Akhy - Egipto

 

Akhy-Egipto

 

Creaciones

Por Amenofhis III

 En el nombre del Faraón

3.ª Parte

Pese a que la distancia que separaba Menfis de Giza era relativamente corta, el viaje le pareció eterno. No dejaba de preguntarse si valía la pena levantar semejante escalera divina, puesto que cuando estuviese en presencia de su padre, el Creador Ra, debería dar cuenta de todo lo que estaba ocurriendo.

   Desde el montículo rocoso,  contempló la llanura de Giza, lugar sagrado desde el comienzo de los tiempos, conocido como <EL alto>, lugar de reposo para el faraón Khufui y  muchos de los obreros que construyeron su pirámide. Todo el Doble País hablaba del portento que  sus hombres estaban levantando. A lo largo del Nilo, el nombre del rey se elevaba hacia el cielo, y a lo ancho de los países vecinos, el temor a Khufui  era enorme, pues un hombre con la capacidad de concebir semejante obra  era, sin duda alguna, un hombre muy poderoso.

   Desde aquel alto,  la imagen que ofrecía el incesante trabajo, era gloriosa. Aquellos hombres parecían orgullosos de formar parte de aquella trepidante aventura.  Pero, ¿y si todo era una ilusión? Solo existía un modo de dar fe de ello.

   En las obras, nadie reparó  en que el faraón se hallaba inspeccionándolas en la distancia. Tampoco nadie hizo caso del hombre que se hallaba de pié, frente a la pirámide. Observaba en todas direcciones. A los carpinteros que reparaban unas narrias estropeadas, a los portadores de agua que en grandes tinajas almacenaban el agua que debían usar los aguadores para hacer que las narrias se deslizasen. A los  capataces, que a pie de obra recibían las directrices de los arquitectos. A las cuadrillas que cantando tiraban de las narrias cargadas con las piedras. Comenzó a subir por una rampa, la que era destinada a las narrias que bajaban vacías, tras haber depositado los sillares en lo alto.

    A medida que el extraño personaje ascendía, la impresión engrandecía su corazón, y pensaba que sin duda, aquellos hombres realizaban un trabajo impresionante. Una vez en la cima, se quedó unos instantes observando a los trabajadores, y a continuación se dirigió hacia un grupo que trabajaba en el centro de la pirámide. Le habló al hombre que marcaba el ritmo del izado de un bloque.

    -¿Ésta es la galería hacia la cámara del sarcófago?

    -Sí, esta es.

   -¿Y ese es uno de los conductos de ventilación que atraviesa la pirámide?

    -Es el primero de ellos -respondió extrañado el hombre-. ¿Acaso sois uno de los arquitectos?

   -Si, algo así.

   -Pues entonces, ¿podríais contestarme una pregunta?

    El hombre asintió con su cabeza.

   -Decidme, ¿por qué estos canales son obliccuos, cuando es sabido que el aire ventilaría mucho mejor si su posición fuese una línea recta?

   El extraño personaje sonrió.

  -Es un canal de ventilación, en efecto, pero no para que corra el aire a través suyo, sino para que  en cada día,  el ka del faraón sea regenerado con el soplo del aliento divino. Su inclinación es la debida, pues apuntan directamente hacia las estrellas imperecederas, aquellas que no se mueven en el tiempo -hizo una pausa-. Y dime, ¿cuanto tiempo llevas en las obras?

   -Seis años -respondió.

  -¿Y no añoras tu hogar, la morada que te vio nacer?

  -Si señor, añoro mi hogar y a mi familia. Pero sé que  mientras continúe trabajando para el faraón, nada faltará a los míos. Además, aunque el trabajo sea pesado y continuo, nada nos enorgullece más que trabajar en la pirámide del rey, y no es por el trato que podamos recibir nosotros ó nuestras familias, sino que si aseguramos su descanso en el Más Allá, nos garantizamos para nosotros un porvenir en la otra vida. El faraón es Egipto, y Egipto somos nosotros mismos. Pero, decidme, ¿por qué tres cámaras para albergar un solo cuerpo?

  El hombre se hallaba desconcertado por la respuesta que aquel obrero le había dado, y tras una breve pausa le respondió.

   -Cuando el rey muera, y su cuerpo sea depositado aquí, pirámide y alma formarán un solo ser. La cámara que se alberga bajo la pirámide representa los órganos de reproducción,  para que así el faraón pueda continuar dando vida a un próspero Egipto. La cámara central será poseída por su corazón, ya que el corazón es el centro del hombre; y la cámara superior será destinada a depositar su mente.

   Tras haberle contestado, observó fijamente a aquel obrero, que tan impresionante respuesta le había dado, y le preguntó su nombre.

   -Nakht -le dijo-, me llamo Nakht. ¿Y vuestro nombbre, cual es?

   -Khufui. Yo soy Khufui.

   Nakht observaba atónito como aquel hombre descendía por la rampa de bajada, sin dar crédito a lo que había oído. ¿Sería posible que fuese el mismo faraón en persona quién le había hablado a él? 

     Dos días habían pasado desde la sorprendente visita que el faraón había hecho a la pirámide. Visita que le sirvió para despejar toda duda que tuviese acerca de su construcción. Realmente, si el alma del rey no se regeneraba tras su muerte, ¿qué sería de Egipto?

   Yunu desconocía si el propio Khufui había hablado con Kaem-ah, pero el Jefe de los Obreros del Rey lo había envidado a las cabañas de los trabajadores en busca de los dos hermanos. Yunu era un hombre de alto, con cuarenta y tres años de edad y de cuerpo fino y delicado. Llevaba prácticamente toda su vida sirviendo a la corte real, y cuando la pirámide estuviese terminada, se retiraría a una casa en el campo, que el Estado le concedería por sus años de servicio. Algunas reses y animales, tal vez unos cuantos sirvientes, algo de tierra cultivable, posiblemente su hija fuese a vivir con él, y los miles de recuerdos que alimentarían su corazón, aliviando el paso de los días.

   Nakht y Deba se estaban aseando, tras haber limpiado su cabaña. Antes de retirarse a descansar, se sentarían junto al fuego en compañía de Nedja y Shuneb, para degustar una buena cerveza fría.   La visita de Yunu, a aquellas horas de la noche los sorprendió bastante.

   -¡Recoged vuestras cosas -les dijo-, desdee esta noche ya no viviréis más en el poblado!

   Sin más explicaciones, el corazón de Nakht y Deba se encogió dentro de su pecho. ¿Acaso los habían destituido en sus funciones? SIn dejar de pensar en lo que podrían haber hecho, siguieron a Yunu, portando sobre su hombro una bolsa hecha con esteras de juncos, en la que portaban toda su fortuna, unas mudas limpias y sus sandalias de cuero.  Si la sorpresa de la visita nocturna los había  conmocionado, ver que el camino que tomaban era el que conducía al complejo residencial donde vivían los capataces, jefes de obra, arquitectos y demás hombres de importancia, terminó de asustarlos. ¿Qué castigo les aguardaba tras aquellos muros?

    El complejo residencial era como una basta ciudad. Las casas habían sido levantadas en ladrillos de adobe, y allí había todo lo necesario para la convivencia. Las casas tenían su propio aseo, los terneros eran sacrificados y despiezados allí. Los panaderos cocían su pan en grandes hornos, era en resumen, el corazón de la llanura. Cada noche, se reunían todos junto a un buen fuego, y algún animal asándose en la hoguera.  Allí estaba cada noche Kaem-ah, siempre bebiendo cerveza y riendo, contando mil y una aventuras vividas. Cuando los tres personajes llegaron, Kaem-ah saludó a los dos hermanos, y les tendió la mano.

    -Sentaros junto al fuego -les dijo-, y bebbed un trago de cerveza, las ocas en seguida estarán listas.

   Al fuego se estaban asando un buen número de ocas, y cerca de ellos varias tinajas de arcilla, que contenían cerveza dulce. Nakht y Deba se sentaron junto a Kaem-ah, y así se quedaron, inmóviles con las jarras de cerveza en sus manos y sin decir una palabra. El jefe de los obreros, algo contento por la cerveza, les miró y dijo:

   -Vamos, no seáis tímidos, después de todo, éste será vuestro hogar a partir de hoy. ¡Un brindis por los dos hermanos! -gritó y bebió.

   Y brindaron y bebieron todos los presentes, en honor de los atónitos Nakht y Deba, quienes no entendían ni una palabra de lo que estaba sucediendo.

   -Pero, ¿por qué estamos aquí?- preguntó Nakht.

   Kaem-ah apuró la cerveza y le sonrió.

  -No lo se, chico. A fin de cuentas, tú has sido el que ha hablado con el faraón.

   Transcurrió la velada en medio de un alegre baile de jarras de cerveza dulce, y antes de que la cena se sirviese, Nakht y su hermano  bromeaban ya sin reparo con todos los ilustres del complejo.

   Cuando la hora de cenar hubo llegado, un grupo de mujeres salió de una de las casas de adobe, portando platos, cuchillos de sílex y copas de arcilla. Una de aquellas jóvenes era Barasa, la hija menor de Yunu. Alta y delgada, con finas piernas y firmes pechos, estaba maquillada con una gran destreza, aparentando más madurez de lo que sus diecinueve años evitaban demostrar. Se podría decir que la llama se encendió al momento, y tan solo un instante, sus ojos se cruzaron pues la timidez y la vergüenza hicieron acto de presencia casi de inmediato. Sentado sobre la arena,  frente a la alargada mesa, Deba inclinó su cabeza hacia el suelo cuando Barasa le sirvió su ración de oca asada. Sus ojos volvieron a esconderse cuando la hermosa joven sirvió la cerveza en su copa, y Nakht, conocedor y cómplice de la situación, miró y sonrió a su hermano. Yunu, aunque estaba sentado lejos, sonreía complacido.

  La noche transcurrió entre alocadas risas y baños de cerveza dulce. Al amanecer, Gerger Khufui, "El poblado de Khufui" se puso en movimiento, y Nakht comprobó a la luz del día, que efectivamente, aquel lugar se hallaba habitado por la élite de Egipto. La práctica totalidad de sus habitantes pertenecían a la corte real, había niños que eran los hijos de los maestros canteros ó carpinteros, los cuales aprendían el oficio con sus padres y eran instruidos por los maestros del santuario de Ptah. Aquellos hombres eran conocidos como "los hombres del faraón" y a todas luces, Nakht y su hermano habían ingresado en aquel círculo. El número de habitantes era mucho más reducido que el poblado de los obreros, cosa que permitía muchas más comodidades. Y Nakht pensó que eran muy afortunados.

   Tras un completo almuerzo, Yunu fue en busca de los dos nuevos miembros, y les comunicó sus nuevas tareas.

   -Tú, Deba, ocuparás el lugar de tu hermano como supervisor de la cuadrilla de "Los forzudos de Khufui". Grande es tu responsabilidad, pues en tus manos recae el buen funcionamiento de una de las mejores cuadrillas.

Deba sonrió con alegría, y contuvo sus ganas de gritar su felicidad. Cuando se dirigió a Nakht, posó su mano sobre el hombro del joven.

    -A ti, Nakht, mayores responsabilidades se te otorgan, pues desde hoy serás conocido como uno de los ayudantes del Jefe de los Obreros del Rey. Tus obligaciones te serán asignadas cada día por Kaem-ah.

   Nakht no podía creérselo. Él, un simple campesino, que había llegado hacía seis años  a las obras, y tras este corto tiempo, ocupaba un puesto de importancia.

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