Akhy - Egipto

 

Akhy-Egipto

 

Creaciones

Por Amenofhis III

 En el nombre del Faraón

 

8.ª Parte

El momento más ansiado por los  alumnos de la escuela era, sin duda alguna, la hora destinada a los juegos. En el patio exterior, de tierra batida,  y rodeado por una pequeña muralla, los niños disfrutaban con una energía desenfrenada  de toda clase de diversiones. Algunos jugaban a la estrella, en el cual unos niños apoyados sobre los talones, realizaban rotaciones alrededor de sus compañeros, que los sujetaban firmemente de las muñecas, formando una rueda giratoria humana. Otros se agrupaban entre ellos formando dos bandos, y en cada bando el jugador abrazaba al que le precedía, mientras los dos primeros, generalmente quienes deseaban imponerse entre ellos, se enfrentaban pié con pié, se sujetaban por las manos fuertemente e intentaban derribarse. Había quienes preferían pegar patadas a unas pelotas  de papiro rellenas de paja. Cuando Uni permitió que los niños fuesen a jugar, pidiéndole a Aha que se quedase,  éste temió una regaña, ó algo peor, un castigo por una falta cometida. Viendo el temor en sus ojos, Uni tranquilizó al muchacho.

   -No temas, Aha, pues no hay ninguna falta que deba reprocharte. Tan solo deseo enseñarte algo.

   Uni tomó un papiro y uno de los equipos de escritura. Mojó el cálamo en tinta y dibujó sobre él.

   -¿Sabes lo que es esto? –preguntó.

   Aha negó con la cabeza, mientras observaba los símbolos que el maestro dibujaba en el papiro. Tras dibujar una serie de ellos,  escribió debajo de ellos unas palabras.

    -Escucha atentamente, Aha. Éstos son jerogglíficos, las palabras sagradas con las que hablan los dioses de Egipto. Cada jeroglífico es una palabra. El primero de ellos es un bastón, cuyo significado es, como bien dice, un bastón ó bien puede significar palabra. El segundo jeroglífico es una tela que ondea sobre un asta, y se lee Dios. ¿Que significan éstos dos jeroglíficos, Aha?

   El alumno observó el papiro durante unos instantes. Miró a Uni y le dijo:

   -No lo se, maestro. Podría significar varias cosas.

   -¿Pero como qué, Aha?

   -Podría ser la palabra de Dios, la cual hay que saber entender, ó también podría ser que Dios fuese un bastón sobre el que poder apoyarse en los momentos difíciles.

   Uni no sonrió. Mantuvo su inalterable rostro serio y sereno.

   -El siguiente signo es un espejo de cobre, que captura la luz. Y puesto que la Luz de Ra es la vida, ése es su significado, la vida, y su nombre es ankh. Si colocamos dos ankh al lado de dos orejas de vaca, leemos "los vivos". ¿Qué te sugiere, Aha?

   Volvió a observar los jeroglíficos, esta vez con más detenimiento. Finalmente, contestó:

   -Me sugiere que son los vivos por que escuchan, puesto que la palabra es el verdadero alimento del saber.

    Los rasgos de Uni se relajaron, formando una débil sonrisa, que sorprendió al joven alumno.

   -Muy bien, hijo, muy bien. Solo voy a hacerte una última pregunta, y luego podrás salir a jugar con tus compañeros. Presta atención, pues es una pregunta de difícil resolución. Este jeroglífico representa la rama de un árbol, y si la unimos a un ankh leeremos "el árbol de la vida". Si tubieses que designar a alguien con ese nombre,  ¿a quien escogerías, Aha?

   Contrariamente a lo que Uni había pensado, fue la pregunta más sencilla para el joven alumno, que no dudó ni un instante en responder.

   -Escogería al rey, pues al igual que el taallo que sostiene las plantas que nos dan la vida, el faraón es el verdadero árbol que nos sostiene y alimenta.

   Uni hizo un gesto, y Aha salió al instante, y pronto su voz se confundió con el alboroto que formaban los alumnos en el patio exterior. El maestro era incapaz de dar crédito, y se encontró en un mar de preguntas en el cual tan solo había una respuesta certera: la Casa de la Vida de Menfis clamaba por Aha.

 

    Cuando habían transcurrido los nueve días laborables, se dio paso al disfrute total y absoluto de todo un día repleto de aventuras. Los habitantes del poblado de los obreros aprovechaban el día para asear sus cabañas y descansar a la sombra de alguna acacia. Las mujeres de Gerger Khufui, desinfectaban sus hogares, se reunían a orillas del Nilo, y con una mezcla de grasa de hipopótamo y arena, hacían su colada y comentaban los rumores que el Viento del Norte transportaba de una orilla a otra.

   Los llamados hombres del faraón, habían partido antes del amanecer, con rumbo a las marismas y pantanos situados al este de la llanura. Embarcados en sus naves de papiro, aguardaban que la caza de patos y ocas fuese abundante. Muchos de ellos poseían ocas amaestradas, que servían de reclamo a los machos de su especie. Cuando la tarde llegaba, y con ella la hora de más calor, las modestas embarcaciones regresaban a la llanura, portando en su gran mayoría, una increíble recolección de presas.

   La administración de Gerger Khufui funcionaba con eficacia, y ello se veía en que una parte de la caza, al igual que el pan elaborado, la cerveza y otros artículos, eran repartidos por igual, sin contar que uno hubiese cazado más que el otro; ó que una hubiese cocinado más pasteles que su vecina. Éste era un hecho significativo, pues facilitaba la armonía entre los vecinos y alejaba los tientos de la envidia y la  codicia. Al recibir todos por igual, no había nada que  envidiar, y por tanto, no había nada que codiciar.

    Con respecto a la otra parte de la caza, las mujeres solían acudir al día siguiente al mercado de Menfis. Los barcos que las transportaban a la capital, se llenaban de mujeres ansiosas por esgrimir el arte del regateo, el cual dominaban con cierta destreza.

   El mercado de Menfis era gigantesco. A lo largo y a lo ancho de la Gran Avenida, se disponían cuatro hileras de puestos y tenderetes, separados entre si por unos pasillos por los cuales circulaban  los compradores. Los productos más exóticos, las vajillas más hermosas, las mejores sandalias de Egipto, la mejor tela del país... por no hablar de los más complicados muebles,  artilugios de aseo,  enseres de cocina, pelucas y amuletos. La seguridad que garantizaba la continua vigilancia que ofrecían docenas de oficiales de la guardia real, desalentaba cualquier intento de altercado; y los mercaderes eran vigilados por un gran número de funcionarios, en su mayoría escribas, que controlaban el valor de los intercambios y evitaban un posible abuso a la hora de realizar el trueque.

   Aquella tarde, tras una larga jornada, Barasa no había regresado aún de Menfis, y Yunu se hallaba en compañía de Kaem-ah, pues el hecho de no poder trabajar no lo desvinculaba  de la obra de Giza. Hacía poco rato que el carpintero Neuserre había terminado de encolar unas sillas estropeadas, y entonces Nakht vió a través de la ventana, la llegada del maestro Uni.

   Inmediatamente pensó en alguna travesura que hubiese hecho el pequeño Aha, pero cuando el maestro entró en la casa, tan solo se limitó a ofrecerle una jarra de cerveza y un trozo de pastel de higos. Tras el deleite, Uni explicó a Nakht el motivo de su visita.

   -¿La Casa de la Vida de Menfis?

   -Escucha, Nakht, tal vez te asombre semejaante petición, pero créeme, sería horrible que no lo meditases.

   -¿Meditar? ¿Qué es lo que debo meditar, Unni? Ya se que Aha llena de hieráticos cualquier superficie blanca y lisa, pero yo no puedo pagarle unos estudios en la Casa de la Vida.

    -¿De que pago me hablas? En cuanto los directores de Menfis examinen al chico, ellos serán los que paguen sus estudios. El destino de Aha no reside en ninguna obra, ni en un obsoleto y oscuro despacho administrativo.

   -¿Qué insinúas? -preguntó Nakht asombrado.

    -No insinúo, sino que afirmo con una rotunda y absoluta certeza que Aha pertenecerá a la élite del palacio real.

   -¡Está bien! Lo único que  puedo prometerte es que será meditada tu petición.

   Y así, la petición de Uni, calificada por Nakht como una locura, contó con la alegría de Barasa y Kaem-ah, mientras que Yunu parecía  tener una expresión satisfactoria, pues él lo había presentido.

   Pero bajo ningún concepto fue catalogado como una locura, y así Aha viajaría a Menfis el año próximo, en busca de su destino, el cual caprichoso como de costumbre, hizo que la pirámide fuese terminada antes del plazo previsto. Fue entonces, y solo entonces, cuando las rampas que rodeaban la pirámide se convirtieron en un recuerdo, que se ocultó el Sol durante el día. En todo Egipto se creyó que Ra  había abandonado las Dos Tierras, y que el destino del mundo tocaba a su fin. Pero en Giza, toda la Luz y toda la vida del astro rey, se filtró en la pirámide a través de su cúspide llena de magia. Así, se le concibió el nombre del "Horizonte de Khufui", la pirámide que era el lugar de la salida y de la puesta de Sol. Tras unos cortos, pero terroríficos minutos, Ra volvió a sonreír a sus hijos, desde lo más alto del cielo, abrazando con sus brazos a la morada del faraón. Y fue cuando el sol volvió a brillar, cuando todo Egipto supo que Ra no había abandonado a sus hijos, sino que la pirámide del rey había sido finalizada, tras dieciséis largos años de trabajo, el milagro se había realizado.

    Todos los edificios del recinto funerario estaban listos, así como la calzada cubierta, las pirámides de las reinas y los pozos de las barcas funerarias. Cuando todos los hombres hubieron abandonado la llanura, tan solo quedaban los sacerdotes que velarían por el Santuario.

    En el alto rocoso, encarnando la figura de un Horus Viviente, apareció el rey, altivo y sereno. Al observar la maravilla que había creado, sus ojos se inundaron de lágrimas. El halcón alzó el vuelo, y sus sueños volaron hacia el Este, hacia donde miraría el que estaba destinado a ser el primero de los guardianes de la pirámide, la primera de las Esfinges.

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