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SEXTA ESTACION La Verónica enjuaga el rostro de
Jesús. |
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Un
gesto valiente de
auténtica piedad y de exquisita delicadeza femenina es
el que tiene una mujer con el Señor, en su camino al
Calvario. La tradición cristiana ha registrado ese
gesto, y ha dado a esa mujer anónima un nombre, que
recuerda el premio de su intrépida caridad: Verónica,
del griego Bep (°) yíxn, de donde el "vero
icono" de los bizantinos, o sea, "verdadera
imagen" (1). El horrendo retrato que, con visión profética, hiciera Isaías del Mesías Salvador, pasa viviente por la calle de la amargura, causando estupor y escándalo entre quienes lo contemplan. Una mujer hubo, entre aquella multitud infame de victimarios y sayones, entre aquel populacho vil, tornadizo y desagradecido, entre aquella aglomeración de gentes |
| curiosas
y desilusionadas ante el fracaso lamentable del
taumaturgo famoso; una mujer, que sintió en su alma la
iluminación de la Fe, y en su corazón el impulso de la
verdadera Caridad; una mujer, que, afrontándolo todo y
venciéndolo todo, en aquel momento terrible de furia y
de locura, se acercó al Señor, y, con su propio velo,
le limpió el rostro asquerosamente sucio y horriblemente
desfigurado. Bien puede comprenderse la gratitud inmensa de Jesús ante tan fino y delicado gesto. El artista ha tratado con éxito de traducir el instante de confortamiento espiritual experimentado por Cristo, esculpiendo su rostro, en esta escena, como recobrado y vuelto a su ánimo anterior. Y el Rey se muestra magnífico en su agradecimiento a la mujer intrépida y piadosa, dejándole, como recuerdo, su propio rostro estampado en aquel velo. Este es el premio grande que dará el Señor a quienes no se averguencen de él y le sigan con fidelidad y perseverancia, y, a pesar de las adversidades, sepan siempre ver en él al Hijo de Dios, al Mesías, al Salvador, al Rey. De cada hombre conquistado por su doctrina y por su gracia, hará él un trasunto suyo, y cada cristiano será una figura de Cristo, en la medida en que imite, con valentía, con amor y con perseverancia, sus divinas virtudes. (1) J. Ricciotti, "Vida de Jesucristo", N° 193 y 350. |
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