CUARTA ESTACION

Jesús encuentra a su Madre Santísima.
"está destinado para ruina y resurreción de muchos... y para signo de contradicción; y una espada transpasará tu alma"
(Lucas, II, 34-35)

La escena que se contempla en esta cuarta Estación del Vía Crucis, es de infinita ternura y emoción, y encierra un gran misterio de dolor.

La madre del más perverso y criminal de los hombres no habría podido enfrentar el tremendo espectáculo de su hijo, llevado al supremo suplicio en tan inhumanas condiciones; pero la Madre Virgen, la Inmaculada, no quiso ahorrarse ese terrible dolor, que le estaba profetizado.

Bien sabía ella de quién era madre, y bien sabía para qué aquel hijo suyo había nacido a la luz de este mundo.

Por si no le bastaran las Sagradas Escritutas, que conocía perfectamente desde su niñez, las palabras del anciano Simeón la acabaron de ilustrar al respecto. He aquí cómo las refiere San Lucas, al narrar el hecho de la Circuncisión del Niño Jesús y su presentación al Templo:

"Había a la sazón en Jerusalén un hombre justo y temeroso de Dios, llamado Simeón, el cual esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo moraba en él. El Espíritu le había revelado que no habría de morir antes de ver al Cristo del Señor. Así vino inspirado de él al Templo. Al entrar con el Niño Jesús sus padres para practicar con él lo prescripto por la Ley, tomándole Simeón en sus brazos, bendijo a Dios diciendo: "Ahora, Señor, despide a tu siervo, según lo prometiste, en paz. Porque vieron mis ojos la salvación que preparaste para todos los pueblos, luz para que vean los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel". Su padre y su madre se admiraban por las cosas que de él se decían. Simeón bendijo a entrambos, y dijo a María se Madre: "Mira, éste está destinado para ruina y resurreción de muchos en Israel, y para ser signo de contradicción; y una espada transpasará tu misma alma, a fin de que sean descubiertos los pensamientos en los corazones de muchos" (1).

Para ella y para nosotros, el "signo de contradicción" nunca estuvo más de manifiesto. Por la calle de la amargura van la compasión y el vilipendio, "el deseado de las naciones" y el "desecho de la plebe", "la gloria de Israel" y el "oprobio de su pueblo", la ignominia de un reo de muerte y la majestad de un Rey Eterno. ¡Desconcertante espectáculo! Por aquello suspiraron los Patriarcas; aquello era lo que anunciaron los Profetas; en aquello venía a terminar lo que celebraron los ángeles cuando su nacimiento en Belén. Ella sabía muy bien que este habría de ser el fin; pero otra cosa era verlo, de pronto, hecho terrible realidad. Por eso, aunque serena y firme, como "mujer fuerte", sus ojos están llenos de asombro, y todo su cuerpo vibra al atravesar su corazón tan aguda espada de dolor.

A su vista, Jesús parece encontrar un oasis en su pasión. El amor filial le llena el rostro de una beatitud inefable, y como para alentarla en su penar, lleva su Cruz, como si no le pesara, al pasar junto a su Madre.

La ternura materna y la piedad filial componen en este cuadro un poema sublime, en el que, como en obsequio recíproco, ambos corazones parecen esforzarse por disimular su angustia y su dolor.

(1) S. Lucas, II, 25-35.

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