Akhy - Egipto

 

Akhy-Egipto

 

Creaciones

Por Ankhsenamón / Khemet_Sematawy

 La Misteriosa Dama

 

El gato de la casa

La Gata Sagrada de viaje

 

8. ª Parte

¡OH qué maravillosa ciudad es Per-Bastet! Cuando era reina de las Dos Tierras sólo pude visitarla una vez y sin entretenerme demasiado. Como sirvienta, prácticamente la viví.

El señor me llevó a la orilla del río después de hacer unas gestiones y vi cómo un gran barco dorado se dirigía hacia el Sur. En su proa, llevaba la efigie de mi diosa tutelar, Bastet. El señor respondió a mi pregunta sin formulármela:

-Es la Gata Sagrada, la encarnación de Bastet, que va a reconocer al nuevo faraón Ramsés –viendo  mi cara, comentó-. Sabía que te gustaría ser testigo de ello.

Así que Horemheb había muerto. Ese nombre, Ramsés, me sonaba mucho. Era un hombre honesto, Egipto no tendría nada que temer en sus manos.

Cuando el barco desapareció de nuestra vista, mi señor me llevó al templo de la diosa.

Un sacerdote salió a recibirnos y el señor le dijo:

-Deseamos un hijo de la diosa.

¡Iba a ver a los hijos de la única diosa que cuidaba de mí! Nos llevó a una hermosamente decorada sala en la que una mau que amantaba a los hijos de la diosa.

-Elegid uno –nos dijo el sacerdote.

Miré vacilante al señor y me hizo un gesto afirmativo mientras decía:

-Adelante, es tu recompensa. 

Newet

Entonces me acerqué y no dudé cuál iba a ser mi nueva compañera.

Nos quedamos unos días más. El señor me enseñaba la ciudad mientras yo llevaba a Newet  (Libertad) entre mis brazos. Me preguntó entonces por qué había elegido ese nombre pues yo podía abandonar a su familia cuando quisiera.

Fue la única vez que le hablé de mi pasado:

-Mi señor, yo he sido prisionera antes de estar con su familia. Ustedes me han enseñado lo que es la verdadera Libertad y es por ello que le he puesto ese nombre.

El señor sonrió satisfecho por mi respuesta y continuamos visitando la ciudad.

Pasó el tiempo, y descubrí que podía aportar más. Mi corazón volvió a amar y me uní en matrimonio al hijo primogénito de mis señores. Ya no era una sirvienta pero a mi me gustaba servir, hacer las cosas por mí misma para aquellos que no disponían de tiempo. Con el amor de mi nueva familia e incluso el de Newet  me sentía casi completa.

Hubo un altercado, tras una crecida los límites de las tierras se habían difuminado y los vecinos reclamaban sus tierras, queriéndolas como las tenían las inundaciones.

-Señor –le dije al padre de mi hermano- ¿hay algún registro de las tierras?

-Sí hija, en el templo. Pero los sacerdotes no volverán hasta la próxima fiesta y ninguno de nosotros sabemos leer. Cuando vengan los escribas del faraón, no las  devolverán a su estado anterior –contestó.

Me lo pensé y le comenté:

-Yo sé leer.

-Eres una caja de sorpresas.

Así pues, limité de nuevo  los campos con la ayuda de los archivos y la gente de la aldea se mostró conforme. Incluso los escribas del faraón, cuando vinieron a por sus tributos, se sorprendieron al ver las delimitaciones.

Poco a poco, los aldeanos se fueron dirigiendo a mí. Podría decirse que yo era la forma pacífica de solucionar los problemas que surgía gracias a la justicia de Maat que yo había aprendido por orden mis padres junto a Tuankhamón.

Me encargaba también de las enfermedades, pues también había estudiado los remedios para muchos males, aunque la verdad, no sabía todo lo que quería.

A pesar de mi edad sigo organizando las fiestas de la aldea y me encargo de hallar soluciones justas a cada conflicto.

Junto a la noticia de que estaba encinta, también recibí otra noticia que me alegró mucho. La aldea me había dado un nombre, Ankh, vida.

-Pues gracias a ti vivimos. Tú nos has devuelto la vida al encargarte del bienestar de la comunidad.

Un nombre, por fin. Eso no iba en contra de lo que había dictado el tribunal, ya no iba a ser devorada por el olvido. Feliz por tener un nuevo y hermoso nombre, puse más empeño en mi afán por servir a la aldea.

Después del primer hijo vinieron más y la mayoría crecieron fuertes y sanos. Eso me hizo pensar que alguien en palacio no quería que le diera un heredero a las Dos Tierras., pero ya no me importaba, yo era feliz con mi gran familia, aquella pequeña aldea.

          Aún hoy, cuando mi mano tiembla a la hora de escribir estas palabras, siento que soy una persona completa, con un nombre puesto con amor y con gente que me quiere por ello hoy sirvo hasta la extenuación pues eso me hace feliz. La vieja Newet  sigue aquí, sin dejarme ni un minuto, como si se tratara de la diosa Bastet que me protege, la única diosa que me recuerda, la diosa que me defenderá ante el tribunal divino.

 

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