Akhy - Egipto
Akhy-Egipto
Creaciones
Por Amenofhis III
El Río de la Vida
2.ª Parte
Viajar hasta Punt no era empresa fácil, pues era necesario abandonar Egipto y surcar los mares en territorio extranjero. Pero éso no era dificultad alguna para el magnífico equipo designado para la ocasión. Senenmut se ocupó de organizarlo todo, y así fue que Thuty, el intendente de la Doble Casa del Oro y de la Plata proporcionó los avales del coste y los materiales necesarios para la travesía. Nehesi, el portador del sello real reclutó los mejores marineros de todo el Doble País, en total doscientos diez hombres ansiosos de aventuras, hambrientos por el afán de inmortalizarse con semejante expedición. Se construyeron para la ocasión cinco barcos enormes. Cinco buques a los que Hatshepsut dio unos curiosos nombres, que dejaban claras las pretensiones del viaje. El primero se llamaba IMEN, nombre de" Amón"; el segundo se llamaba RA; el tercero se llamaba NEB, que significa "señor"; el cuarto llevaba el nombre de NESUT, que significa "el de los tronos"; y el se llamaba TAUY, que significa "de las Dos Tierras". Los cinco adornados en la popa con la llave de la vida, el Ankh, y el Ojo de Horus.
Así inmortalizó Hatshepsut los deseos de su padre Amón, y el quinteto marítimo zarpó del puerto de Khosseir, rumbo al conocido como Mar Rojo. La travesía fue tranquila, puesto que Amón protegía la expedición. Una vez llegados al Mar Rojo, los buques describieron semicírculos en torno a la costa, para así no perder nunca de vista la tierra.
Por supuesto, yo viajaba en el primer buque, en el IMEN, junto a Senenmut e Ineshy. Thuty viajaba en el segundo barco, que había convertido en su particular despacho, anotando todo el material consumido en cada momento del día y de la noche. La dotación de escribas que redactaría el informe de los presentes que se recogerían en Punt, viajaba en el tercer navío. Que decir que a mi me habían nombrado médico en jefe del viaje.
Por fin, la flota egipcia llegó a destino. El paisaje era espléndido, con incontables palmeras y cocoteros. Cientos de árboles de incienso rodeaban todo lo que la vista alcanzaba a ver. Nehesi fue el encargado del protocolo, y me pidió que lo acompañase en aquella misión diplomática. Llegamos al poblado, junto con una escolta, bastante inofensiva, pues portaban los presentes que llevábamos para los nativos, como pulseras, collares, brazaletes y demás enseres. La escena que contemplé me dejó muy impresionado, y por primera vez me di cuenta de la importancia de ser un egipcio. Mientras nosotros vivíamos en casas, por lo general con todo tipo de lujos, aquellos hombres vivían en chozas construidas con ramas secas y alzadas sobre pilotes de madera, a las que accedían mediante escaleras. Su piel era negra como la noche, llevaban trenzas en su cabello y de su cara brotaba un manojo de pelo, terminado en punta, que ellos llamaron barba. Su vestimenta era sencilla, un taparrabos bastante simple. Nos recibieron muy calurosamente, y ante nosotros se inclinaron los reyes de Punt, honrando así a Amón y Hatshepsut. Lejos quedaba el porte y la elegancia de la Pareja Real de las Dos Tierras, pues el rey llamado Pa-Rahu, tan solo lucía un taparrabos y su barba puntiaguda. Ni una corona, ni brazalete. En lo que a su esposa Ity se refiere, jamás había visto, ni había oído hablar de una criatura tan fea y horrorosa, pero a su vez tan encantadora y tan amable. La reina Ity padecía una obesidad tan exagerada que solo era comparable con su ridícula estatura. Todo su cuerpo estaba hinchado, y sus desnudos pechos se confundían en un festival de carnes, con el resto de su cuerpo. Sin embargo, era para ellos un claro síntoma de abundancia y riqueza.
Recuerdo que lo primero que preguntó el rey, fue que cómo habíamos llegado hasta allí, y que si éramos enviados de sus dioses. En vista de que jamás habían visto brazaletes de oro, ni nada parecido, no hicimos más que decirles lo que ellos deseaban oír.
Así pues, en honor a los "hijos de los dioses", como ellos nos denominaron, fue levantado para la ocasión un pabellón en el cual se celebró un digno banquete. Pese a su calidad de princesas, las hijas de Pa-Rahu e Ity, danzaron para nosotros exóticos bailes, acompañadas por rarísimos instrumentos musicales. A decir verdad, las princesas eran bellísimas, y no tenían nada que envidiar a las mejores danzarinas de Egipto. Comimos carnes, frutas y verduras. Bebimos deliciosos vinos y cervezas de varias clases. Durante la velada, tratamos con los monarcas la cantidad y variedad de los productos que nos llevaríamos para alegrar a sus dioses. Al principio, la comunicación fue difícil, pero gracias a un dialecto que Nehesi conocía, que se parecía bastante a su lengua, todo se desarrolló según lo previsto.
Cargamos los buques con maderas de ébano, oro, plata, electro, colmillos de elefante, perros, monos, fieras vivas, gomas aromáticas, bumeranes y gran cantidad de árboles de incienso, cuyas raíces fueron protegidas por los jardineros de palacio. Los marinos llenaron los buques, y así, tras haber levantado en el poblado una estatua de Amón y otra de Hatshepsut, abandonamos Punt, y yo me sentía realmente como un dios, tras haber realizado una estupenda labor diplomática.
El regreso a Tebas fue excepcional. La gente se agrupó en los muelles, cantando y bailando alegremente. En presencia de Thot y Setshat se tomó nota de todo lo que se había traído. Hatshepsut en persona examinó el olíbano fresco, con un celemín de oro fino, aplicándolo sobre su piel. El maravilloso aroma inundó el cuerpo de la bella mujer. Luego, pesó el oro, la plata y el electro, que iban a ser ofrecidos a Amón.
En los jardines del Sagrado de los Sagrados, que prácticamente estaba ya terminado, Hatshepsut plantó con sus propias manos los árboles de incienso e hizo las ofrendas a Amón y al ka de su padre, Tutmosis I. El corazón de Amón se congració y la tierra y el cielo se vieron inundadas por el delicioso aroma del incienso.
Nehesi fue condecorado con cuatro collares de oro, en calidad de su labor diplomática. A mí, el único, pero el más valioso de los regalos fue el abrazo que recibí de Tutmosis, y la más sincera felicitación de boca del propio Faraón.
Los años fueron pasando, y del propio Nehesi aprendí mucho sobre la diplomacia. Tuve oportunidad de actuar como negociador en una pequeña revuelta acontecida en la Baja Nubia, que afortunadamente fue atajada sin violencia. Ese era el deseo de Hatshepsut, la paz de Amón. Y esa era la paz que yo llevé a los asiáticos, a los libios y a los beduinos que intentaban levantar la ira de Faraón.
Por otra parte, mi vínculo con Tutmosis era lo más estrecho que podía ser el más diminuto anillo que portase la soberana de las Dos Tierras, y lo acompañé en todas las expediciones que se realizaron a las minas de turquesas de los montes del Sinaí. Cierto es que la policía del desierto acompañaba al destacamento militar, pero el solo nombre de Tutmosis, alejaba las tentativas de asaltos de los beduinos. Durante una de aquellas expediciones, Tutmosis me mostró su descuerdo con la política de su tía y resaltaba la necesidad de imponerse con una seria acción militar, pues cierto era que cada vez, los pueblos extranjeros tenían menos respeto por el Doble País.
De todas las grandezas que logró Hatshepsut, guardo en mi memoria la increíble hazaña de la construcción de los dos primeros obeliscos que mandó levantar. Una dotanción de maestros canteros se desplazó hasta Aswan, para tallar gigantescos monolitos de más de trescientas toneladas cada uno. Tras un arduo trabajo, que duró siete meses, se tallaron los dos obeliscos y se dispusieron a llevarlos a Karnak. Se construyeron dos enormes navíos, de más de noventa metros de eslora, y se trasladaron a Tebas. Cuando los colosos llegaron, hubo una gran fiesta en el cielo, y todo Egipto se llenó de alegría al contemplar los monumentos. Un trompetero hizo sonar su instrumento de viento, seguido por un cuerpo de arqueros formado por los mejores jóvenes del Norte y del Sur. Todos, y digo todos hasta el último habitante de Tebas y las más lejanas provincias, avanzaron alegres hacia el Santuario de Amón. Llegados al templo cesaron los ruidos y la música, y los hombres tuvimos constancia del poder de los obeliscos, que de forma mágica disiparon las fuerzas del mal y protegieron con su energía de luz creadora todo el Santuario de Karnak. La punta de estas manos mágicas fue cubierta con doce celemines de electro mezclado con oro y plata. Tal dos enormes rayos de sol petrificados, las dos enormes agujas atravesaron el cielo e iluminaron las Dos Tierras como dos montañas de oro en medio de un mar de oscuridad.
Los dioses gozaban de Egipto, pero toda felicidad toca a su fin, y tras muchos años de felicidad, tuve mi primera confrontación con la muerte, cuando Senenmut falleció.
Relamente, fué como si mi propio padre hubiese fallecido, y me atrevería a afirmar que en los años venideros, mi corazón se mantuvo fundido con el de Hatshepsut, navegando unidos por aquel océano de tristeza ante una perdida que era imposible de sustituir. Aunque, debo reconocer que ella era la que más había perdido, pues no solo había perdido a su mejor ministro, amigo, arquitecto y constructor, sino que con Senenmut había partido también el alma de la reina-faraón, que se convirtió en la letal agonía de un final triste y anunciado.
La morada de eternidad de Senenmut fue alojada en el interior del Sagrado de los Sagrados. Los pintores dibujaron en el interior una bóveda celeste con mapas del cielo y representaciones astronómicas. Se reconocía así la labor del hombre que había recreado en la tierra la grandeza del universo.
El triste desenlace no se hizo esperar, y así la hermosa mujer-faraón Hatshepsut abandonó el reino de Oriente y se alojó por siempre eternamente bajo los brazos de su padre Amón. Su morada de eternidad se hallaba en el Valle de los Reyes, y era digna del más glorioso faraón de las Dos Tierras. Hatshepsut deseaba descansar junto a su padre Tutmosis I, y Hapuseneb, el primer profeta de Amón se encargó de realizar sus deseos. Tutmosis llevó a cabo los ritos ceremoniales y formuló la mágica apertura de los ojos y de la boca. La morada, junto con Hatshepsut y todos los objetos necesarios para subsistir en el Mas Allá fueron sellados para la eternidad, y así Hatshepsut descansó junto a los dos hombres de su vida. Su padre junto a ella, y puesto que el eje central de su morada de eternidad estaba situado en dirección al Sagrado de los Sagrados, se reuniría eternamente con Senenmut, que distaba a muy pocos metros de distancia de ella.
Llegó así al trono, el que sería recordado como Tutmosis III.
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