AHORA son recuerdos, de imágenes tan claras como si lo viera por la tele y no como entonces: tele de imágenes borrosas. Recuerdo mis días en el colegio. Ese fue mi primer año en el Panamericano, lo único que me gustaba eran los dulces: brinquitos, salimón, paletas rojas, carlos quintos y tupsis. Era más divertido llegar a la casa. Planas y planas de “The ball is in the desk”y “The ball is on the desk”.
Mejor irme a la casa y ver la tele. Comíamos con la tele, hacía la tarea con la tele,cenaba con la tele. Me hacía compañía, yo sin hermanos, compartía mi tiempo con ella. Pipo, telenovelas venezolanas del tres que luego se convirtió en dos, el tío Gamboín, caricaturas del seis (cinco en México), luego, mientras cenaba, Chespirito los lunes, mi secretaria, el chavo del ocho (antes de que lo quitaran y lo juntaran con el resto de chespirito), “Cachun, Cachun, ra, ra” y sobre todo, los viernes Chiquilladas. Definitivamente la tele era mi mejor amiga, nunca me gustó el radio, en mi casa no se oía aunque eso no me detenía para amar como una loca a Tino, el niño bonito de Parchís y querer ser como Paulina de Timbiriche. Horas y horas junto a la tele viendo películas, caricaturas, novelas, recibiendo información que a los seis años difícilmente podría asimilar. Pero me gustaba.
“¿A quién quieres más a tú papá o a tu mamá?” Nunca supe que pretendía mi abuela con semejante pregunta, yo sólo iba a su casa porque me llevaban. Además tenía una tele grandota. Siempre en el dos, jamás pasaba esa tele ni por equivocación por el canal seis. “¿Que le vez a esos monos? Son de mentiras”, ¡y qué! Me divertían más que aguantar a mi tía todo el día. Después de todo creo que la escuela no me era tan desagradable. Mi mamá me metió porque iba yo a estar con mis primas. Pero a ellas las sacaron antes de que pasara un año. ¿Y qué? Al fin y al cabo yo ya podía comprarme mis dulces. Anillos de dulce con chilito, Totitos a cinco pesos. “¿Ya tan caros? Antes comprabas dos por cinco.”
Plastilina. Bendito el día en que se inventó la plastilina. Fue mi mejor día, mi gran oportunidad. Guillermo era el niño más bonito de mi salón y con ojos verdes. A él le gustaban los juegos tranquilos y sobre todo, le gustaba la plasti. El día en que la maestra nos dió una cajita con barritas de plasti de colores: “¡Qué padre!” “Hay que hacer arbolitos”. “Ok , tu haces los tronquitos y yo lo verde” “¿Les ponemos manzanas?” “Sí” Yo lo adoraba, y estoy segura que él me quería a mí también.
“¡Qué tontos juegos!” “¿Qué es un quijotillo?” “No sé, pero me suena a una mezcla de avispón verde con Pistachón Zigzag”.Yo prefería jugar a ser mariposa o a ser Mafafa Musguito. Un día jugamos a las mariposas todo iba bien hasta que a una niña no le gustó que yo fuera la princesa de las mariposas.
Me enojé mucho y como era de esperarse terminé llorando. Junto a la tiendita había un árbol y resignada de que no quisieran hablar conmigo. Nos quedamos sentaditos allí platicando. A mi me pareció una eternidad, pero no habrán sido más de cinco segundos.
Había otra niña, Nancy, a ella tambíen le gustaba Guillermo, pero él pasaba más tiempo conmigo. Cuando nos vió en el árbol sentados se puso celosa y ella junto con otros dos niños nos empezaron a molestar. Yo me puse furiosa. Los corretié por todo el patio amenazando con pegarles con un morralito donde llevaba mi lonche y unos cariñositos.
Despúes de eso más niños se empezaron a juntar conmigo, las niñas ya no me cayeron bien y les dejé hablar. En el recreo nos juntábamos en una parte lejos de los demás niños y jugábamos con muñequitos que cada quien llevaba. Yo les contaba historias y cada vez me iba gustando más la escuela.
De todas maneras prefería la tele. Soñaba con llegar a tener algun día compañeros tan unidos como: Calixto, el Chicho, Petunia, Nina, Babis, Lenguardo y todos los cachunes. Soñaba con tener amigos en las buenas y en las malas, con ser grande para tener novio y luego casarme y tener diez hijos. Nunca por nada del mundo un hijo solo que estuviera tan solo como yo. Soñaba con cantar como Parchís.
Mientras soñaba y dormía sola en mi cuarto viendo la cama gemela a la mía vacía. Yo tenía una amiguita. Era mi vecina y se llamaba Sammy. Nunca nos peleábamos, excepto cuando yo trataba de convencerla de que la araña de plástico de mi mamá no le haría nada. “Ándale, tócala no te va a picar, es de mentis”. Yo vivía en su casa y ella en la mía.
Vicky, la mamá de Sammy era amiga de mi mamá. Ellas se juntaban a platicar en el porche y nosotras jugabamos a la casita con las muñuecas grandes. Nuestra casita favorita era la que hacíamos con mecedoras, luego tomábamos el té mientras hablábamos de nuestras hijas. “Y la tuya, ¿Cómo se porta, comadrita?” “Bien, gracias, comadrita”. La suya se hacía pipí, la mía no porque mi mamá no me la quiso comprar. Luego, en la noche cenábamos en su casa, pero en su casa no se veía la tele a la hora de la cena. Abraham, su hermanito, pedía entinces un disco a su mamá y ponía a Cri-Cri, Cepillín, Globito, Enrique y Ana, Timbiriche o Parchís. Lo que hubiera dado por ser una ficha de colores. Y cenábamos mientras Paulina quería a Micky y Sasha le cantaba a México o quizá era al revés. Nunca fui buena para las voces y nunca supe quién cantaba cuál.
Aún así yo prefería la tele. Cuando me quedaba sola. Cuando estaba enojada o triste. Hasta cuando estaba muy contenta. Si tenía sueño o no quería jugar, siempre estaba conmigo, nunca me sacó la lengua ni me dejó de hablar. Siempre me mostró sus imágenes. No tan claras quizá en un principio, pero siempre allí.
El Chapulín Colorado y sus pastillas de chiquitolina. Chiquilladas con Chiquidrácula, Pituka y Petaca, 60 monitos y tantas cosas. Carlitos Espejel era chistoso y Jinny Hofman muy bonita. Burbujas y el Ecoloco, Mimoso Ratón.
Guillermo pasó, Nancy y sus burlas también, Sammy se mudó y no la veo mucho, pero la que sigue siempre allí, apoyándome en las buenas y en las malas, la que nunca me dejó sola es mi amiga la tele. Como todas ella también ha cambiado, pero siempre, a pesar de todo está conmigo. Por eso la quiero.