Akhy - Egipto

 

Akhy-Egipto

 

Creaciones

Por Amenofhis III

 En el nombre del Faraón

5.ª Parte

Aquella mañana, Nakht aguardaba a Kaem-ah, y cuando éste apareció, le pidió que lo acompañara hasta el muelle. Tomaron así la rampa que  conducía directamente desde la cantera al río. Kaem-ah no le dio explicación, y Nakht no se la pidió. Había aprendido a ser paciente, procurando que los acontecimientos no se  adelantasen en el tiempo. El ser paciente era una virtud que comenzaba a manejar. El hecho de que el tiempo  transcurriese más deprisa, no  alteraría  nunca  el desarrollo de los hechos. Nakht había  madurado en todos los aspectos. Realmente, ya no rea el mismo, el único parecido entre él y el joven que había llegado a la llanura hacía ya diez años, era el nombre y  el cuerpo mortal del que estaba hecho. Su corazón se encontraba ahora a medio camino de la sabiduría. En aquella pirámide, había encontrado un universo lleno de misterios. La espiritualidad lo había llenado por completo, y ya no era una creencia en un Más Allá y en una vida eterna justa y llena de alegrías; sino que era una forma de vivir. La justicia y la rectitud se habían convertido en su única forma de vivir.  Por esto, no preguntó tampoco cuando vio al lozano personaje al píe del embarcadero. Allí, mirando al río estaba Hemiunu, el Jefe de Obras del Rey, y también su primo. Hemiunu era una gran persona, rodeado por un rechoncho cuerpo de mediana estatura. Kaem-ah le había hablado muy bien de Nakht. La misión que ahora iba a dejar en sus manos, era una de las más importantes de la construcción de la pirámide. Cuando estuvo frente a él, Nakht lo saludó con respeto.

   -Tú has dirigido la construcción de la cámara superior, que albergará el cuerpo del faraón. Y tú serás el encargado de colocar la cima de ésta cámara -hizo un ademán y un sirviente le tendió un papiro-. De las lejana Aswan están siendo transportadas una serie de bloques, que son los más importantes de toda la pirámide, Nakht.

   Y Hemiunu desenvolvió el papiro, y allí apareció el dibujo de la última morada. En uno de los bordes del papiro, los codos que debería medir cada uno de los cinco techos superpuestos, y ente ellos una cámara que repartiría el peso de todos y cada uno de los sillares traídos de Aswan, que pesaban cada uno cerca de cincuenta toneladas.

   En el horizonte, aparecieron las siluetas de los buques que transportaban los sillares. Los carpinteros de Menfis habían tenido que construir una flota especial de barcos para la ocasión. Se habían traído maderas de países extranjeros. A medida que los buques llegaban  al embarcadero, se formaron grupos de doscientos hombres para mover los sillares, que fueron llevados  hasta lo alto de la pirámide.

   Se colocó un primer sillar, y se le hizo una marca vertical con tinta roja en su justo centro. Luego Nakht, con las medidas que Hemiunu le había dado, y con la posición que uno de los arquitectos le había marcado, colocó un vástago de madera, perfectamente aplomado. Al resto de los bloques, se les hizo igualmente una trazada vertical  de color ocre, y Nakht se sentó el lo alto del sillar que se había colocado en primer lugar. Desenrolló el cordel y suspendió la plomada sobre su cabeza, alineando la marca del sillar con la del vástago de madera, y con la del bloque que se disponían a colocar. El trabajo resultó tan coordinado, que  la primera cubierta fue coronada con rapidez. Para colocar el segundo techo, hubo que esperar a que el perímetro de la pirámide alcanzase la altura debida. Y así, se fueron colocando uno tras otro, los techos superpuestos, y sobre el quinto techo se colocaron dos bloques en forma de cuña, que evitarían que el peso de la pirámide se desplomase sobre el sarcófago del faraón. La altura de la pirámide serían doscientos ochenta y un codos reales (1). Los obreros trabajaban a una altura de doscientos diez codos reales, y ya pronto la obra estaría culminada.

   La estación de la cosecha estaba a punto de  finalizar. Durante varios meses, los campos de Egipto habían sido como los vientres que alimentan al ser que llevan dentro, y ahora los frutos eran recolectados. El trigo y la cebada eran abundantes, si cabe más que el año anterior. Muchos de los obreros de la pirámide estaban a punto de reanudar sus funciones como obreros del rey. Cuando los silos estuviesen llenos, los recaudadores vendrían para cobrarse la parte que pertenecía al Estado.

   Shenub no había vuelto a las obras aquel año. Se cumplía el trigésimo sexto aniversario del comienzo de las obras en Giza, y todo el país estaba expectante, pues la construcción de la morada de eternidad del rey estaba próxima a su fin.

   En el año anterior, Khufui había dirigido una expedición a las minas de turquesas del  Sinaí, pues varios cientos de beduinos estaban asaltando las expediciones que transportaban la carne de la tierra. Tras una breve, pero intensa campaña, cuatrocientos prisioneros habían pasado a ser trabajadores del Estado, y el rey los había enviado a la recogida del trigo y la cebada mientras los obreros continuaban en Giza. Una vez próxima la crecida, los prisioneros pasarían a formar parte de los obreros del Rey, trabajando en la pirámide.

    Nedja estaba ansioso por regresar, pues la cima de la pirámide debería estar ya muy próxima. Y así partió de nuevo, una semana después de la visita de  los recaudadores, en un transporte del Estado que lo llevaba de regreso a Giza.

   Cuando hubo regresado, apenas si tubo tiempo para  saludar y abrazar a su hermano, pues Nakht estaba esperando su llegada. Los dos amigos se saludaron con un abrazo.

   -¡Mi corazón  se llena de alegría por tu vuelta! -dijo Nakht.

   -Yo también me alegro de verte, amigo mío -hizo una pausa-. Pero dime, ¿cómo va la obra?

   -Casi está terminada. Los canteros están rematando el pulimento del último sillar, un triángulo perfecto con sus cuatro caras totalmente lisas. Tu regreso no podía ser más oportuno, Nedja, pues en dos días, te llevaré a la cima, para que nos ayudes a colocarlo.

   Nedja sonrió. Era todo un privilegio el poder coronar la pirámide, la cúspide del santuario, el receptáculo de toda la magia del faraón.

   -Gracias -dijo el cantero.>

  -No lo agradezcas, pues eres la promesa más joven de todos los canteros de la obra. Y, verás, pues de esto quería hablarte. Cuando la pirámide esté terminada, el faraón tiene un gran proyecto en Dendera para construir un hermoso santuario, y a Kaem-ah le gustaría que te unieses a la cofradía de los canteros del rey.

    Nedja clamó su alegría, y aceptó al instante. Pero, su alegría desapareció al comprobar la tristeza de su hermano.

   -Nakht, ¿Kaem-ah no te ha hablado de Shuneb?

   Nakht negó con su cabeza, sin pronunciar palabra.

   -Así ha de ser, hermano -dijo Shuneb-. Mi destino no es la piedra, aunque eso es lo que deseaba cuando llegamos aquí. Yo amo la piedra, pero ella me rechaza. Es lo justo.

      Y así ocurrió, que cuando los dos días hubieron transcurrido, el último sillar estaba a punto de iniciar el ascenso hacia el destino que el hombre le había designado.  Una vez terminado, se acercó a él el sumo sacerdote del templo de Ra-Horakhty, envuelto en su túnica de leopardo, con su cabeza afeitada totalmente y sus pies descalzos. Tras recitar una serie de fórmulas mágicas, esparció sobre el monolito unos polvos mágicos, y tras un largo ritual, el monolito de inerte piedra se convirtió en un ser vivo, el canalizador de los poderes del universo, la magia de las estrellas imperecederas la atravesaría de forma interrumpida, ya por toda la eternidad.

    El sillar fue colocado en una narria, y cuarenta de los obreros beduinos tomaron las cuerdas que  arrastrarían el trineo. Hemiunu, Kaem-ah, Yunu, Nakht y tres canteros iban delante. Ocho hombres que representaban el número mágico de Thot.

   Los minutos se hicieron eternos, mientras el sillar era movido codo a codo. El sol brillaba en lo alto, y las frentes estaban sudorosas. No tanto por el calor, pues era la hora en la que el sol tenía menos intensidad, sino por los nervios y la emoción de colocar el último sillar.

   En la base destinada al triángulo de piedra, los canteros hicieron unas aberturas, las bocas donde coincidirían las espigas que se habían hecho en la base del bloque. Hemiunu portaba un pequeño cofre de oro puro, en cuyo interior había una efigie del rey Khufui y un papiro con fórmulas mágicas. El sillar fue colocado, y las espigas de piedra encajaron perfectamente en las aberturas practicadas en el bloque inferior.

   Las miles de voces que sonaron el la llanura de Giza, anunciaron a los cuatro vientos que la pirámide había sido culminada, tras trece largos años de trabajo.

 

Nota: 1- un codo real son 52.3 cm. 147 metros son igual a 281 codos.

           2- 110 metros de altura son 210 codos reales.

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