CAPITULO XVIII
LA OBSESIÓN
La obsesión es uno de los males de que más sufre la humanidad. Su mayor peligro está, precisamente, en el hecho de no ser percibida, en sus aspectos menos chocantes, por los que desconocen las verdades espiritualistas que el Racionalismo Cristiano difunde, principalmente en la parte referente a la vida fuera de la materia.
La obsesión puede presentarse de forma sutil, amena, periódica, permanente, suave o violenta.
En las formas sutiles y amenas, se manifiesta por manías, pavores, estrafalario, fobias, cacoetes, excentricidades, exotismos, extravagancias, pasiones, fanatismos, cobardía, indolencia, y por todos los excesos, como los sexuales, los de comer, los de reír o llorar, y muchos otros.
En el capítulo XVII, que trata de la mediumnidad, quedó explicado como accionan los espíritus obsesores sobre los individuos que los atraen con pensamientos afines.
A pesar de toda la acción deletérea que las fuerzas del astral inferior ejercen sobre la humanidad, forzoso es reconocer que la culpa de la obsesión corresponde, en gran parte, a las propias víctimas, por haberen, cuando sanas, alimentado los pensamientos con que se formaron las corrientes de atracción en que se apoyaron los obsesores.
Está plenamente demonstrado en esta obra - y los hechos lo vienen confirmando, todos los dias - que los pensamientos de perversidad, de venganza, de odio y otros semejantes, vibran en todas las direcciones del espacio inferior, estableciendo inmediato contacto entre quien los emite y los espíritus obsesores.
Las bajas camadas del astral inferior están, pues, ligadas, por estrecha afinidad, a las personas mal humoradas y a las vengativas, envidiosas, irritadas y deshonestas, asi como a todas aquellas que alimentan debilidades y vicios.
Esas personas, aún mismo cuando no aparenten estar obsesionadas, crian un clima ambiental profundamente dañoso a si mismas y a los miembros de las famílias o personas con quienes conviven, forzados unos y otros a participar del mismo ambiente, sin poseer los esclarecimientos suficientes para minorar los efectos perniciosos de la mala asistencia.
El resultado es, casi siempre, la obsesión de esas personas, en cualesquiera de las formas, benigna o violenta.
Ni siempre el espíritu obsesor tiene conciencia del mal que produce. Él también es víctima de los errores que cometió, cuando encarnado, por el desconocimiento de la vida fuera de la materia.
Esa lamentable ignorancia lo hizo prisionero del ambiente atmosférico de la Tierra, empujado por la ceguera de falsas creencias y persuadido de que nada más existe para los que desencarnan, arriba del ilusorio medio en que pasaron a vivir..
Procura, entonces, desarrollar cualquier actividad en ese ambiente, pasando a intuír a sus ex-parientes, amigos y conocidos, en la suposición de que practica una buena acción o por sentir placer en esa actividad.
Esas intuiciones, siendo bien aceptadas, servende estímulo para otras, estableciendo intensa coparticipación de los espíritus del astral inferior con los seres encarnados. Cuando esto acontece, el camino para la obsesión está abierto
Siempre que la afinidad fuere intensa, los obsesores no se aparton de la víctima, por el placer de permanecer donde se sienten bien. Cuando la obsesión es producida por espíritus que fueron enemigos del obsesionado, en la Tierra, la acción perturbadora es ejercida con mayor violencia contra él, aumentando las crisis furiosas.
INEXISTENCIA DE LA MUERTE
La concepción de la muerte resulta de un concepto de la vida completamente errado. En la verdad, ella jamás existió. El espíritu - será necesario repetirlo? - es imperecedero. Por eso, no muere nunca.
Deben, por lo tanto, los seres humanos esforzarse por rehacerse, lo más de prisa posible, del choque producido por la desencarnación de parientes y amigos, para no debilitarse espiritualmente.
Dice la sabiduría popular, con justa razón, que lo que no tiene remedio, remediado está. Es perfectamente inútil permanecer alguien a lamentar una situación pasada. La preocupación debe estar enfocada en el presente, del cual depende el futuro.
Pensar - ya se a dicho muchas veces - es atraer. Todos los que se ligan, por el pensamiento, a seres desencarnados, estacionados en el astral inferior, no solo los estarán atrayendo y perturbando más, como retardando su marcha para el mundo a que pertenecen, estimulándolos a quedarse en contacto con las cosas terrenas, inclusive los problemas de la vida familiar, y asi concurriendo para tornarlos en obsesores.
Conviene insistir: los espíritus que vivieron, cuando encarnados, una vida irregular, materializada y abundante en faltas, permanecen en el astral inferior, no raro por decenios, accionando perversamente contra los encarnados. Su preocupación es la intuición. para el mal. Se sirven, para eso, de personas de voluntad débil, que las utilizan como instrumentos pasivos para la ejecución de sus crímenes. De ahí los homicidios, los suicidios y tantas otras calamidades sociales.
Esos espíritus actuán aisladamente o en falanges obsesoras, bien adiestradas, para mejor conquistar a sus objetivos. Sus organizaciones poseen vigías atentos, escalonados en varios lugares, prontos para dar la señal en el instante preciso y promover la convocación de los demás obsesores, para una acción en conjunto.
Como la unión hace la fuerza, obtienen generalmente resultados malignos sobre los encarnados desprevenidos y ajenos a sus tramas, ya obsesionándolos, ya llevándolos a cometer desatinadas acciones, con los sentidos enteramente perturbados.
Sin esclarecimiento, no hay quien pueda huír a la influencia obsesora, ni impedir que fuerzas externas introduzcan interferencias en sus actos y en su yo espiritual.
Solamente los esclarecidos, que tienen conciencia del valor de esas poderosas fuerzas que se llaman voluntad y pensamiento -, son capaces de mantener alejados a los obsesores.
CAMINOS DE LA OBSESIÓN
En varios de los capítulos de esta obra, quedó claramente indicados cuales son los caminos que conducen a la obsesión - enfermedad psíquica producida por el mal uso del libre albedrío, por la voluntad mal educada, por la incontinencia e inmoralidad sexual, por el descontrol en los actos cotidianos, por el nerviosismo desenfrenado, por los deseos insuperables, la ambición desmesurada y el temperamento voluntarioso.
Al hacer mal uso del libre albedrío, el ser humano quebranta a las leyes naturales que establecen normas de vida correctas, seguras y apropiadas. Esa facultad asegura a cada uno el derecho de conducirse por si mismo, con libertad e independencia de acción, (como conviene a los seres dotados de raciocinio) pero, tornándolo responsable por todos los actos que practique.
Con el raciocinio bien ejercitado. en la solución de los problemas que constantemente se presentan, teniendo siempre presente el aspecto honrado de la cuestión, todos podrán conservarse dentro de las reglas de la buena conducta, haciendo, por lo tanto, uso adecuado de su libre albedrío.
Los que se apartan de ese camino, lo hacen porque así lo quieren, porque se han dejado debilitar, y esa debilidad es, justamente, la que proporciona motivo para la atracción de espíritus del astral inferior que, en mayor o menor espacio de tiempo, acaban por producirles la obsesión.
La voluntad mal educada proviene de la indolencia, de la indiferiencia y de la negligencia para con las cosas serias de la vida. El indolente está siempre a la espera de que los otros hagan lo que él propio debe hacerlo. No le gustan los horários, y siente horror a la disciplina. Enemigo del trabajo y del orden, nada hace por su progreso.
Está situado en el plano de los parásitos. Mientras el mundo exige actividad, dinamismo y acción, el indolente observa lo que está pasando, sin voluntad de participar activamente en el movimiento que reclama su presencia.
Nadie puede eximirse del deber de trabajar y de procurar en el trabajo la verdadera satisfacción de la vida. El Universo entero es una oficina de trabajo permanente, donde todos deben ser obreros activos y deligentes.
Los que así no proceden, quedan colocados espiritualmente en un plano inferior de la vida, no pasando de marginales, como marginales son los espíritus del astral inferior con los cuales se asocian, por fuerza de la ley de atracción.
En la incontinencia y desórdenes sexuales, están los gérmenes del materialismo obsesionante, cuyos pilares son la lujuria y otros vicios. Subyugado a ese estado, el ser humano da expansión a sus instintos animalizados, proporcíonando fácil atracción a los espíritus del astral inferior, sus afines, que concurren para obsesionarlo.
Todos los actos cotidianos precisan ser ejecutados con el mayor criterio y honestidad. La organización social obedece a un esquema cuyos trazos principales definen la posición que los seres humanos deben adoptar en el intercambio de las relaciones sociales, sin perder de vista el respeto propio y el debido a su semejante.
Para ese fin, deben tener control en sus actitudes, dominio sobre si mismos y el raciocinio en acción. El descontrol en actos y palabras, además de generar ofensas y, muchas veces, arrepentimientos, da causa a frecuentes resentimientos que cuestan pasar y crian antipatías y enemistades.
IRRITACIÓN, DESCONTROL Y AMBICIÓN DESMEDIDA
Los espíritus del astral inferior gustan de aprovecharse de los seres descontrolados, irritables e irreflexivos, que no piensan antes de hablar, para divertirse con los efectos de su actuación.
Seres descontrolados son, pues, instrumentos del astral inferior y, si no están obsesionados, caminan hacia la obsesión.
El nerviosismo desenfrenado trae la irritación, la intolerancia, la irreflexión y la imprudencia - mal que conduce a un deplorable estado psíquico - por lo que debe ser combatido, inflexiblemente, por todos los medios, por ser el agente de perturbación que más facilita la actuación de los espíritus obsesores.
El neurótico, de un modo general, cuida poco de su salud y no se esfuerza por dominar a sus ímpetus. El resultado es caer en las mallas insidiosas del astral inferior, siguiendo el camino desastroso de la obsesión.
Deseos insuperables son aspiraciones inalcanzables. Hay individuos con desmedida ambición, que nunca se conforman con lo que poseen. Siempre quejosos, suponen que merecen mas, viviendo en permanente estado de insatisfacción.
Es perfectamente racional - y hasta elogiable - que cada uno procure mejorar las condiciones de vida y no escatime esfuerzos para alcanzar esa mejoría. Sin embargo, eso no se consigue con desánimo y lamentaciones, que solo sirven para agravar las situaciones difíciles y debilitar las energías espirituales.
La ambición sin límites, asociada al rebelión íntima, produce mal humor, del cual se aprovechan los espíritus del astral inferior para actuar sobre los revoltosos, inculcándoles en la mente los más sombríos pensamientos, capaces de llevarlos a la obsesión y, por vía de ella, a otros males.
La ley de atracción no falla. A su imperio, todos están sujetos. El ser humano necesita compenetrarse de la transitoriedad de las cosas que pertenecen a la Tierra. La esclavización a los valores materiales, tan fácilmente perecibles, además de atrasar la evolución espiritual, a causado muchos y muchos sufrimientos.
La ambición comedida es natural. La desenfrenada, una fobia, en que el egoísmo y la egolatría influyen decididamente. Los ambiciosos y descomedidos no miran los medios para obtener los fines: lesan, usurpan y acaparan. Les domina la idea obsesiva de ganar rápidamente, mismo a través de maniobras extorsionistas y exorbitantes.
Para esos, no existen contemplaciones ni medios términos. Su determinación es avanzar. Arquitectan audaces golpes, poco les importando herir los preceptos de la moral y de la honradez.
El mundo está lleno de esos tipos, que son, en gran parte, la causa de su desequilibrio económico. Ellos están divididos en dos gigantescos bloques: uno, en la Tierra, especulando y accionando con enorme desembarazo y astucia, el otro, igualmente activo y astucioso, en el astral inferior, compuesto de desencarnados que procedían en este mundo como proceden sus actuales parceros encarnados.
Los dos bloques, íntimamente asociados, gozan de la misma voluptuosidad que alimenta la obsesión de uno y del otro.
TEMPERAMENTO VOLUNTARIOSO
El temperamento voluntarioso refleja la personalíidad egocéntrica de los que entienden que la razón está exclusivamente de su lado y quieren imponer a los otros sus propias ideas.
Esos individuos están frecuentemente en choque con los demás, mismo que tales choques no sean exteriorizados, y nada es más divertido para los espíritus del astral inferior de que asistir a los choques humanos. Eso entusiasma a los obsesores. Como andan siempre a la espera del momento propicio que les permita la actuación, el individuo voluntarioso vive marcado por ellos, dandoles, a cada paso, la oportunidad de armar un conflicto. En la falta de otra ocupación, esta, para ellos, es absorvente.
El voluntarioso se irrita, fácilmente, cuando el punto de vista ajeno no coincide con el suyo, tornándose un fomentador de contrariedades.
No es preciso destacar lo que esa forma de obsesión - que es muy común - representa para los seres humanos.
Insidiosamente, ella va penetrando, con lentitud, en el subconsciente, hasta tomar cuenta de la persona. Ésta, no percibiendo el envolvimiento de que está siendo objeto, no reacciona, no se opone, no da importancia, al mal que, por fuerza del hábito, acaba por tornársele agradable, facilitando el dominio de los obsesores que pasan a ser más actuantes, más violentos y difíciles de alejarlos.
Todo cuidado es poco, y solo el conocimiento de como se procesa la evolución es que da al individuo las condiciones, los recursos, los medios para defenderse de la obsesión. Las atracciones apasionantes son las más peligrosas, por el placer y el impulso apetecible con que impelen a las víctimas para sus cariciosas redajes. Hasta los esclarecidos primarios ruedan, a veces, por ese despeñadero.
CONMOCIONES MORALES Y RUMBO SEGURO
Nadie debe dejarse abatir. Hay momentos en la vida en que las conmociones morales - algunas de gran intensidad - sacuden, impiedosamente, al espíritu humano. A éste, sin embargo, no le faltan fuerzas para reaccionar y dominar la situación, cuando se apoya en
el conocimiento de la vida real y en la Verdad. Son esos conocimientos sus armas y sus escudos más fuertes porque, cuando bien manejados, conducen siempre al triunfo.
Cuantas y cuantas veces la simple partida de un ente querido para el allende - cosa tan natural en la vida - se traduce en desconformidad, en aflicción y ,en desespero!
Con esto, el espíritu desencarnado, no esclarecido, se aflige, sufre, procura intuír para calmar y, como no lo consigue, acaba por tornarse obsesor, perturbando y llevando a la locura el intuído.
El mejor procedimiento de los que quedan, para los que parten, es elevar el pensamiento con firmeza y convicción, envolviéndolos en la ternura y en el calor de la irradiación amiga, para auxiliarlos a romper la camada atmosférica terrestres y a seguir para los mundos a que pertenecen.
Se empeña el Racionalismo Cristiano en ofrecer a los seres humanos un derrotero seguro para una vida saludable y evolutiva. Es la finalidad de esta obra.
Gran parte de la humanidad es víctima de la obsesión, exactamente por descononcer los recursos, los elementos, los medios que tiene a su alcance para evitarla o librarse de ella.
Algunos síntomas del estado inicial de la obsesión, pueden ser observados, en los siguientes casos:
1) tendencia para dar risadas sin motivo, o a pretexto de cosas fútiles;
2) manifestaciones de cacoetes;
3) voluntad de llorar, sin razón plausible;
4) comer exageradamente;
5) estar siempre con sueño;
6) sentir placer en la ociosidad;
7) exteriorización de manías;
8) ideas fijas;
9) hacer gracejos ridículos;
10) incomodar, persistentemente, al prójimo;
11) repetir, mecánicamente, el mismo dicho;
12) dejarse dominar por pasiones;
13) prevenciones exageradas;
14) obstinación;
15) prácticas viciosas;
16) actos de ostentación;
17) explosiones temperamentales;
18) Místificación;
19) hábito de mentir;
20) expresarse licenciosamente;
21) revelar cobardía;
22) usar palabrotas;
23) demonstrar fanatismo;
24) gesticular y hablar solito;
25) ser sistemáticamente importuno;
26) oír y ver cosas fantásticas;
27) gastar arriba de lo que debe y puede;
28) manías de sentirse enfermo;
29) descuidarse de las obligaciones en el hogar y en el trabajó;
30) abandonar los deberes caseros, ausentándose del seno de la familia;
31) vivir en un mundo distante, soñadoramente;
32) provocar o alimentar discusiones.
Cualesquiera de estas actitudes, aunque mismo cuando no constituya un estado de anormalidad mental avanzada, predispone a la obsesión.
No es demás insistir en este punto: el lenguaje de los espíritus desencarnados, es el pensamiento. Por el pensamiento, identifican ellos los sentimientos de las personas, sus intenciones y tendencias, y de eso se prevalecen los obsesores para estimular, por la intuición, los vicios y las debilidades humanas.
Por higiene mental, no se debe pensar en intrigantes, calumniadores, en los desafectos y, en general, en las personas de malos sentimientos.
Pensar en tales seres es ligarse a su mala asistencia espiritual, recibir influencias malignas y correr el riesgo de avasallamiento.