
Datos para el análisis de coyuntura: América Latina en los umbrales del año 2000
Eran los días de un imperialismo norteamericano envalentonado y rapaz, en el marco de una confrontación bipolar Este-Oeste, signada por la Guerra Fría. América Latina estaba sumergida en un mar de dictaduras castrenses, muchas de ellas genocidas, como la de Pinochet en Chile. Eran los días de gloria del terrorismo de Estado y la doctrina de la Seguridad Nacional. De la "guerra sucia" y los paramilitar es "escuadrones de la muerte". De las políticas de "tierra arrasada" y la Operación Cóndor. Eran días de persecución, tortura, martirio y sufrimiento para nuestros pueblos. De exilios y derrotas. Pero también de luchas y utopías.
Veinte años después, en los albores del Siglo XXI, ¿qué ha cambiado?
Muchas cosas. El mundo es hoy unipolar. Estados Unidos es la única superpotencia militar del orbe.
Ya no existe el campo del socialismo real, ni el otro polo de la contradicción de antaño, la Unión Soviética.
Ya no existen dictaduras militares en el subcontinente; los militares volvieron a los cuarteles. Tampoco existe un gobierno sandinista
en Nicaragua ni guerrillas en Centroamérica.
Ya no se habla del "fantasma comunista".
Nos dijeron que las "fuerzas del bien" triunfaron sobre las "fuerzas del mal". Los mandarines y comisarios ideológicos del neoliberalismo doctrinal triunfante (y de su complemento, el posmodernismo, como proyecto cultural legitimador), nos repiten a diario que ya vivimos "en el mejor de los mundos posibles" de toda la historia. Que el nuevo paradigma de la "globalización" llegó para quedarse.
Y sin embargo, nunca llegó la democracia. Tampoco el bienestar tan largamente prometido: 210 millones
de latinoamericanos viven por debajo de los índices de pobreza. De ellos, 98 millones son indigentes.
La región debe más de 700 mil millones de dólares y en los primeros nueve años del último decenio pagamos por servicio de la deuda
externa 850 mil millones, sin que la deuda dejara de crecer un solo año.
El Premio Nobel de Literatura Günther Grass dice que el futuro "está poco menos que gastado y, si se quiere, arruinado". No le faltan razones para afirmar eso. El capitalismo, con su "nuevo orden mundial" armado, ha logrado ampliar y desarrollar sus fuerzas productivas, pero no ha podido satisfacer las necesidades de la gran mayoría de los seres humanos. Hasta en las periferias de los centros imperialistas, en los propios países ricos, las masas sufren cada vez más hambre, se desarrollan viejas y nuevas miserias, y como resultado de su modelo consumista crecen la explotación y la alienación.
El "nuevo Estado imperial" euro-estadounidense, como lo define James Petras, interviene de manera
activa ya sea militar, económica y políticamente para incrementar las oportunidades del capital y extraer ganancias o las rentas de los
trabajadores para pagar la deuda externa. Unas veces interviene de modo unilateral, como los bombardeos estadounidenses sobre
Somalia y Afganistán; otras de manera multilateral, como las bombas de la OTAN sobre Yugoslavia e Irak.
Otras formas de intervención
son mediante la presión económico-financiera, vía boicots o embargos o a través de instituciones pseudo internacionales controladas,
lo que Petras llama "la legión extranjera imperial": el FMI, el Banco Mundial y el BID; las "fuerzas de paz" de las Naciones Unidas y los socios
de la OTAN.
Pareciera que frente a la aniquilación de las condiciones de vida del sistema capitalista actual, hay una tendencia colectiva hacia una "regresión totalitaria" de carácter antiilustracionista. Como dice el filósofo Horst Kurnitzky, el neoliberalismo y la posmodernidad son las dos caras de una misma moneda y no se pueden entender ni explicar seriamente sin verlas como un llamado a la violencia. A la desregulación económica corresponde la desregulación de la violencia social y viceversa.
Así, la democracia formal (como cascarón hueco y vacío), devino en una reedición del socialdarwinismo del siglo XIX, donde cada persona lucha por su sobrevivencia con su "cuerno de chivo", en una guerra de todos contra todos.
Si la violencia es el signo distintivo de este socialdarwinismo trasnochado, algunas de sus manifestaciones son las migraciones en masa, el racismo, la xenofobia, el neofascismo.
En América Latina, uno de los rasgos de esa tendencia es el surgimiento de un neomilitarismo de nuevo cuño, que como los anteriores tiene una matriz contrainsurgente que los expertos han dado en llamar "guerra de baja intensidad". Con la excusa del combate al narcotráfico (como sustituto del viejo "fantasma comunista"), ese neomilitarismo auspiciado por el Pentágono norteamericano hace sus pininos en países como México y Colombia, donde se reproducen antiguas lacras del sistema como la "guerra sucia" y la paramilitarización de los conflictos en regiones como Chiapas y el Magdalena Medio.
En forma paralela, Estados Unidos sigue adelante con su plan hegemónico de establecer una fuerza militar multilateral en el área, bajo el mando del Pentágono, con la potestad de intervenir en conflictos que, desde el punto de vista de la Casa Blanca, puedan poner en peligro la seguridad hemisférica. En ese proceso, Washington ha logrado cierto consenso entre los gobiernos y ejércitos latinoamericanos para la identificación del narcotráfico como "peligro" principal. En la coyuntura, el estigma del "narcoterrorismo" le ha tocado a la fuerza guerrillera colombiana más antigua, las FARC. Con excepción de Cuba, Brasil y Venezuela,, los demás países de la región parecen dispuestos a avalar y/o participar en una intervención militar en Colombia. En función de esa perspectiva el Pentágono ha venido desarrollando negociaciones y firmando convenios para el establecimiento de bases de apoyo logístico en Manta, Ecuador; Aruba y Curazao, y Liberia, Costa Rica.
No sólo no hay paz en el mundo, sino que por doquier la vida es cada vez más insegura, producto de la "epidemia del crimen" y de una violencia urbana y rural desbordadas. Asistimos a una globalización de la violencia en todas sus formas: atracos a transeúntes y casa-habitación, asaltos a bancos, robo de autos, secuestros (desde el tradicional al "rápido", "exprés" o "virtual"), violaciones en serie de mujeres y ejecuciones sumarias, pasando por la irrupción del narcotráfico, el tráfico de armas y el crimen organizado.
Rotos los antiguos "contratos sociales", en las ciudades, nuestras sociedades han devenido en una selva donde sólo domina el derecho del más fuerte. "El darwinismo social del libre mercado ha barrido con toda cohesión social". Debido al pánico masivo, en muchas ciudades latinoamericanas han surgido barrios-fortaleza -especies de "archipiélagos de seguridad" o "bunkers de los felices"-, donde sus pobladores, cual nuevos colonos medievalizados, han comenzado a privatizar la violencia como una forma de autodefensa y viven hoy amurallados, como "prisioneros voluntarios", para defenderse de los "bárbaros" de afuera.
A su vez, y ante el fracaso de sus políticas sociales, las autoridades sólo han atinado a aplicar el recurso de la fuerza. La solución es "la mano dura". La miseria y la marginalidad se han criminalizado, y junto con el Viagra, la nueva droga de moda es la "tolerancia cero"; un nuevo ethos punitivo que en vez de crear empleos construye comisarías y prisiones. También la seguridad pública se ha militarizado y ha surgido un nuevo lenguaje monocorde del Estado, donde el nuevo rigor penal y policial se anuncia como inevitable, urgente y benéfico.
En rigor, ese tráfico de categorías afín al pensamiento neoliberal, que opta por la "represión total" en vez de concentrar los medios en la prevención o buscar vías intermedias, forma parte de toda una temática político-propagandística destinada a facilitar la redefinición de los problemas sociales en términos de seguridad. Una seguridad destinada a garantizar, en definitiva, la hegemonía del pensamiento único.
Acerca de la globalización
En diciembre de 1997, pocos días antes de morir, el filósofo Cornelius Castoriadis decía que lo que caracteriza al mundo contemporáneo son las crisis, las contradicciones, las oposiciones, las fracturas, pero lo que más le sorprendía, sobre todo, era la insignificancia. En su último escrito, que tituló "Contra el conformismo generalizado", Castoriadis llamó a detener el auge de la insignificancia. Denunció a una élite política reducida a aplicar el "integrismo neoliberal" y a los cultores del "terrorismo del pensamiento único", cuyo principal "logro" -dijo-, ha sido una extraordinaria regresión: un "no-pensamiento" que produce esta no-sociedad, este racismo social que todos padecemos y al que incluso, de modo inconsciente, muchas veces avalamos.
En rigor, esos componentes: el integrismo neoliberal, el terrorismo del pensamiento único, y sus resultados, son el núcleo de lo que comúnmente en la academia y en los medios de comunicación se define como "globalización". Globalización, a la que aún mucha gente con posiciones democráticas asumen con resignación; como una fatalidad a la que hay que someterse o "adaptarse" so pena de arcaísmo. El conformismo generalizado al que aludía Castoriadis.
Conviene, pues, saber de qué estamos hablando cuando nos referimos a la tan mentada globalización. Veamos. El uso y abuso del concepto globalización terminó por encubrir su verdadero significado. Su génesis, según la ha reconstruido James Petras, hay que ubicarla a finales de los años 60s., cuando Estados Unidos experimentaba un gran auge de la expansión de capitales al exterior. Como en otros periodos de su historia, se trató de una nueva estrategia de los grandes consorcios transnacionales (llamados después multinacionales y hoy corporaciones globales, aunque hay quienes, como Petras, prefiere llamarle imperio euro-estadounidense), en su expansión para penetrar nuevos mercados y explotar mano de obra barata.
En el pasado, el concepto que se usaba para describir ese fenómeno era imperialismo. Pero por razones de forma, en un mundo que estaba regido por la contradicción Este-Oeste propia de la Guerra Fría, ese proyecto imperial debía enmascararse. Así, se buscó que la prensa utilizara un término sustitutivo que ocultara la ubicación geográfica del cuartel general de las corporaciones y oligopolios, su casa matriz y su país sede.
Fue así que la revista Bussines Week acuñó el término "globalización" y pronto el concepto periodístico fue incorporado por la fábrica académica de las ideas. Metamorfoseado y regurgitado por la academia, luego de un proceso de asimilación acrítica, el concepto globalización fue devuelto a los medios masivos de comunicación en un momento en el que el así llamado neoliberalismo comenzaba a ser rechazado de manera masiva, porque se le asociaba con la reversión de los logros sociales en salud, educación, vivienda, jornada laboral, calidad de vida, fruto de un siglo de cruentas luchas sociales; el rollback del Estado benefactor al que se ha referido Noam Chomsky.
Antes de ser propagado por el mundo en su nueva versión, al concepto globalización se le adicionaron en la academia varios elementos. Entre los principales, según Stephen Hasam, figuran que se trataría de un fenómeno de la naturaleza, sujeto a las leyes naturales. Ergo, a la Ley Divina. Guiado además por una "mano invisible" no contingente de poderes terrenales. Y dado que se trata de una fuerza natural, la globalización es ahistórica (ya Francis Fukuyama nos dijo que estamos en el final de la historia y las ideologías), pero además universal, irreversible e inevitable; al que por lo tanto hay que someterse.
Se trataría de algo que escapa a las relaciones hegemónicas y de clase, a los proyectos de bloques, de países y de sus megaconsorcios oligopólicos y a sus políticas de expansión y dominación. En el fondo, ese concepto doctrinal de dominación ideológica trata de ocultar las clases sociales, las asimetrías entre pueblos, regiones y países, bajo el argumento de que pertenecemos a una tribu de la gran "aldea global". Tribalización que, por ende, significa el exterminio del cosmopolitismo, de la posibilidad de la ciudad en su sentido histórico, del ciudadano, de una sociedad civil, y por consiguiente, de la democracia política.
El ascenso de esta ideología global llegó acompañada de un credo políticamente desactivador, que estimuló la pasividad y el conformismo. Se dio en medio de las derrotas de las izquierdas y de las fuerzas progresistas en el mundo y, después, de la autodestrucción de la URSS y el socialismo real, y ganó espacio a través de un sostenido bombardeo propagandístico de tintes teológicos.
En ese contexto, la globalización, como categoría psicológica pretende paralizar la disidencia, y no quedaría sino "acomodarse" a lo "inevitable" a través de una política de resignación-posibilista que invita a buscar las mejores condiciones posibles de sobrevivencia arrebatándoselas al resto de la humanidad en una guerra de todos contra todos.
Así, "la utopía reaccionaria de la mundialización desenfrenada" se impuso como una amnesia histórica. Hubo un trastocamiento de las palabras y conceptos. Se trató de una guerra psicológica de acción paralizante: "Debes aceptar la omnipotencia del proyecto", fue el mensaje repetido hasta el cansancio, que invitaba a aceptar los dictados del gran capital. "La globalización no nos deja de otra", asentían doblegados por la machacona propaganda muchos de los que todavía resistían. Luego se implantaron los gatekeepers (los guardianes de los portales) intelectuales y políticos, y después se domesticó a las élites políticas y militares.
El papel de los medios masivos de comunicación, bajo control monopólico, fue clave: un mensaje homogéneo recuperó en el lenguaje los nuevos conceptos imperiales. Ya no hubo más imperialismo, sólo globalización. No más lucha de clases, sino sociedad civil. Ya no se habló de la concentración y transferencia de la riqueza hacia el imperio y las élites locales, sino de "reformas económicas". Los nuevos valores de moda fueron el individualismo y el consumismo, que sustituyeron la solidaridad, el progreso social y los compromisos públicos. Se promovió a un "telespectador" atomizado en vez del actor colectivo.
De ese modo, conceptos como imperialismo y la lucha de clases, que habían sido eje de las conquistas proletarias del siglo XX, se transformaron en tabúes en los círculos académicos y desaparecieron incluso del discurso de la izquierda. Pero no desaparecieron de la historia. Antes bien, lo paradójico es que como nunca antes, las relaciones entre el Norte y el Sur en nuestro capitalismo "mundializado" de hoy (para usar la expresión francesa), configuran las condiciones objetivas que definieron al liberalismo primitivo y salvaje del siglo XIX, es decir, al imperialismo.
¿Qué pasó con el desarrollo? ¿Cuál es al fin de cuentas la diferencia entre globalización e imperialismo? ¿Qué es interdependencia? ¿Se trata acaso de una dependencia mutua? Por ejemplo, ¿qué significa la interdependencia entre dos países asimétricos como Estados Unidos y México? ¿Estamos ante socios "mutuamente cautivos" como propone Sidney Weintraub? ¿Es inevitable esa "integración silenciosa", como proponen el "realismo" y el institucionalismo neoliberal? ¿O existen otras variables? Pongamos por caso la "interdependencia" en materia de deuda: no se trata acaso de "Yo cobro, tú pagas".
Según de New York Times, quienes seguimos manejando el concepto imperialismo para explicarnos fenómenos como esos respondemos a un "estado emocional". En rigor, argumentamos, muchas de esas interrogantes exhiben la debilidad de los globalnomics, que usan el determinismo como último recurso: "El mercado lo exige", vociferan. Es decir, debemos aceptar los sacrificios masivos y prolongados que las "leyes" del Mercado dictan en vos de sus sacerdotes ejecutores; debemos "adoptar la medidas dolorosas, pero necesarias". Y así, cualquier demanda se estrella contra la globalización.
Pero el mercado no funciona en el vacío. Tiene que ver con el reparto del excedente, con las nuevas tecnologías y el capital. En el mercado se mueven clases. Hay banqueros, industriales, sindicatos, burócratas. El mejor ejemplo es el famoso "triángulo de hierro", conformado en Estados Unidos por el Poder Ejecutivo y sus administradores militares, el Congreso y la masa de grandes empresas privadas, que exhiben de manera nunca vista en otro país capitalista contemporáneo, el carácter de clase del Estado.
¿Cuál es la realidad y qué oculta el discurso neoliberal? Los hechos están ahí: hay un nuevo estatismo que remplazó "la política del bienestar por la del bienestar del gran capital", como certeramente sintetizó James Petras. Es lo que ocurrió en México con el escandaloso rescate bancario (los mil millones de dólares producto del manejo fraudulento de neobanqueros y empresarios, transferidos a deuda pública) y pasó antes con el "error de diciembre" que en 1994 llevó a la devaluación del peso que derivó en el famoso "efecto tequila": la cuenta se le pasa a los ciudadanos. Se privatizan los beneficios y se socializan los costos.
En los hechos, como afirma John Saxe-Fernández, "la globalización, como discurso del poder, es un instrumento de dominio de clase". Se trata, según este autor, de un proceso de internacionalización económica. La globalización como sinónimo de otra fase del imperialismo. Por lo tanto, no es un fenómeno inédito ni nuevo. Este "proyecto de conquista", como le llama Ignacio Ramonet, sueña con imponer su concepción del mundo, su propia utopía, como "pensamiento único", a toda la Tierra.
Pablo González Casanova nos amplía esa visión: "La globalización es un proceso de dominación y apropiación del mundo... La dominación de Estados y mercados, de sociedades y pueblos, se ejerce en términos políticos y militares, financiero-tecnológicos y socio-culturales". La globalización se entiende de una manera superficial y engañosa si no la vinculamos a los procesos de dominación y apropiación. Apropiación de recursos y riquezas naturales, apropiación del excedente. ¿Cómo? A través de formas muy antiguas como la depredación, el reparto y parasitismo, que hoy aparecen como fenómenos de privatización, desnacionalización, desregulación, con transferencias, subsidios, exenciones, concesiones, y su revés hecho de privaciones, marginación, exclusión, depauperización que facilitan (como bien dice González Casanova), procesos macrosociales de explotación de trabajadores y artesanos, hombres y mujeres, niñas y niños.
Samir Amin afirma que "detrás del discurso neoliberal mundializado, se esconden políticas perfectamente coherentes de gestión de la crisis cuyo objetivo exclusivo radica en crear salidas financieras al exceso de capitales, a fin de evitar su desvalorización masiva".
El problema que en esos reveses de la apropiación por el gran capital, son cada vez mayores los ejércitos de excluidos, de condenados de la tierra, que sólo en México suman 40 millones de muertos de hambre (45% de la población), más de la mitad niños. Julio Boltvinik extiende ese apartheid de la miseria en México a 75 millones de pobres. Una geografía del hambre que en el caso mexicano abarca la miserable existencia de los niños jornaleros agrícolas de San Quintín, en el norte, hasta los desnutridos indígenas de las comunidades zapatistas de Chiapas o de Guerrero y Oaxaca, pasando por el inframundo de las alcantarillas del Distrito Federal. Porque las principales víctimas de esta no-sociedad racista son los niños indígenas. Y conste que hablamos del México del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá y de los éxitos macroeconómicos. Una economía sin inflación, donde lo único que crecen son los pobres y... los bolsillos de 80 familias.
No es ocioso repetir que vivimos un principio de siglo regido por un neocolonialismo que es sostenido por el capital financiero internacional. Un nuevo mundo sin reglas o desregulado (el binomio desregulación-globalización son las palabras clave del proceso neoliberal). El viejo "contrato social" sólo es un estorbo a la libre transacción monetaria y la imposición del concepto socialdarwinista es un llamado abierto a la violencia. Se ha formado un vacío, que ha permitido la expansión de múltiples formas de violencia sin límites: la violencia cotidiana, la guerra contra inmigrantes indocumentados, las guerras entre bandas y las guerras civiles, religiosas o étnicas. La violencia de las mafias, familias, clanes, cofradías y hermandades, y la del crimen organizado y el narcotráfico. La violencia de los consorcios y los poderes económicos que imponen sus intereses en todo el mundo frente a todo tipo de sociedades. Como reconocía hace poco el propio rector del FMI, Michel Camdessus, en países como Rusia estamos frente a un nuevo Estado mafioso. Igual ocurre ahora en México.
En la práctica, se ha instituido un nuevo mundo de lucha de todos contra todos. La humanidad se mueve hoy en una suerte de naturaleza salvaje; se hizo añicos toda la historia social y su esfuerzo por humanizar y civilizar la sociedad y su relación con la naturaleza. La violencia escapa al control de la sociedad porque se rompieron los antiguos equilibrios entre intereses contradictorios. Todas las formas de convivencia social son sustituidas poco a poco por joint ventures o Sociedades Anónimas. En otras palabras, los Estados soberanos con sociedades democráticas parecen ser las futuras víctimas de la concentración de los poderes económicos.
Algunas cifras de terror
Veamos los "logros" de esta "economía de casino" o "capitalismo de compadres" emergente de las dos décadas ultraliberales (1979-1998). De las 100 potencias económicas más grandes del mundo, más de la mitad son empresas privadas del capital y ni siquiera son naciones. Según Ricardo Diez, presidente del Club de Roma, 245 multimillonarios acaparan 46 por ciento de la riqueza de la población mundial
A su vez, el Informe de Desarrollo Humano 1998 del PNUD exhibe sin pudor las grotescas proporciones que alcanza la desigualdad en nuestros días: la riqueza acumulada de las 225 personas más ricas del planeta (más de un billón de dólares) equivale al ingreso anual del 47% más pobre de la población mundial, que suman la friolera de 2,500 millones de personas. Otra cifra escandalosa: los activos de las tres personas más ricas del orbe superan el PIB combinado de los 48 países más atrasados, es decir, de la cuarta parte del total de Estados del mundo.
No quiero aburrirlos con cifras pero hay algunas más que resultan insultantes: de 6 mil millones de habitantes en el orbe, 600 millones están sin trabajo; cerca de 3 mil millones -la mitad de la humanidad- subsisten con menos de 1.3 dólares al día; 100 millones viven en la calle; 800 millones padecen desnutrición; mil millones son analfabetas y se estima que igual cantidad no tiene acceso al agua potable. En todas esas cifras, más de la mitad son legiones de niños de la globalización.
¿Qué expresan descarnadamente todos esos números? En principio, que esos 245 multimillonarios son los nuevos amos del mundo; una clase rentista que somete a la humanidad a la dictadura del capital financiero, a través de una élite de políticos, ejecutivos y funcionarios (incluidos nuestros gobernantes), que convierten en leyes y políticas los intereses de la gran burguesía transnacional.
González Casanova nos recuerda que la "globalización" está piloteada por "un megacomplejo empresarial, financiero, tecnocientífico, político y militar que ha alcanzado altos niveles de eficiencia en la estructuración, articulación y organización de las partes que lo integran". Un "complejo de complejos dominante" que posee grandes empresas que disponen de bancos para su financiamiento, de centros de investigación científica para sus tecnologías, de casas de publicidad para difundir las virtudes de sus productos, de políticos y militares para la apertura y ampliación de sus "mercados de insumos", o de sus mercados de realización y venta, o de sus mercados de contratación de trabajadores calificados y no calificados.
En el fondo, volvemos a lo mismo: globalización como sinónimo vergonzante de imperialismo. Insisto: debemos restituirle su verdadero valor a las palabras y a los hechos; valor del que también se apropiaron, muchas veces secuestrándolo, la tecnoburocracia dominante. Porque la magia de los nuevos gurúes del pensamiento único terminó por elitizar y privatizar a la verdad, como también privatizaron la moral, con los resultados conocidos: despertamos un día sí y otro también con los espasmos de la macrocorrupción, que se entrelaza a los sistemas bancarios y gubernamentales (el capitalismo de compadres) y se articula al crimen organizado, a las mafias y sus clientelas y al terrorismo de Estado. De nuevo el espejo del Fobaproa en México, con su puñado de multimillonarios de la revista Forbes y los chanchullos escandalosos que vincula a banqueros y empresarios con políticos y gobernantes del anciano sistema de partido de Estado que se resiste a morir.
Pero igual ocurre en Argentina, Uruguay y en la mayoría de nuestros países. Fue lo que ocurrió en Ecuador los pasados 21 y 22 de enero, cuando una revuelta popular pacífica, compuesta en su mayoría por campesinos indígenas y pobladores de las barriadas pobres tomó el Palacio de Gobierno en Quito, con apoyo de un grupo de coroneles, y fue traicionada por el bloque en el poder, conformado por el empresariado, los banqueros, los dueños de los medios de comunicación, la jerarquía católica y los mandos castrenses.
El levantamiento general surgió de los parlamentos populares como formas de democracia directa, y tuvo una propuesta alternativa al neoliberalismo. El disparador de esa movilización de masas indígena y popular, que adoptó formas de lucha no violentas y pacíficas, fue la corrupción; la colusión del presidente Mahuad, alineado con el FMI, con los banqueros corruptos, en lo que se llamó "el atraco del siglo". Después de traicionada la revuelta, la élite gobernante apareció como defensora de la "democracia", y los líderes de la movilización fueron acusados de "sediciosos" y "golpistas".
La nueva era imperial
No pecamos de necios cuando asimilamos la globalización con el imperialismo de nuestros días. Hay datos de fuentes insospechadas que avalan nuestros asertos: temprano, en 1992, el Financial Times de Londres definió la etapa poscaída del muro de Berlín como una "nueva era imperial" gobernada por el Grupo de los Siete, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el GATT, que funciona a través de un sistema de dominación indirecto... que integra (cito textual) a los líderes de los países en desarrollo en la red de la nueva clase dominante.
Ese diario, que es vocero del gran capital transnacional, hablaba ya hace ocho años sin ambages de imperialismo y clase dominante. Pero no es el único que piensa así. En septiembre pasado, Herbert Schiller habló de un nuevo siglo de imperialismo de Estados Unidos vía internet. De un "imperio absoluto, con un mínimo de sustancia moral"; de un siglo XXI norteamericano. Y Denis Duclos plantea que existe una nueva clase dirigente, una "hiperburguesía" -le llama-, necesaria para la sobrevivencia de la élite. Una nueva burguesía asalariada que trabaja al servicio de un puñado de megamillonarios, que son los amos absolutos, que necesitan de nuevos administradores mundiales para no vivir con el miedo de una "rebelión fatal".
Por su parte, el teólogo y cientista social Franz Hinkelammert nos recuerda que la globalización fue impuesta a golpes de ajustes estructurales y mediante el terrorismo de Estado, primero en el Cono Sur y ahora en Colombia y México. Nos habla de un "imperialismo del mercado total" que está borrando de la faz de la tierra a los ciudadanos. Se trata de un nuevo poder sin ciudadanos. Para la burocracia privada dominante -afirma-, sólo hay clientes.
Como vimos a comienzos de 1999 con el "efecto samba", el proceso de cambio mundial que se aceleró tras la autoextinción de la URSS se viene dando de modo anárquico y en medio de crisis recurrentes. La "globalización" entre los mercados financieros se ha comparado a menudo con el "efecto mariposa" de la teoría del caos: el aleteo de una mariposa en un rincón del mundo puede provocar una tormenta al otro lado del planeta. Pero hay una constante: en todas las crisis que siguieron al "efecto tequila" (México, 1995), incluidos los coletazos del "dragón" asiático y el terremoto "vodka" de 1998, la factura se les pasa siempre a los ciudadanos. La vieja fórmula citada arriba: Se privatizan los beneficios y se socializan los costos.
La tecnoburocracia neoliberal simplifica el fenómeno atribuyendo las crisis a una mera cuestión psicológica. Pero siguen apostando todo a la "mano invisible" de Adam Smith. Sin embargo, críticos como Peter Phillips definen tal situación como un sistema de "mercantilismo corporativo". A su vez, Erik Israelewicz habla en Le Monde de "una dictadura sin patria ni bandera", que mueve su dinero colosal de un extremo a otro del planeta sin tener lástima de los hombres, las naciones, ni de la economía llamada real.
Bajo tales circunstancias, la destrucción de las sociedades democráticas parece cuestión de tiempo. Una democracia no puede crecer sin el primado de la política. La política y los políticos, hoy tan devaluados y deslegitimados, tienen que dar un marco al mercado para frenar el embrutecimiento. La regulación -impedir la concentración del poder económico y favorecer el control democrático del flujo de capital y de los bancos- y no la desregulación de la economía, sería la condición para el desarrollo de una sociedad humana.
Noam Chomsky dice que "una libertad sin oportunidad es un don del diablo". No ofrecer oportunidades similares a todos los hombres es criminal. Aparentemente nunca habíamos sido tan libres como ahora para re-pensar la realidad. Pero el peatón de la historia, el ciudadano consumidor de política e información, ¿puede elegir entre una pluralidad real?, se pregunta Manuel Vázquez Montalbán
Pocas veces como ahora hemos estado tan amenazados por la capacidad de un sistema para imponer impunemente "verdades uniformadoras". Los supermercados de la verdad están llenos de estuches diferentes para un mismo contenido. Pero por más que se inculque el pensamiento único, si no coincide con la realidad más inmediata es posible que un día se produzca la quiebra y la hipnosis mediática desaparezca. La hipnosis mediática puede romperse a poco que haya agentes sociales activos críticos: algo que hemos de descartar en esa inculcación ideológica del neoliberalismo de que no hay minoría que tenga que influir sobre la sociedad, salvo la minoría de los "profetas fundamentalistas del libre mercado", para utilizar la expresión de Aldo Ferrer, uno de los padres del desarrollismo.
A su vez, y como ocurre en otras regiones del mundo, América Latina está sumida en una larga crisis de la política y de los políticos, cuyos saldos palpables han sido, entre otros, una crisis de gobernabilidad y la emergencia de modelos de democracia autoritaria de nuevo tipo. Lo que se ha dado en llamar "democracias de baja intensidad".
Hay una carencia de grandes liderazgos y a su vez los partidos políticos cayeron en un descrédito generalizado. La debilidad de los partidos está relacionada con la pérdida de contacto con su base social; con las características de líderes que, envueltos en las actividades de la clase política, se divorciaron de las luchas cotidianas de las masas. Así, los partidos se burocratizaron y surgió una "oligarquía partidaria" que se perpetúa en el poder a través del control de fondos, personal e información.
La ideología del neoliberalismo ha penetrado a los partidos ex socialdemócratas y ex comunistas. Autores como Petras dicen que el "centro izquierda" es hoy la Nueva Derecha. Los ideólogos de centro izquierda argumentan que en esta etapa del "capitalismo global", la opción es entre variedades diferentes de capitalismo: neoliberalismo, en su variedad retrógrada o capitalismo asistencialista, en su variedad progresista. Junto con su acomodamiento al capitalismo, argumentan que las tareas actuales de la izquierda giran alrededor de "modernizar" la economía, "reformar" el Estado y "descentralizar" el gobierno. Las propuestas reformistas ahora provienen de la izquierda para reintroducir el Estado benefactor y la economía mixta; pero el problema es que la clase capitalista no quiere compartir el poder: la clase obrera y los reformistas no tienen un socio capitalista viable.
La nueva situación trajo como consecuencia el desencanto, el descompromiso, la desilusión de los intelectuales. Luego vino el tiempo del repliegue y de los arrepentimientos. Como señala Michel Winock, "los intelectuales cedieron su espacio a los idólatras de lo insignificante". Según Hinkelammert, a todo ello no es ajeno el modelo del ajuste estructural, que por su propia esencia es un proyecto desmovilizador, paralizante. Trata de impedir que se construyan alternativas, legales y legítimas, que propicien la participación ciudadana dentro de órdenes políticos estables. Gobernabilidad y democracia son dinámicas complementarias. La gobernabilidad necesita ser democrática y democracia significa ante todo participación. Participación en la vida política, en la toma de decisiones y también en la distribución de los beneficios económicos. Gobernabilidad es poder efectivo y democracia significa igualdad política.
Pero ocurre que las viejas demandas de libertad y justicia, crecimiento y equidad, eficacia y participación, soberanía, estabilidad y democracia, política y ética, están fuera del orden del día neoliberal, es decir, del nuevo orden maniqueo uniformado. En la hora actual, la política se separa cada vez más de la sociedad, se transforma en técnica de poder, obedece a autoridades supranacionales, mientras por otra parte el bloque social e histórico que tuvo como proyección a los movimientos sindicales y sociales es cada vez más triturado por la desocupación, por la "flexibilidad" laboral, por la competitividad.
Entre la banalización y los niños de la guerra
En el pasado muchas veces se anunció el "fin de la historia", y siempre se equivocaron. Los partidarios de dar a la historia por terminada la han secuestrado. Y la comunicación universal padece el mismo secuestro. Dice José Luis Cebrián que "la democracia exige reflexión". Sin embargo, vivimos en un mundo dominado por la banalización y el sensacionalismo. El affaire Lewinsky-Clinton en la Casa Blanca y la utilización mercantilista de la conflictiva vida y trágica muerte de Lady Di son los ejemplos más sonados de nuestro tiempo. Como en un juego de máscaras, de manera tramposa se nos trata de imponer esos ejemplos como la esencia de la sintomatología y la patología del mundo de hoy.
Pero la realidad de cada día es más lacerante que el mundo ficticio de Lady Di y los juegos orales en los closets de la Casa Blanca. Al comienzo hablábamos de una "globalización de la violencia". No se puede negar que hay como una celebridad de la violencia, de la eficacia del matón, del sicario, que va paralela a la impunidad de los corruptos. Hoy interesan los sujetos que triunfan, los eficaces. La moralidad parece un atavismo de tiempos antiguos. Se perdió todo sentido de la solidaridad. La posmodernidad está dando paso a un sujeto más egoísta, más eficiente, incluso en la criminalidad. Y es evidente que muchos periodistas y medios, sobre todo la TV, tienen responsabilidad en transformar el horror en espectáculo. Porque la gran paradoja es que el mundo moderno industrializado, con sus medios de telecomunicación ha causado una analfabetización y una incomunicación entre la gente nunca antes vista en este siglo.
Otro fenómeno lacerante de nuestros días es el de los niños del neoliberalismo. Se trata de millones de niños latinoamericanos que fueron expulsados incluso de la pobreza. La calle los acogió como compañera. Pero pronto se los tragó, y en muchos casos (como está documentado en México) los llevó a sus entrañas y terminaron en una coladera, en las tuberías del subsuelo. De allá abajo salen cada día para sobrevivir o seguir cayendo. La muerte lenta o colectiva se prolonga tanto como resistan sus cuerpos. En pocos años, al estallido familiar le sigue el de los órganos. La mariguana, el "activo" o la cocaína de cada día sólo anestesian su sentir o los enfrentamientos con la policía. Se juntan, pero siguen estando solos, sin autoestima, cargando rencores hacia sus familias, hacia la sociedad. Son partes de las cicatrices de las megalópolis capitalinas que los han convertido en nada cotidiana. Son los niños de un inframundo generado por la globalización.
Hace dos años, a 40 niños de la calle de la Alameda Central, en la capital mexicana, un vengador anónimo quiso eliminarlos como a los gamines colombianos: soldó la coladera por la que se introducían a "su hogar", una subestación eléctrica. Es el recurso del método llegó para quedarse: la política del ajuste estructural también produce niños desechables. A lo que se suma el homicidio de personas consideradas "socialmente indeseables" (homosexuales, prostitutas, rateros, drogadictos, niños de la calle, enfermos mentales), un hecho endémico en algunas ciudades colombianas y brasileñas, donde las "operaciones de limpieza social" son atribuidas a escuadrones de la muerte que tienen nombres tan temibles como La Mano Negra, Terminator o Cali Limpia.
Por último, quiero citar un caso común que se repite en las distintas geografías latinoamericanas: los niños víctima del terrorismo de Estado. Los niños masacrados en Acteal por las balas asesinas de los paramilitares adscritos a la guerra de baja intensidad. Los niños de los municipios autónomos zapatistas, de los campamentos de Los Sin Tierra brasileños, los cocaleros bolivianos y de la zona de influencia social de las guerrillas colombianas. Los niños de la guerra. De una guerra provocada por el neoliberalismo. Por una política dirigida de exclusión social. Los niños que produce esta no-sociedad racista. Niños que sobreviven en países donde crece la militarización, y donde las Fuerzas Armadas se han convertido en ejércitos de ocupación interna.
Con mayor insistencia desde la caída del muro de Berlín, los propagandistas de la nueva religión neoliberal nos proyectaron como final de la historia la falsa memoria (fausse reconnoissance) de la infancia: el mito del Paraíso como origen y final de la historia. De la mano del mercado y de la alta productividad, se nos prometió un porvenir paradisíaco, con un bienestar social para todos. Según esto, ya vivimos en el mejor mundo posible de toda la historia. Un mundo manejado y arreglado por la fuerza autónoma del mercado neoliberal, que es el nuevo sujeto-mundo. Un paraíso que sólo necesita ser ajustado técnicamente.
La realidad es otra. El lobby del Paraíso, para una sociedad concebida como un "club de consumidores" ha sido un autoengaño. La prueba de que el imperio de la libertad, el tiempo libre, no lleva automáticamente a la reflexión, la fantasía y la creatividad, está en el enorme ejército de desempleados condenados al permanente "tiempo libre", así como las completas sociedades marginadas condenadas a la inactividad total. Sólo el 10% de la población mundial vive en este nuevo paraíso. El resto queda afuera. Y la tendencia es que la situación empeore en todo el mundo. Cada día son expulsados millones de hombres del paraíso del consumo. Sociedades completas. A la par que se multiplica la miseria.
A comienzos del siglo XXI el panorama no es halagüeño sino todo lo contrario. Millones de jóvenes latinoamericanos en términos de expectativas nacieron muertos. Odian el presente que no les significa nada y vislumbran un futuro oscuro y aterrador. En condiciones tan adversas como las descritas, enfrentan el nuevo siglo con escepticismo, indiferencia y sin esperar nada. Los tecnócratas de nuestras latitudes han conformado países que excluyen al 99% de los jóvenes. Su destino es la supervivencia y no deben esperar ayuda de nadie.
Y sin embargo... se mueve
¿Qué hacer? Hay que construir un mundo nuevo, inventarlo. El mundo de una democracia de todos, plural, participativa y representativa. Un mundo libre y justo. Hay que construir un nuevo pacto social que deje atrás los antiguos acuerdos liberales, parternalistas, populistas, autoritarios y clientelares, y que a la vez cierre el paso a la "barbarie cibernética" como punta de lanza del imperialismo de nuestros días.
Es necesario construir un proyecto de cambio histórico desde lo local hasta lo global, pasando por los pueblos, las naciones, las regiones. Un nuevo mundo con justicia social, con formas económicas transparentes, controladas por la sociedad. En otras palabras, se requiere una democratización de la sociedad en todos sus niveles. Una refundación de nuestros países, con eje en un nuevo pacto social incluyente, donde todos quepan. En definitiva, se trata de crear una democracia de ciudadanos reales. El problema de la democracia es el problema de los sujetos que la construyen.
No se parte de cero. En América Latina está surgiendo una nueva generación social de recambio, que ha dado lugar a un nuevo tipo de liderazgo que reúne componentes éticos, morales, de honestidad; líderes menos personalistas, asamblearios, que privilegian la horizontalidad y son partidarios de direcciones colectivas; que están más cercanos a las bases y son autónomos de los partidos y sindicatos.
Se trata de un nuevo campesinado y movimientos sociales urbanos, que se han dado cuenta que las elecciones son sólo una instancia dentro de una lucha política integral y adoptan formas de acción directa y de lucha extra-parlamentarias, como la ocupación de tierras y propiedades rurales, y el repudio de la deuda municipal y estatal (el no pago de impuestos). Es el caso del Movimiento Campesino sin Tierra en Brasil, el de los indígenas zapatistas en Chiapas, de los cocaleros bolivianos o las asociaciones municipales de Colombia, que con sus movilizaciones de masas en oposición al neoliberalismo han llenado el espacio político abandonado por las coaliciones parlamentarias de centroizquierda. Aquí habría que incluir a las FARC colombianas con sus territorios liberados y a los zapatistas mexicanos, con sus métodos gandhianos de desobediencia civil y no violencia activa.
Algunos de estos movimientos han tenido éxito en bloquear, así sea de manera temporal, la austeridad neoliberal y en enjuiciar y destituir a presidentes y funcionarios corruptos y en crear alianzas y coaliciones de masas. Pero como en el caso de la revuelta indígena popular de Ecuador, esas victorias defensivas son temporales y reversibles: cuando la presión de las masas baja, son implementadas nuevas medidas neoliberales; cuando un neoliberal es destituido y enjuiciado, uno nuevo lo reemplaza. Las acciones defensivas son necesarias pero insuficientes.
El 9 de marzo, Pablo González Casanova dirigió una carta pública al subcomandante Marcos, donde hace referencia a la nueva izquierda que está surgiendo. Allí llama a "redescubrir" las viejas categorías del colonialismo y el imperialismo y a "revalorizar" la lucha de clases. Dice que sin democracia no habrá socialismo, pero tampoco habrá democracia sin socialismo, y llama a construir redes de organizaciones de resistencia que avancen de lo local a lo mundial y viceversa en la acumulación de fuerzas democráticas y sociales, y que combinen la política con el poder, y la defensa de lo público y colectivo con la construcción del poder de un sujeto histórico en la sociedad y a partir de ella, para que partidos y estados gobiernen obedeciendo.
Creo que por ahí está el camino. También, el de la Solidaridad.
Carlos Fazio

CATEDRA DE LA PAZ |
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