Akhy - Egipto

 

Akhy-Egipto

 

Creaciones

Por Amenofhis III

 En el nombre del Faraón

4.ª Parte

Y, efectivamente, Kaem-ah reclamó su presencia, y al verlo le entregó un colgante que daba fe de su rango.

   -Ésta será tu identificación, y cualquiera que la vea, sabrá que se halla frente a uno de mis ayudantes. Ardua será tu tarea, pues tú controlarás los trabajos en lo alto de la pirámide. Observarás a "Los forzudos de Khufui" quienes hacen posible la gran galería que conduce hasta la morada del rey. A "Los puros de Khufui" que bloquean el perímetro de la pirámide con gran destreza. A "Los barqueros de Khufui" quienes sillar tras sillar, los pulen y perfeccionan. A los "Hijos de Khufui" que son los mamposteros que recubren  el interior de la pirámide. y todo lo que suceda cada día, deberás comunicarme. Lo más importante y lo más insignificante. Aquí, en éste papiro yo te entregaré las órdenes que deberás cumplir.

   Nakht interrumpió a Kaem-ah.

   -Pero, yo no sé leer, no puedo leer lo quee está escrito en el papiro.

  -Lo sé, lo sé. Para esto, cada noche, recibirás enseñanza hasta  que domines totalmente la escritura. Espero grandes cosas de ti, hijo.

   Así, cada noche, las enseñanzas eran recibidas por Nakht con ilusión, y Kaem-ah en persona se ocupaba de que su progresión fuese gigantesca noche tras noche. Así, cada día que faltaba hasta la finalización de la obra,  era un regalo para los obreros del faraón. El monumento continuó alzándose hacia el infinito, y  los días transcurrían para Nakht con una rapidez tal que al caer la noche, apenas si había saboreado el orgullo que llevaba en su interior, servir al eterno destino de su rey, Khufui. Con la ironía que caracteriza al destino, la noche era en cambio, el momento más placentero para Deba, quien ansiaba continuamente el volver a ver a la hermosa Barasa, con la que ya había intimado notablemente.  Tan notable fue, que en el transcurso de dos un año sucedió una noche, en presencia de todo el poblado de Khufui al completo, que  Deba y Barasa rompieron una jarra para coronar la unión que ambos deseaban, y así se convirtieron en esposo y esposa. "Desde el día de hoy, tú serás mi hermana y yo seré tu hermano".  

  Sin apenas darse cuenta, habían transcurrido ya diez años, y Nakht continuaba siendo ayudante de Kaem-ah. Deba había colmado su felicidad junto a Barasa, con el fruto de un pequeño diablillo que contaba ya con dos años de edad. En honor al padre de Nakht y Deba, lo habían llamado Aha.

   Diez años, que habían pasado rápido, tan rápido como el viento del norte  transporta un susurro de una orilla a otra, sin apenas pausa. Aunque, en realidad era una cantidad de días trabajados, el ánimo y el orgullo de ser uno de los constructores del la pirámide, no había desaparecido en ninguno de los obreros. Egipto era próspero, tanto que con la construcción de la gran obra, se había creado incluso una economía, que llegaba más allá de las fronteras. Se exportaban trigo y cebada y las ganaderías de Khufui eran muy conocidas. Así, de este modo, transcurrían los días en la llanura de Giza.

   Pero no todo fueron días felices para Nakht. A lo largo de ésta década, había visto gente aplastada en medio de una mole pétrea, incluso miembros seccionados por  los cortantes cantos de los sillares. Pero jamás estaría preparado para afrontar la prueba que el destino le tenía reservada.

   La última  cámara, que sería la morada de reposo del  rey, estaba casi finalizada. La gran galería ya se había coronado. El sarcófago de granito rojo había sido instalado en el interior de la cámara antes de que el pasillo se levantase, pues era mucho más estrecho que el sarcófago. Enormes bloques del tamaño de un hombre eran destinados a lo que sería la última morada, antes de ser cerrada con una piedra especial. Nakht estaba entusiasmado por ver finalizada aquella cámara, que sería la morada del faraón, aunque no solo sería la del rey Khufui.

   Aquella noche, tras la cena, se reunieron todos al calor del fuego, bebiendo cerveza fresca y bromeando los unos con los otros. Los más pequeños ya se habían retirado a descansar, y eso permitía que las mujeres disfrutasen de un merecido descanso. Kaem-ah había pedido a Nakht que se sentase a su lado, donde también estaba Yunu.

   -Nakht -le dijo-, faltan ya pocos años para que lla pirámide sea terminada. Debido a su forma triangular, cada vez son necesarios menos bloques. Has logrado culminar todas mis expectativas hacia ti.

   Nakht agradeció el comentario, y apurando la jarra de cerveza le preguntó  directamente.

   -¿Qué es lo que ocurre, amigo, que intentaas decirme?

   Con el transcurso de los años, Nakht había llegado a apreciar a Kaem-ah con una estima y un respeto fuera de lo común. Como un clamor correspondido, Nakht era lo más parecido a un hijo para el jefe de los obreros del rey.

   -Intento decirte que cuando la obra terminne, muchos hombres regresarán a sus hogares, entre ellos Yunu, que se retirará del cuerpo, dejando un puesto vacante.

   Los ojos de Nakht se abrieron como platos, pues Kaem-ah le estaba pidiendo que ocupase el puesto de Yunu, el responsable de todas las cuadrillas. Nakht, por supuesto, aceptó, y a su mente acudieron momentos del pasado, y preguntó:

   -Kaem-ah, hace casi cinco años, llegamos aquí sin que ninguna explicación nos fuese dada.Aún hoy no entiendo el porqué de semejante cambio. ¿Qué ocurrió en realidad?

   -El faraón había venido con motivo de aqueel horrible accidente, ¿lo recuerdas? En su corazón solo había tristeza, y la duda de proseguir con la obra. Pero tú le hablaste, Nakht, tú expulsaste la duda de su corazón. Y entonces él creyó, con acierto,  que tu espíritu mantendría viva la ilusión, el sentirse realmente importante al realizar la tarea más sagrada que puede existir en un hombre. Realmente, tú mismo fuiste el causante de venir aquí, tú y la fuerza que mora en tu corazón.

    El día transcurrió, y cuando la jornada casi tocaba a su fin, también se iba a coronar la cámara superior. Solo faltaba un bloque, uno solo que debido a su tamaño, era arrastrado por el interior de la gran galería. Al igual que los otros sillares precedentes, eran izados mediante un gran trípode de madera, que servía a los trabajadores para tirar de las cuerdas que sujetaban los bloques en el otro extremo. Cincuenta hombres tiraban del sillar, mediante una cuerda  tan gruesa que incluso les resultaba difícil abrazarla con las dos manos. En el alto, Nakht vigilaba emocionado, viendo como aquellos cincuenta hombres arrastraban centímetro a centímetro la enorme mole de casi cincuenta toneladas. A medio camino, entre el trípode y el bloque, estaba Deba, marcando el ritmo y vigilando que los dos hombres que iban tras el sillar de piedra lo calzasen a éste debidamente con cuñas de madera. Esta operación evitaba que la piedra se resbalase cuando los cincuenta obreros, con una perfecta sincronización, realizaban el  cambio de brazo para  poder seguir izando el bloque. Pero una de éstas cuñas no se colocó de forma correcta, y la esquina derecha del bloque quedó calzada, pero no la izquierda, lo que hizo que el sillar se desplazase bruscamente. El cambio de rumbo  y el peso que arrastró el bloque en su pequeño desplazamiento hasta tocar con la pared de la gran galería, cogió a los obreros justo en el momento que realizaban el cambio de brazo. El enorme trípode se tambaleó, cayendo finalmente sobre Deba, que estaba a escasos metros. El poste central, macizo y de una anchura de veinte centímetros, golpeó brutalmente su pecho, aplastando sus costillas contra los pulmones. El dolor fue instantáneo, y en pocos segundos, su boca se encontró bañada por el espeso líquido y un amargo sabor lo inundó, desde la boca del estómago hasta la garganta. Respiraba  entrecortadamente, y con cada bocanada de aire que expulsaba, un chorro de sangre resbalaba por la comisura de sus labios. Nakht bajó gritando  y apartando a empujones a los hombres hizo un pasillo. Cuando llegó hasta Deba, levantó el mástil con la ayuda de tres obreros, e inmediatamente comprobó que el pecho de su hermano estaba hundido y destrozado. La herida era mortal.

    Como las normas establecían, el cuerpo no se hubo tocado hasta la llegada de uno de los médicos, que comprobó el fallecimiento. Nakht tubo que  ser ayudado para descender de la pirámide, pues las fuerzas le habían abandonado. A su lado, Kaem-ah intentaba consolarlo, sin conseguirlo. Cuando Yunu llegó, la situación empeoró para Nakht,  puesto que ya no pensaba solo en su hermano. ¿Qué sería ahora de Barasa y del pequeño Aha?

   El cuerpo de Deba fue preparado para su último viaje, y enterrado en un lugar provisional, pues cuando la pirámide estuviese terminada, sería enterrado en uno de los cementerios situados frente a la pirámide.  Nakht, sumido en una profunda tristeza, ya no era el mismo. Había regresado a su trabajo, pero su atención se distraía continuamente, se encerraba por las noches en su casa de Gerger Khufui sin haber hablado con nadie. Entonces, Kaem-ah, creyó dar con la fórmula que empujaría a Nakht a salir de aquel oscuro pozo.

   -Nakht -le habló- ésta situación es absurda, y haas de ponerle fin de inmediato.

   El hombre, abatido sobre un rincón miró a su amigo, pero no le respondió. Y Kaem-ah continuó hablando.

   -Tú has perdido un hermano, y el resto hemmos perdido una parte de nosotros mismos. ¿Olvidas acaso que somos como una familia?

   Y entonces Nakht rompió a llorar, con una rabia tal que incluso Kaem-ah se asustó al principio. Pero no cedió, y se sentó a su lado, rodeándole la cabeza con su brazo.

   -No puedo continuar, Kaem-ah, cada vez quee estoy allí arriba, tan solo veo la cara de Deba, bañada en su propia sangre y lo oigo balbucear, pero no logro oír lo que dice, pues no tiene fuerza para articular ni una sola palabra. Cierro los ojos, y allí continúa, es como una sombra que me persigue continuamente. Y lo más triste, amigo mío, es que no es a mi hermano a quien veo, sino a la cara de la muerte.

   Kaem-ah comprendió su dolor, y así le habló.

   -En estos años, te has convertido en un hiijo para mí, y esto no es ningún secreto. Y como a un hijo te diré que no has perdido a tu hermano, pues tu hermano continúa viviendo en Gerger Khufui. Tan solo has de verlo en el corazón de su hijo, Aha, y acaso en el de su viuda, que sin duda, sufre tanto como tú. No te diré lo que has de hacer, pero si te diré lo que yo haría si mi hermano hubiese muerto dejando esposa e hijo. Mírame, Nakht, y  dime, ¿acaso crees que yo abandonaría al hijo de mi hermano, la sangre de mi sangre? La esposa de tu hermano, a fin de cuentas, es ahora como tu propia hermana, ¿vas a abandonarla a ella también?

    El corazón de Nakht se encogió, y la tristeza tomó cierta forma de vergüenza, pues sabía que no debía derrumbarse. No había pensado en la tristeza de Barasa, ni en el pequeño Aha. Y esto era porque un grueso velo en forma de desolación lo había llenado por completo. Nakht pidió ayuda a su amigo, y éste  lo tomó de la mano y lo obligó a salir de la casa de adobe.

   Al pié de la pirámide, Nakht y Kaem-ah observaban, mirando hacia el cielo. Allí, entre ellos se alzaba "El Horizonte de Khufui", tal y como la llamaban los propios egipcios.

   -Lo que se alza ante nosotros es el propioo Egipto, Nakht. La razón de ser de nuestro pueblo mora en el interior de ésta pirámide. El soldado que defiende a las Dos Tierras entrega su vida en el nombre del faraón. El campesino, analfabeto desde su cuna, entrega  su vida al campo, ya que la tierra no necesita ni saber leer ni saber escribir para formar parte de lo que somos. Si realmente crees que tu hermano  ha muerto construyendo  la pirámide,  piensa que en realidad, todos morimos un poco cada día, con un solo propósito: que Egipto sea mañana más grande de lo que hoy lo es.

   Y así, el corazón de Nakht se liberó de un enorme peso, y ahora lo veía todo mucho más claro. Y la realidad era que él sabía que la muerte ciertamente no era una tristeza, sino una alegría transformada en una nueva vida. Y Nakht volvió a subir a la pirámide, y el último sillar  fué colocado en su corazón. Al anochecer, mientras un ternero se asaba en el fuego, entró en la casa de su hermano. El pequeño Aha, al verlo corrió a sus brazos y lo besó en la mejilla. Nakht saludó a Barasa.

    -Barasa, mi corazón se une al tuyo para sooportar el dolor que nos inunda, y compartir las lágrimas. No pretendo ocupar el lugar de mi hermano como esposo, pero si ofrecerte mi compañía para que la soledad no se apodere de tu vida. No puedo ser un padre para Aha, pero sí el hombre que le ayude a vivir en rectitud y actuar con justicia.

   Los ojos de Barasa enrojecieron, pero las lágrimas no brotaron.

   -¿Y qué ocurrirá cuando decidas formar unaa familia? -preguntó ella.

   -Tengo una familia que me espera, más alláá del desierto, donde la tierra es verde y la vida nace día tras día. Tú y tu hijo sois parte de ésta familia, y eso es más de lo que ningún hombre  podría conseguir en toda su vida.

   Y así fue como Barasa, Nakht y el pequeño Aha convivieron bajo un mismo techo. Ambos lo pensaron, pero ninguno lo dijo, ¿que ocurriría si un día surgía el amor entre ellos?

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