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SEGUNDA ESTACION Jesús sale con la Cruz a cuestas. |
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Dictada
la sentencia, Jesús
sale hacia el lugar de su ejecución, el Calvario,
cargado con el patíbulo. Un extraño adorno lleva sobre
su cabeza: es la corona de espinas, que le pusieron por
burla los soldados de Pilato, puesto que se dijo Rey. Los hombres, con sus pasiones y sus luchas, sirven, como instrumentos libres, pero inconscientes a veces, a los planes eternos de Dios. El tremendo drama desencadenado en la primera escena del Vía Crucis, con su odio y su rencor religioso, con su recelo y su rivalidad política, con sus perfidias, sus cobardías, sus violencias y sus injusticias, desemboca ampliamente en el misterio de gloria y de miseria de nuestra Divina Redención. |
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segunda Estación es de una sobriedad elocuentísima, en
contraste con la dramaticidad polémica y agitada de la
primera. Ahora ya no nos interesa nada, sino Cristo sólo
con su Cruz, sobre el fondo de luz de su Divina Realeza. Los hombres, sin saberlo, han puesto en movimiento los planes de Dios. El que va con la Cruz a cuestas, coronado de espinas, es el Rey Eterno del Cielo y de la tierra. Todo le está sujeto desde la eternidad, y "por él han sido hechas todas las cosas" (1). Pero ha tomado nuestra carne, haciéndose consorte de nuestra humana naturaleza, y siendo impecable, ha tomado sobre sí nuestros pecados, como si fueran suyos, para redimirnos de ellos, "borrando así el decreto de eterna condenación dictado contra el humano linaje" (2), por causa de la prevaricación de nuestros primeros padres. Siglos y siglos, la humanidad vivió esperanzada en este día, en que una víctima pura, el Hombre-Dios, Cordero sin mancilla, se ofrecería al Padre Eterno, para expiación de nuestras culpas, en el único sacrificio aceptable y de valor infinito, del cual fueron figuras todos los holocaustos. He aquí como lo vió, setecientos años antes, Isaías, el gran profeta del Mesías Redentor: "Crecerá -dice- a los ojos del pueblo como una humilde planta, y brotará como una raiz en tierra árida. No es de aspecto bello ni esplendoroso como para atraer nuestras miradas. Vilipendiado y esquivado de los hombres y sin ningún valor a nuestros ojos. Nosotros lo creímos un leproso, un hombre herido por Dios y humillado, siendo así que, a causa nuestra, fué él llagado y despedazado por nuestras iniquidades... Fué ofrecido en sacrificio porque él mismo quiso, y no abrió su boca para quejarse, como el corderito que está mudo delante de quien lo esquila... Quiso el Señor consumirle con trabajos; mas luego que él ofrezca su vida en expiación por el pecado, verá una descendencia larga... Verá el fruto de los afanes de su alma y quedará saciado" (3). Esta es la miseria y la gloria de nuestra Redención. Luz celestial de Divina Realeza, y Cruz infamante de ignominiosa culpa. Envuelto en ambas va Cristo. La gloria es suya, porque él es el Rey. La miseria es nuestra. Pero él ha querido revestirse de ella y pagar su precio, para hacernos partícipes de su Eterna Gloria. (1) S. Juan, I, 3. (2) Colosenses, II, 14. (3) Isaías, LIII, 2-11. |
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