Akhy - Egipto

 

Akhy-Egipto

 

Creaciones

Por Amenofhis III

 En el nombre del Faraón

 

7.ª Parte

El palacio real estaba ya en silencio. Khufui se había sentado sobre el Sillón de Oro, pero la sala de audiencias estaba totalmente vacía. Él mismo se había librado de los guardias que vigilaban esa zona del palacio. En una sala como ésta, Snofru y Hetepheres habían gobernado un próspero y feliz Egipto, y él había sido asociado como heredero al trono de las Dos Tierras, y parecía que ya había transcurrido un siglo. Hasta ahora, él ni siquiera había relacionado de forma indirecta a su hijo Kawab con ningún poder. Era cierto que con sus nueve años, no estaba en condición de someterse a ninguna enseñanza acerca de los quehaceres del Estado, pero con la muerte de su madre, había tomado conciencia de que el tiempo se escapa de las manos, demasiado deprisa. Así pues, tal y como había hecho su padre con él, tal y como había hecho su abuelo con su padre, se dispuso a preparar el camino que convertiría a su primogénito en un gran faraón.

  Abandonó la sala de audiencias y tomó una de las antorchas que la iluminaban. Giró por el pasillo que conducía a la biblioteca real. Atravesó la gran columnata del patio exterior y se introdujo  en el corredor que  conducía a la amplia estancia. Encendió varias antorchas y se quedó un rato mirando a los muebles y cofres repletos de papiros. Adoraba aquel lugar, porque allí, en la biblioteca real, residían  los misterios de la vida, los secretos de los faraones y toda la sabiduría que un justo gobernante debería tener en su corazón.

   Abrió un gran cofre de madera y tomó en sus manos un papiro de grandes dimensiones. Era un antiguo papiro, y en él estaban dibujados  unos planos antiquísimos. Habían llegado a manos del primer faraón, Menes, y estaba datado en los días en los que los Descendientes de Horus gobernaban el Alto y el Bajo Egipto. Allí estaban los diseños de algunos de los grandes santuarios del país, y así Menes, el que había convertido la aldea de Menfis en la Balanza de las Dos Tierras, había  construido su palacio real a partir de aquellos planos, y lo había llamado la Gran Morada. Tras su muerte, incomprensiblemente, ninguno de los faraones que lo sucedieron habían desarrollado ningún proyecto de los que se hallaban en aquel hermoso papiro. Fueron necesarios mil trescientos años hasta la llegada del magnífico Djeser. Realmente, Djeser había tenido unas primeras complicaciones, pues el papiro tenía unas medidas que ya no se usaban, y no habían sido registradas. Fue el gran arquitecto real Imhotep quien comenzó a construir un maravilloso proyecto a partir de aquel papiro. Y fue la primera pirámide de Egipto. Setenta años después, el padre de Khufui, Snofru continuó las obras. Finalmente, ahora el turno le había llegado a Khufui, el cual se había concentrado en el majestuoso proyecto de Giza. La llanura de Giza no era una simple llanura sobre la que se estaba construyendo la pirámide, la misión del proyecto de Giza estaba destinada a proteger la Barca de Millones de Años de Ra, el Creador. El ayer y el mañana se verían representados para servir al Dios por la eternidad. Cuando el disco solar naciese por el este,  un gigantesco león Akher, que protegería al Sol, estaría mirando hacia el horizonte, por donde el disco solar nace cada día. Acompañaría su viaje, primero pasando sobre una gran pirámide, a la que el disco solar llenaría de vida y energía. El Sol continuaría su camino hasta llegar a la cima de su ascenso, donde comulgaría directamente con las tres estrellas de Osiris, que representaban sobre el cielo eterno, la triada del Señor del Mundo Subterráneo. En ésta punto, otra pirámide estaría esperando el aliento regenerador  que el disco solar emana. Cuando el Dios Sol comenzase su descenso, el león Akher del Este volvería  a esperar que  Ra renaciese nuevamente, y otro león Akher ascendería y acompañaría al disco en su descenso hacia el Oeste. En su caída, llenaría de vida una tercera pirámide, y de ésta forma, daría el aliento divino a los faraones que  en las pirámides tendrían su morada de eternidad. De esta forma, se vería representada la Quinta Hora del Amduat, el paso del dios Sol por las doce horas del Inframundo. La obra era culminada por los santuarios destinados a la regeneración del ka del faraón. Las tres pirámides  y los dos guardianes que las velarían eran un proyecto enorme, del cual Khufui estaba construyendo la primera de las pirámides, y a continuación construiría su santuario fúnebre, que se uniría a la pirámide mediante una calzada cubierta. Tenía la intención de comenzar a construir el primero de los leones Akher, y aquí entraba en juego su hijo Kawab, pues si la muerte le llegase antes de construir la primera esfinge, a él le tocaría continuar su obra.

 Había llegado el decimoquinto año, y la pirámide estaba culminada en su mitad superior. Las rampas se habían retirado una vez las caras sobresalientes de los bloques se hubieron perfilado y pulido para formar una perfecta pendiente que se unía la sillar inferior. La imagen que ofrecía en la distancia, era un regalo para los ojos. Los prisioneros beduinos que trabajaban en la obra transportaban sin descanso los escombros producidos por el desmantelamiento de las rampas. Los cascotes más grandes eran cargados en unas narrias construidas especialmente para la ocasión; y los reductos más pequeños eran depositados en unas canastas que luego eran cargadas sobre unos asnos, que llevaban los escombros hasta el pié de la cantera, donde serían depositados finalmente.

   Algunos de éstos beduinos incluso habían adoptado nombre egipcio, llegando a ser una clara crítica entre sus compatriotas, que se revelaban todavía ante la situación. Pero poco a poco, todos los beduinos comprendieron que la oportunidad que se les brindaba era única. Desde luego, pagarían un precio por su rebeldía, pero la posibilidad de dejar de vivir como nómadas en el desierto, sin posibilidad alguna de prosperar, estaba al alcance de todos ellos.

   Un pequeño grupo de los insurrectos trabajaba en el interior de la pirámide bajo las órdenes de Nakht, colocando las piedras que cerrarían la entrada a varias de las cámaras secretas. En realidad, no eran secretas, pues todos sabían de su existencia; pero cuando la pirámide  se convirtiese en una sola Luz de energía junto con el Ka de Khufui, ningún mortal podría  entrar jamás en su interior.

   Se estimaba que en el plazo de un año, la obra estaría ya terminada completamente, y gran parte de la calzada cubierta  también. El recinto destinado a ser el Santuario de Khufui, donde se celebrarían  sus últimos rituales funerarios, estaba delimitado,  aunque apenas se había obrado. Gran parte de los obreros, los más imprescindibles, habían abandonado la llanura y regresado a sus hogares, con una importante recaudación en su poder. El personal que restaba, era los mejores trabajadores de Egipto, y se habían repartido entre el Santuario del faraón, el cementerio Oeste y en el interior de la pirámide. Las pirámides de las reinas, las tres esposas que Khufui tenía, habían sido concluidas, y también el pozo donde se guardaría la Barca de Millones de Años del Rey, que sería su compañera en su viaje por el cosmos, tras los destellos de Ra que navegaba por el cielo eterno de Este a Oeste.

       Yunu apenas pisaba ya las obras, pues un fuerte dolor en su espalda se lo impedía. A sus cincuenta y ocho años, sus huesos se habían vuelto frágiles. Uno de los médicos de la Corte Real lo había examinado, y era una enfermedad que conocía y que podría tratar, pero no curar. Los ungüentos y cataplasmas que su hija Barasa le aplicaba cada día apenas aliviaban su dolor, y debido a ello, había ido a vivir con su hija y con Nakht. El pequeño Aha tenía ya siete años, y era un joven altivo y despierto, dotado con un don increíble para la  escritura.

   Yunu sabía que crecer en Gerger Khufui no era como crecer en Menfis, pero aquí, los niños también poseían su escuela, en la cual les eran inculcados el orden y el conocimiento por un escriba retirado del Santuario de Ptah de Menfis. Pero, Gerger Khufui parecía no rodear a Aha,  era como si viviese en un entorno totalmente distinto. Devoraba las palabras como el alimento que necesita un moribundo, y cada vez que Yunu presenciaba el don de Aha, sentía un fuerte latido en su corazón, una corazonada que le indicaba que se hallaba ante lo que estaba destinado a ser un hombre extraodinario.

   Uni era alto, delgado y con moreno cabello. A sus cincuenta y dos años,  tenía su espalda tan recta como la  barita de junco con la que atizaba en la espalda a sus alumnos más rebeldes. Su corte de pelo era tan rasurado que  la piel de  su cráneo se dejaba entrever con total claridad. Sus rasgos eran bastante rugosos, y su seriedad permanecía inalterable ante cualquier situación.  Su fama lo precedía en Menfis, y ahora en Gerger Khufui, y tal vez el secreto de su éxito residiese en la barita de junco, que siempre sababa lo mejor de sus alumnos.

   Uni procedía de la Casa de la Vida de Menfis, y su antiguo destino había sido el de Director de la Casa de Thot, que era el lugar donde se copiaban los textos religiosos,  los textos que se guardaban en la Biblioteca del Santuario de Ptah, y donde se copiaban los extractos del Libro de los Muertos.

   Cuando el faraón decidió que  en el poblado de la llanura debería instalarse una escuela para los hijos de los maestros, decidieron que el mejor candidato sería él, y el hecho de llevar más de veinticinco años  sin más contacto que el de una biblioteca y una cuadrilla de hombres maduros, le atrajo hacia la aventura de enseñar a unos niños.   

   La escuela estaba muy bien equipada, con unos completos instrumentos de escritura, que eran las paletas con sus huecos para la tinta, y los calamos para escribir. Los carpinteros habían fabricado unos  sólidos pupitres, donde los alumnos guardaban sus calcos de óstraca y cerámica, donde aprendían la escritura. También enseñaba las matemáticas y algo de astronomía, pero lo que de verdad  amaba Uni era la escritura. Por esto, cada vez que sus alumnos debían copiar algún texto, exigía unas perfectas líneas verticales para poder formar las columnas de palabras. Escribían de arriba hacia abajo, y casi siempre de derecha a izquierda. Sus alumnos  obedecían sin rechistar, y casi todos colmaban sus expectativas. Tampoco era demasiado exigente,  puesto que la mayoría jamás abandonarían las obras, pues los hijos de los maestros canteros ó carpinteros,  continuarían el oficio de sus padres. Pero incluso para ellos, ere imprescindible un total y perfecto dominio de  la numerología y la escritura.

   Hacía ya algún tiempo que  venía observando a aquel muchacho, y había pensado que enorme potencial almacenaba aquel pequeño y frágil cuerpo, y  aquella tarde, decidió comprobar hasta donde llegaba el maravilloso don del que  Aha, el hijo del ayudante del Jefe de los Obreros, parecía  poseer.

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