Akhy - Egipto
Akhy-Egipto
Creaciones
Por Amenofhis III
El Río de la Vida
1.ª Parte
Me gustaría quedarme aquí eternamente, querido amigo, pero tan cierto como que Ra emerge victorioso de los abismos tenebrosos y vuelve a inundar las Dos Tierras con su amor y su luz, que la voz de Osiris acudirá a mi. No temas, amigo mío, pues en mis palabras no existen ni dudas ni miedos. Recibiré la visita de las Dos Damas cuando llegue el día señalado, pues sé que mi corazón será ligero como la pluma, pues en mi vida no ha existido el odio, ni tampoco en mi boca ha vivido la mentira. Seré un luminoso transparente como lo son tus aguas, como lo fue mi vida entera, que no ha sido corta. Noventa y una veces has crecido a lo largo de mi existencia, mi viejo amigo. Y cierto es que agradecido debo estar, pues he tenido una agradable vida. Nunca ha faltado alimento en mi mesa, ni unas sandalias que cubriesen mis pies. Eso si, atareada y llena de sobresaltos, pero supongo que no debiera quejarme, pues mi condición así lo dispuso. Lo que si me entristece, río amado, es el no poder recordar el día en el que comencé a vivir esta vida de aventura.
Sea cual fuere mi edad, arribé en Tebas completamente ilusionado, con mi recién licenciatura obtenida en la Casa de la Vida de Menfis, había sido el mejor de los alumnos del cuerpo de medicina, y ahora me dirigía al palacio real, totalmente ajeno al mundo que se me abría.
Por supuesto, sobra decir que cualquier recién licenciado que espere ser admitido en la corte real, está cometiendo un grave error, pero yo tenía cierta ventaja, pues el hermano de mi padre era un influyente cargo en palacio.
Mi tío no era otro sino Senenmut el ministro, que además era maestro de obras del faraón, en Luxor, Karnak y Hermonthis.
Respecto al faraón, todo el mundo lo sabía, pero no todo el mundo que lo sabía la había visto. Se decía de ella que era la mujer más hermosa que hubiese habitado jamás el Sillón de Oro, se decía que su piel era dorada como el sol, y que su cuerpo era delicado como el más fino alabastro. Lo cierto es que, todos estos halagos carecían de autenticidad, pues cuando mis ojos la vieron por vez primera, no era la mujer más hermosa que hubiese ocupado el trono, sino que era la mujer más bella que jamás hubiese visto ningún hombre de Egipto, y acaso del mundo. Sus rasgos eran delicados y dulces, sus ojos estaban habitados por dos enormes bloques de lapislázuli, y su cuerpo era el más grande Santuario donde habitaban los dioses de las Dos Tierras. Cierto debía ser que el propio Amón la había engendrado en el vientre de su madre.
Pero no terminaban aquí las sorpresas, pues mi tío Senenmut me explicó que aunque el faraón Hatshepsut fuese quien gobernase el Doble País, también era faraón su sobrino Tutmosis. Recuerdo que cuando pregunté a mi tío el porqué de este doble reinado, me contó que cuando el faraón Tutmosis II murió, su hijo solo contaba con ocho años de edad, y era muy joven para reinar. Por lo tanto, su tía Hatshepsut ocupó su lugar. Aunque Tutmosis contaba ahora con dieciocho años... ¡Loado sea Amón!, que forma más curiosa de recordar que cuando llegué a Tebas, yo también tenía dieciocho años... el hecho es que en aquellos días, cuando conocí a Tutmosis me hallé ante un muchacho sorprendente. Su talla sobrepasaba el metro setenta, y si pretendiese rodearlo con mis brazos me sería imposible. Sus músculos eran ya considerables, y con aquel pectoral dorado que portaba, resultaba más espectacular todavía.
El hecho es que Tutmosis había preferido la vida de disciplina militar, por lo que no había puesto objeción cuando el oráculo de Amón había nombrado a Hatshepsut como Faraón.
Recuerdo aquella hermosa sala, hermosamente decorada con frescos de todo tipo. Había enormes vides que mostraban sus uvas dulces y rosadas. Patos, peces, aves... era como presenciar el milagro de la naturaleza.
Mi primer encuentro con Tutmosis fue muy agradable. Había terminado ya su entrenamiento militar. Se decía que era un experto en el tiro con arco, y en la lucha cuerpo a cuerpo no existía rival para su destreza.
-Acompáñame, Ahmosis -me dijo-. Seguro quee estás cansado del viaje. Te enseñaré tus habitaciones y más tarde te mostraré el palacio.
A pesar de que el viaje había sido, en efecto, agotador pudo en mí la curiosidad de conocer todo el palacio real.
-Cierto es que mi cuerpo se resiente, Mi MMajestad, pero más cierto es que ardo en deseos de conocer todo este hermoso lugar, si no os importa.
Tutmosis rió, y como si ya nos conociésemos desde la niñez, rodeó mi cuello con sus manos y me dijo:
-No veas en mi lo que no soy, Ahmosis, puees este título de soberano que poseo no pretendo detentarlo. Solo existe un faraón, que es Hatshepsut, y solo a ella debes dirigirte como Su Majestad. Yo, tan solo aspiro a poder ser amigo tuyo, y eso será suficiente.
Así, con este desparpajo me habló Tutmosis, y mientras ante mi se desvelaban los secretos de palacio, supe que entre aquel hombre y yo, se abriría una puerta ante el mundo que cruzaríamos juntos.
Tutmosis no escatimó en lujos para mí. A mis habitaciones hizo llevar ropas del más fino lino, perfumes de los más exóticos países, e incluso puso bajo mis fantasías a las más hermosas doncellas, las cuales debo decir que superaron con creces cualquiera que fuera mi apetito carnal, y que decir que con esos años, era un voraz apetito.
Mi ignorancia ante tanta atención se desvaneció cuando me enteré del papel que desempeñaba realmente mi tío en la Corte. No solo era ministro, había sido el ayo de Tutmosis, y según el propio sobrino de Hatshepsut era como su segundo padre. Fuera de palacio era un rumor, pero dentro era un hecho. Hatshepsut y Senenmut eran amantes. Esto puede parecer raro, pues mucha gente se preguntaba el por que no rompían una jarra y sellaban su compromiso. Si los dos amantes hubiesen quebrado el círculo que rodeaba a Tutmosis con Hatshepsut, habría sido tal vez un problema. Qué decir tiene que Egipto era próspero de nuevo, y los más atrevidos decían que lo mejor estaba aún por llegar. Desde la Edad de Oro de las pirámides, no se había visto tanto esplendor. El hecho es que a Senenmut le bastaba con tener en sus brazos a aquella bella mujer, dulce como la miel y hermosa como un amanecer en Tebas. Además, ¿acaso siendo mujer y ocupando el cargo de un hombre, no era Hatshepsut Faraón y Gran Esposa Real a un mismo tiempo?
La vida en palacio era tremendamente completa. Yo había conocido al médico real, y desde luego no iba a formar parte de su equipo, porque de repente, ante mi se abrió una nueva vocación.
El hecho ocurrió cuando mi tío me llevó al desierto, al lugar donde se estaba construyendo el Santuario de la mujer faraón, justo detrás del Valle de los Reyes. En lo alto de la colina, el espectáculo era grandioso...
-Observa, hijo -dijo mi tío-, la Luz de loos faraones iluminará para siempre este lugar. Desde aquí se forjará la eterna comunión entre Oriente y Occidente, pues aquí tienen los reyes sus moradas para la eternidad, y justo detrás se levantará el Sagrado de los Sagrados, pues aquí vivirá para siempre el ka del padre de Hatshepsut, Tutmosis I, será la divina residencia de Amón, de Hathor y desde el mismo momento en el que faraón hizo el depósito de fundación, éste Santuario, protegido por las divinidades será el lugar de la perpetua regeneración del alma de Hatshepsut.
La visión de la obra colmó mi corazón, pues aunque cierto es que solo la primera fase del Santuario existía, la perfecta máquina de construcción que formaban los canteros, artesanos, jefes de obra y demás trabajadores era grandiosa. Una firme convicción, iluso que era, fue desde aquel momento el proyectar y construir moradas para los Dioses de Egipto. Comencé pues a observar y ampliar mis conocimientos de matemáticas y geometría. Me pasaba las noches enteras velando ante aquellos misterios numerológicos, que en aquel entonces se me antojaron las verdaderas palabras de dios.
Exactamente no recuerdo cuando fue, pero súbitamente, mi vocación sufrió un giro espectacular. Yo, Ahmosis hijo de Tuya y Neferkare, sobrino de Senenmut el amante de Hatshepsut, y predilecto de Tutmosis, era médico titulado en la Casa de la Vida de Menfis, ordenado bajo los ojos de Ptah, e intentaba hacerme hijo adoptivo de Thot el señor de los números cuando descubrí la función de la diplomacia.
Todo esto comenzó de forma curiosa, pues cierta noche, Amón se introdujo en el corazón de su hija y hablándola así le ordenó:
-¡Tú, la protegida de las Dos Señoras, la que reverdece los años, la de las apariciones divinas, la primera de las venerables, postrarás ante mí los productos de la Tierra de Dios, ubicada en el país de Punt, y plantarás sus árboles a ambos lados del Santuario que levantas para mí, en el interior de su jardín!
Y así comenzó la aventura, más allá de Egipto.
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