Akhy - Egipto

 

Akhy-Egipto

 

Creaciones

Por Ankhsenamón / Khemet_Sematawy

 La Misteriosa Dama

Tutankhamón, Reshera y la Misteriosa Dama

La Coronación

2. ª Parte

Hannah se encontraba ante puerta de la tumba que guardaba a la misteriosa dama y su marido. Era de madrugada y hacía frío, pero la  emoción del momento hacía que no sintiera el frío.

El anciano activó un dispositivo y la puerta se abrió mientras el anciano se dirigía a Hannah:

-Esta puerta no se ha abierto desde que fue enterrado el marido de la dama.

-Tal vez encontremos una clave en la tumba.

Después de que la arena y el polvo se depositaran en el suelo, Hannah se encontró con un espectáculo. La tumba sólo tenía una sala. A pesar de ello, las pinturas (clásicas del final de la dinastía XVIII y principios de la XIX) eran de una gran calidad (se notaba que toda la aldea había contribuido) al igual que los muebles.

En el centro de la sala descansaban dos sarcófagos, uno era de una mujer y el otro de un hombre. Sus nombres eran los mismos que los de las paredes.

-¿Sabes algo de ella? –le preguntó el anciano.

-Sólo que era muy querida por el pueblo.

Después de mirar todos lo muebles, Hannah encontró una especie de cofre, al lado de un pequeño sarcófago que contenía la momia de una gata llamada Reshera (Pequeño sol) al lado del sarcófago de la mujer. Lo abrió y se encontró con un montón de hojas de papiro escritas en jeroglíficos y con ricas representaciones.

-Aquí está la clave –le dijo Hannah al anciano- ¿podría llevármelas para traducirlas?

El hombre le dio su permiso:

-Cualquier cosa con tal de que recupere su nombre.

Así fue cómo fueron a parar aquellos papiros a un amigo de confianza de Hannah. Este amigo, gran amante del Antiguo Egipto, se emocionó al ver que iba a ser el primero en traducir aquellos papiros. Tanto se emocionó, que dejó lo que estaba haciendo en ese momento para traducirlos ante ella.

-Nos encontramos ante una especie de autografía –dijo en cuanto posó ala mirada sobre las primeras columnas de jeroglíficos.

Los papiros relataban la siguiente historia:

Soy la Sin Nombre, pero antes yo tenía un nombre y las Dos Tierras besaban mis pies vestidos con doradas sandalias. Mi cuerpo siempre estaba vestido con los mejores ropajes y portaba las joyas de los dioses… hasta que perdí mi nombre. Esta es mi historia para que los dioses me reconozcan cuando me presente ante ellos.

Soy hija de la carne del Señor de las Dos Tierras Akhenatón y de su Gran Esposa Real Nefertiti. Sólo en los primeros años de mi vida tuve lo que hoy veo que es una Familia. Después de eso, al igual que mis hermanas, me dedique a estudiar, mientras todos los que me rodeaban bajaban su cabeza ante mí y me obedecían en todo.

Únicamente nací de verdad aquel día en que conocí a mi hermano Tutankhatón. Aquel con el que llegaría a compartir el Trono de La Tierra Negra. Llegó acompañando a la Reina Madre, mi abuela, Tiyi. Fue uno de esos raros días en el que nos reunimos la Familia Real al completo para recibirlos. El príncipe, dejando a un lado las maneras reales, se acercó a mí. Fue en ese único instante cuando me percaté de que el príncipe llevaba entre sus manos un mau[1] .

-Te he traído a Reshera, es una mau que puede enseñarte muchas cosas. Será el único ser que no se postrará ante ti –dijo entregándomelo-. Princesa, espero que me aceptes como un amigo.

Sus enigmáticas palabras me conquistaron, pues desde entonces nos volvimos inseparables. A pesar de que fuera más joven que yo, me llamaba la atención que hablara con tanta sabiduría cuando debería dedicarse a los juegos.

-A través de los juegos libres se pueden aprender muchas cosas –me dijo en cierta ocasión.

Por lo visto, el príncipe había sido más libre que yo antes de venir con la Reina Madre de Waset[2] a Akhet-Atón[3]. Y vi que él tenía razón, Reshera me enseñó que yo no era el centro del mundo, pues la mau no siempre deseaba jugar conmigo y que todo ser vivo tiene sus necesidades que ha de satisfacer él mismo. Por otro lado, el príncipe Tutankhatón me enseñó a salir del palacio sin que los sirvientes se dieran cuenta para entremezclarme entre el pueblo llano. Comprendí que Atón no siempre daba bondades. Jugábamos con otros niños y yo sentía que con ellos y sus rudimentarios juguetes se disfrutaba más que con nuestros juguetes, muy superiores a los suyos.

Por un lapso de tiempo Reshera, Tutankhatón y yo fuimos felices hasta que, según rumores en el pueblo, aquellos dioses expulsados por Atón tomaron venganza. La enfermedad se hizo ama y señora de Akhet-Atón y entre los pasillos de palacio se oían murmuraciones que decían que estábamos perdiendo territorio ante los enemigos.

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[1] Gato en egipcio

[2] Tebas en egipcio

[3] Tell-el-Amarna

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