"EVANGELIO SEGUN SAN LUCAS"
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1 Sucedió que
cruzaba en sábado por unos sembrados; sus discípulos arrancaban y comían
espigas desgranándolas con las manos.
2 Algunos de los
fariseos dijeron: «¿Por qué hacéis lo que no es lícito en sábado?»
3 Y Jesús les
respondió: «¿Ni siquiera habéis leído lo que hizo David, cuando sintió
hambre él y los que le acompañaban,
4 cómo entró en
la Casa de Dios, y tomando los panes de la presencia, que no es lícito comer
sino sólo a los sacerdotes, comió él y dio a los que le acompañaban?»
5 Y les dijo: «El
Hijo del hombre es señor del sábado.»
6 Sucedió que
entró Jesús otro sábado en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un
hombre que tenía la mano derecha seca.
7 Estaban al
acecho los escribas y fariseos por si curaba en sábado, para encontrar de
qué acusarle.
8 Pero él,
conociendo sus pensamientos, dijo al hombre que tenía la mano seca:
«Levántate y ponte ahí en medio.» El, levantándose, se puso allí.
9 Entonces Jesús
les dijo: «Yo os pregunto si en sábado es lícito hacer el bien en vez de
hacer el mal, salvar una vida en vez de destruirla.»
10 Y mirando a
todos ellos, le dijo: «Extiende tu mano.» El lo hizo, y quedó restablecida
su mano.
11 Ellos se
ofuscaron, y deliberaban entre sí qué harían a Jesús.
12 Sucedió que
por aquellos días se fue él al monte a orar, y se pasó la noche en la
oración de Dios.
13 Cuando se hizo
de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que
llamó también apóstoles.
14 A Simón, a
quien llamó Pedro, y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan, a Felipe y
Bartolomé,
15 a Mateo y
Tomás, a Santiago de Alfeo y Simón, llamado Zelotes;
16 a Judas de
Santiago, y a Judas Iscariote, que llegó a ser un traidor.
17 Bajando con
ellos se detuvo en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos
suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la
región costera de Tiro y Sidón,
18 que habían
venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran
molestados por espíritus inmundos quedaban curados.
19 Toda la gente
procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.
20 Y él, alzando
los ojos hacia sus discípulos, decía: «Bienaventurados los pobres, porque
vuestro es el Reino de Dios.
21
Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados.
Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis.
22
Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os
injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del
hombre.
23 Alegráos ese
día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues
de ese modo trataban sus padres a los profetas.
24 «Pero ¡ay de
vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo.
25 ¡Ay de
vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los
que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto.
26 ¡Ay cuando
todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus
padres a los falsos profetas.
27 «Pero yo os
digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que
os odien,
28 bendecid a los
que os maldigan, rogad por los que os difamen.
29 Al que te
hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el
manto, no le niegues la túnica.
30 A todo el que
te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames.
31 Y lo que
queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente.
32 Si amáis a los
que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que
les aman.
33 Si hacéis bien
a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores
hacen otro tanto!
34 Si prestáis a
aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los
pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente.
35 Más bien, amad
a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y
vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es
bueno con los ingratos y los perversos.
36 «Sed
compasivos, como vuestro Padre es compasivo.
37 No juzguéis y
no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis
perdonados.
38 Dad y se os
dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de
vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá.»
39 Les añadió una
parábola: «¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el
hoyo?
40 No está el
discípulo por encima del maestro. Todo el que esté bien formado, será como
su maestro.
41 ¿Cómo es que
miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que
hay en tu propio ojo?
42 ¿Cómo puedes
decir a tu hermano: "Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo",
no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la
viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo
de tu hermano.
43 «Porque no hay
árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé
fruto bueno.
44 Cada árbol se
conoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos, ni de la zarza se
vendimian uvas.
45 El hombre
bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca
lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca.
46 «¿Por qué me
llamáis: "Señor, Señor", y no hacéis lo que digo?
47 «Todo el que
venga a mí y oiga mis palabras y las ponga en práctica, os voy a mostrar a
quién es semejante:
48 Es semejante a
un hombre que, al edificar una casa, cavó profundamente y puso los cimientos
sobre roca. Al sobrevenir una inundación, rompió el torrente contra aquella
casa, pero no pudo destruirla por estar bien edificada.
49 Pero el que
haya oído y no haya puesto en práctica, es semejante a un hombre que edificó
una casa sobre tierra, sin cimientos, contra la que rompió el torrente y al
instante se desplomó y fue grande la ruina de aquella casa.»
1 Cuando hubo
acabado de dirigir todas estas palabras al pueblo, entró en Cafarnaúm.
2 Se encontraba
mal y a punto de morir un siervo de un centurión, muy querido de éste.
3 Habiendo oído
hablar de Jesús, envió donde él unos ancianos de los judíos, para rogarle
que viniera y salvara a su siervo.
4 Estos, llegando
donde Jesús, le suplicaban insistentemente diciendo: «Merece que se lo
concedas,
5 porque ama a
nuestro pueblo, y él mismo nos ha edificado la sinagoga.»
6 Iba Jesús con
ellos y, estando ya no lejos de la casa, envió el centurión a unos amigos a
decirle: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi
techo,
7 por eso ni
siquiera me consideré digno de salir a tu encuentro. Mándalo de palabra, y
quede sano mi criado.
8 Porque también
yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste:
"Vete", y va; y a otro: "Ven", y viene; y a mi siervo: "Haz esto", y lo
hace.»
9 Al oír esto
Jesús, quedó admirado de él, y volviéndose dijo a la muchedumbre que le
seguía: «Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande.»
10 Cuando los
enviados volvieron a la casa, hallaron al siervo sano.
11 Y sucedió que
a continuación se fue a una ciudad llamada Naím, e iban con él sus
discípulos y una gran muchedumbre.
12 Cuando se
acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo
único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la
ciudad.
13 Al verla el
Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: «No llores.»
14 Y,
acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y él dijo:
«Joven, a ti te digo: Levántate.»
15 El muerto se
incorporó y se puso a hablar, y él = se lo dio a su madre. =
16 El temor se
apoderó de todos, y glorificaban a Dios, diciendo: «Un gran profeta se ha
levantado entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo».
17 Y lo que se
decía de él, se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina.
18 Sus discípulos
llevaron a Juan todas estas noticias. Entonces él, llamando a dos de ellos,
19 los envió a
decir al Señor: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?»
20 Llegando donde
él aquellos hombres, dijeron: «Juan el Bautista nos ha enviado a decirte:
¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?»
21 En aquel
momento curó a muchos de sus enfermedades y dolencias, y de malos espíritus,
y dio vista a muchos ciegos.
22 Y les
respondió: «Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: Los ciegos ven,
los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos
resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva;
23 ¡y dichoso
aquel que no halle escándalo en mí!»
24 Cuando los
mensajeros de Juan se alejaron, se puso a hablar de Juan a la gente: «¿Qué
salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento?
25 ¿Qué salisteis
a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? ¡No! Los que visten
magníficamente y viven con molicie están en los palacios.
26 Entonces, ¿qué
salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta.
27 Este es de
quien está escrito: = He aquí que envío mi mensajero delante de ti, que
preparará por delante tu camino. =
28 «Os digo:
Entre los nacidos de mujer no hay ninguno mayor que Juan; sin embargo el más
pequeño en el Reino de Dios es mayor que él.
29 Todo el pueblo
que le escuchó, incluso los publicanos, reconocieron la justicia de Dios,
haciéndose bautizar con el bautismo de Juan.
30 Pero los
fariseos y los legistas, al no aceptar el bautismo de él, frustraron el plan
de Dios sobre ellos.
31 «¿Con quién,
pues, compararé a los hombres de esta generación? Y ¿a quién se parecen?
32 Se parecen a
los chiquillos que están sentados en la plaza y se gritan unos a otros
diciendo: "Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos
entonando endechas, y no habéis llorado."
33 «Porque ha
venido Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís: "Demonio
tiene."
34 Ha venido el
Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: "Ahí tenéis un comilón y un
borracho, amigo de publicanos y pecadores."
35 Y la Sabiduría
se ha acreditado por todos sus hijos.»
36 Un fariseo le
rogó que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la
mesa.
37 Había en la
ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en
casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume,
38 y poniéndose
detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los
pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los
ungía con el perfume.
39 Al verlo el
fariseo que le había invitado, se decía para sí: «Si éste fuera profeta,
sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una
pecadora.»
40 Jesús le
respondió: «Simón, tengo algo que decirte.» El dijo: «Di, maestro.»
41 Un acreedor
tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta.
42 Como no tenían
para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?»
43 Respondió
Simón: «Supongo que aquel a quien perdonó más.» El le dijo: «Has juzgado
bien»,
44 y volviéndose
hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me
diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas,
y los ha secado con sus cabellos.
45 No me diste el
beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies.
46 No ungiste mi
cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume.
47 Por eso te
digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho
amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra.»
48 Y le dijo a
ella: «Tus pecados quedan perdonados.»
49 Los comensales
empezaron a decirse para sí: «¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?»
50 Pero él dijo a
la mujer: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz.»
1 Y sucedió a
continuación que iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la
Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce,
2 y algunas
mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María,
llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios,
3 Juana, mujer de
Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con
sus bienes.
4 Habiéndose
congregado mucha gente, y viniendo a él de todas las ciudades, dijo en
parábola:
5 «Salió un
sembrador a sembrar su simiente; y al sembrar, una parte cayó a lo largo del
camino, fue pisada, y las aves del cielo se la comieron;
6 otra cayó sobre
piedra, y después de brotar, se secó, por no tener humedad;
7 otra cayó en
medio de abrojos, y creciendo con ella los abrojos, la ahogaron.
8 Y otra cayó en
tierra buena, y creciendo dio fruto centuplicado.» Dicho esto, exclamó: «El
que tenga oídos para oír, que oiga.»
9 Le preguntaban
sus discípulos qué significaba esta parábola,
10 y él dijo: «A
vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de Dios; a los
demás sólo en parábolas, para que = viendo, no vean y, oyendo, no entiendan.
=
11 «La parábola
quiere decir esto: La simiente es la Palabra de Dios.
12 Los de a lo
largo del camino, son los que han oído; después viene el diablo y se lleva
de su corazón la Palabra, no sea que crean y se salven.
13 Los de sobre
piedra son los que, al oír la Palabra, la reciben con alegría; pero éstos no
tienen raíz; creen por algún tiempo, pero a la hora de la prueba desisten.
14 Lo que cayó
entre los abrojos, son los que han oído, pero a lo largo de su caminar son
ahogados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y
no llegan a madurez.
15 Lo que en
buena tierra, son los que, después de haber oído, conservan la Palabra con
corazón bueno y recto, y dan fruto con perseverancia.
16 «Nadie
enciende una lámpara y la cubre con una vasija, o la pone debajo de un
lecho, sino que la pone sobre un candelero, para que los que entren vean la
luz.
17 Pues nada hay
oculto que no quede manifiesto, y nada secreto que no venga a ser conocido y
descubierto.
18 Mirad, pues,
cómo oís; porque al que tenga, se le dará; y al que no tenga, aun lo que
crea tener se le quitará.»
19 Se presentaron
donde él su madre y sus hermanos, pero no podían llegar hasta él a causa de
la gente.
20 Le anunciaron:
«Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte.»
21 Pero él les
respondió: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios
y la cumplen.»
22 Sucedió que
cierto día subió a una barca con sus discípulos, y les dijo: «Pasemos a la
otra orilla del lago.» Y se hicieron a la mar.
23 Mientras ellos
navegaban, se durmió. Se abatió sobre el lago una borrasca; se inundaba la
barca y estaban en peligro.
24 Entonces,
acercándose, le despertaron, diciendo: «¡Maestro, Maestro, que perecemos!»
El, habiéndose despertado, increpó al viento y al oleaje, que amainaron, y
sobrevino la bonanza.
25 Entonces les
dijo: «¿Dónde está vuestra fe?» Ellos, llenos de temor, se decían entre sí
maravillados: «Pues ¿quién es éste, que impera a los vientos y al agua, y le
obedecen?»
26 Arribaron a la
región de los gerasenos, que está frente a Galilea.
27 Al saltar a
tierra, vino de la ciudad a su encuentro un hombre, poseído por los
demonios, y que hacía mucho tiempo que no llevaba vestido, ni moraba en una
casa, sino en los sepulcros.
28 Al ver a
Jesús, cayó ante él, gritando con gran voz: «¿Qué tengo yo contigo, Jesús,
Hijo de Dios Altísimo? Te suplico que no me atormentes.»
29 Es que él
había mandado al espíritu inmundo que saliera de aquel hombre; pues en
muchas ocasiones se apoderaba de él; le sujetaban con cadenas y grillos para
custodiarle, pero rompiendo las ligaduras era empujado por el demonio al
desierto.
30 Jesús le
preguntó: «¿Cuál es tu nombre? «El contestó: «Legión»; porque habían entrado
en él muchos demonios.
31 Y le
suplicaban que no les mandara irse al abismo.
32 Había allí una
gran piara de puercos que pacían en el monte; y le suplicaron que les
permitiera entrar en ellos; y se lo permitió.
33 Salieron los
demonios de aquel hombre y entraron en los puercos; y la piara se arrojó al
lago de lo alto del precipicio, y se ahogó.
34 Viendo los
porqueros lo que había pasado, huyeron y lo contaron por la ciudad y por las
aldeas.
35 Salieron,
pues, a ver lo que había ocurrido y, llegando donde Jesús, encontraron al
hombre del que habían salido los demonios, sentado, vestido y en su sano
juicio, a los pies de Jesús; y se llenaron de temor.
36 Los que lo
habían visto, les contaron cómo había sido salvado el endemoniado.
37 Entonces toda
la gente del país de los gerasenos le rogaron que se alejara de ellos,
porque estaban poseídos de gran temor. El, subiendo a la barca, regresó.
38 El hombre de
quien habían salido los demonios, le pedía estar con él; pero le despidió,
diciendo:
39 «Vuelve a tu
casa y cuenta todo lo que Dios ha hecho contigo.» Y fue por toda la ciudad
proclamando todo lo que Jesús había hecho con él.
40 Cuando regresó
Jesús, le recibió la muchedumbre, pues todos le estaban esperando.
41 Y he aquí que
llegó un hombre, llamado Jairo, que era jefe de la sinagoga, y cayendo a los
pies de Jesús, le suplicaba entrara en su casa,
42 porque tenía
una sola hija, de unos doce años, que estaba muriéndose. Mientras iba, las
gentes le ahogaban.
43 Entonces, una
mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que no había
podido ser curada por nadie,
44 se acercó por
detrás y tocó la orla de su manto, y al punto se le paró el flujo de sangre.
45 Jesús dijo:
«¿Quién me ha tocado?» Como todos negasen, dijo Pedro: «Maestro, las gentes
te aprietan y te oprimen.»
46 Pero Jesús
dijo: «Alguien me ha tocado, porque he sentido que una fuerza ha salido de
mí.»
47 Viéndose
descubierta la mujer, se acercó temblorosa, y postrándose ante él, contó
delante de todo el pueblo por qué razón le había tocado, y cómo al punto
había sido curada.
48 El le dijo:
«Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz.»
49 Estaba todavía
hablando, cuando uno de casa del jefe de la sinagoga llega diciendo: «Tu
hija está muerta. No molestes ya al Maestro.»
50 Jesús, que lo
oyó, le dijo: «No temas; solamente ten fe y se salvará.»
51 Al llegar a la
casa, no permitió entrar con él más que a Pedro, Juan y Santiago, al padre y
a la madre de la niña.
52 Todos la
lloraban y se lamentaban, pero él dijo: «No lloréis, no ha muerto; está
dormida.»
53 Y se burlaban
de él, pues sabían que estaba muerta.
54 El, tomándola
de la mano, dijo en voz alta: «Niña, levántate.»
55 Retornó el
espíritu a ella, y al punto se levantó; y él mandó que le dieran a ella de
comer.
56 Sus padres
quedaron estupefactos, y él les ordenó que a nadie dijeran lo que había
pasado.
1 Convocando a
los Doce, les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, y para curar
enfermedades;
2 y los envió a
proclamar el Reino de Dios y a curar.
3 Y les dijo: «No
toméis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni
tengáis dos túnicas cada uno.
4 Cuando entréis
en una casa, quedaos en ella hasta que os marchéis de allí.
5 En cuanto a los
que no os reciban, saliendo de aquella ciudad, sacudid el polvo de vuestros
pies en testimonio contra ellos.»
6 Saliendo, pues,
recorrían los pueblos, anunciando la Buena Nueva y curando por todas partes.
7 Se enteró el
tetrarca Herodes de todo lo que pasaba, y estaba perplejo; porque unos
decían que Juan había resucitado de entre los muertos;
8 otros, que
Elías se había aparecido; y otros, que uno de los antiguos profetas había
resucitado.
9 Herodes dijo:
«A Juan, le decapité yo. ¿Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas?» Y
buscaba verle.
10 Cuando los
apóstoles regresaron, le contaron cuanto habían hecho. Y él, tomándolos
consigo, se retiró aparte, hacia una ciudad llamada Betsaida.
11 Pero las
gentes lo supieron, y le siguieron; y él, acogiéndolas, les hablaba acerca
del Reino de Dios, y curaba a los que tenían necesidad de ser curados.
12 Pero el día
había comenzado a declinar, y acercándose los Doce, le dijeron: «Despide a
la gente para que vayan a los pueblos y aldeas del contorno y busquen
alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar deshabitado.»
13 El les dijo:
«Dadles vosotros de comer.» Pero ellos respondieron: «No tenemos más que
cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos
para toda esta gente.»
14 Pues había
como 5.000 hombres. El dijo a sus discípulos: «Haced que se acomoden por
grupos de unos cincuenta.»
15 Lo hicieron
así, e hicieron acomodarse a todos.
16 Tomó entonces
los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció
sobre ellos la bendición y los partió, y los iba dando a los discípulos para
que los fueran sirviendo a la gente.
17 Comieron todos
hasta saciarse. Se recogieron los trozos que les habían sobrado: doce
canastos.
18 Y sucedió que
mientras él estaba orando a solas, se hallaban con él los discípulos y él
les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?»
19 Ellos
respondieron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un
profeta de los antiguos había resucitado.»
20 Les dijo: «Y
vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro le contestó: «El Cristo de Dios.»
21 Pero les mandó
enérgicamente que no dijeran esto a nadie.
22 Dijo: «El Hijo
del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos
sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día.»
23 Decía a todos:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada
día, y sígame.
24 Porque quien
quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la
salvará.
25 Pues, ¿de qué
le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se
arruina?
26 Porque quien
se avergüence de mí y de mis palabras, de ése se avergonzará el Hijo del
hombre, cuando venga en su gloria, en la de su Padre y en la de los santos
ángeles.
27 «Pues de
verdad os digo que hay algunos, entre los aquí presentes, que no gustarán la
muerte hasta que vean el Reino de Dios.»
28 Sucedió que
unos ocho días después de estas palabras, tomó consigo a Pedro, Juan y
Santiago, y subió al monte a orar.
29 Y sucedió que,
mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una
blancura fulgurante,
30 y he aquí que
conversaban con él dos hombres, que eran Moisés y Elías;
31 los cuales
aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en
Jerusalén.
32 Pedro y sus
compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron
su gloria y a los dos hombres que estaban con él.
33 Y sucedió que,
al separarse ellos de él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos
aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para
Elías», sin saber lo que decía.
34 Estaba
diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; y
al entrar en la nube, se llenaron de temor.
35 Y vino una voz
desde la nube, que decía: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle.»
36 Y cuando la
voz hubo sonado, se encontró Jesús solo. Ellos callaron y, por aquellos
días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.
37 Sucedió que al
día siguiente, cuando bajaron del monte, le salió al encuentro mucha gente.
38 En esto, un
hombre de entre la gente empezó a gritar: «Maestro, te suplico que mires a
mi hijo, porque es el único que tengo,
39 y he aquí que
un espíritu se apodera de él y de pronto empieza a dar gritos, le hace
retorcerse echando espuma, y difícilmente se aparta de él, dejándole
quebrantado.
40 He pedido a
tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido.»
41 Respondió
Jesús: «¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con
vosotros y habré de soportaros? ¡Trae acá a tu hijo!»
42 Cuando se
acercaba, el demonio le arrojó por tierra y le agitó violentamente; pero
Jesús increpó al espíritu inmundo, curó al niño y lo devolvió a su padre;
43 y todos
quedaron atónitos ante la grandeza de Dios. Estando todos maravillados por
todas las cosas que hacía, dijo a sus discípulos:
44 «Poned en
vuestros oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en
manos de los hombres.»
45 Pero ellos no
entendían lo que les decía; les estaba velado de modo que no lo comprendían
y temían preguntarle acerca de este asunto.
46 Se suscitó una
discusión entre ellos sobre quién de ellos sería el mayor.
47 Conociendo
Jesús lo que pensaban en su corazón, tomó a un niño, le puso a su lado,
48 y les dijo:
«El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba
a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre
vosotros, ése es mayor.»
49 Tomando Juan
la palabra, dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu
nombre, y tratamos de impedírselo, porque no viene con nosotros.»
50 Pero Jesús le
dijo: «No se lo impidáis, pues el que no está contra vosotros, está por
vosotros.»
51 Sucedió que
como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad
de ir a Jerusalén,
52 y envió
mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos
para prepararle posada;
53 pero no le
recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén.
54 Al verlo sus
discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje
fuego del cielo y los consuma?»
55 Pero
volviéndose, les reprendió;
56 y se fueron a
otro pueblo.
57 Mientras iban
caminando, uno le dijo: «Te seguiré adondequiera que vayas.»
58 Jesús le dijo:
«Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del
hombre no tiene donde reclinar la cabeza.»
59 A otro dijo:
«Sígueme.» El respondió: «Déjame ir primero a enterrar a mi padre.»
60 Le respondió:
«Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino
de Dios.»
61 También otro
le dijo: «Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi
casa.»
62 Le dijo Jesús:
«Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino
de Dios.»
1 Después de
esto, designó el Señor a otros 72, y los envió de dos en dos delante de sí,
a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir.
2 Y les dijo: «La
mies es mucha, y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que
envíe obreros a su mies.
3 Id; mirad que
os envío como corderos en medio de lobos.
4 No llevéis
bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino.
5 En la casa en
que entréis, decid primero: "Paz a esta casa."
6 Y si hubiere
allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a
vosotros.
7 Permaneced en
la misma casa, comiendo y bebiendo lo que tengan, porque el obrero merece su
salario. No vayáis de casa en casa.
8 En la ciudad en
que entréis y os reciban, comed lo que os pongan;
9 curad los
enfermos que haya en ella, y decidles: "El Reino de Dios está cerca de
vosotros."
10 En la ciudad
en que entréis y no os reciban, salid a sus plazas y decid:
11 "Hasta el
polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies, os lo sacudimos.
Pero sabed, con todo, que el Reino de Dios está cerca."
12 Os digo que en
aquel Día habrá menos rigor para Sodoma que para aquella ciudad.
13 «¡Ay de ti,
Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho
los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que, sentados con sayal
y ceniza, se habrían convertido.
14 Por eso, en el
Juicio habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para vosotras.
15 Y tú,
Cafarnaúm, = ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el Hades te
hundirás! =
16 «Quien a
vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me
rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado.»
17 Regresaron los
72 alegres, diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu
nombre.»
18 El les dijo:
«Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo.
19 Mirad, os he
dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo poder
del enemigo, y nada os podrá hacer daño;
20 pero no os
alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros
nombres estén escritos en los cielos.»
21 En aquel
momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te
bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas
cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre,
pues tal ha sido tu beneplácito.
22 Todo me ha
sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre;
y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera
revelar.»
23 Volviéndose a
los discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis!
24 Porque os digo
que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo
vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron.»
25 Se levantó un
legista, y dijo para ponerle a prueba: «Maestro, ¿que he de hacer para tener
en herencia vida eterna?»
26 El le dijo:
«¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?»
27 Respondió: =
«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas
tus fuerzas = y con toda tu mente; = y a tu prójimo como a ti mismo.» =
28 Díjole
entonces: «Bien has respondido. Haz eso y vivirás.»
29 Pero él,
queriendo justificarse, dijo a Jesús: «Y ¿quién es mi prójimo?»
30 Jesús
respondió: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de
salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole
medio muerto.
31 Casualmente,
bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo.
32 De igual modo,
un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo.
33 Pero un
samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión;
34 y,
acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole
sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él.
35 Al día
siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: "Cuida de él
y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva."
36 ¿Quién de
estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los
salteadores?»
37 El dijo: «El
que practicó la misericordia con él.» Díjole Jesús: «Vete y haz tú lo
mismo.»
38 Yendo ellos de
camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su
casa.
39 Tenía ella una
hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su
Palabra,
40 mientras Marta
estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose, pues, dijo: «Señor, ¿no
te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me
ayude.»
41 Le respondió
el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas;
42 y hay
necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena,
que no le será quitada.»