Akhy - Egipto

 

Akhy-Egipto

 

Creaciones

Por Amenofhis III

 En el nombre del Faraón

1.ª Parte

El Viento del Norte soplaba dulcemente, refrescando el calor abrasador del desierto. En el horizonte, acompañando a Ra en su descenso hacia el Bello Occidente, volaban unos halcones que aprovechaban las últimas horas de sol. A lo lejos, un chacal aulló, anunciando así que estaba a punto de comenzar el reinado de las criaturas nocturnas. Las sombras aparecieron por el camino abrupto y rocoso, y las doce figuras se adentraron en el desierto, portando sobre sus hombros una enorme silla, la cual sujetaban con unas barras redondas de madera. En lo alto, sentado sobre las cabezas de sus servidores estaba el joven faraón Khufui. El rey llevaba sobre su cabeza  una hermosa corona de color rojo. Con un profundo poder que emanaba de todo su ser, sujetaba con su mano derecha un cetro alargado, que terminaba en forma de cabeza de chacal; y en su mano izquierda sujetaba un bastón recto, acabado en una cabeza curva y redondeada. Su pecho, desnudo totalmente, portaba un gran pectoral de oro macizo que recordaba el ojo divino de Horus. En su cintura, un faldellín de lino plisado de color blanco, rematado con ribetes y flores de loto de fino oro.

  Cuando hubieron llegado a un alto rocoso, la procesión se detuvo e hicieron descender la silla, dejándola suavemente en el suelo. El faraón se mantuvo inerte, observando al cielo, que comenzaba a ser devorado por un mapa infinito de estrellas, mientras los sirvientes se dividieron en dos grupos. El primer grupo estaba compuesto por nueve de aquellos hombres, con sus cabezas totalmente afeitadas y vestidos tan solo con un faldellín de lino. Apilaron unos maderos  para hacer una hoguera y la prendieron. Los otros tres hombres formaban el segundo grupo, también con su cráneo afeitado, aunque se diferenciaban de los primeros por el manto de piel de leopardo que llevaban sobre su cuerpo. Se sentaron sobre sus rodillas, en el suelo de arena, y mientras uno de ellos desenvolvía un péndulo de electro y plata, colgado de un corto cordel; los otros dos desenrollaban unos rollos de papiro, llenos de números y operaciones de aritmética, y preparaban unos disueltos a base de  polvo negro y rojo para la escritura.

   La noche había caído ya, y a la luz del fuego, el primer grupo de sirvientes comenzó a recitar una serie de fórmulas mágicas. En el segundo grupo, el hombre que sujetaba la plomada, la suspendió por encima de su cabeza, y buscando en el mapa estelar de la noche, fue dictando unas órdenes que los dos escribas recogían, sentados tras él. El faraón asistía en silencio, sin moverse de su silla, pero en sus ojos se podía ver la emoción que lo invadía por completo. Cuando la ceremonia hubo terminado, se apagó el fuego, los escribas enrollaron los papiros ya completos y volvieron a izar al faraón por encima de sus cabezas, que había mantenido silencio durante todo el tiempo. El círculo se había cerrado ya, las medidas estaban tomadas, y ahora  la ubicación y la posición estaban ya delimitadas. Había llegado el momento, y al día siguiente daría comienzo al fin, la obra más importante para el faraón.

   El barco había zarpado al amanecer. Guiado por treinta remeros, portaba ondante en el palo mayor la bandera con el Sema-Tauy, el loto y el papiro unidos, que simbolizaban la unión de las Dos Tierras, mostraba que  era una barca real la que navegaba por el Nilo. Kaem-ah se hallaba de pié, esperando a que los  remeros acercasen el buque a la orilla, para que  sus ayudantes colocasen la pasarela y poder saltar a tierra. Kaem-ah era el Jefe de los obreros del Faraón. Había pasado la frontera de los cuarenta años, y su estatura apenas superaba el metro y sesenta centímetros de altura. Su corta estatura, junto con su vientre enormemente pronunciado, quedaban eclipsados ante el tintineo y el brillo del collar que lucía sobre su pecho. Formado por varias vueltas de joyas y piedras de lapislázuli, eran las recompensas que Khufui ofrecía a sus mejores hombres. Y puesto que él era uno de los <HOMBRES Faraón del>, había partido de Menfis, aquella mañana a finales del verano, cuando la estación Shemu tocaba a su fin. Las cosechas habían sido ya recogidas y ya que la estación de Ajet estaba próxima, cuando la crecida llegase, los hombres de Egipto estarían ya trabajando bajo las órdenes de su faraón.

   Cuando la nave arribó en la aldea de Minieh, Kaem-ah cruzó la pasarela gritando "En el nombre del Faraón". Al oír éstas palabras, todo el mundo sabía que era un emisario del rey, y todos corrían para escuchar las noticias de su señor.

  Así se citaron las gentes de Minieh, alrededor de kaem-ah, y entre ellos se hallaban los tres hombres de una misma familia.

  Nakht era el mayor de los hermanos, y con sus veinticinco años, contaba con una alta estatura y un cuerpo musculoso. Sus cabellos eran negros y a la altura del cuello. Deba era cinco años más joven que su hermano mayor, y su aspecto muy similar al de Nakht. Realmente, los trabajos del campo lo habían curtido, entrada su madurez. Nebunef era le menor, diez años menos que Deba, y apenas si había entrado en contacto con la agricultura.

  Kaem-ah comenzó a explicar que el faraón Khufui había planeado iniciar una gran obra, como jamás había visto  Egipto antes, y que se necesitaban jóvenes trabajadores. Nadie se alistaba a la fuerza, pues era sabido que los obreros del faraón garantizaban a sus familias buenos salarios y comodidades variadas. Y esto lo sabía bien Nakht, pues su abuelo había trabajado hacía años, a las órdenes del rey Snofru, gracias a lo que habían podido hacerse con la granja que hoy poseían.

  Nakht y Deba fueron inscritos en el registro, y eso produjo que el joven Nebunef se hiciese cargo de las dos mujeres de la casa; Naeneb, la anciana madre y  la pequeña Ti, de tan solo siete años de edad.

  La pequeña Ti lloraba desconsolada, asistiendo a la partida de sus hermanos, mientras Naeneb tenía el semblante serio, y así habló a su primogénito:

  -Tu padre estaría orgulloso de ti, Nakht. Tú eres el encargado de llevar su buen nombre allá donde vayas. Cuida de Neba, y que tu corazón sea tan puro como las aguas de la ribera, hijo mío.

   Besó la madre a sus hijos, y partieron hacia la barcaza, junto con el resto de los jóvenes de la aldea. Mientras aguardaban que el barco se hiciese al río, acudieron a la memoria de Nakht las historias que su abuelo le había contado, acerca de las hermosas obras que había levantado en nombre del faraón.

  El buque real zarpó de Minieh, y la siguiente parada fue las aldeas que rodeaban Hermópolis, y luego continuarían hacia Asiut, y luego Ajmín.

   Los hombres se miraban desconcertados, sin conocer realmente su destino final. Kaem-ah no había dado explicación alguna, pero cuando sintió el temor en los corazones de aquellos jóvenes, que sin duda era la primera vez que salían de la aldea que los había visto nacer, se sentó junto a ellos y les habló.

  -Hombres de Egipto -les dijo-. Que no os atormente ningún oscuro pensamiento, pues libres habéis venido, y con justicia se os tratará. Hombres de Egipto, la tierra que os ha visto nacer es la carne de vuestro faraón, a él debéis la vida y a él vais a servir. ¿Existe acaso placer más gratificante que el de servir al Faraón?

   El corazón de Nakht, y el del resto de los jóvenes, se hincharon de júbilo al sentir la importancia que les habían denotado. En efecto, no existía en todo el mundo misión más sagrada y vital que cuidar y proteger la vida del Señor de las Dos Tierras. Y así surgió la alegría a bordo de la nave real. La música brotó de los corazones, y las mujeres que trabajaban a las orillas del río, asistían asombradas a una enorme festividad que cruzaba el Nilo.

  Los días fueron pasando, y el barco se convirtió en un hogar, del cual todos eran hermanos unos de otros. Como si hubiesen presentido que el tiempo sería tan largo que pesaría el llevar la cuenta de los días, las cosas se desenvolvían con una tranquilidad que asombraron al propio Kaem-ah. Se habían convertido en una oscura mancha sobre una línea azul, y la barca que habiendo llegado hasta Aswan ya había iniciado el viaje de regreso, se arrastraba ahora por una brisa suave.

   Aquella tarde, el sol se hallaba en el punto más alto. La hora de más calor, en la que todo el mundo buscaba un refugio sombreado. En el horizonte apareció de repente, sobre el desierto, un triángulo de piedra en forma de escalera, que nacía desde las entrañas de la tierra y terminaba justo donde se formaba la línea azulada del cielo. Nakht lo observó asombrado, y nuevamente recordó las historias de su abuelo.

   Por la noche, fondearon cerca de la orilla, donde se divisaban todavía los peldaños de la gigantesca construcción, y aquella visión de los seis enormes pasos elevados de piedra, desveló  a la gran mayoría de los tripulantes. La noche era fresca, y al abrigo de una ligera manta, continuaban observando bajo la luz de la luna, aquella enorme pirámide. Kaem-ah se acercó a ellos.

    -Ese es el principio y el final -les dijo-. Ahí está representado el nacimiento de Egipto.

  -¿Sobre una piedra?- preguntó Deba.

   Kaem-ah sonrió, y negando con su calva cabeza se sentó en frente de los dos hermanos.

  -No, no. Al comienzo de los días, solo existía la nada. En medio del caos, emergió un montículo de tierra, que es Egipto. Eso fue el comienzo de la vida, y del mismo modo, de la nada del desierto emerge el montículo eterno e imperecedero, siendo así un Egipto gobernado desde lo más alto, por su faraón.

   Nakht tuvo ante si, por primera vez, la visión de la eternidad. Fijando su vista en la pirámide, tan grande como el faraón, tan viva como su alma, y tan inmortal como sería el propio rey cuando abandonase el mundo de los hombres.

   A la mañana siguiente, arribaron en el muelle de Giza, y nuevamente asistieron atónitos a una fascinante visión, viendo el incesante bullicio marítimo. Aquellos enormes barcos, cargados de alfarería, repletos de ganado y reses. El alboroto era enorme. Unos marineros gritaban a los de la orilla, y otros amarraban las naves a la plataforma de madera. Las reses bajaron por las pasarelas, variedad de animales cuadrúpedos, gran cantidad de aves de corral. Las ánforas y las vasijas eran transportadas con sumo mimo y cuidado, pues contenían cerveza dulce y vino procedente de los viñedos del rey. Los escribas tomaban nota de las cantidades, mientras los funcionarios, con el heqat (1) en la mano se las iban dictando con voz alta y clara.

  Todo era tan extraño, tan maravillosamente extraño, que al poco tiempo de haber desembarcado, Nakht y Deba se sintieron como si todo aquel bullicio incesante fuese su gran morada.

  Los condujeron a todos juntos a través de un camino de arena batida, y llegaron a un improvisado poblado construido por chozas hechas a base de cañas y techos de paja. En el interior de cada cabaña, unas camas de esteras de juncos, unas sandalias de cuero y unas mudas limpias. Aquella noche, fue muy especial, al calor de la lumbre. Los cánticos eran incesantes, bailando y tocando palmas. Todos ellos sabían que al amanecer, la aventura daría comienzo. <AL fin>, pensó Nakht. <AL fin la verdad será revelada>.

 

 

Nota 1: El ojo de Horus era usado como instrumento de medida. La ceja era llamada heqat, y equivalía a 1/8 de capacidad de la medida.

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