SEXTA ESTACION

La Verónica enjuaga el rostro de Jesús.
"Varón de dolores, vilipendiado y esquivado por los hombres, como persona de la que se vuelve el rostro"
(Isaías, LIII, 3)

Un gesto valiente de auténtica piedad y de exquisita delicadeza femenina es el que tiene una mujer con el Señor, en su camino al Calvario. La tradición cristiana ha registrado ese gesto, y ha dado a esa mujer anónima un nombre, que recuerda el premio de su intrépida caridad: Verónica, del griego Bep (°) yíxn, de donde el "vero icono" de los bizantinos, o sea, "verdadera imagen" (1).

El horrendo retrato que, con visión profética, hiciera Isaías del Mesías Salvador, pasa viviente por la calle de la amargura, causando estupor y escándalo entre quienes lo contemplan.

Una mujer hubo, entre aquella multitud infame de victimarios y sayones, entre aquel populacho vil, tornadizo y desagradecido, entre aquella aglomeración de gentes

curiosas y desilusionadas ante el fracaso lamentable del taumaturgo famoso; una mujer, que sintió en su alma la iluminación de la Fe, y en su corazón el impulso de la verdadera Caridad; una mujer, que, afrontándolo todo y venciéndolo todo, en aquel momento terrible de furia y de locura, se acercó al Señor, y, con su propio velo, le limpió el rostro asquerosamente sucio y horriblemente desfigurado.

Bien puede comprenderse la gratitud inmensa de Jesús ante tan fino y delicado gesto. El artista ha tratado con éxito de traducir el instante de confortamiento espiritual experimentado por Cristo, esculpiendo su rostro, en esta escena, como recobrado y vuelto a su ánimo anterior. Y el Rey se muestra magnífico en su agradecimiento a la mujer intrépida y piadosa, dejándole, como recuerdo, su propio rostro estampado en aquel velo.

Este es el premio grande que dará el Señor a quienes no se averguencen de él y le sigan con fidelidad y perseverancia, y, a pesar de las adversidades, sepan siempre ver en él al Hijo de Dios, al Mesías, al Salvador, al Rey. De cada hombre conquistado por su doctrina y por su gracia, hará él un trasunto suyo, y cada cristiano será una figura de Cristo, en la medida en que imite, con valentía, con amor y con perseverancia, sus divinas virtudes.

(1) J. Ricciotti, "Vida de Jesucristo", N° 193 y 350.

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