Akhy - Egipto
Akhy-Egipto
Creaciones
Por Amenofhis III
El Río de la Vida
4.ª Parte
Con la tranquilidad, Tutmosis pudo experimentar el goce de servir a Amón mediante la construcción de santuarios. Desde que el brazo glorioso de Ahmosis, que empuñaba la espada de Amón reconquistase Egipto, todos los faraones habían obrado sobre la Sagrada Tierra de Karnak. Tutmosis quería ser también partícipe de esa grandeza, y así me lo hizo saber.
-Ahmosis, mis brazos están fuertes, mis piiernas endurecidas por las batallas libradas, pero mi corazón se siente incompleto. Han sido tantas victorias que Amón debe ser agraciado como el verdadero vencedor de Egipto. Karnak debe ser un himno de piedra para los dioses, Ahmosis, y en ti pongo esta responsabilidad.
Yo me quedé aterrado ante semejante petición, y no pude más que poner objeciones, que no sirvieron de mucho.
-Pero, ¿Mi Majestad está seguro de lo que ha ordenado?
-¿Acaso el regreso a Egipto ha enturbiado tu cabeza? ¿No es esa la labor de un arquitecto?
Tutmosis me miró con una tranquila mirada y apenas sin darme tiempo a continuar mis protestas, me dijo:
-Ahmosis, hermano mío, cualquier arquitectto podría diseñar un plano mejor de lo que tú lo harías en toda tu vida en el Más Allá, pero solo tus ojos han sido garantes de la magnitud del poder de Amón. Tus relatos de los Anales de Tutmosis deben ser grabados en la escritura de los dioses y lo que tú has visto, lo retransmitirás a los constructores.
Y así fue como tras imaginarme la gigantesca unión que mantenían Amón y Tutmosis construimos estatuas colosales, reutilizamos la piedra de construcciones que se hallaban muy deterioradas y creamos la Sala de los Anales. Pero, el mejor logro fue sin duda el ankh-menu, que fue conocido al mundo como el Brillante de Monumentos, y que era un complejo de construcciones dentro de Karnak, y además el Santuario donde se regeneraría el ka de Tutmosis durante los siglos de los siglos venideros.
Y, aquí comenzó una nueva batalla que alcanzó de pleno a Tutmosis. Los profetas de Amón, antaño tan humildes, comenzaban a tener un poder que no habían imaginado antes. La práctica totalidad de los botines de guerra eran ofrecidos a Amón, y por tanto a sus profetas les tocaba custodiarlos. Demasiado oro, demasiadas tierras, demasiada arrogancia bajo el nombre de Hapuseneb, el primer profeta de Amón. Cuando Tutmosis se enteró de que Hapuseneb había llegado a ampliar los terrenos de cultivo sin su permiso, había hecho añadir más oro de lo necesario en la práctica de los ritos sin su permiso, se puso furioso, pero cuando se enteró de que Hapuseneb había recortado la cantidad de incienso y olíbano que eran el centro de regeneración en el Santuario de Hatshepsut, en el Sagrado de los Sagrados, estalló en cólera. Pero, fue más inteligente de lo que podía imaginarse el propio Hapuseneb, y así apareció Tutmosis en la casa de su Padre Celestial.
-Mi Señor -dijo Hapuseneb al ver al faraón-, que alegría nos produce vuestra vista.
Tutmosis estaba tranquilo, impasible.
-Lamento no haberos podido ver con más freecuencia, Hapuseneb, pero mis labores no me han dejado mucho tiempo.
-Labores de grandeza para Egipto, Majestadd.
-¿Cómo están los santuarios?
-¿Santuarios, de Tebas, Mi Señor?
-De todo Egipto, por supuesto... como primer profeta de Amón, tendréis un control sobre el transcurso de los rituales, ¿no es así?
Hapuseneb parecía contrariado. Tutmosis ordenó visitar la Sala de los Archivos de Amón, donde se llevaba a cabo un recuento estricto de todos los materiales que salían de Tebas hacia el resto de Egipto.
Cuando Tutmosis inspeccionó los registros, en efecto Hapuseneb había cambiado las cantidades a usar, traspasándolos todos para las salas de Karnak.
-Hapuseneb -dijo Tutmosis-, como primer prrofeta de Amón en ti recae la tarea de coordinar ininterrumpidamente los ritos en ausencia del faraón, pero este título que yo te he otorgado no de da derecho a cambiar la administración que los rige.
-Mi Señor, las labores han aumentado, el número de sirvientes también... yo...
-¡Silencio! Siente partes del oro y plata,, junto con los demás bienes de los botines de guerra se te han confiado. El resto ha sido repartido por todo Egipto. ¿Acaso intentas compartir el cetro de mando? ¡Solo el faraón gobierna, nadie más!
Así, el encargado de suceder a Hapuseneb fue Menkheperseneb, amigo del faraón, quien llevó a cabo, en los años venideros, una fiel y servicial labor al servicio de Egipto.
Los años transcurrieron muy rápidamente, sin casi darnos tiempo al goce de lo que nos rodeaba. Finalmente, terminó el tiempo de guerra. Tras diecisiete campañas, el mundo entero pertenecía a Tutmosis. Desde el Éufrates hasta Sudán, los pueblos pagaban sus tributos y todos hablaban de su rey El Señor de las Dos Tierras.
Tutmosis tuvo un hijo con su Gran Esposa Real, al cual llamó Amenhotep, y sería llamado a reinar como el segundo de los Amenhotep. Meritre-Hatshepsut, que así se llamaba la Señora de las Dos Tierras, era digna merecedora de su segundo nombre, pues era hermosa como el sol y agraciada como el mismo Egipto. Era una gran maga, hija de Isis, y fue esta condición la que evitó lo que pudo haber sido una catástrofe sin precedentes en la historia de Egipto.
Los espíritus del Más Allá rondaban el Sagrado de los Sagrados, aterrorizando a los veteranos que guardaban el Valle de los Reyes. Ya nadie se atrevía a caminar por aquellos lugares, y con éste hecho se interrumpieron las continuas ofrendas que los egipcios hacíamos a nuestros faraones eternos. Meritre-Hatshepsut acudió una noche al Valle de los Reyes. No había dicho nada a nadie. Fue remontando la colina y cuando llegó a la cima, notó una tremenda conmoción en el cosmos. A su derecha, se alzaba elegante y majestuoso el Sagrado de los Sagrados y a su izquierda, la morada eterna de los dioses, el Valle de los Reyes. Algo iba mal, y para averiguarlo, se introdujo en la morada de eternidad de su esposo, que ya estaba terminada. Tutmosis, que contaba entonces con cincuenta y dos años, había hecho glorificar a más de setecientas cuarenta divinidades en una sala. En un lado, el que sería su sarcófago de reposo, y al otro, la imagen de Isis amamantándolo, formando la figura un óvalo que recordaba al cartucho real. Allí se postró Meritre-Hatshepsut, y allí pidió a su madre Isis que intercediese por ella ante la Eneada y así averiguar de donde procedía tanto mal.
Cuando salió de la morada de eternidad de Tutmosis, habían transcurrido ocho horas. El sol ya había salido, pero la causa del mal ya había sido localizada.
Tutmosis, aunque no se había asustado por la ausencia de su esposa, pues si algo malo le hubiese sucedido él lo sabría, estaba sin embargo colérico por la falta de precaución.
El regreso a palacio fue tranquilo, y cuando llegó, no dio tiempo a su esposo a recriminar su acción.
-No temas -dijo ella-, y escucha lo que vooy a decirte. La Eneada está revuelta, pues el alma de un mortal habita entre los dioses. El espíritu de Senenmut acude hacia el de Hatshepsut sin que nadie pueda remediarlo. Su morada de eternidad está demasiado próxima al Valle de los Reyes, y esto ha enfurecido a los faraones que allí descansan.
Tutmosis parecía contrariado, pero en el fondo siempre había temido ésta cólera. Hatshepsut había obtenido logros y proezas insuperables, pero su falta de respeto con el Valle de los Reyes era un hecho.
Meritre-Hatshepsut contó a su esposo lo que los dioses demandaban. Depositar el sarcófago de Senenmut lejos del Valle, y para borrar toda huella de éste hecho, debería de ser borrado el nombre de Hatshepsut de ciertos lugares del Sagrado de los Sagrados. Solo la pureza de la luz de Ra podía santificar de nuevo el nombre de la Primera de las Venerables, y por tanto, los lugares que no fuesen acariciados por la luz y el calor de Ra y contuviesen su nombre, deberían de ser borrados. Y, yo mismo preparé el traslado del cuerpo de mi tío.
Así, veinte años después de su muerte, Hatshepsut fue regenerada otra vez, bajo la gracia de Ra, y todas las sombras se disiparon. Egipto volvía a ser feliz.
Pero solo ocho años duró esta felicidad, pues tras cuarenta y dos años junto al hombre más grande y sabio que jamás he conocido, su llamada al Más Allá se llevó lo que sin duda era el último reducto de mi juventud, y de hecho casi de mi vida entera. He sido testigo de cuatro reinados, cosa que puede parecer increíble, y ahora, en una avanzada edad de noventa y un años, puedo decir que todo el vínculo con mi pasado ha desaparecido con Amenhotep, el hijo de Tutmosis. Ahora reina el cuarto de los Tutmosis, nieto del mejor amigo y hermano que he tenido jamás. Y sé que será un reinado feliz y tranquilo, pues ha sido coronado bajo la tutela de Harmakhis, el Horus del Horizonte, el Guardián de las Pirámides. No tengo duda alguna, amigo mío, de que la Esfinge será un garante protector de riqueza y prosperidad con este nuevo faraón.
Ha llegado la hora de mi retirada, mi fiel compañero. Mis piernas están ya cansadas, y ahora que el sol comienza su viaje nocturno, también mi vista comienza a desaparecer. No sufras mi ausencia, querido Nilo, pues a ti, que eres el nacimiento y el final de mi vida, acudiré mañana a ti, sin pecar de retraso pues, ya sea aquí ó en el Nilo Celeste, no dejarán mis manos de refrescarse en las aguas que han sido el reflejo de mi vida.
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