TERCERA ESTACION

Jesús cae por primera vez.
"Desfallece mi carne y mi corazón. Con urgencia escúchame, Señor"
(Salmos, LXXII y CXLII)

Comienza en esta Estación a palparse la penosa realidad del gran misterio. Salir animosamente, con la Cruz a cuestas, a redimir a los hombres, es un gesto valeroso de Rey conquistador; pero caer a los primeros pasos, vencido por la carga y la tarea, es un acuse de debilidad y de flaqueza, que pone en descubierto la humana condición del Rey, que dijo que "su reino no era de este mundo".

El artista ha expresado con fidelidad admirable el estado de ánimo del Hombre-Dios, que tiene conciencia de su divinidad, y siente, al mismo tiempo, la humillación de la humana flaqueza. El desaliento es visible en el rostro de Jesús, al mismo tiempo que se advierte en él la concentración de su espíritu, que, volviéndose en su interior, con humildad y confianza, a su Eterno Padre, le

dirige la oración profetica de David, en los salmos LXXII y CXLII: "Desfallece mi carne y mi corazón. Con urgencia escúchame, Señor".

Todo el Vía Crucis irá descubriendo vigorosamente esta duplicidad desconcertante y admirable a la vez, como resultado de la unión hipostática de la humanidad y la divinidad en la persona de Cristo. Hijo de Dios por naturaleza, engendrado desde toda la eternidad, quiso tomar nuestra naturaleza humana, haciéndose como uno de nosotros, para poder padecer y morir y dar a esos padecimientos y esa muerte valor infinito.

¡Que grande y generoso aparece el amor de Jesucristo a los hombres de este misterio, por el cual él carga con nuestras culpas y asume nuestra responsabilidad! Porque no es la Redención el gesto magnánimo de un hombre rico, que paga generosamente por un deudor insolvente; ni tampoco es el acto horoico de quien, siendo inocente, se ofrece a morir en lugar de otro que es culpable. La redención es mucho más que todo eso. Es la actitud inaudita del Hijo de Dios, que, revistiéndose de la naturaleza humana, no la humilla con el gesto señorial de pagar por ella, ni la ensombrece y la anula con el acto magnánimo de morir en su lugar, sino que la dignifica y la eleva asumiendo sus culpas como propias, mostrándose ante el mundo y ante su Eterno Padre como verdadero pecador, gracias a su condición divina, el justo precio de su sangre.

Sólo el Amor Infinito pudo idear gesto tan delicado. El que va con la Cruz, es uno de nosotros, que nos está salvando. Y para que más y más le veamos así, he aquí que, con infinita misericordia, oculta su divina omnipotencia, y cae. No es que claudique la Divinidad, ni es un caer convencional el suyo. Es que, siendo Cristo verdadero Dios, es también verdadero hombre.

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