros ojos. Ahora, para "verla", hay que mirar a la Cruz.

Pero su resplandor, en cambio, ese resplandor divino, que en Jesús muerto y sepultado sólo puede verse con la Fe, brota ahora del Sepulcro mismo, puesto que, encerrada en él, está la Divinidad, unida a aquel cuerpo muerto, que es cuerpo de Cristo. La muerte no destruyó, en modo alguno, el inefable misterio de la unión hipostática.

LLama la atención, del mismo modo, en este cuadro, la expresión plástica dada por el artista a la "invocación de las naciones" que profetizó Isaías, como prueba del triunfo universal de Cristo Rey.

Nadie comprendió en aquella hora cómo era que había triunfado definitivamente el Rey que tan ignominiosamente acababa de morir. Pero el misterio de este triunfo lo presentían las almas piadosas, de fe viva y de esperanza firme, por eso extremaron los honoríficos cuidados de aquel sepelio, y lo temían las almas pérfidas, llenas de odio impecable, por ese extremaron los recaudos en torno de aquel sepulcro.

-"Señor, -dijeron a PIlato los príncipes de los sacerdotes y los fariseos- nos hemos acordado que aquel impostor, estando todavía en vida, dijo: Después de tres días resucitaré. Manda, pues, que se guarde el sepulcro hasta el tercer día: porque no vayan quizá sus discípulos y le hurten, y digan a la plebe: Ha resucitado de entre los muertos; y sea el postrer engaño más pernicioso que el primero. Respondióles Pilato: Ahí tenéis la guardia, id y ponedla como os plazca. Con eso, yendo allá, aseguraron bien el sepulcro, sellando la piedra y poniendo guardias" (1).

Lo que sobrevino al tercer día, es lo que San Pablo pone como fundamento de nuestra Fe. "Es vana vuestra Fe -nos dice- si Cristo no ha resucitado". (2) Pero resucitó verdaderamente, y los primeros e insospechados testigos del milagro fueron aquellos mismos guardias, puestos por sus enemigos para prevenir el fraude.

Desde entonces, hasta ahora y hasta el final de los siglos, el anuncio profético de Isaías que dijo: "Lo invocarán las Naciones, y su Sepulcro será glorioso" (2), ha tenido y tendrá el más fiel cumplimiento. No hay gloria entre los hombres, que pueda compararse con la gloria de ese Sepulcro, del que mana, como de un poderosísimo surgente, la luz divina de nuestra Fe y de nuestra civilización.

Inundados en ella, los hombres y las naciones aclaman a Cristo y lo invocan como a su Redentor. Él les ha dado su Ley de amor, su Doctrina, su Evangelio. Él los ha hecho libres y hermanos. Sólo en Él se encuentra la paz y la felicidad. Su Divino Reinado ennoblece a la tierra, resuena con exaltación triunfal el grito de "¡Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera!"

(1) S. Mateo, XXVII, 63-66. (2) 1° Corintios, XV, 17. (3) Isaías, XI, I0.

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