Luego del increíble relato de la desconocida, sentía su corazón de acero. Caminó largamente por la avenida. El ruido de la ciudad no pudo acallar sus pensamientos:

 

Día y noche he sentido tu canto en mi pecho 

y ha llorado el charango en mis manos. 

¡Cuánto habrá sido tu dolor, urpichallay! 

¡ah! ¡si pudiera aminorarlo!

Sin hablar... ¡tanto tiempo!

herida en el alma y las entrañas, 

a las orillas del mar, 

sobre la arena enrojecida... 

mi compañerita.  

Entre la vida y la muerte. 

Y ¡cuál no sería su espanto! 

cuando escucharon el llanto en las olas, 

el grito en las rocas, gemidos en el viento 

y en el canto de las gaviotas desde el fondo de la noche.

 

¡De ira temblaron... los cobardes! 

de no poder encarcelar la voz, 

la furia del viento,

el harawi resonando desde adentro y desde afuera, 

 

en las puertas y ventanas, en los barrotes de las celdas,

el eco doliente de tu canto

brotando desde la inmensidad de tu vientre destrozado.

 

 

 

Salir harawi

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