Akhy - Egipto
Akhy-Egipto
Creaciones
Por Amenofhis III
El Río de la Vida
3.ª Parte
Tutmosis, al cual ahora yo llamaba ante la gente Mi Majestad, pero que a solas continuaba llamando Mi Hermano, me nombró Portador del Sello Real tras la muerte de Nehesi.
-Ahmosis, mi corazón se halla vacío, pues la muerte se ha llevado todo lo que en él habitaba. ¿De que sirve ser Rey si todo lo que amas ha desaparecido?
Realmente, yo sentía un gran amor por él, y aunque mi tristeza no era mucho menor que la suya, si era más grande mi fortaleza, y así me convertí además en el pilar sobre en el que apoyarse.
-Tutmosis, llevamos ya demasiados años unoo junto al otro. Y si algo he aprendido de Hatshepsut y de ti mismo, es que el hombre se debe a Egipto, puesto que Egipto es el deseo del hombre hecho realidad. No eres un hombre como los demás, y en el fondo sabes que jamás lo fuiste. Tuyo es el deber y el derecho de hacer que Maat brille en la tierra de los dioses, para que tus hijos y los hijos de tus hijos y todas las generaciones que vendrán a lo largo de los siglos puedan continuar viviendo en un Egipto próspero y feliz.
Realmente, todo lo que yo pudiese decirle, él ya lo sabía. Y tan solo necesitaba el poder apoyarse en alguien para remontar la difícil misión que supone ser el Faraón del Alto y del Bajo País.
Poco a poco, la golondrina fue alzando el vuelo, y cuando se tuvo en condiciones de surcar el cielo desde Gizeh hasta Edfú, tuvo constancia de sus sospechas, que eran ya un hecho firme. Así, Tutmosis reunió a sus generales y a sus ministros en una asamblea con carácter de urgencia.
-Os he reunido para comunicaros que nos prreparamos para la guerra -dijo Tutmosis.
Todos nos quedamos mudos. El fantasma había regresado tras veintidós años de paz, y ahora tornaba el turno a las armas. Antes de que nadie pudiese reprochar ó cuestionar aquellas palabras, continuó hablando y entregó varios papiros a sus jefes de tropas.
-He aquí los últimos informes de nuestros espías. El país de Mitanni, mentiroso propagador de su lealtad a las Dos Tierras, ha reunido bajo su bandera una coalición de tribus y jefes de clanes. El propio rey de Kadesh está al mando de los rebeldes.
Se oyeron murmullos y a medida que generales y ministros ojeaban los documentos, se figuraron en sus rostros, y en el mío propio, la imagen de la sorpresa. Egipto estaba amenazado.
-He ordenado el funcionamiento al nivel máás alto de los talleres de carros y armas. En dos meses, estaremos preparados para comenzar la guerra contra los asiáticos. Los mensajeros han partido ya con las declaraciones de guerra, no hay marcha atrás.
Así, Tutmosis se hizo garante de no actuar bajo ninguna táctica diplomática. Y cuando nos hubimos quedado a solas, me dirigí a él.
-Tutmosis, en todos estos años he realizaddo las mejores acciones diplomáticas que jamás haya tenido el Doble País. Ahora que has anulado la diplomacia, concédeme el título que prefieras, pero no me dejes al margen de esto, quiero ir contigo.
Me cogió por los hombros y me miró fijamente. El semblante que antes era tenso y serio, ahora era grácil y tranquilo a mis ojos.
-No era esa mi intención, hermano mío, puees a ti confiaré la atención de los heridos, que te garantizo que no serán pocos. Además, te encargo la supervisión de redactar todo lo que suceda desde nuestra partida hasta nuestro regreso, y lo llamarás los Anales de Tutmosis. La realidad de la batalla será reflejada en los muros de Karnak.
Y así, en el octavo mes del primer año de su reinado, el tercero de los Tutmosis se puso a las órdenes de su padre Amón-Ra, y partimos de Egipto con dirección a Gaza. Tras diez días de viaje, llegamos a la ciudad y comenzó el combate. Las espadas chispeaban, los gritos de guerra inundaban las calles y las esquinas se llenaron de cadáveres y sangre. Pronto toda Gaza se llenó con el olor de la muerte. Finalmente, tras varios días de combate, la ciudad cayó. Una guarnición se quedó allí, y el resto partió hacia Yehem, tras unos días de descanso. Afortunadamente, las bajas fueron mínimas. Muchos de los egipcios heridos, regresaron a las Dos Tierras, y el resto quedó a formar parte de la guarnición.
Las últimas noticias que teníamos, eran que el príncipe de Kadesh y sus conjurados se habían refugiado en Meggidó, una auténtica ciudad-fortaleza, y esta noticia desestabilizó a los generales de Tutmosis.
-Majestad -dijo el general de la división de Amón-, Meggidó es una fortaleza muy bien guardada, y sus accesos son muy peligrosos.
-Cierto -continuó el general de la divisióón de Ptah-, Mi Señor. Solo hay caminos para llegar hasta ella. Los dos primeros son largos, pero seguros, ya que nuestras tropas podrán cubrirse en caso de ataque. Dispondremos de espacio suficiente para afrontar una emboscada.
Tutmosis se hallaba muy pensativo. Portaba la Doble Corona y un taparrabos de piel de leopardo, junto con una túnica de la misma piel que anudaba a su pecho a modo de tirante. Tras escuchar todas las opciones, decidió quedarse a solas para decidir la maniobra. Me pidió que me quedase con él.
-Incierto camino a seguir -le dije-. ¿Qué es lo que tienes en mente?
-Creo que mis generales se equivocan. Los rebeldes saben que no iremos por el camino estrecho, ya que las tropas deberán avanzar en fila, uno tras uno y estarán propensos a una emboscada. Nos aguardan en uno de los otros caminos, o tal vez en todos ellos, y sin duda, nos superan en número.
Yo lo miré aterrado, pues temía que aquella fuese su última palabra.
-¿Y si te equivocas? Acabaremos todos muerrtos, incluso tú. Sería una auténtica carnicería.
-Te equivocas, Ahmosis. Ra me ama, Amón mee protege, me favorece y regenera. Nada nos pasará mientras Amón nos proteja.
Y, así fue que la división de Amón partió la primera, y Tutmosis a la cabeza. Montado sobre su carro de oro resplandeciente como el sol, animaba al grueso de las tropas, que aterradas temían un trágico final. Al llegar al paso estrecho, comenzó el desfile, un soldado tras otro. El miedo podía olerse, pero ninguno se atrevió a mirar atrás.
Cuando llegamos al otro lado, el rostro de Tutmosis brillaba de alegría. Había tomado el camino correcto. Las tropas se extendieron por el valle de Meggidó, y el faraón dio unas horas de descanso.
Todos sabíamos que al día siguiente se libraría una cruel batalla, pues en Meggidó se reunían más de 300 príncipes de Siria y Palestina. Pero Tutmosis decidió retrasar el ataque, y esto puso nervioso al enemigo, ya que tras varios días, se angustiaba con la incógnita de lo que planeaba el faraón. Los conjurados querían comenzar el ataque de forma que el sol nos diese de frente y así tomar ventaja. Pero Tutmosis, ante los atónitos ojos de los rebeldes, fracturó a sus tropas, permitiendo así que gran parte de ellas entrasen en Meggidó. El pánico se apoderó de ellos. La gran mayoría cayeron en combate, y otros se refugiaron en la fortaleza. Se comenzó un sitio, que creíamos sería corto, pero duró siete meses. Siete meses, con un invierno demasiado hostil. Las provisiones llegaban de Egipto regularmente, pero en la fortaleza los efectos del hambre se hicieron notables. Finalmente, el enemigo cayó a los pies de Tutmosis. Novecientos carros de guerra, dos mil caballos, armas, oro, plata, pieles... Los cabecillas temían ser ejecutados, pero Tutmosis era un Faraón, no un bárbaro, pero los dejó bien claro que no toleraría ni una sola revuelta más.
Egipto sonreía, la paz parecía próxima. Pero Tutmosis estaba distante. Una vez de regreso, no pude evitar intentar conocer sus pensamientos.
-Hermano mío -le dije-, ¿a qué viene tu prreocupación? Los pueblos extranjeros conocen tu potencial, ya nadie cuestiona tu autoridad.
Tutmosis miraba Tebas, en aquella calurosa tarde, desde la terraza de palacio.
-Esto solo ha sido una simple hazaña, Ahmoosis. La amenaza sigue ahí fuera. Tú tal vez no la veas, pero yo puedo olerla desde aquí. Es inevitable. Todos los pueblos desean apoderarse de Egipto, pero eso no ocurrirá, no al menos siendo yo el Faraón.
Se volvieron a realizar incursiones militares sobre Siria y Palestina. Se formaron en Siria distritos, y el propio Tutmosis eligió a sus administradores. Se trajo a Egipto a varios príncipes asiáticos para educarlos bajo la ley de Maat.
Así, aunque campaña tras campaña, los hechos transcurrieron pacíficamente. Se fundó una base militar en Palestina. Tras dirigirse a Orontes, la cual no opuso resistencia, sometió definitivamente a Kadesh. De allí, partimos a Fenicia, donde sofocamos una pequeña revuelta.
A finales del onceavo año de reinado, la figura de Tutmosis estaba fuera de toda duda. Sirios, palestinos, hititas, babilonios, todos los pueblos lo reconocían como soberano y le rendían tributo.
Tutmosis llegó a contraer matrimonio con varias mujeres sirias. Mientras tanto fueron pasando los años y el poder egipcio se mantuvo firme, y nadie dudaba de nuestro faraón, como rey y como guerrero.
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