Akhy - Egipto

 

Akhy-Egipto

 

Creaciones

Por Ankhsenamón / Khemet_Sematawy

 La Misteriosa Dama

 

La Señal de la Diosa Bastet

La Recompensa

 

5. ª Parte

Pasaban los setenta días de luto, y yo vagaba por el palacio recordando los mejores momentos de mi vida, aquellos que viví con mi hermano Tutankhamón. Como Reina de las Dos Tierras, aun lucía la corona y mis vestidos de hija de los dioses, pero no gobernaba y por tanto mis audiencias eran vacías. Quien lo hacía en mi nombre era Horemheb.

Recuerdo aquella última vez que le concedí audiencia a Horemheb.

-Ha llegado la hora de que recibas el  castigo por tu traición.

-Yo no he traicionado a nadie, lo hice por Maat. ¿Quién en todo Egipto podía contraaer matrimonio con una hija y esposa de reyes?

-Te has aliado con el mayo enemigo de Egipto, esa es tu traición. Cuando acabe el luto por Ay, serás juzgada –contestó Horemheb –y yo llevaré a Egipto a la gloria.

Me levanté de mi trono y le grité:

-¡Necesitas sangre divina para legitimizar tu corona!

-¡No olvides que estoy casado con la hermana de tu madre!

Y sin mi permiso, abandonó la sala.

A la mañana siguiente como una vulgar muchacha me vi ante el tribunal del visir.

Como pruebas presentaron las cartas enviadas al monarca de los hititas y la respuesta de éste. También contaron con el testimonio de aquella sirvienta (a la cual yo había despedido) que me había visto escribir esas cartas y que luego se las entregó a Ay. Lo único que pude decir en contra soya es que me escupiera a la cara y matara a Reshera.

Me condenaron, sin apenas poder defenderme:

-Este tribunal, después de haber analizado las pruebas, te considera culpable de traición. Así pues, por el poder que los dioses conceden a este tribunal te privamos de tu nombre.

Nadie me llamaría, nadie me recordaría no habría palabras dirigidas a mí. Cuando muera los dioses no me reconocerán porque no tendré nombre por el cual me pueda presentar. Era una condena peor que la muerte.

Un futuro que no era futuro me aguardaba, iba a ser devorada por el olvido.

6. ª Parte

-Abandonarás este palacio y serás una más del pueblo. Recuerda, jamás menciones tu nombre pues de hacerlo irás en contra de la voluntad de este tribunal y de los dioses. ¿Deseas que te concedamos un último deseo? –preguntó el Visir,

Recuerdo que se quedaron muy extrañados (más que aquellos que me acogerían) por mi petición:

-Deseo llevarme a Reshera conmigo.

El Visir le miró al futuro faraón Horemheb, y éste le hizo una señal afirmativa.

-Tu deseo será concedido.

Así fue mi caída. Cómo de Reina de las Dos Tierras pasé a ser una sin nombre. Me encontré ante la puerta del palacio con el sarcófago de Reshera sobre un carrito y con comida para un día. Desde aquel momento supe que la mejor forma de sobrevivir era ofrecerme como sirvienta a cambio de poder dormir bajo un techo y tener comida.

De modo que me puse en camino. Me resultó muy difícil pues yo no sabía hacer el trabajo de las sirvientas y la gente desconfiaba de mí porque no tenía nombre y tampoco hablaba de mi pasado. Excepcionalmente, algunas casas me acogían durante unos días y fue gracias a esa gente que sobreviví.

Aún y todo, me sentía abandonada por los dioses. Perdido mi nombre, para ellos no existía y pro consiguiente no me ayudaban.

Pero hubo un dios que se acordaba de mí. Acompañaba al templo a una familia que me había acogido temporalmente cuando lo vi.  Un gato sagrado merodeaba por la sala en la que me encontraba aguardando a mi familia, cuando maulló e hizo que lo mirara. Entonces lo vi, sobre sus patas traseras se alzaba al mismo tiempo que me miraba y apoyaba sus garras sobre un cartucho ¡que protegía el que había sido mi nombre!

Llegó entonces mi familia y el gato salió corriendo. Pero sólo bastaron unos instantes para comprender que la diosa Bastet aun me recordaba y reconocía. Atón, Amón aquellos dioses para los cuales se habían alzado grandes templos, me habían abandonado. Pero la diosa Bastet, entonces lo supe, a pesar de su sencillo templo, había estado conmigo desde que Tutankhamón me diera a Reshera.

Esperanzada, seguí vagando en busca de una familia que me acogiera de forma permanente. Tarde o temprano, la diosa Bastet me encontraría un hogar. Un hogar, que, ahora lo sé, nada tiene que envidiar a los grandes palacios. A pesar de la sencillez, lo maravilloso estaba en la familia, que a pesar de las primeras reticencias, me enseñó a hacer mi trabajo. Una familia que estaba más allá de las paredes, pues fue un pueblo el que me acogió y me dio un nuevo nombre. Eso no iba en contra de la voluntad del tribunal, ni de los dioses.

¡OH Tutankhamón! ¡Qué felices hubiéramos sido en esta sencillez! El verdadero sentido de la palabra hogar iba a serme revelado.

7. ª Parte

Llegué a una aldea que, a pesar de la prosperidad que seguramente habían llevado aquellos soldados que habían vuelto de las batallas, era muy sencilla. Lo único que sobresalía era un templo que comparado con los que yo había visto también resultaba sencillo.

Era ya la tarde bien avanzada y yo buscaba un lugar donde pasar la noche. Los hombres volvían de los campos y eran recibidos en sus hogares por sus mujeres e hijos.

Me acerqué a la casa que parecía presidir el centro de la aldea y llamé a su puerta.

-¿Qué deseas? –me preguntó la mujer que abrió la puerta.

Haciéndole una reverencia contesté:

-Me ofrezco para servir a vuestra casa, a cambio sólo deseo un lugar donde dormir y comer.

-¿Cómo te llamas? ¿De dónde vienes?

Era normal que me preguntara si había servido en otras casas, pero vi, conforme le respondía comprendí que pondría reparos a la hora de aceptarme, igual que lo habían hecho en otras casas:

-No tengo nombre, sólo sirvo.

-¿Qué sabes hacer?

-Un poco de todo, pero aprendo deprisa.

Iba a cerrarme la puerta cuando un hombre que llegaba entonces se lo impidió diciendo:

-Démosle unos días de prueba querida hermana.

Por lo visto había estado oyendo nuestra conversación. Así fue cómo me dieron tres meses de prueba. Aunque me costó conseguí hacerle entender a la Dama de la Casa que yo era una buena sirvienta. Ella misma y su marido me enseñaron a hacer mis labores con paciencia infinita. Nunca me preguntaron por el sarcófago que yo había dejado en mi habitación.

Llegaron las fiestas del pueblo y le pregunté al señor si podía colaborar en la organización de las mismas, a lo que accedió intrigado. Por unos días toda la aldea era mía. Les ayudé con los vestidos, peinados, objetos sagrados, ritos y bailes tal y como yo había aprendido en palacio. Todo salió tan bien que mi señor se sentía muy orgulloso de mí. Los vecinos, según el señor, querían comprarme, pero todo dependía de mi, si yo quería servirles podía ayudarles sin necesidad de abandonar su casa.

El señor quería recompensarme, pero yo lo decía que no hacía falta, sólo quería que estuvieran contentos conmigo.

Pero creo que fue un día, concretamente cuando me vio intentar acariciar al  mau de la casa mientras le decía cosas agradables, cuando supo cuál sería mi recompensa.

Mi recompensa aguardaba tras sus palabras:

         -Prepara lo que tengas que preparar, mañaana nos vamos tú y yo de viaje.

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