Transporte Escolar
Estoy segura de que los papás a veces no se dan cuenta del impacto de sus decisiones en nuestras vidas. A veces, algo tan trivial como un vestido de un color o un corte de pelo define mucho en la vida de uno. Así de importante fue para mí que mi mamá decidiera meterme en transporte escolar.
Iba yo en segundo año de primaria, ya era yo grande. Aquel timbre de salida del primer día de clases marcó mi vida por el resto de mis días. Subí timidamente los pseudo escalones de la combi arreglada que portaba el numero 11. A mi lado se sentaba una niña de pph , se llamaba Irasema. Vivía cerca de mi casa, en el Nogalar. Ella era una niña gordita, con muchísimo carácter y por alguna extraña razón nos hicimos muy amigas.
En el salón, mi mejor amiga era Mirna, una niña que se acababa de cambiar al Panamericano, creo que nos la pasabamos hablando todo el día y la maestra siempre trataba de mantenernos alejadas, pero no podía, tarde o temprano terminabamos juntas platicando otra vez. Cuando se me olvidaban las cosas en el salón ella me alcanzaba hasta la camioneta para dejármelas, pero se suponía que eso estaba prohibido, por eso sabía que me quería.
Aunque definitivamente lo mejor de la escuela era ir y regresar...¡en la camioneta! Vivir en el nogalar presentaba una desventaja, éramos los primeros que recogían y los últimos que dejaban, a parte, por ser tan poquitos, nos cambiaban de camioneta como de cal...cetines. Pero hasta esto se transfomó en ventaja cuando nos dimos cuenta de que éramos los dueños de la camioneta. Decidíamos donde sentarnos, a quién dejábamos sentarse junto a nosotros y sobre todo, quién se iba adelante con el chofer.
Los niños nos decían cosas, pero Irasema tenía mano dura y sabía qué responder. Me acuerdo de la vez en que un niño se atrevió decirle gorda y ella le arranco la paleta de la boca y se la enredó en el pelo hasta que lo hizo chillar. Yo no tardé mucho en aprender y aunque los apodos se volvieron más crueles, mis respuestas también.
Una de tantas veces, la más fatídica de todas, nos tocó irnos en la ruta Anahuac. Había un chavo de quinto cuando yo estaba en tercero que empezó a decirme cosas. Él me bautizó con el apodo que me seguiría por más de cuatro años.
Corretié niños por tres años hasta que un día en sexto el supervisor me traumó y me dijo que si seguía así, nunca me iba a casar.
Ese mismo año me dejó de hablar Mirna. Fuimos juntas a Acapulco después de averiguar que éramos algo así como primas lejanas porque su abuelito y mi bisabuela eran hermanos. Pero no se, el hecho de nunca haber convivido con un hermano o algo así me ayudó a portarme extremadamente posesiva, eso la hartó y pues me dejo de hablar.
Ya en secundaria me fue mejor, me hice de mis dos mejores amigas que siguen siendo mis amigas todavia: Carmen y Myrna. Bueno, también soy amiga de la hermana menor de Carmen, María José y del primo de ellas: Alex.