Akhy - Egipto
Akhy-Egipto
Creaciones
Por Amenofhis III
En el nombre del Faraón
2.ª Parte
Kaem-ah se secó el sudor de su calva frente, y ante la entrada del palacio real de Giza, se despojó de sus sandalias, y uno de los sirvientes le lavó y le secó los pies. En el interior, en un gran salón estaba Neferhotep, el arquitecto real; junto con varios de sus discípulos, sentados ante una enorme pirámide de madera. Cuando Kaem-ah tuvo en sus manos el papiro con las indicaciones a seguir, salió del palacio real, en dirección a las obras.
En la amplia extensión de la llanura, se había allanado una gran superficie. Se cavaron unas cuadrículas, unos perfectos cuadrados, haciendo unas zanjas entre unos y otros. Era un cuadrado milimétrico, con unas medidas de 230 metros. Se clavaron unas estacas a lo largo del perímetro, y las zanjas fueron llenadas con agua. Cuando el líquido hubo reposado, se tensó un cordel a la altura del agua, sujeto a las estacas. Los niveles estaban sacados. Fuera del perímetro, había una serie de cuadrículas, y a través de sus caras, también se extendió un cordel fuertemente tensado, y así se escuadraron las cuatro caras de la obra. Una vez fijada una buena base a nivel, comenzarían a circular los enormes bloques de piedra, a lo largo de las dos rampas que se habían construido; que comunicaban con la cantera, situada a pocos metros de allí. En medio de todos los cordeles, escuadras y demás instrumentos de medida, había una centena de obreros, Kaem-ah, el Jefe de los obreros del Faraón, y Hemiunu, el Jefe de las Obras del Faraón.
Poco después del alba, los hombres que dormían en las improvisadas chozas fueron despertados, y en pocos minutos una caravana humana de varios cientos de hombres recorría el sendero que llevaba hacia la obra.
Nakht y Deba asistían atónitos al espectáculo que formaban aquellos canteros, cientos de canteros tallando al unísono una gran cantidad de enormes bloques de piedra. Con sus mazas de madera y sus cinceles de cobre, los bloques tenían unas medidas que oscilaban entre los cinco y los siete metros de altura. Debían de pesar muchas toneladas. Los canteros más inexpertos marcaban los bloques con unos finos cortes, luego los canteros más expertos los iban perforando y separándolos mediante cuñas de madera. Si la roca era muy dura, introducían agua hirviendo por las ranuras trazadas, y a continuación volvían a enfriarlas rápidamente. El cambio de temperatura desquebrajaba la roca y permitía extraer el sillar.
Los numerosos grupos de obreros se repartían el trabajo, de forma que lo que supondría un enorme esfuerzo se realizaba de un modo mucho más cómodo. Había varias cuadrillas que trasladaban las piedras, desde donde las habían separado de la roca madre hasta las narrias. Las narrias eran unos enormes trineos de madera, que luego eran tirados por veinte ó treinta jornaleros. En cada grupo de arrieros, había un capataz que marcaba el ritmo, mientras una pareja de aguadores iban mojando el terreno delante de la narria, para así facilitar su desplazamiento.
Había una enorme cantidad de carpinteros, reparando y fabricando narrias nuevas con un ritmo frenético. Varios grupos de hombres afilaban los cinceles de cobre, que continuamente perdían el filo. Había un grupo de escribas que trazaban una marca en cada bloque, pues cada sillar tenía un lugar destinado en la pirámide.
Nakht y Deba fueron destinados como aguadores en una cuadrilla que se llamaban así mismos "Los Borrachos de Khufui".En muy pocos días, los hermanos fueron cogiendo el ritmo de trabajo, lo que agradó mucho a Yunu, el encargado de todas las cuadrillas.
Los trabajos se producían continuamente a lo largo de nueve días, y en el décimo se descansaba. Los obreros lo aprovechaban con agrado.
El poblado de los trabajadores era como una gran aldea, y sus habitantes pronto formaron estrechos lazos de amistad. Nakht y Deba se habían unido a otros dos hermanos, Nedja y Shuneb, que eran nativos de Isná, en el Alto Egipto. Nedja y Shuneb eran canteros de segundo orden, y trabajaban en la pirámide. Nakht y Deba todavía no habían visto la gran obra, pues el acceso les estaba restringido. Nedja era casi de la misma edad que Nakht, pero mucho más corpulento. Alto y con la tez curtida por las horas de sol ante la piedra, era uno de los llamados a convertirse en breve en cantero de primer orden, pues el mimo y el entusiasmo que dedicaba en su labor tenían muy contento al jefe de los canteros. Su misión consistía en alisar y escuadrar con una casi milimétrica perfección los cuatro lados del bloque de piedra caliza. Shuneb, en cambio, pese al empeñó que imponía en su trabajo, no lograba alcanzar la perfección que su propio hermano le imponía. Era mucho más bajo que Nedja, y mucho menos corpulento. Era, sin embargo, el único entre los miles de obreros de la llanura de Giza que se podía distinguir e un kilómetro de distancia, pues su cabello era dorado y brillante como la luz del sol, un rubio intenso que había heredado de su madre, de origen extranjero.
-Dime, Nedja, ¿qué ocurre más allá de la última rampa? -preguntó Nakht.
El joven lo miró, con sus ojos engrandecidos, y se veía un gran orgullo por el trabajo que allí se realizaba.
-Verás -le contestó-, cuando vosotros dejáis las narrias al relevo del final de la rampa, el trineo es llevado al llano que hay al pié de la pirámide. Allí pulimos y damos unos cortes perfectamente lisos a los bloques de piedra, de forma que cuando son colocados en su lugar, sería imposible introducir entre ellos, ni la más fina hoja de papiro que hubiese en Egipto.
Nakht escuchaba impresionado, ansioso por poder ver algún día aquel milagro del hombre, pues por lo que Nedja contaba, no existía en las Dos Tierras construcción que se le pareciese.
Los días pasaron, una nueva crecida llegaría muy pronto, y las obras en la pirámide continuaban de un modo incesante. Cuando el Nilo fecundó los campos del valle, muchos de los obreros regresaron a sus hogares, pero la gran mayoría de ellos permanecieron en la meseta, cantando al ritmo que la piedra imponía.
Había transcurrido un año, y una mañana apareció Yunu en el puesto de "Los Borrachos de Khufui" acompañado por dos jóvenes recién llegados.
-Nakht, Deba, abandonaréis éste puesto de trabajo y se os asignará un nuevo destino. Este es el relevo que os sustituye. Venid conmigo.
Yunu dio las instrucciones pertinentes a los dos jóvenes, que con una mirada perdida recorrían con sus ojos a lo largo y a lo ancho, el milagro que los hombres de Egipto creaban a su alrededor. Luego, con Nakht y Deba, abandonaron el sector de la cantera y ascendieron por la rampa que conducía a la pirámide. Había dos rampas, una que comunicaba directamente la cantera y la pirámide, y la otra unía la pirámide con el embarcadero del muelle. Hubieron llegado al final de la rampa, y tras pasar el pequeño altillo de arena, ante los ojos de los dos hermanos se abrió una visión que los hizo enmudecer. La pirámide dominaba la práctica totalidad de la llanura, y era un bullicio incesante de bloques tan grandes como un hombre, e incluso dos. Subiendo uno tras otro, de forma continuada a lo largo de las enormes rampas construidas a base de escombros de la cantera, compactados con morteros de yeso, los sillares ascendían uno tras otro.
El nuevo puesto de trabajo era igual que el anterior, aguar las narrias que ascendían por las rampas. Cuando hubieron llevado su primer bloque, habían ascendido a una altura de treinta metros, y la grandeza volvió a invadir a los atónitos Nakht y Deba. Allí, en lo más alto, ciento de hombres tallaban, pulían y colocaban una serie de bloques más pequeños, con sumo cuidado. Había una cuadrilla de obreros trabajando en lo que llamaban la cámara funeraria, y estaban terminando la entrada de la cámara, que se hallaba debajo de la pirámide, en el corazón de la roca. Un grupo de maestros estaban iniciando las labores de un corredor, que daría entrada a otra cámara situada más arriba, en el centro de la pirámide.
Un sillar tras otro, los años transcurrieron, y Nakht y Deba habían abandonado las labores de aguadores. Yunu los había hecho ingresar en la cuadrilla más importante, conocidos como "Los forzudos de Khufui". Estaban trabajando en la cámara central, preparando el pasadizo que ascendería hacia la última cámara y el corredor iría progresando a medida que se levantase el perímetro de la pirámide. Era una pronunciada pendiente, y los bloques eran arrastrados mediante cuerdas que, tras pasar por un trípode gigantesco de madera, eran tiradas por varias decenas de hombres en el otro extremo. Algunos bloques necesitaban ser arrastrados con tres cuerdas, lo que suponía un esfuerzo inmenso.
En el mismo sector, trabajaban Nedja y Shuneb. Nedja había ascendido a cantero de primer orden, ejecutando su trabajo de una forma impecable, mientras Shuneb continuaba intentando perfilar las caras de los bloques con una mínima precisión.
Se reunían siempre que podían, sobre todo en las horas de las comidas, que tenían lugar allí mismo, a casi setenta metros de altura.
-Estoy realmente agotado -dijo Deba, sentándose en un rincón sombreado.
-Sí -afirmó Nakht-, cada vez los sillares son de mayor tamaño.
Deba lo miró con gesto enfadado.
-¡Tú no protestes, no tienes que tirar de ellos! Desde que te nombraron supervisor, incluso diría que has engordado.
-No murmulles -rió su hermano-, te he colocado al final de la cuerda, donde el esfuerzo es inexistente.
Así, bromeando y riendo, resultaban sin duda, las mejores horas de todo el día. La comida era abundante, con gran cantidad y variedad de frutas y verduras, legumbres y algo de carne. Buen vino y cerveza fresca. Normalmente, la carne de vacuno era consumida en la residencia de los hombres del faraón, pero una vez por semana, daban buena cuenta de alguna ave de corral ó un buen pedazo de ternero.
Cuando se inició de nuevo la jornada, un gran alboroto estalló en el lado sur de la obra. Casi automáticamente se concentraron en el vértice de la pirámide gran cantidad de obreros y cesaron los trabajos. Una de las dos cuerdas que tiraban de una narria, se había roto, y los hombres que sujetaban la otra cuerda, no habían podido con el peso del bloque, que se deslizó pendiente abajo, arrastrando a las cuatro narrias que la seguían; y con ellas, a una gran cantidad de obreros. Cuando la rampa terminó, y las cinco narrias se despeñaron al vacío por una altura de setenta y tres metros, aplastaron a un grupo de canteros que pulían unos bloques justo en la base de la pirámide. Ni siquiera los habían visto caer.
Había habido algún accidente en el que uno ó dos obreros habían fallecido, pero ninguno tan fatal como aquel. Se suspendieron las tareas y todas y cada una de las cuerdas fueron sustituidas por otras nuevas.
Los pasos veloces resonaban en el palacio de Menfis. Dejó atrás la primera estancia y cruzó la morada de los dioses. Atravesó el corredor, dejando a ambos lados del pavimento de gres rojo enormes estatuas de todos los dioses que protegían al Señor de las Dos Tierras. Cuando estuvo frente al gran portón de acacia bañado en oro, Hetepheres gritó a los dos centinelas que la guardaban.
-¡Abrid, deprisa!
Los dos soldados abrieron los portones y se inclinaron ante la dama, cruzando los brazos sobre el pecho de forma opuesta. Hetepheres era la madre del faraón, de talla mediana y de esbelta figura, llevaba un tocado de complicado peinado, y en contorno de sus ojos en un color azul lapislázuli, y sus mejillas sonrosadas. Contaba con cincuenta y ocho años de edad, y gozaba de una buena salud y una gran fuerza física. Cuando hubo entrado en el despacho de Khufui, lo halló en compañía de Neferhotep, el arquitecto de la pirámide de Giza. Su hijo llevaba varios meses sumido en los planos de lo que sería su última morada de reposo, y pasaba varias horas al día reunido con su arquitecto real. Khufui, viendo a su madre en tal estado, ordenó traer una silla y agua fresca para ella.
-¿Qué ocurre, madre a que se debe tanto alboroto?
Ya sentada sobre un gran sillón de madera de cedro, tallado con lotos y papiros, la reina madre trató de recuperar aliento.
-Ha ocurrido algo horrible en Giza, Khufui; un accidente en el que han muerto al menos treinta hombres.
El semblante del rey palideció. Las ilusiones con las que día a día se enfrentaba a tan colosal obra, se vinieron abajo de un plumazo. Treinta vidas eran un precio demasiado alto para una morada de eternidad, y al contrario de lo que se había planeado, la pirámide no estaría recubierta de piedra caliza, sino de sangre egipcia.
-¡Debo partir de inmediato!
CREACIONES / AKHY - EGIPTO / MAPA / PRINCIPAL