QUINTA ESTACION

Jesús ayudado por el Cirineo
"Miré a mi alrededor y no había quién me prestara auxilio. Busqué y no encontré quién me ayudara"
(Isaías, LXIII, 5)

La quinta Estación del Vía Crucis pone de relieve una verdad profunda: la que se convierte en la doctrina católica sobre la cooperación de los hombres con Cristo en la obra de su propia salvación.

El Apóstol Santiago nos enseña que "la Fe sin las obras está muerta" (1). La tesis, por consiguiente, de quienes afirman que, habiéndonos Cristo redimido él solo, por sus infinitos méritos, no nos queda a nosotros otra cosas que hacer sino creer en él, sin que sea necesario en absoluto nuestro personal esfuerzo, es perniciosa y falsa, al mismo tiempo que priva al hombre de una dignidad y una gloria, fruto del delicado amor de Jesucristo y de su Divina Encarnación.

El Verbo Eterno, que unió a su naturaleza divina la naturaleza humana para salvar a los hombres, el Rey que

sale a conquistar su Reino, quiere asociar a sus vasallos, de cierto modo, a su obra, para que sean partícipes también de su triunfo. Es esto lo que nos está diciendo este paso del Vía Crucis.

Temiendo los judíos que muriese Jesús en el camino, antes de llegar al Calvario, hicieron que los soldados requisaran a un tal Simón de Cirene, para que le ayudara a llevar la Cruz (2). Hombre vulgar éste, que, al parecer, iba o volvía de sus tareas habituales, no prestó, por lo visto, su ayuda espontáneamente, sino obligado por la fuerza pública.

Esta falta de espontaneidad en acudir en su auxilio, esta falta de compasión por sus dolores a impulso del verdadero amor, es lo que lamenta Cristo, quien, por boca de Isaías, dice: "Miré a mi alrededor y no había quién me prestara auxilio. Busqué y no encontré quién me ayudara" (3). Lo lamentó en aquella hora de su tremenda pasión, y lo lamenta a través del tiempo, ante la mezquindad del corazón humano, que no se mueve a seguir a Cristo por verdadero y sobrenatural amor, sino forzado, de cierto modo, por el temor y el interés. Con todo, Dios se muestra comprensivo de esta nuestra humana condición, y no sólo no la reprueba, sino que la estimula prometiendo por seguirle "el ciento por uno en esta vida, y después la vida eterna" (4).

Muy notable es la idea a la que, con singular acierto, ha dado expresión plástica el artista en este cuadro: Mientras Jesús lleva con gran dignidad y serenidad su Cruz, el fornido Cireneo, al levantarla, parece realizar un gran esfuerzo. Es la figura fiel de lo que ocurre al hombre en el trabajo por seguir a Cristo, venciendo sus pasiones y practicando la virtud. Sólo, esa tarea es superior a sus humanas fuerzas; con Cristo y con su gracia, aún cuando sea tan delicado como una doncella y tan débil como un niño, podrá alcanzar la altura de la santidad más eminente.

¿Quién ayuda, pués, a quién? En la realidad de las cosas, los papeles se invierten de admirable manera. El Cireneo ayuda a Jesús, y Jesús hace del Cireneo un fiel cristiano y padre de cristianos fervorosos como Alejandro y Rufo, que cita San Marcos (5). El hombre colabora con Cristo en su obra de redención, en sí mismo y en los demás, como miembro de su Cuerpo Místico, y Cristo, con su gracia, hace del hombre una imagen suya, hijo de mismo Padre Celestial y coheredero de su Gloria.

(1) Santiago, II, 17. (2) S. Marcos, XV, 21. (3) Isaías, LXIII, 5. (4) S. Mateo, XIX, 29. (5) S. Marcos, XV, 21.

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