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1 A la vuelta del
año, al tiempo que los reyes salen a campaña, envió David a Joab con sus
veteranos y todo Israel. Derrotaron a los ammonitas y pusieron sitio a
Rabbá, mientras David se quedó en Jerusalén.
2 Un atardecer se
levantó David de su lecho y se paseaba por el terrado de la casa del rey
cuando vio desde lo alto del terrado a una mujer que se estaba bañando. Era
una mujer muy hermosa.
3 Mandó David
para informarse sobre la mujer y le dijeron: «Es Betsabé, hija de Eliam,
mujer de Urías el hitita.»
4 David envió
gente que la trajese; llegó donde David y él se acostó con ella, cuando
acababa de purificarse de sus reglas. Y ella se volvió a su casa.
5 La mujer quedó
embarazada y envió a decir a David: «Estoy encinta.»
6 David mandó
decir a Joab: «Envíame a Urías el hitita.» Joab envió a Urías adonde David.
7 Llegó Urías
donde él y David le preguntó por Joab, y por el ejército y por la marcha de
la guerra.
8 Y dijo David a
Urías: «Baja a tu casa y lava tus pies.» Salió Urías de la casa del rey,
seguido de un obsequio de la mesa real.
9 Pero Urías se
acostó a la entrada de la casa del rey, con la guardia de su señor, y no
bajó a su casa.
10 Avisaron a
David: «Urías no ha bajado a su casa.» Preguntó David a Urías: «¿No vienes
de un viaje? ¿Por qué no has bajado a tu casa?
11 Urías
respondió a David: «El arca, Israel y Judá habitan en tiendas; Joab mi señor
y los siervos de mi señor acampan en el suelo ¿y voy a entrar yo en mi casa
para comer, beber y acostarme con mi mujer? ¡Por tu vida y la vida de tu
alma, no haré tal!»
12 Entonces David
dijo a Urías: «Quédate hoy también y mañana te despediré.» Se quedó Urías
aquel día en Jerusalén y al día siguiente
13 le invitó
David a comer con él y le hizo beber hasta emborracharse. Por la tarde salió
y se acostó en el lecho, con la guardia de su señor, pero no bajó a su casa.
14 A la mañana
siguiente escribió David una carta a Joab y se la envió por medio de Urías.
15 En la carta
había escrito: «Poned a Urías frente a lo más reñido de la batalla y
retiraos de detrás de él para que sea herido y muera.»
16 Estaba Joab
asediando la ciudad y colocó a Urías en el sitio en que sabía que estaban
los hombres más valientes.
17 Los hombres de
la ciudad hicieron una salida y atacaron a Joab; cayeron algunos del
ejército de entre los veteranos de David; y murió también Urías el hitita.
18 Joab envió a
comunicar a David todas las noticias de la guerra,
19 y ordenó al
mensajero: «Cuando hayas acabado de decir al rey todas las noticias sobre la
batalla,
20 si salta la
cólera del rey de te dice: "¿Por qué os habéis acercado a la ciudad para
atacarla? ¿No sabíais que tirarían sobre vosotros desde la muralla?
21 ¿Quien mató a
Abimélek, el hijo de Yerubbaal? ¿No arrojó una mujer sobre él una piedra de
molino desde lo alto de la muralla y murió él en Tebés? ¿Por qué os habéis
acercado a la muralla?", tú le dices: También ha muerto tu siervo Urías el
hitita.»
22 Partió el
mensajero y en llegando comunicó a David todo lo que le había mandado Joab.
David se irritó contra Joab y dijo al mensajero: «¿Por qué os habéis
acercado a la muralla para luchar? ¿Quién mató a Abimélek, el hijo de
Yerubbaal? ¿No arrojó una mujer sobre él una piedra de molino desde lo alto
de la muralla y murió él en Tebés? ¿Por qué os habéis acercado a la
muralla?»
23 El mensajero
dijo a David: «Aquellos hombres se crecieron frente a nosotros, hicieron una
salida contra nosotros en campo raso y los rechazamos hasta la entrada de la
puerta,
24 pero los
arqueros tiraron contra tus veteranos desde lo alto de la muralla y murieron
algunos de los veteranos del rey. También murió tu siervo Urías el hitita.»
25 Entonces David
dijo al mensajero: «Esto has de decir a Joab: "No te inquietes por este
asunto, porque la espada devora ya a uno ya a otro. Redobla tu ataque contra
la ciudad y destrúyela." Y así le darás ánimos.»
26 Supo la mujer
de Urías que había muerto Urías su marido e hizo duelo por su señor.
27 Pasado el
luto, David envió por ella y la recibió en su casa haciéndola su mujer; ella
le dio a luz un hijo; pero aquella acción que David había hecho desagradó a
Yahveh.
1 Envió Yahveh a
Natán donde David, y llegando a él le dijo: «Había dos hombres en una
ciudad, el uno era rico y el otro era pobre.
2 El rico tenía
ovejas y bueyes en gran abundancia;
3 el pobre no
tenía más que una corderilla, sólo una, pequeña, que había comprado. El la
alimentaba y ella iba creciendo con él y sus hijos, comiendo su pan,
bebiendo en su copa, durmiendo en su seno igual que una hija.
4 Vino un
visitante donde el hombre rico, y dándole pena tomar su ganado lanar y
vacuno para dar de comer a aquel hombre llegado a su casa, tomó la ovejita
del pobre, y dio de comer al viajero llegado a su casa.»
5 David se
encendió en gran cólera contra aquel hombre y dijo a Natán: «¡Vive Yahveh!
que merece la muerte el hombre que tal hizo.
6 Pagará cuatro
veces la oveja por haber hecho semejante cosa y por no haber tenido
compasión.»
7 Entonces Natán
dijo a David: «Tú eres ese hombre. Así dice Yahveh Dios de Israel: Yo te he
ungido rey de Israel y te he librado de las manos de Saúl.
8 Te he dado la
casa de tu señor y he puesto en tu seno las mujeres de tu señor; te he dado
la casa de Israel y de Judá; y si es poco, te añadiré todavía otras cosas.
9 ¿Por qué has
menospreciado a Yahveh haciendo lo malo a sus ojos, matando a espada a Urías
el hitita, tomando a su mujer por mujer tuya y matándole por la espada de
los ammonitas?
10 Pues bien,
nunca se apartará la espada de tu casa, ya que me has despreciado y has
tomado la mujer de Urías el hitita para mujer tuya.
11 Así habla
Yahveh: Haré que de tu propia casa se alce el mal contra ti. Tomaré tus
mujeres ante tus ojos y se las daré a otro que se acostará con tus mujeres a
la luz de este sol.
12 Pues tú has
obrado en lo oculto, pero yo cumpliré esta palabra ante todo Israel y a la
luz del sol.»
13 David dijo a
Natán: «He pecado contra Yahveh.» Respondió Natán a David: «También Yahveh
perdona tu pecado; no morirás.
14 Pero por haber
ultrajado a Yahveh con ese hecho, el hijo que te ha nacido morirá sin
remedio.»
15 Y Natán se fue
a su casa. Hirió Yahveh al niño que había engendrado a David la mujer de
Urías y enfermó gravemente.
16 David suplicó
a Dios por el niño; hizo David un ayuno riguroso y entrando en casa pasaba
la noche acostado en tierra.
17 Los ancianos
de su casa se esforzaban por levantarle del suelo, pero el se negó y no
quiso comer con ellos.
18 El séptimo día
murió el niño; los servidores de David temieron decirle que el niño había
muerto, porque se decían: «Cuando el niño aún vivía le hablábamos y no nos
escuchaba. ¿Cómo le diremos que el niño ha muerto? ¡Hará un desatino!»
19 Vio David que
sus servidores cuchicheaban entre sí y comprendió David que el niño había
muerto y dijo David a sus servidores: «¿Es que ha muerto el niño?» Le
respondieron: «Ha muerto.»
20 David se
levantó del suelo, se lavó, se ungió y se cambió de vestidos. Fue luego a la
casa de Yahveh y se postró. Se volvió a su casa, pidió que le trajesen de
comer y comió.
21 Sus servidores
le dijeron: «¿Qué es lo que haces? Cuando el niño aún vivía ayunabas y
llorabas, y ahora que ha muerto te levantas y comes.»
22 Respondió:
«Mientras el niño vivía ayuné y lloré, pues me decía: ¿Quién sabe si Yahveh
tendrá compasión de mí y el niño vivirá?
23 Pero ahora que
ha muerto, ¿por qué he de ayunar? ¿Podré hacer que vuelva? Yo iré donde él,
pero él no volverá a mí.»
24 David consoló
a Betsabé su mujer, fue donde ella y se acostó con ella; dio ella a luz un
hijo y se llamó Salomón; Yahveh le amó,
25 y envió al
profeta Natán que le llamó Yedidías, por lo que había dicho Yahveh.
26 Joab atacó a
Rabbá de los ammonitas y conquistó la ciudad real.
27 Y envió Joab
mensajeros a David para decirle: «He atacado a Rabbá y me he apoderado
también de la ciudad real.
28 Ahora, pues,
reúne el resto del ejército, acampa contra la ciudad y tómala, para que no
sea yo quien la conquiste y no le dé mi nombre.»
29 Reunió David
todo el ejército y partió para Rabbá, la atacó y la conquistó.
30 Tomó de la
cabeza de Milkom la corona, que pesaba un talento de oro; tenía ésta
engarzada una piedra preciosa que fue puesta en la cabeza de David; y se
llevó un enorme botín de la ciudad.
31 A la gente que
había en ella la hizo salir y la puso a trabajar en las sierras, en los
trillos de dientes de hierro, en las hachas de hierro y los empleó en los
hornos de ladrillo. Lo mismo hizo con todas la ciudades de los ammonitas.
Luego David regresó con todo el ejército a Jerusalén.
1 Sucedió después
que Absalón, hijo de David, tenía una hermana que era hermosa, llamada
Tamar, y Amnón, hijo de David, se prendó de ella.
2 Estaba Amnón
tan atormentado que se puso enfermo, porque su hermana Tamar era virgen y le
parecía difícil a Ammón hacerle algo.
3 Tenía Amnón un
amigo llamado Yonadab, hijo de Simá, hermano de David; era Yonadab hombre
muy astuto,
4 y le dijo:
«¿Qué te sucede, hijo del rey, que de día en día estás más afligido? ¿No me
lo vas a descubrir?» Amnón le dijo: «Estoy enamorado de Tamar, hermana de mi
hermano Absalón.»
5 Yonadab le
dijo: «Acuéstate en tu lecho y fíngete enfermo y cuando tu padre venga en
verte le dices: Que venga, por favor, mi hermana Tamar a darme de comer; que
prepare delante de mí algún manjar para que lo vea yo y lo coma de su mano.»
6 Y Amnón se
acostó fingiéndose enfermo. Entró el rey a verle y Amnón dijo al rey: «Que
venga, por favor, mi hermana Tamar y fría delante de mí un par de frituras y
yo las comeré de su mano.»
7 David envió a
decir a Tamar a su casa: «Vete a casa de tu hermano Amnón y prepárale algo
de comer.»
8 Fue, pues,
Tamar a casa de su hermano, que estaba acostado; tomó harina, la amasó, hizo
los pasteles y los puso a freír delante de su hermano;
9 tomó la sartén
y la vació delante de él, pero él no quiso comer; y dijo Amnón: «Que salgan
todos de aquí.» Y todos salieron de allí.
10 Entonces Amnón
dijo a Tamar: «Tráeme la comida a la alcoba para que coma de tu mano.» Tomo
Tamar las frituras que había hecho, se las llevó a su hermano Amnón a la
alcoba
11 y se las
acercó para que comiese, pero él la sujetó y le dijo: «Ven, acuéstate
conmigo, hermana mía.»
12 Pero ella
respondió: «No, hermano mío, no me fuerces, pues no se hace esto en Israel.
No cometas esta infamia.
13 ¿A dónde iría
yo deshonrada? Y tú serías como un infame en Israel. Habla, te lo suplico,
al rey, que no rehusará entregarme a ti.»
14 Pero él no
quiso escucharla, sino que la sujetó y forzándola se acostó con ella.
15 Después Amnón
la aborreció con tan gran aborrecimiento que fue mayor su aborrecimiento que
el amor con que la había amado. Y le dijo Amnón: «Levántate y vete.»
16 Ella le dijo:
«No, hermano mío, por favor, porque si me echas, este segundo mal es peor
que el que me hiciste primero.» Pero él no quiso escucharla.
17 Llamó al
criado que le servía y le dijo: «Échame a ésta fuera y cierra la puerta tras
ella.»
18 (Vestía ella
una túnica con mangas, porque así vestían antes las hijas del rey que eran
vírgenes). Su criado la hizo salir fuera y cerró la puerta tras ella.
19 Tamar puso
ceniza sobre su cabeza, rasgó la túnica de mangas que llevaba, puso sus
manos sobre la cabeza y se iba gritando mientras caminaba.
20 Su hermano
Absalón le dijo: «¿Es que tu hermano Amnón ha estado contigo? Ahora calla,
hermana mía; es tu hermano. No te preocupes de este asunto.» Y Tamar quedó
desolada en casa de su hermano Absalón.
21 Cuando el rey
David supo todas estas cosas se irritó en extremo, pero no quiso castigar a
su hijo Amnón, al que amaba porque era su primogénito.
22 Absalón no
dijo a Amnón ni una palabra, ni buena ni mala, pues odiaba Absalón a Amnón
porque había humillado a su hermana Tamar.
23 Dos años
después, estaban los esquiladores con Absalón esquilando en Baal Jasor,
junto a Efraím, y Absalón invitó a todos los hijos del rey.
24 Se presentó
Absalón al rey y le dijo: «Ya que estoy de esquileo, que vengan, por favor,
conmigo el rey y sus servidores.»
25 El rey dijo a
Absalón: «No, hijo mío, no podemos ir todos para no serte gravosos.»
Insistió, pero el rey no quiso ir y le dio su bendición.
26 Absalón le
dijo: «Que venga, por favor, con nosotros mi hermano Amnón.» Respondió el
rey: «¿Para qué ha de ir contigo?»
27 Pero Absalón
le insistió y dejó que fueran con él Amnón y todos los hijos del rey.
Absalón mandó preparar un convite regio.
28 Y ordenó a sus
criados: «Estad atentos: cuando el corazón de Amnón esté alegre por el vino
y yo os diga: "Herid a Amnón", le mataréis. No tengáis temor, porque os lo
mando yo. Cobrad ánimo y sed valerosos.»
29 Los criados de
Absalón hicieron con Amnón lo que Absalón les había mandado. Entonces todos
los hijos del rey se levantaron y montando cada cual en su mulo huyeron.
30 Estando ellos
en camino llegó a David el rumor de que Absalón había matado a todos los
hijos del rey y que no había quedado ni uno solo de ellos.
31 Se levantó el
rey, rasgó sus vestidos y se echó en tierra; todos los servidores que
estaban a su lado rasgaron también, sus vestidos.
32 Pero Yonadab,
hijo de Simá, hermano de David, tomó la palabra y dijo: «No piense mi señor
el rey que han muerto todos los muchachos, los hijos del rey, porque
solamente ha muerto Amnón; pues era cosa decidida en boca de Absalón desde
el día en que aquél humilló a su hermana Tamar.
33 Así que no
haga caso mi señor el rey de esos rumores de que han muerto todos los hijos
del rey, porque sólo ha muerto Amnón.»
34 Absalón huyó.
El joven que estaba de centinela levantó la vista y vio multitud que venía
por el camino de Bajurim, a la bajada, y fue a avisar el rey: «He visto
algunos hombres que bajan por el camino de Bajurim, por la ladera de la
montaña.»
35 Yonadab dijo
al rey: «Son los hijos del rey que llegan; ha sido lo que tu servidor había
dicho.»
36 Apenas había
acabado de hablar, entraron los hijos del rey y alzando su voz lloraron.
También el rey y todos los servidores se echaron a llorar con gran llanto.
37 Absalón huyó
yéndose adonde Talmay, hijo de Ammijud, rey de Guesur; y el rey lloraba
todos los días por su hijo.
38 Absalón, por
su parte, había huido yéndose a Guesur: allí se quedó tres años.
39 El espíritu
del rey cesó de airarse contra Absalón, porque se había consolado ya de la
muerte de Ammón.
1 Conoció Joab,
hijo de Sarvia, que el corazón del rey estaba por Absalón
2 y envió Joab a
Técoa, a traer de allí una mujer sagaz a la que dijo: «Da muestras de duelo,
vístete de luto y no te perfumes; pórtate como una mujer que hace muchos
días que está en duelo por un muerto.
3 Entra luego
donde el rey y dile estas palabras», y Joab puso las palabras en su boca.
4 Entró, pues,
donde el rey la mujer de Técoa y cayendo sobre su rostro en tierra se postró
y dijo: «¡Sálvame, oh rey!»
5 El rey le dijo:
«¿Qué te pasa?» Y ella contestó: «¡Ay de mí! Soy una mujer viuda. Mi marido
ha muerto.
6 Tu sierva tiene
dos hijos. Se pelearon en el campo, no había quien los separase y uno hirió
al otro y le mató.
7 Y ahora se alza
toda la familia contra tu sierva y dicen: "Entréganos al asesino de su
hermano: le haremos morir por la vida de su hermano, al que mató, y haremos
desaparecer también al heredero." Así van a extinguir el ascua que me queda
y no dejarán a mi marido nombre ni superviviente en la tierra.»
8 El rey dijo a
la mujer: «Vete a tu casa que yo daré órdenes sobre tu asunto.»
9 Pero la mujer
de Técoa dijo al rey: «Caiga, oh rey mi señor, la culpa sobre mí y sobre la
casa de mi padre y queden inocentes el rey y su trono.»
10 El rey dijo:
«Si alguno todavía te dice algo, hazle venir y no te molestará más.»
11 Replicó ella:
«Que el rey mencione, por favor, a Yahveh, tu Dios, para que el vengador de
sangre no aumente la ruina y no extermine a mi hijo.» El dijo: «Vive Yahveh,
que no caerá en tierra ni un cabello de tu hijo.»
12 La mujer dijo:
«Te suplico que tu sierva pueda decir a mi señor el rey una palabra.» Dijo:
«Habla».
13 Respondió la
mujer: «¿Por qué has tenido tal pensamiento contra el pueblo de Dios y se
hace el rey culpable diciendo que no vuelva más su desterrado?
14 Todos hemos de
morir; como el agua que se derrama en tierra no se vuelva a recoger, así
Dios no vuelve a conceder la vida. Que el rey elija medios para que el
proscrito no siga alejado de él.
15 «Así pues, si
tu sierva ha venido para hablar a mi señor el rey estas cosas, es porque me
han metido miedo y tu sierva se ha dicho: Hablaré al rey y acaso el rey
cumpla la palabra de su esclava,
16 pues el rey me
escuchará y librará a su esclava de la ira del hombre que quiere
exterminarme, a mí juntamente con mi hijo, de la heredad de Dios.
17 Tu sierva
dice: Que la palabra de mi señor el rey traiga la paz, pues mi señor el rey
es como el Ángel de Dios para discernir el bien y el mal. Y que Yahveh tu
Dios sea contigo.»
18 El rey
respondió a la mujer y dijo: «No me oculte nada de lo que voy a
preguntarte.» La mujer dijo: «Habla, oh rey, mi señor.»
19 Dijo el rey:
«¿No anda contigo la mano de Joab en todo esto?» Respondió la mujer: «Por tu
vida, oh rey mi señor, que no se desvía ni a la derecha ni a la izquierda
nada de lo que el rey mi señor dice. Tu siervo Joab me ha mandado y ha
puesto en la boca de tu sierva todas estas palabras.
20 Para abordar
con rodeos el tema hizo esto tu siervo Joab. Pero mi señor es prudente como
el Ángel de Dios y sabe todo cuanto sucede en la tierra.»
21 Entonces el
rey dijo a Joab: «Mira, he decidido el asunto. Anda y haz que regrese el
joven Absalón.»
22 Cayó Joab
sobre su rostro en tierra y postrándose bendijo al rey. Joab dijo: «Hoy ha
conocido tu siervo que ha hallado gracia a tus ojos, oh rey mi señor, pues
ha cumplido el rey el deseo de su siervo.»
23 Levantóse
Joab, fue a Guesur y llevó a Absalón a Jerusalén.
24 Pero el rey
dijo: «Que se retire a su casa, pues no ha de ver mi rostro.» Y Absalón se
retiró a su casa sin ver el rostro del rey.
25 No había en
todo Israel un hombre tan apuesto como Absalón, ni tan celebrado; de la
planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza no había en él defecto.
26 Cuando se
cortaba el pelo - y se lo cortaba cada año; porque le pesaba mucho y por eso
se lo cortaba - pesaba el cabello de su cabeza doscientos siclos, peso real.
27 Le nacieron a
Absalón tres hijos y una hija, llamada Tamar; era una mujer de gran belleza.
28 Absalón estuvo
en Jerusalén dos años sin ver el rostro del rey.
29 Llamó Absalón
a Joab para enviarle al rey, pero él no quiso ir. Le llamó todavía una
segunda vez, pero tampoco quiso.
30 Entonces dijo
a sus servidores: «Ved el campo de Joab, que está junto al mío, donde él
tiene la cebada. Id y prendedle fuego.» Los servidores de Absalón prendieron
fuego al campo.
31 Entonces se
levantó Joab, fue a casa de Absalón y le dijo: «¿Por qué tus servidores han
prendido fuego a mi campo?»
32 Absalón
respondió a Joab: «Te he mandado llamar para decirte: Ven, por favor, pues
quiero enviarte al rey para que le digas: ¿Para qué he vuelto de Guesur?
Mejor me hubiera sido estarme allí. Quiero ver el rostro del rey; si hay
alguna culpa en mí, que me haga morir.»
33 Fue Joab al
rey y se lo comunicó. Entonces llamó a Absalón. Entró éste donde el rey y se
postró sobre su rostro en presencia del rey. Y el rey besó a Absalón.
1 Después de esto
se hizo Absalón con un carro, caballos y cincuenta hombres que corrían
delante de él.
2 Se levantaba
Absalón temprano y se colocaba a la vera del camino de la puerta, y a los
que tenían algún pleito y venían donde el rey para el juicio, les llamaba
Absalón y les decía: «¿No eres tú de...?» El respondía: «Tu siervo es de tal
tribu de Israel.»
3 Absalón le
decía: «Mira, tu causa es justa y buena, pero nadie te escuchará de parte
del rey.»
4 Y añadía
Absalón: «¡Quién me pusiera por juez de esta tierra! Podrían venir a mí
todos los que tienen pleitos o juicios y yo les haría justicia.»
5 Cuando alguno
se acercaba a él y se postraba, le tendía la mano, le retenía y le besaba.
6 Así hacía
Absalón, con todos los israelitas que iban al tribunal del rey. Absalón
robaba así el corazón de los hombres de Israel.
7 Al cabo de
cuatro años dijo Absalón al rey: «Permíteme que vaya a Hebrón a cumplir el
voto que hice a Yahveh.
8 Porque tu
siervo hizo voto cuando estaba en Guesur de Aram diciendo: Si Yahveh me
permite volver a Jerusalén, daré culto a Yahveh en Hebrón.»
9 El rey le dijo
«Vete en paz.» El se levantó y se fue a Hebrón.
10 Envió Absalón
mensajeros a todas las tribus de Israel diciendo: «Cuando oigáis sonar el
cuerno decid: «¡Absalón se ha proclamado rey en Hebrón!»
11 Con Absalón
habían partido de Jerusalén doscientos hombres invitados; eran inocentes y
no sabían absolutamente nada.
12 Absalón mandó
a buscar a su ciudad de Guiló a Ajitófel el guilonita, consejero de David, y
lo tuvo consigo cuando ofrecía los sacrificios. Así la conjuración se
fortalecía y los partidarios de Absalón iban aumentando.
13 Llegó uno que
avisó a David: «El corazón de los hombres de Israel va tras de Absalón.»
14 Entonces David
dijo a todos los servidores que estaban con él en Jerusalén: «Levantaos y
huyamos, porque no tenemos escape ante Absalón. Apresuraos a partir, no sea
que venga a toda prisa y nos dé alcance, vierta sobre nosotros la ruina y
pase la ciudad a filo de espada.»
15 Dijeron al rey
sus servidores: «Para todo cuanto mi señor el rey elija estamos aquí tus
servidores.»
16 El rey salió
con toda su casa, a pie, dejando diez concubinas para guardar la casa.
17 Salió el rey a
pie, con todo el pueblo, y se detuvieron en la última casa.
18 Estaban con él
todos sus veteranos. Todos los kereteos, los perizitas, Ittay y todos los
guititas, seiscientos hombres que le habían seguido desde Gat, marchaban
delante del rey.
19 Y dijo el rey
a Ittay el guitita: «¿Por qué has de venir tú también conmigo? Vuélvete y
quédate con el rey porque eres un extranjero, desterrado también de tu país.
20 Llegaste ayer
¿y voy a obligarte hoy a andar errando con nosotros, cuando voy a la
ventura? Vuélvete y haz que tus hermanos se vuelvan contigo; y que Yahveh
tenga contigo amor y fidelidad.»
21 Ittay
respondió al rey: «¡Por vida de Yahveh y por tu vida, rey mi señor, que
donde el rey mi señor esté, para muerte o para vida, allí estará tu siervo!»
22 Entonces David
dijo a Ittay: «Anda y pasa.» Pasó Ittay de Gat con todos sus hombres y todas
sus criaturas.
23 Iban todos
llorando con gran llanto. El rey se detuvo en el torrente Cedrón y toda la
gente pasaba ante él por el camino del desierto.
24 Iban también
con él Sadoq y todos los levitas, llevando el arca de la alianza de Dios. Se
detuvieron con el arca de Dios junto a Abiatar hasta que todo el pueblo
acabó de salir de la ciudad.
25 Dijo el rey a
Sadoq: «Haz volver el arca de Dios a la ciudad. Si he hallado gracia a los
ojos de Yahveh, me hará volver y me permitirá ver el arca y su morada.
26 Y si él dice:
"No me has agradado", que me haga lo que mejor le parezca.»
27 Dijo el rey al
sacerdote Sadoq: «Mirad, tú y Abiatar volveos en paz a la ciudad, con
vuestros dos hijos, Ajimaas, tu hijo, y Jonatán, hijo de Abiatar.
28 Mirad, yo me
detendré en las llanuras del desierto, hasta que me llegue una palabra
vuestra que me dé noticias.»
29 Sadoq y
Abiatar volvieron el arca de Dios a Jerusalén y se quedaron allí.
30 David subía la
cuesta de los Olivos, subía llorando con la cabeza cubierta y los pies
desnudos; y toda la gente que estaba con él había cubierto su cabeza y subía
la cuesta llorando.
31 Notificaron
entonces a David: «Ajitófel está entre los conjurados con Absalón», y David
dijo: «¡Vuelve necios, Yahveh, los consejos de Ajitófel!»
32 Cuando David
llegó a la cima donde se postran ante Dios, le salió al encuentro Jusay el
arquita, amigo de David, con la túnica desgarrada y cubierta de polvo su
cabeza.
33 David le dijo:
«Si vienes conmigo, me serás una carga.
34 Pero si tu
vuelves a la ciudad y dices a Absalón: "Soy tu siervo, oh rey mi señor;
antes serví a tu padre, ahora soy siervo tuyo," podrás frustrar, en favor
mío, los consejos de Ajitófel.
35 ¿No estarán
allí contigo los sacerdotes Sadoq y Abiatar? Todo cuanto oigas en la casa
del rey, se lo comunicas a los sacerdotes Sadoq y Abiatar.
36 Estarán allí
con ellos sus dos hijos, Ajimaas de Sadoq y Jonatán de Abiatar, y por su
medio podréis comunicarme todo lo que sepáis.»
37 Jusay, amigo
de David, entró en la ciudad cuando Absalón llegaba a Jerusalén.
1 Había pasado
David un poco más allá de la cumbre, cuando le salió al encuentro Sibá,
criado de Meribbaal, con dos asnos aparejados, cargados con doscientos
panes, cien racimos de uvas pasas, cien frutas maduras y un odre de vino.
2 El rey preguntó
a Sibá: «¿Para qué es esto?» Sibá contestó: «Los asnos son para que la
familia del rey pueda montar, los panes y frutas son para que los muchachos
coman y el vino para que beba el que se fatigue en el desierto.»
3 El rey
preguntó: «¿Dónde está el hijo de tu señor?» Sibá respondió al rey: «Se ha
quedado en Jerusalén porque se ha dicho: Hoy me devolverá la casa de Israel
el reino de mi padre.»
4 El rey dijo a
Sibá: «Todo lo de Meribbaal es para ti» Sibá respondió: «Me postro ante ti.
¡Que halle yo gracia a tus ojos, oh rey mi señor!»
5 Cuando el rey
David llegó a Bajurim salió de allí un hombre del mismo clan que la casa de
Saúl, llamado Semeí, hijo de Guerá. Iba maldiciendo mientras avanzaba.
6 Tiraba piedras
a David y a todos los servidores del rey, mientras toda la gente y todos los
servidores se colocaban a derecha e izquierda.
7 Semeí decía
maldiciendo: «Vete, vete, hombre sanguinario y malvado.
8 Yahveh te
devuelva toda la sangre de la casa de Saúl, cuyo reino usurpaste. Así Yahveh
ha entregado tu reino en manos de Absalón tu hijo. Has caído en tu propia
maldad, porque eres un hombre sanguinario.»
9 Abisay, hijo de
Sarvia, dijo al rey: «¿Por qué ha de maldecir este perro muerto a mi señor
el rey? Voy ahora mismo y le corto la cabeza.»
10 Respondió el
rey: «¿Qué tengo yo con vosotros, hijos de Sarvia? Deja que maldiga, pues si
Yahveh le ha dicho: "Maldice a David" ¿quién le puede decir: «Por qué haces
esto?»
11 Y añadió David
a Abisay y a todos sus siervos: «Mirad, mi hijo, salido de mis entrañas,
busca mi muerte, pues ¿cuánto más ahora un benjaminita? Dejadle que maldiga,
pues se lo ha mandado Yahveh.
12 Acaso Yahveh
mire mi aflicción y me devuelva Yahveh bien por las maldiciones de este
día.»
13 Y David y sus
hombres prosiguieron su camino, mientras Semeí marchaba por el flanco de la
montaña, paralelo a él; iba maldiciendo, tirando piedras y arrojando polvo.
14 El rey y todo
el pueblo que iba con él, llegaron extenuados a... y allí tomaron aliento.
15 Absalón y
todos hombres de Israel entraron en Jerusalén; Ajitófel estaba con él.
16 Llegó Jusay el
arquita, amigo de David, donde Absalón y dijo Jusay a Absalón: «¡Viva el
rey, viva el rey!»
17 Absalón dijo a
Jusay: «¿Es éste tu afecto por tu amigo? ¿Por qué no te has ido con tu
amigo?»
18 Jusay
respondió a Absalón: «No. Yo quiero estar y permanecer con aquel a quien ha
elegido Yahveh, este pueblo y todos los hombres de Israel.
19 Por lo demás
¿a quién voy a servir? ¿No es a su hijo? Como he servido a tu padre, te
serviré a ti.»
20 Absalón dijo a
Ajitófel: «Tomad consejo sobre lo que se debe hacer.»
21 Ajitófel dijo
a Absalón: «Llégate a las concubinas que tu padre ha dejado para guardar la
casa; todo Israel sabrá que te has hecho odioso a tu padre y se fortalecerán
las manos de todos los que están contigo.
22 Se levantó,
pues, una tienda para Absalón sobre el terrado y Absalón se unió a las
concubinas de su padre a la vista de todo Israel.
23 El consejo que
daba Ajitófel aquellos días era como si se hubiese pedido un oráculo a Dios.
Así era tenido el consejo de Ajitófel, tanto por David como por Absalón.
1 Ajitófel dijo a
Absalón: «Voy a elegir 12.000 hombres y me lanzaré en persecución de David
esta misma noche.
2 Caeré sobre él
cuando esté fatigado y falto de fuerzas, le llenaré de espanto y huirá toda
la gente que está con él; heriré al rey solamente
3 y haré que
vuelva a ti todo el pueblo, como la novia viene a su esposo; solamente
buscas la muerte de un hombre y todo el pueblo quedará a salvo.»
4 Pareció bueno
el consejo a Absalón y a todos los ancianos de Israel.
5 Pero Absalón
dijo: «Llamad también a Jusay el arquita y oigámosle también a él.»
6 Llegó Jusay
donde Absalón y Absalón dijo: «Ajitófel nos ha dicho esto. ¿Debemos hacer lo
que dice? Si no, habla tu.»
7 Jusay dijo a
Absalón: «Por esta vez, no es bueno el consejo de Ajitófel.»
8 Añadió Jusay:
«Tú ya sabes que tu padre y sus hombres son gente valerosa y están
exasperados como una osa salvaje a la que han quitado sus oseznos. Tu padre
es hombre de guerra y no permitirá que el pueblo descanse durante la noche.
9 Ahora estará
escondido en alguna caverna o en algún lugar. Si caen al principio algunos
de los nuestros se correrá el rumor y se dirá: Ha habido un desastre en la
tropa que sigue a Absalón.
10 Y sucederá que
incluso los más valientes, cuyo corazón es como corazón de león, perderán el
ánimo, porque todo Israel sabe que tu padre es esforzado y que son valerosos
los que están con él.
11 Por eso te
aconsejo que reúnas en torno a ti a todo Israel, desde Dan hasta Berseba,
como la arena que hay en la orilla del mar, y tú marcharás en persona en
medio de ellos.
12 Nos
acercaremos a él en cualquier lugar en que se encuentre, caeremos sobre él
como cae el rocío sobre la tierra y no dejaremos con vida ni a él ni a uno
solo de los hombres que le acompañan.
13 Si se recoge a
una ciudad, todo Israel llevará cuerdas y la arrastraremos hasta el
torrente, de modo que no se pueda hallar en ella ni un pedrusco.»
14 Absalón y
todos los hombres de Israel dijeron: «El consejo de Jusay el arquita es
mejor que el consejo de Ajitófel.» Es que Yahveh había decidido frustrar el
consejo de Ajitófel - que era bueno - para traer Yahveh la ruina sobre
Absalón.
15 Después Jusay
dijo a los sacerdotes Sadoq y Abiatar: «Esto ha aconsejado Ajitófel a
Absalón y a los ancianos de Israel; y esto y esto he aconsejado yo.
16 Ahora mandad
rápidamente a avisar a David: "No hagas noche en las llanuras del desierto.
Pasa sin tardanza al otro lado, no vaya a ser devorado el rey y todo el
pueblo que le acompaña."»
17 Jonatán y
Ajimaas estaban apostados en la fuente de Roguel. Una criada vendría a
avisarles y ellos irían a comunicárselo al rey David, porque no podían
dejarse ver al entrar en la ciudad.
18 Pero los vio
un muchacho y avisó a Absalón. Entonces los dos partieron a toda prisa y
entraron en casa de un hombre de Bajurim. Tenía éste un pozo en el patio y
los bajaron a él.
19 La mujer tomó
una manta, la extendió sobre la boca del pozo, y puso encima grano trillado;
de modo que no se notaba nada.
20 Llegó la gente
de Absalón a la casa, donde la mujer, y dijeron: «¿Dónde están Ajimaas y
Jonatán?» La mujer respondió: «Han pasado más allá hacia el agua.» Buscaron,
pero no hallaron nada y se volvieron a Jerusalén.
21 Después que se
fueron, subieron ellos del pozo y fueron a avisar al rey David diciéndole:
«Levantaos y pasad aprisa el agua, porque este consejo les ha dado Ajitófel
contra vosotros.»
22 Se levantó
David y todo el pueblo que estaba con él y pasaron el Jordán; al romper la
luz de la mañana no quedaba nadie sin pasar el Jordán.
23 Cuando vio
Ajitófel que no habían seguido con su consejo, aparejó el asno y
levantándose fue a su casa en su ciudad; ordenó su casa, y luego se ahorcó y
murió. Le sepultaron en la tumba de su padre.
24 Llegaba David
a Majanáyim cuando atravesaba Absalón el Jordán con todos los hombres de
Israel.
25 Absalón había
puesto a Amasá al frente del ejército, en lugar de Joab. Amasá era hijo de
un hombre llamado Yitrá el ismaelita, que se había unido con Abigaíl, hija
de Jesé, hermana de Sarvia, madre de Joab.
26 Israel y
Absalón acamparon en tierra de Galaad.
27 Cuando David
llegó a Majanáyim, Sobí, hijo de Najás, de Rabbá de los ammonitas, y Makir,
hijo de Ammiel, de Lo Debar, y Barzillay de Galaad de Roguelim,
28 llevaron
lechos, esteras, copas y vasos de barro, así como trigo, cebada, harina,
grano tostado, lentejas, habas,
29 miel, cuajada,
ovejas y quesos de vaca, y lo ofrecieron a David y a la gente que estaba con
él, para que comiesen, pues se habían dicho: «La gente habrá pasado hambre,
fatigas y sed en el desierto.»
1 David pasó
revista al ejército que estaba con él y puso a su cabeza jefes de millar y
de cien.
2 Dividió David
el ejército en tres cuerpos: un tercio a las órdenes de Joab; un tercio a
las órdenes de Abisay, hijo de Sarvia, hermano de Joab, y un tercio a las
órdenes de Ittay de Gat. Y dijo David a su ejército: «Yo mismo saldré
también con vosotros.»
3 Pero la tropa
dijo: «No debes salir, porque si nosotros tenemos que huir, no tendría
importancia; aunque muriera la mitad de nosotros no tendría importancia;
pero tú eres como 10.000 de nosotros. Es mejor que puedas venir en nuestra
ayuda desde la ciudad.»
4 El rey les
dijo: «Haré lo que bien os parezca.» Se quedó, pues, el rey junto a la
puerta y salió todo el ejército por centenares y millares.
5 El rey ordenó a
Joab, Abisay y a Ittay: «Tratad bien, por amor a mí, al joven Absalón.» Y
todo el ejército oyó las órdenes del rey a todos los jefes acerca de
Absalón.
6 El ejército
salió al campo, al encuentro de Israel, y se trabó la batalla en el bosque
de Efraím.
7 El pueblo de
Israel fue derrotado allí por los veteranos de David, y hubo aquel día un
gran estrago de 20.000 hombres.
8 La batalla se
extendió por todo aquel contorno y aquel contorno y aquel día devoró el
bosque más hombres que la espada.
9 Absalón se topó
con los veteranos de David. Iba Absalón montado en un mulo y el mulo se
metió bajo el ramaje de una gran encina. La cabeza de Absalón se trabó y
quedó en la encina colgado entre el cielo y la tierra, mientras que el mulo
que estaba debajo de él siguió adelante.
10 Lo vio un
hombre y se lo avisó a Joab diciendo: «He visto a Absalón colgado de una
encina.»
11 Joab dijo al
hombre que le avisaba: «Y viéndole ¿por qué no le has derribado allí mismo
en tierra, yo te habría dado diez siclos de plata y un cinturón?»
12 El hombre
respondió a Joab: «Aunque pudiera pesar en la palma de mi mano mil siclos de
plata, no alzaría mi mano contra el hijo del rey, pues ante nuestros oídos
te ordenó el rey, a ti, a Abisay y a Ittay: "Guardadme al joven Absalón."
13 Si me hubiera
mentido a mí mismo, expondría mi vida, pues al rey nada se le oculta y tú
mismo te hubieras mantenido aparte.»
14 Respondió
Joab: «No voy a estarme mirando tu cara.» Y tomando tres dardos en su mano
los clavó en el corazón de Absalón, que estaba todavía vivo en medio de la
encina.
15 Luego se
acercaron diez jóvenes, escuderos de Joab, que hirieron a Absalón y lo
remataron.
16 Joab mandó
tocar el cuerno y el ejército dejó de perseguir a Israel, porque Joab retuvo
al ejército.
17 Tomaron a
Absalón, le echaron en el bosque en un gran hoyo y pusieron encima un gran
montón de piedras; y todo Israel huyó, cada uno a su tienda.
18 Estando en
vida, había decidido Absalón alzarse la estela que está en el valle del rey,
pues se había dicho: « No tengo hijo para perpetuar mi nombre», y había
puesto a la estela su mismo nombre. Se llama «La Mano de Absalón», hasta el
día de hoy.
19 Ajimaas, hijo
de Sadoq, dijo: «Voy a correr y anunciar al rey la buena noticia de que
Yahveh le ha librado de manos de sus enemigos.»
20 Pero Joab le
dijo; «No serás tú hombre que dé buenas noticias hoy. Otro día las darás;
hoy no las darás porque el hijo del rey ha muerto.»
21 Y Joab dijo al
kusita: «Anda y anuncia al rey lo que has visto.» El kusita se postró ante
Joab y partió a la carrera.
22 Insistió de
nuevo Ajimaas, hijo de Sadoq, y dijo a Joab: «Pase lo que pase, yo también
quiero correr tras el kusita.» Joab le dijo: «¿Para qué vas a correr, hijo
mío? aunque vayas, por esta noticia no te van a dar albricias.»
23 El dijo: «Pase
lo que pase, voy a correr.» Entonces le dijo: «Corre.» Ajimaas corrió por el
camino de la vega y adelantó al kusita.
24 Estaba David
entre las dos puertas. El centinela que estaba en el terrado de la puerta,
sobre la muralla, alzó la vista y vio a un hombre que venía corriendo solo.
25 Gritó el
centinela y se lo comunicó al rey y el dijo: «Si viene solo, hay buenas
noticias en su boca.» Mientras éste se acercaba corriendo,
26 vio el
centinela otro hombre corriendo y gritó el centinela de la puerta: «Ahí
viene otro hombre solo, corriendo.» Dijo el rey: «También éste trae buenas
noticias.»
27 Dijo el
centinela: «Ya distingo el modo de correr del primero: por su modo de correr
es Ajimaas, hijo de Sadoq.» Dijo el rey: «Es un hombre de bien; viene para
dar buenas noticias.»
28 Se acercó
Ajimaas y dijo al rey: «¡Paz!», y se postró ante el rey, rostro en tierra.
Luego prosiguió: «Bendito sea Yahveh tu Dios que ha sometido a los hombres
que alzaban la mano contra mi señor el rey.»
29 Preguntó el
rey: «¿Está bien el joven Absalón?» Ajimaas respondió: «Yo vi un gran
tumulto cuando el siervo del rey, Joab, envió a tu siervo pero no sé qué
era.»
30 El rey dijo:
«Pasa y ponte acá.» El pasó y se quedó.
31 Llegó el
kusita y dijo: «Recibe, oh rey mi señor, la buena noticia, pues hoy te ha
liberado Yahveh de la mano de todos lo que se alzaban contra ti.»
32 Dijo el rey al
kusita: «Está bien el joven Absalón?» Respondió el kusita: «Que les suceda
como a ese joven a todos los enemigos de mi señor el rey y a todos los que
se levantan contra ti para hacerte mal.»
1 Entonces el rey
se estremeció. Subió a la estancia que había encima de la puerta y rompió a
llorar. Decía entre sollozos: «¡Hijo mío, Absalón; hijo mío, hijo mío,
Absalón! ¡Quién me diera haber muerto en tu lugar, Absalón, hijo mío, hijo
mío!»
2 Avisaron a
Joab: «Mira que el rey está llorando y lamentándose por Absalón.»
3 La victoria se
trocó en duelo aquel día para todo el pueblo, porque aquel día supo el
pueblo que el rey estaba desolado por su hijo.
4 Y aquel día fue
entrando el ejército a escondidas en la ciudad, como cuando va a escondidas
un ejército que huye avergonzado de la batalla.
5 El rey, tapado
el rostro, decía con grandes gemidos: «¡Hijo mío, Absalón; Absalón, hijo
mío, hijo mío!»
6 Entró Joab en
la casa, donde el rey, y le dijo: «Estás hoy cubriendo de vergüenza el
rostro de todos tus servidores, que han salvado hoy tu vida, la vida de tus
hijos y tus hijas, la vida de tus mujeres y la vida de tus concubinas,
7 porque amas a
los que te aborrecen y aborreces a los que te aman; hoy has demostrado que
nada te importan tus jefes ni tus soldados; ahora estoy comprendiendo que si
Absalón viviera y todos nosotros hubiéramos muerto hoy, te habría parecido
bien.
8 Ahora, pues,
levántate, sal y habla al corazón de tus servidores, porque por Yahveh te
juro que, si no sales, no quedará contigo esta noche ni un hombre, y esto
sería para ti mayor calamidad que cuantas vinieron sobre ti desde tu
juventud hasta hoy.»
9 Se levantó el
rey y vino a sentarse a la puerta. Se avisó a todo el ejército: «El rey está
sentado a la puerta», y todo el ejército se presentó ante el rey. Israel
había huido cada uno a su tienda.
10 Y todo el
pueblo discutía en todas las tribus de Israel diciendo: «El rey nos libró de
nuestros enemigos y nos salvó de manos de los filisteos y ahora ha tenido
que huir del país, lejos de Absalón.
11 Pero Absalón,
a quien ungimos por rey nuestro, ha muerto en la batalla. Así pues, ¿por qué
estáis sin hacer nada para traer al rey?»
12 Llegaron hasta
el rey estas palabras de todo Israel; y el rey David mandó a decir a los
sacerdotes Sadoq y Abiatar: «Decid a los ancianos de Judá: "¿Por qué vais a
ser los últimos en traer al rey a su casa?
13 Sois mis
hermanos, mi carne y mis huesos sois, y ¿vais a ser los últimos en hacer
volver al rey?"
14 Decid también
a Amasá: "¿No eres tú hueso mío y carne mía? Esto me haga Dios y esto me
añada si no entras a mi servicio toda mi vida como jefe del ejército, en
lugar de Joab."»
15 Entonces se
inclinó el corazón de todos los hombres de Judá como un solo hombre y
enviaron a decir al rey: «Vuelve, tú y todos tus servidores.»
16 Volvió, pues,
el rey y llegó hasta el Jordán. Judá llegó hasta Guilgal, viniendo al
encuentro del rey para ayudar al rey a pasar el Jordán.
17 Semeí, hijo de
Guerá, benjaminita de Bajurim, se apresuró a bajar con los hombres de Judá
al encuentro del rey David.
18 Venían con él
mil hombres de Benjamín. Sibá, criado de la casa de Saúl, sus quince hijos y
sus veinte siervos bajaron al Jordán delante del rey,
19 para ayudar a
pasar a la familia del rey, y hacer todo lo que le pareciera bien. Semeí,
hijo de Guerá, se echó ante el rey, cuando hubo pasado el Jordán,
20 y dijo al rey:
«No me impute culpa mi señor y no recuerdes el mal que tu siervo hizo el día
en que mi señor el rey salía de Jerusalén; que no lo guarde el rey en su
corazón,
21 porque bien
conoce tu siervo que he pecado, pero he venido hoy el primero de toda la
casa de José, para bajar al encuentro de mi señor el rey.»
22 Entonces
Abisay, hijo de Sarvia, tomó la palabra y dijo: «¿Es que no va a morir Semeí
por haber maldecido al ungido de Yahveh?»
23 Pero David
dijo: «¿Qué tengo yo con vosotros, hijos de Sarvia, que os convertís hoy en
adversarios míos? ¿Ha de morir hoy alguien en Israel? ¿Acaso no conozco que
hoy vuelvo a ser rey de Israel?»
24 El rey dijo a
Semeí: «No morirás.» Y el rey se lo juró.
25 También
Meribbaal, hijo de Saúl, bajó al encuentro del rey. No había aseado sus pies
ni sus manos, no había cuidado su bigote ni había lavado sus vestidos desde
el día en que se marchó el rey hasta el día en que volvió en paz.
26 Cuando llegó
de Jerusalén al encuentro del rey, el rey le dijo: «¿Por qué no viniste
conmigo, Meribbaal?»
27 Respondió él:
«¡Oh rey, señor mío! Mi servidor me engañó: Tu siervo le había dicho:
"Aparéjame el asno; montaré en él, y me iré con el rey", porque tu siervo es
cojo.
28 Ha calumniado
a tu siervo ante mi señor el rey. Pero el rey mi señor es como el Ángel de
Dios y harás lo que bien te pareciere.
29 Pues toda la
familia de mi padre merecía la muerte de parte del rey mi señor, y tú, con
todo, has puesto a tu siervo entre los que comen a tu mesa. ¿Qué derecho
tengo yo a implorar todavía al rey?»
30 El rey le
dijo: «¿Para qué vas a seguir repitiendo tus palabras? He decidido que tú y
Sibá os repartáis las tierras.»
31 Dijo Meribbaal
al rey: «Y aun todo puede llevárselo, ya que mi señor el rey ha vuelto en
paz a su casa.»
32 También
Barzillay de Galaad había bajado de Roguelim y había pasado el Jordán con el
rey para despedirle en el Jordán.
33 Barzillay era
muy anciano; tenía ochenta años. Había proporcionado alimentos al rey
durante su estancia en Majanáyim, porque era un hombre muy rico.
34 Dijo el rey a
Barzillay: «Sigue conmigo y yo te mantendré junto a mí en Jerusalén.»
35 Pero Barzillay
dijo al rey: «¿Cuántos podrán ser los años de mi vida para que suba con el
rey a Jerusalén?
36 Ochenta años
tengo. ¿Puedo hoy distinguir entre lo bueno y lo malo? Tu siervo no llega ya
a saborear lo que come o bebe, ni alcanzo ya a oír la voz de los cantores y
cantoras. ¿Por qué tu siervo ha de seguir siendo una carga para el rey mi
señor?
37 Tu siervo
continuará con el rey un poco más allá del Jordán, pero ¿para qué ha de
concederme el rey tal recompensa?
38 Permite que tu
siervo se vuelva para morir en mi ciudad, junto al sepulcro de mi padre y de
mi madre. Aquí está tu siervo Kimham. Que siga él con el rey mi señor y haz
con él lo que bien te parezca.»
39 Dijo el rey:
«Que venga Kimham conmigo; haré por él cuanto desees, y todo cuanto me pidas
te lo concederé.»
40 Todo el pueblo
pasó el Jordán. Pasó el rey, que besó a Barzillay y le bendijo, y éste se
volvió a su casa.
41 Siguió el rey
hacia Guilgal y Kimham pasó con él. Iba con el rey todo el pueblo de Judá y
la mitad del pueblo de Israel.
42 En esto todos
los hombres de Israel fueron al rey y le dijeron: «¿Por qué nuestros
hermanos, los hombres de Judá, te tienen secuestrado y han hecho pasar el
Jordán al rey, a su casa y a todos los hombres de David con él?»
43 Todos los
hombres de Judá respondieron a los hombres de Israel: «Porque el rey está
emparentado conmigo. ¿Por qué te ha de irritar esto? ¿Hemos comido acaso a
expensas del rey? ¿O nos hemos llevado alguna ración?»
44 Los hombres de
Israel respondieron a los hombres de Judá: «Yo tengo diez partes en el rey y
además soy el primogénito. ¿Por qué me has menospreciado? ¿No hablé yo
primero para hacer volver a mi rey?» Pero las palabras de los hombres de
Judá fueron más ásperas que las de los hombres de Israel.
1 Había allí un
malvado llamado Seba, hijo de Bikrí, benjaminita, que hizo sonar el cuerno y
dijo: «No tenemos parte con David, ni tenemos heredad con el hijo de Jesé.
¡Cada uno a sus tiendas, Israel!»
2 Y todos los
hombres de Israel se apartaron de David para seguir a Seba, hijo de Bikrí,
mientras que los hombres de Judá se adhirieron a su rey, desde el Jordán
hasta Jerusalén.
3 David entró en
su casa de Jerusalén; tomó el rey las diez concubinas que había dejado para
guardar la casa y las puso bajo custodia. Proveyó a su mantenimiento, pero
no se acercó a ellas y estuvieron encerradas hasta el día de su muerte, como
viudas de por vida.
4 El rey dijo a
Amasá: «Convócame a los hombres de Judá y preséntate aquí dentro de tres
días.»
5 Partió Amasá
para convocar a Judá pero tardó más tiempo del señalado.
6 Entonces David
dijo a Abisay: «Ahora Seba, hijo de Bikrí, nos va a hacer más mal que
Absalón. Toma los veteranos de tu señor y parte en su persecución para que
no alcance las ciudades fortificadas y se nos escape.»
7 Salieron en pos
de Abisay los hombres de Joab, los kereteos, los peleteos y todos los
valientes; salieron de Jerusalén para perseguir a Seba, hijo de Bikrí.
8 Estaban cerca
de la piedra grande que hay en Gabaón cuando Amasá se presentó ante ellos.
Vestía Joab su vestido militar y llevaba sobre él la espada, en la vaina,
ceñida al costado. La espada se salió y cayó.
9 Joab dijo a
Amasá: «¿Estás bien, hermano mío?» y sujetó Joab con su mano derecha la
barba de Amasá como para besarle.
10 Amasá no se
fijó en la espada que Joab tenía en su mano; y éste le hirió en el vientre
derramando sus entrañas en tierra. No tuvo que repetir para matarle. Luego
Joab y su hermano Abisay continuaron la persecución de Seba, hijo de Bikrí.
11 Se quedó junto
a Amasá uno de los criados de Joab que decía: «Quien quiera a Joab y quien
esté por David, que siga a Joab.»
12 Amasá,
envuelto en sangre, estaba en medio del camino; viendo el hombre que todo el
pueblo paraba, apartó a Amasá del camino al campo, y le puso encima un
vestido, porque vio que todos los que llegaban hasta él se detenían.
13 Cuando Amasá
fue apartado del camino, todos los hombres seguían en pos de Joab,
persiguiendo a Seba, hijo de Bikrí.
14 Seba atravesó
todas las tribus de Israel hacia Abel Bet Maaká, y todos los bikritas... se
habían reunido y entraron tras él.
15 Vinieron y le
cercaron en Abel Bet Maaká. Alzaron junto a la ciudad un terraplén que
llegaba hasta el contramuro y todo el ejército que estaba con Joab trabajaba
para derribar el muro, haciendo zapa.
16 Entonces una
mujer sagaz gritó desde la ciudad: «¡Escuchad, escuchad! Decid a Joab que se
acerque aquí que quiero hablarle.»
17 Se acercó él y
la mujer dijo: «¿Eres tú Joab?» Respondió: «Yo soy.» Ella le dijo: «Escucha
las palabras de tu sierva.» «Te escucho» - dijo -.
18 Ella continuó:
«Antes se decía: Quien preguntare, que pregunte en Abel y en Dan si ha
acabado
19 lo que han
establecido los fieles de Israel. ¿Y tú estás buscando la destrucción de una
ciudad, madre de ciudades en Israel? ¿Por qué quieres destruir una heredad
de Yahveh?»
20 Respondió
Joab: «¡Lejos, lejos de mí querer destruir y aniquilar!
21 No se trata de
eso sino de un hombre de la montaña de Efraím, llamado Seba, hijo de Bikrí,
que ha alzado su mano contra el rey, contra David. Entregadle en nuestras
manos y me marcharé de la ciudad.» Respondió la mujer a Joab: «Se te echará
su cabeza por encima del muro.»
22 La mujer entró
en la ciudad y habló a todo el pueblo con su habitual prudencia. Le cortaron
la cabeza a Seba, hijo de Bikrí, y se la arrojaron a Joab. Entonces éste
hizo sonar el cuerno y se alejaron de la ciudad cada uno a su tienda. Joab
se volvió a Jerusalén junto al rey.
23 Joab era jefe
de todo el ejército. Benaías, hijo de Yehoyadá, era jefe de los kereteos y
los peleteos.
24 Adoram era
jefe de la leva, y Josafat, hijo de Ajilud, era el heraldo.
25 Seraya era
secretario; Sadoq y Abiatar eran sacerdotes.
26 También Irá el
yairita era sacerdote de David.
1 En tiempo de
David hubo hambre por tres años consecutivos. David consultó el rostro de
Yahveh y Yahveh respondió: «Hay sangre sobre Saúl y sobre su casa, porque
mató a los gabaonitas.»
2 Llamó el rey a
los gabaonitas y les dijo: (Estos gabaonitas no eran israelitas, sino uno de
los residuos amorreos, a los que los israelitas habían hecho juramento. Pero
Saúl intentó exterminarlos, llevado del celo por los israelitas y Judá.)
3 Dijo, pues,
David a los gabaonitas: «¿Qué debo hacer por vosotros y cómo puedo aplacaros
para que bendigáis la heredad de Yahveh?»
4 Le respondieron
los gabaonitas: «No es para nosotros cuestión de oro ni plata con Saúl y su
casa, ni se trata de hacer morir a nadie en Israel.» El dijo: «Haré por
vosotros lo que me digáis.»
5 Entonces ellos
dijeron al rey: «Aquel hombre nos exterminó y proyectó aniquilarnos para
hacernos desaparecer de todos los términos de Israel.
6 Que se nos
entreguen siete de entre sus hijos y los despeñaremos ante Yahveh en Gabaón,
en el monte de Yahveh.» El rey dijo: «Os los entregaré.»
7 Pero el rey
perdonó a Meribbaal, hijo de Jonatán, hijo de Saúl, a causa del juramento de
Yahveh que había entre ellos, entre David y Jonatán, hijo de Saúl.
8 Tomó el rey a
los dos hijos que Rispá, hija de Ayyá, había dado a Saúl, Armoní y
Meribbaal, y a los cinco hijos que Merab, hija de Saúl, había dado a Adriel,
hijo de Barzillay de Mejolá
9 y los puso en
manos de los gabaonitas que los despeñaron en el monte ante Yahveh. Cayeron
los siete a la vez; fueron muertos en los primeros días de la cosecha, al
comienzo de la siega de la cebada.
10 Rispá, hija de
Ayyá, tomó un sayal y se lo tendía sobre la roca desde el comienzo de la
siega hasta que cayeron sobre ellos las lluvias del cielo; no dejaba que se
pararan junto a ellos las aves del cielo por el día ni las bestias del campo
por la noche.
11 Avisaron a
David lo que había hecho Rispá, hija de Ayyá, concubina de Saúl.
12 Entonces David
fue a recoger los huesos de Saúl y los huesos de su hijo Jonatán, de entre
los vecinos de Yabés de Galaad que los habían hurtado de la explanada de
Betsán, donde los filisteos los habían colgado el día que mataron a Saúl en
Gelboé;
13 subió desde
allí los huesos de Saúl y los huesos de su hijo Jonatán y los reunió con los
huesos de los despeñados.
14 Sepultaron los
huesos de Saúl, los de su hijo Jonatán y los de los despeñados, en tierra de
Benjamín, en Selá, en el sepulcro de Quis, padre de Saúl, y ejecutaron
cuanto había ordenado el rey, después de lo cual Dios quedó aplacado con la
tierra.
15 Hubo otra
guerra de los filisteos contra Israel. Bajó David con sus veteranos y
atacaron a los filisteos. David estaba extenuado.
16 Había un
campeón de los descendientes de Rafá; el peso de su lanza era de trescientos
siclos de bronce, ceñía una espada nueva y se dijo: «Voy a matar a David.»
17 Pero acudió en
su socorro Abisay, hijo de Sarvia, que hirió al filisteo y le mató. Entonces
los hombres de David le conjuraron diciendo: «No vuelvas a salir al combate
con nosotros, para que no apagues la antorcha en Israel.»
18 Después de
esto, hubo guerra de nuevo en Gob contra los filisteos; entonces Sibbekay,
jusatita, mató a Saf, uno de los descendientes de Rafá.
19 Hubo otra
guerra en Gob contra los filisteos, y Eljanán, hijo de Yaír de Belén, mató a
Goliat de Gat; el asta de su lanza era como un enjullo de tejedor.
20 Hubo guerra de
nuevo en Gat y había allí un hombre de gran estatura que tenía seis dedos en
cada mano y seis dedos en cada pie, veinticuatro dedos en total; también él
descendía de Rafá.
21 Desafió éste a
Israel, y Jonatán, hijo de Simá, hermano de David, le mató.
22 Estos cuatro
descendían de Rafá de Gat y sucumbieron a manos de David y de sus veteranos.
1 David dijo a
Yahveh las palabras de este cántico el día que le salvó Yahveh de la mano de
todos sus enemigos y de la mano de Saúl.
2 Dijo: Yahveh,
mi roca, y mi baluarte, mi liberador,
3 mi Dios, la
peña en que me amparo, mi escudo y fuerza de mi salvación, mi ciudadela y mi
refugio, mi salvador que me salva de la violencia.
4 Invoco a Yahveh
que es digno de alabanza, y quedo a salvo de mis enemigos.
5 Los olas de la
muerte me envolvían, me espantaban las trombas de Belial,
6 los lazos del
seol me rodeaban, me aguardaban los cepos de la muerte.
7 Clamé a Yahveh
en mi angustia, a mi Dios invoqué, y escuchó mi voz desde su templo, resonó
mi llamada en sus oídos.
8 La tierra fue
sacudida y vaciló, las bases de los cielos retemblaron. Vacilaron bajo su
furor.
9 Una humareda
subió de sus narices y de su boca un fuego que abrasaba; de él salían
carbones encendidos.
10 El inclinó los
cielos y bajó, un espeso nublado debajo de sus pies.
11 Cabalgó sobre
un querube, emprendió el vuelo, sobre las alas de los vientos planeó.
12 Se puso como
tienda un cerco de tinieblas, tinieblas de las aguas, espesos nubarrones.
13 Del fulgor que
le precedía se encendieron granizo y ascuas de fuego.
14 Tronó Yahveh
dese los cielos, lanzó el Altísimo su voz;
15 arrojó saetas
y los puso en fuga, rayos fulminó y sembró derrota.
16 El fondo del
mar quedó a la vista, los cimientos del orbe aparecieron ante la increpación
de Yahveh, al resollar al aliento en sus narices.
17 Extiende su
mano de lo alto para asirme, para sacarme de las profundas aguas.
18 Me libera de
un enemigo poderoso, de mis adversarios más fuertes que yo.
19 Me aguardaban
el día de mi ruina, Mas Yahveh fue un apoyo para mí.
20 Me sacó a
espacio abierto, Me salvó porque me amaba.
21 Yahveh me
recompensa conforme a mi justicia, el me paga conforme a la pureza de mis
manos.
22 Porque he
guardado los caminos de Yahveh, y no he hecho el mal lejos de mi Dios.
23 Porque tengo
ante mí todos sus juicios, y sus preceptos no aparto de mi lado.
24 He sido ante
él irreprochable, y de incurrir en culpa me he guardado.
25 Y Yahveh me
devuelve según mi justicia, según mi pureza que está a sus ojos.
26 Con el piadoso
eres piadoso, intachable con el hombre sin tacha.
27 Con el puro
eres puro, con el ladino, sagaz.
28 Tú que salvas
al pueblo humilde, y abates los ojos altaneros.
29 Tú eres,
Yahveh, mi lámpara, mi Dios que alumbra mis tinieblas.
30 Con tu ayuda
las hordas acometo, con mi Dios escalo la muralla.
31 Dios es
perfecto en sus caminos, la palabra de Yahveh, acrisolada, él es el escudo
de cuantos a él se acogen.
32 Pues ¿quién es
Dios, fuera de Yahveh? ¿Quién Roca, sino sólo nuestro Dios?
33 El Dios que me
ciñe de fuerza y hace mi camino irreprochable.
34 Que hace mis
pies como de ciervas, y en las alturas me sostiene en pie.
35 El que mis
manos para el combate adiestra, y mis brazos para tensar arcos de bronce.
36 Tú me das tu
escudo salvador, multiplicas tus respuestas favorables
37 Mis pasos
ensanchas ante mí; no se tuercen mis tobillos.
38 Persigo a mis
enemigos, los deshago, no vuelvo hasta haberlos acabado.
39 Los quebranto,
no pueden levantarse, sucumben debajo de mis pies.
40 Para el
combate de fuerza me ciñes, doblegas bajo mí a mis agresores,
41 a mis enemigos
haces dar la espada, extermino a los que me odian.
42 Claman, mas no
hay salvador, a Yahveh, y no les responde.
43 Los machaco
como polvo de la tierra, como al barro de las calles los piso.
44 De las
querellas de mi pueblo me libras. me pones a la cabeza de las gentes,
pueblos que no conocía me sirven.
45 Los hijos de
extranjeros me adulan, son todo oídos, me obedecen.
46 Los hijos de
extranjeros desmayan, y dejan temblando sus refugios.
47 ¡Viva Yahveh
bendita sea mi Roca, el Dios de mi salvación sea ensalzado!
48 El Dios que la
venganza me concede y abate los pueblos a mis plantas.
49 Tú me libras
de mis enemigos, me exaltas sobre mis agresores, y del hombre violento me
salvas.
50 Por eso,
Yahveh, quiero alabarte entre los pueblos y cantar tu nombre.
51 El hace
grandes las victorias de su rey y muestra su amor a su ungido, a David y su
linaje para siempre.
1 Estas son las
últimas palabras de David: Oráculo de David, hijo de Jesé, oráculo del
hombre puesto en alto, el ungido del Dios de Jacob, el suave salmista de
Israel:
2 El espíritu de
Yahveh habla por mí, su palabra está en mi lengua.
3 El Dios de
Jacob ha hablado, me ha dicho la Roca de Israel. El justo que gobierna a los
hombres, que gobierna en el temor de Dios,
4 como luz
matinal al romper el sol en una mañana sin nubes, haciendo brillar tras la
lluvia el césped de la tierra.
5 Pues firme ante
Dios está mi casa, porque ha hecho conmigo un pacto sempiterno, en todo
ordenado y custodiado. El hará germinar toda mi salud y todo mi deseo.
6 Como espinas
del desierto todos los malvados, que no son recogidos con la mano.
7 Nadie los toca
si no es con hierro o el fuste de una lanza para ser consumidos por el
fuego.
8 Estos son los
nombres de los valientes de David: Isbaal el jakmonita, el primero de los
tres; fue el que blandió su lanza e hizo ochocientas víctimas de una sola
vez.
9 Después de él,
Eleazar, hijo de Dodó, ajojita, uno de los tres héroes. Estaba con David en
Pas Dammim cuando los filisteos se concentraron para presentar batalla y los
hombres de Israel retrocedían.
10 El se mantuvo
firme y atacó a los filisteos hasta que se le crispó la mano y se le quedó
pegada a la espada; aquel día obró Yahveh una gran victoria; el ejército
volvió sobre sus pasos, pero sólo para apoderarse de los despojos.
11 Después de él,
Sammá, hijo de Elá, hararita. Los filisteos se habían concentrado en Lejí.
Había allí una pieza toda de lentejas. El ejército huyó ante los filisteos.
12 Pero él se
puso en medio de la pieza, la defendió y batió a los filisteos. Yahveh obró
una gran victoria.
13 Tres de los
Treinta bajaron al tiempo de la cosecha y llegaron donde David a la caverna
de Adullam, cuando un destacamento filisteo estaba acampado en el valle de
los Refaím.
14 David estaba
en el refugio y había en Belén un puesto de filisteos.
15 David expresó
este deseo: «¡Quién me diera a beber agua de la cisterna que hay a la puerta
de Belén!»
16 Rompieron
entonces los Tres héroes por el campamento de los filisteos y sacaron agua
de la cisterna que hay a la puerta de Belén, se la llevaron y la ofrecieron
a David, pero él no quiso beberla, sino que la derramó como libación a
Yahveh,
17 diciendo:
«¡Líbreme Yahveh de hacer tal cosa! ¡Es la sangre de los hombres que han ido
exponiendo su vida!» Y no quiso beberla. - Estas cosas hicieron los Tres
héroes.
18 Abisay,
hermano de Joab, e hijo de Sarvia, era jefe de los Treinta; fue el que
blandió su lanza contra trescientos hombres y conquistó renombre entre los
Treinta.
19 Fue el más
afamado de los Treinta, llegando a ser su capitán, pero no igualó a los
Tres.
20 Benaías, hijo
de Yehoyadá, hombre valeroso y pródigo en hazañas, de Cabseel, fue el que
mató a los dos héroes de Moab; el que bajó y mató al león dentro del pozo,
un día de nieve.
21 Mató también a
un egipcio de gran estatura; tenía el egipcio una lanza en su mano, pero él
bajó a su encuentro con un bastón, arrancó la lanza de la mano del egipcio y
con su misma lanza le mató.
22 Esto hizo
Benaías, hijo de Yehoyadá, y se granjeó renombre entre los Treinta
valientes.
23 Fue más
ilustre que los Treinta pero no igualó a los Tres. David le hizo jefe de su
guardia personal.
24 Asahel,
hermano de Joab, estaba entre los Treinta. Eljanán, hijo de Dodó, de Belén.
25 Sammá, de
Jarod. Elicá, de Jarod.
26 Jeles, de Bet
Pélet. Irá, hijo de Iqques, de Técoa.
27 Abiezer, de
Anatot. Sibbekay, de Jusá.
28 Salmón, de
Ajoj. Majray, de Netofá.
29 Jeled, hijo de
Baaná, de Netofá. Ittay, hijo de Ribay, de Guibeá de Benjamín.
30 Benaías, de
Piratón. Hidday, de los torrentes de Gaás.
31 Abibaal, de
Bet Haarabá. Azmávet de Bajurim.
32 Elyajbá, de
Saalbón. Yasén, de Guizón. Jonatán,
33 hijo de Sammá,
de Harar. Ajiam, hijo de Sarar, de Harar.
34 Elifélet, hijo
de Ajasbay, de Bet Maaká. Eliam, hijo de Ajitófel, de Guiló.
35 Jesray, de
Carmelo. Paaray, de Arab.
36 Yigal, hijo de
Natán, de Sobá. Baní, de Gad.
37 Séleq el
ammonita. Najray, de Beerot, escudero de Joab, hijo de Sarvia.
38 Irá, de
Yattir. Gareb, de Yattir.
39 Urías el
hitita. En total, 37.
1 Se encendió
otra vez la ira de Yahveh contra los israelitas e incitó a David contra
ellos diciendo: «Anda, haz el censo de Israel y de Judá.»
2 El rey dijo a
Joab y a los jefes del ejército que estaban con él: «Recorre todas las
tribus de Israel desde Dan hasta Berseba y haz el censo para que yo sepa la
cifra de la población.»
3 Joab respondió
al rey: «Que Yahveh tu Dios multiplique el pueblo cien veces más de lo que
es y que los ojos de mi señor el rey lo vean. Mas ¿para qué quiere esto mi
señor el rey?»
4 Pero prevaleció
la orden del rey sobre Joab y los jefes del ejército y salió Joab con los
jefes del ejército de la presencia del rey para hacer el censo del pueblo de
Israel.
5 Pasaron el
Jordán y comenzaron por Aroer, la ciudad que está en medio del valle, y por
Gad hasta Yazer.
6 Fueron luego a
Galaad y al país de los hititas, a Cadés. Llegaron hasta Dan y desde Dan
doblaron hacia Sidón.
7 Llegaron hasta
la fortaleza de Tiro y todas las ciudades de los jivitas y cananeos,
saliendo finalmente al Négueb de Judá, a Berseba.
8 Recorrieron así
todo el país y al cabo de nueve meses y veinte días volvieron a Jerusalén.
9 Joab entregó al
rey la cifra del censo del pueblo. Había en Israel 800.000 hombres de guerra
capaces de manejar las armas; en Judá había 500.000 hombres.
10 Después de
haber hecho el censo del pueblo, le remordió a David el corazón y dijo David
a Yahveh: «He cometido un gran pecado. Pero ahora, Yahveh, perdona, te
ruego, la falta de tu siervo, pues he sido muy necio.»
11 Cuando David
se levantó por la mañana, le había sido dirigida la palabra de Yahveh al
profeta Gad, vidente de David, diciendo:
12 «Anda y di a
David: Así dice Yahveh: Tres cosas te propongo; elije una de ellas y la
llevaré a cabo.»
13 Llegó Gad
donde David y le anunció: «¿Qué quieres que te venga, tres años de gran
hambre en tu país, tres meses de derrotas ante tus enemigos y que te
persigan, o tres días de peste en tu tierra? Ahora piensa y mira qué debo
responder al que me envía.»
14 David
respondió a Gad: «Estoy en grande angustia. Pero caigamos en manos de Yahveh
que es grande su misericordia. No caiga yo en manos de los hombres.»
15 Y David eligió
la peste para sí. Eran los días de la recolección del trigo. Yahveh envió la
peste a Israel desde la mañana hasta el tiempo señalado y murieron 70.000
hombres del pueblo, desde Dan hasta Berseba.
16 El ángel
extendió la mano hacia Jerusalén para destruirla, pero Yahveh se arrepintió
del estrago y dijo al ángel que exterminaba el pueblo: «¡Basta ya! Retira tu
mano.» El ángel de Yahveh estaba entonces junto a la era de Arauná el
jebuseo.
17 Cuando David
vio al ángel que hería al pueblo, dijo a Yahveh: «Yo fui quien pequé, yo
cometí el mal, pero estas ovejas ¿qué han hecho? Caiga, te suplico, tu mano
sobre mí y sobre la casa de mi padre.»
18 Vino Gad aquel
día donde David y le dijo: «Sube y levanta un altar a Yahveh en la era de
Arauná el jebuseo.»
19 David subió,
según la palabra de Gad, como había ordenado Yahveh.
20 Miró Arauná y
vio al rey y a sus servidores que venían hacia él. Entonces Arauná salió y
se postró rostro en tierra ante el rey.
21 Y dijo Arauná:
«¿Cómo mi señor el rey viene a su siervo?» David respondió: «Vengo a
comprarte la era para levantar un altar a Yahveh y detener la plaga del
pueblo.»
22 Arauná dijo a
David: «Que el rey mi señor tome y ofrezca lo que bien le parezca. Mira los
bueyes para el holocausto, los trillos y los yugos de los bueyes para leña.
23 El siervo de
mi señor el rey da todo esto al rey.» Y Arauná dijo al rey: «Que Yahveh tu
Dios te sea propicio.»
24 Pero el rey
dijo a Arauná: «No; quiero comprártelo por su precio, no quiero ofrecer a
Yahveh mi Dios holocaustos de balde.» Y David compró la era y los bueyes por
cincuenta siclos de plata.
25 Levantó allí
David un altar a Yahveh y ofreció holocaustos y sacrificios de comunión.
Entonces Yahveh atendió a las súplicas en favor de la tierra y la peste se
apartó de Israel.