Akhy - Egipto
Akhy-Egipto
Creaciones
Por Amenofhis III
En el nombre del Faraón
6.ª Parte
Se comió y se bebió en grandes cantidades. La cerveza corría de un lugar a otro, se vaciaron cientos de tinajas, se sacrificaron decenas de terneros y aves, se cocinaron pasteles de miel con higos y uvas. Se bebió vino que databa del primer año del reinado de Khufui. De Menfis llegaron bailarinas y músicos, se hizo un gran coro y todos bailaron al son de los músicos. Incluso los beduinos que se habían incorporado recientemente a las obras, disfrutaban de aquellos placeres que, sin duda, jamás habían visto ni habían oído hablar.
Transcurrían las horas, repletas de risas y alegrías. Pero Nakht añoraba demasiado. Aquel logro, que tan importante era, había dejado atrás muchas caras hoy ausentes en la celebración. Pero sobre todo añoraba a su hermano. Miraba hacia atrás y la tristeza no podía ser más pésima compañera de viaje en un día tan especial, y por ello optó por apartarla de su mente, pues sin duda, Deba estaría contento y satisfecho por la gran gesta que allí los había reunido.
De este hecho, se había percatado Kaem-ah, y a junto su amigo se dirigió con una gran jarra de cerveza dulce.
-¡Toma, Nakht, y brindemos! -dijo ofreciéndole la jarra- Hoy es un día que todo Egipto recordará por la eternidad. Las generaciones venideras quedarán estupefactas al admirar la maravilla que hemos creado. No permitas que el pasado acuda a ti, y menos aún si viene en forma de bestia capaz de devorar todo tu futuro.
-Kaem-ah, estoy demasiado confundido. Mientras la pirámide se levantaba, no existía otra cosa en mi mente, pero ahora que ya está culminada, contemplo el mar que se abre a mis pies, y que soy incapaz de navegar. Soy egipcio, y como buen egipcio, odio navegar sin ver tierra a mi alrededor.
Kaem-ah lo miró extrañado. Sin duda, no tenía la más remota idea de lo que su amigo le decía, pero no obstante, sabía a donde quería llegar con aquellas frases filosóficas. Nakht, miró la jarra de cerveza y dijo a su amigo:
-Observa esta cerveza, una buena cerrveza que podrás hallar en cualquier hogar de Egipto, y que sin duda, hasta tú mismo sabrías elaborar. El hombre es como el grano de cebada, siempre dispuesto a vivir en su amada y fértil tierra, esperando convertirse en todo lo que desea ser: un buen esposo, un buen padre y un buen amigo. Pero, si tomas tan solo un grano de cebada y lo plantas en el desierto, no crecerá y morirá sin remedio, alejado de todo lo que le haría convertirse en su sueño más preciado.
Kaem-ah escuchaba atentamente y cuando Nakht guardó silencio, pasó su mano por su cabeza calva y echó un soplido al aire.
-¡Que la Gran Bestia devore mi corazón si realmente miento cuando te aseguro que no entiendo ni una palabra de lo que me dices!
-Kaem-ah, yo...
-No, escúchame tú ahora -interrumpió bruscamente-. ¿Realmente me estás hablando de tú tierra ó del pedazo de tierra que posees en Minieh? Porque, bien sabido es en todo el mundo conocido, que el trigo y la cebada crecen a lo largo y a lo ancho de las riberas del Nilo. Yo no voy a decirte lo que eres tú, pues sin duda, tú lo sabes mejor que yo. Pero si he de decirte lo que podrías llegar a ser: Un magnífico hombre y amigo. Podrías convertirte en uno de los mejores hombres del faraón, porque tú has captado en toda su plenitud, el carácter divino de la piedra. El desierto está repleto de ellas, Nakht, pero no son más que eso, piedras inertes y sin vida. Pero cuando las manos del faraón se posan sobre ellas, se convierten el centro de toda existencia. Y esto, lo llevas en ti, pues nadie te lo ha enseñado. Tal vez no tengas amplios conocimientos de gramática ó matemática, pero ese es el mar que se te ofrece navegar. Tal vez no seas padre, ni un ejemplo a imitar, pero eso lo seguirás siendo en Egipto ó en cualquier otra parte del mundo. La elección es solo tuya, Nakht.
Nakht ni siquiera se había sorprendido con lo que Kaem-ah le había dicho, pues en el fondo de su corazón, sabía que era cierto. Y es que su amigo había dado en la herida que no quería tocar. Estaba claro que todo Gerger Khufui pensaba que daba igual que Nakht y Barasa no estuviesen casados, pero aún así, Barasa era todavía la viuda de su hermano. ¿Cómo podría él comprometerse con la mujer de su hermano fallecido?
Kaem-ah sacudió levemente su cabeza de un lado a otro, postró sus manos sobre los hombros de Nakht y le dijo:
- Puedes hacer dos cosas, amigo: Si te vas, Barasa regresará a la capital, y no dudes que tarde ó temprano habrá un hombre cuidando de ella y del pequeño Aha. Solo será eso, Nakht, un hombre que la amará y respetará, y que se convertirá en padre de su hijo. En cambio, si tú te quedas, no es probable que ella te mire como a un hombre cualquiera, sino que querrá continuar con todas las ilusiones que había planeado tener con Deba; y Aha se convertirá en tu hijo.
La celebración no había terminado aún, y probablemente los primeros rayos del sol sorprendiesen todavía a las bailarinas, rodeadas de la incesante alegría.
La mayoría de las mujeres ya habían acostado a sus hijos, y Nakht sugirió a Barasa que era hora de retirarse ya, y ella aceptó. Ella lo había visto hablando con Kaem-ah, que era como un padre para él. ¿Acaso el hijo había pedido consejo al padre sobre el modo de obrar respecto a ella y su hijo? Barasa no temía a la soledad, pero en cambio, temía a estar sin Nakht. En el piso de arriba, Aha dormía ya, y Barasa sirvió en dos jarras una bebida hecha con higos y uva.
-¿Qué es lo que te ocurre? -preguntó ella- Todo el mundo lo ha estado celebrando, y tú en cambio, te has convertido en un solitario. Tu cuerpo estaba aquí, pero tu corazón estaba ausente.
Él la miró un instante, y luego bajó los ojos, tal y como su hermano había hecho la noche que llegaron a Gerger Khufui. ¿Cómo decírselo? ¿Cómo enfrentarse a ella y decirle que tras estos años su presencia se había convertido en una necesidad? Dio un sorbo a la bebida y la miró a los ojos.
-La obra estará pronto finalizada, tal vez un año ó dos. El tiempo ha pasado tan deprisa que no me había dado cuenta de que ya llevamos tres años viviendo juntos los tres. ¿Qué ocurrirá tras ese plazo, a donde irás?
Barasa sintió que las lágrimas afloraban, pero no derramó ni una sola. No quería que él la viese llorar, pues ella era una mujer valiente. Al fin y al cabo, siempre había vivido con el temor de que sus vidas se separasen, pues tras tres años, no había habido ni un solo roce, ni una mirada de complicidad.
-No te preocupes, Nakht, no faltará un techo que nos cobije a mí y a Aha.
Él se sorprendió, y se preguntó si tal vez había formulado la pregunta de forma correcta, asi que antes de que todo se enredase aún más, decidió terminar con todo de una vez.
-El techo que te ha de cobijar ha de ser el mío, Barasa, porque yo... yo te quiero.
Durante las horas que restaban hasta el amanecer, los dos seres se fundieron en un solo aliento, y sus corazones latieron al unísono en medio de un universo en el que solo estaban ellos dos. Envueltos en una pasión desenfrenada, hicieron el amor durante toda la noche, y juntos aguardaron la llegada del nuevo día.
A la mañana siguiente, el sol no salió. Permaneció oculto entre las montañas del horizonte, ya que Ra había acudido al encuentro de su hija Hetepheres. En el palacio real de Menfis, tan solo se oían los llantos, y no eran de las plañideras, pues los lamentos eran arrancados desde el interior de los corazones. La esposa de Snofru y madre de Khufui había sido una verdadera madre para Egipto. Así pues, se decretaron setenta días de luto, y su cuerpo fue preparado para comenzar el viaje hacia el Más Allá. Su cuerpo fue lavado con especias aromáticas, ungido con perfumes y envuelto en el más fino y exquisito lino real. Doscientos amuletos de oro puro fueron depositados en cada vuelta de venda que su cuerpo recibía, y cuando la momia estuvo preparada, se le colocó una máscara de oro puro, que reproducían en plenitud toda su hermosura y pureza. Su cuerpo fué depositado en un sarcófago de madera de cedro y colocado sobre un catafalco en forma de barca. Junto al sarcófago, iban el sumo sacerdote del Santuario de Ptha y del Santuario de Ra, los cortesanos y grandes de la Corte real, el Visir del Norte y del Sur. Representando al sacerdote lector, estaba Khufui.
Durante la procesión por el Nilo, Khufui recitó la primera fórmula mágica, que ayudaría a Hetepheres para poder salir al Día.
-¡OH, Único que brillas como la luna, que Hetepheres pueda salir afuera entre la multitud de sus gentes! ¡Desátala y ábrele la Duat, para que salga al día y haga lo que pudo hacer entre los vivos!
Y los gritos y lamentos resonaron en las dos orillas. Cuando hubieron llegado al lugar de la necrópolis de Giza, la barca se situó en la orilla oriental, que era el mundo de los vivos. Allí, la momia, la comitiva y el ajuar funerario subieron a bordo de otra nave, en forma de sarcófago, que tenía en sus extremos la imagen de las representantes de Isis y Neftis. Tomaron rumbo a la orilla occidental, que era el mundo de los muertos, allá donde Osiris aguardaba la llegada de su hija Hetepheres, cuyo nombre significaba "Faraón es plenitud gracias a ella".
Tras desembarcar, se reagrupó el cortejo fúnebre y se dirigieron hacia la tierra sagrada. Allí estaba la pirámide de Khufui, aún rodeada por las rampas de acceso. Cerca de donde se estaba construyendo la pirámide destinada a la esposa del rey, se abría en el suelo un túnel escalonado, y a veinticuatro metros de profundidad, tallada en la misma roca estaba la morada de eternidad de Hetepheres.
A la entrada, se había colocado una pequeña pirámide de adobe que representaba el montículo de donde había surgido la vida, y una estela que rezaba una plegaria a Osiris. La momia fue colocada mirando hacia el Sur, sobre un montículo de arena.
Kufhui llevaba puesta una máscara con la que encarnaba a Anubis. En su mano derecha llevaba el Ur-Hekau, un bastón con cabeza de chacal, y en su mano izquierda la anzuela Necheret, con la que tocó la boca de la momia y oró:
-¡Que tu boca y tus ojos sean abiertos por Ptah, que acuda Thot repleto de fórmulas mágicas! ¡Que las vendas que amordazan tu boca sean desatadas por el Dios de Menfis! Tú, que eres Sekhmeth Uadjet, que reside en el Occidente del cielo, que los dioses rechacen cualquier sortilegio en tu contra, y que toda la Énada te proteja.
Hetepheres era ya un ser de nueva vida, un recién nacido en el Más Allá, y Khufui purificó su cuerpo con incienso, natrón y agua. Hizo un sacrificio a los Dos Toros del Alto y el Bajo Egipto, y finalmente, con el anzuelo peseshekef recitó una nueva fórmula mágica, que abría la boca y los ojos de Hetetheres en el Más Allá. El sarcófago, de madera de cedro, fue abierto, y en medio de las vendas de la momia, Khufui introdujo dos patas y un cráneo de toro. La fuerza y el poder la acompañarían por la eternidad.
Cuando la momia fue introducida en el sarcófago de basalto, con incrustaciones de lapislázuli, se depositó el ajuar funerario, que contenía su cama con las patas de león y su reposacabezas, su silla de manos cuidadosamente desmontada, sus sillones de madera chapados en oro fino, brazaletes de turquesa, collares de turquesa con incrustaciones de lapislázuli y cornalina, varios cofres con ungüentos de belleza, vajillas de oro y plata, una gran vajilla de piedra con platos y copas, numerosos alimentos, ánforas con vino del año primero del reinado de Khufui y gran variedad de frutos secos. Con éstos enseres, la belleza de Hetepheres permanecería inalterable, y con la vajilla y los alimentos depositados, el banquete en compañía de la Énada, sería eterno.
A los pies del sarcófago, Khufui depositó un ramo de mimosas. Luego, el sumo sacerdote del santuario de Ptah cerró las puertas de cedro dorado y atando firmemente las dos asas de oro con una cuerda, colocó el sello de arcilla de la necrópolis. En el pasillo anterior a la cámara funeraria, fueron depositados gran cantidad de ushebtis y objetos con el nombre de Khufui y Snofru. Los ushebtis facilitarían la vida en el Más Allá a la recién nacida Hetepheres.
La entrada del túnel fue sellada, los escalones fueron ocultados y todo se cubrió con yeso. Sobre la entrada sellada, se colocaron unas piedras de gran tonelaje que se camuflaban con el paraje.
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