CAPITULO XIX
SINTESIS DE LOS PRINCIPIOS RACIONALES
Todo el Universo es regido por leyes comunes y naturales. Tales leyes, de las cuales deriva el conocido axioma conforme pensar el ser, así será, son inmutables, y de entre ellas se hace especial mención a la que regula la acción del pensamiento.
Una vez reconocida esa verdad, esto es, la importancia del pensamiento como poderosa fuerza de atracción del bien y del mal, debe la persona, en su beneficio y en el de aquellos con quienes convive, nortear a su vida de modo a poner en práctica los conocimientos adquiridos.
Para eso, precisa adoptar, como reglas normativas de conducta, los principios racionalistas cristianos que mejor se ajusten a las ocasiones, para obtener éxito en sus emprendimientos y tener buena asistencia espiritual.
Algunos, de los más importantes, pueden ser así resumidos:
1) fortalecer la voluntad para la práctica del bien;
2) cultivar, pensamientos elevados, a favor del semejante;
3) extender, su auxilio a quien de él lo necesite, cuando los medios y la oportunidad lo permitiren, péro, nunca contribuír para sostener la ociosidad y los vicios de quien quiera que sea;
4) mantener el equilibrio de las emociones en el análisis de los hechos, para no afectar la necesaria serenidad;
5) conducirse respetuosamente, en el lenguaje y en las actitudes;
6) tener consideración por el punto de vista ajeno, principalmente cuando manifestado con sinceridad;
7) eliminar, del hábito común, la discusión acalorada;
8) no desear para los otros lo que no quiera para si;
9) combatir la maledicencia;
10) no ligarse, por el pensamiento, a personas maliciosas, perturbadas e inconvenientes;
11) ejercer el poder de la voluntad contra la írritación;
12) adoptar, por norma disciplinaria, el hábito saludable de solamente tomar decisiones que se inspiren en el firme propósito de hacer justicia, prodedendo, para eso, con ponderación, serenidad y valor;
13) repeler los malos pensamientos;
14) usar de comedimiento en el hablar, vestir trabajar, dormir, alimentar;
15) no descuidarse con la pulidez y la puntualidad, por seren estas reflejos de la buena educación;
16) imponer a las exigencias de la vida humana disciplina mental y física;
17) olvidarse de quien le haya practicado ofensas, traiciones e ingratitudes;
18) desviar, de su convivio social, aquellos que no posean envergadura moral;
19) reducir al mínimo tiempo posible, el contacto que intereses materiales lo obliguen sostener con personas si idoneidad, olvidándolas en seguida;
20) cultivar, permanentemente, el buen humor, por medio del cual la células orgánicas reciben influencias saludables;
21) promover, por todos los medios espirituales, la longevidad, atenta la persona al concepto de que la salud del cuerpo depende del buen estado mental;
22) dedicarse, integralmente, a la seguridad y a la estabilidad del hogar;
23) conservar en plena forma la higiene mental y física;
24) no volver a tener entendimiento o reconciliación con seres comprobadamente deshonestos, detractores y falsos, porque la naturaleza, no da saltos y las modificaciones radicales no se operan en una sola encarnación;
25) purificar, al máximo, el sentimiento fraternal de la amistad para con las personas de bien, con la finalidad de intensificar la corriente armónica en el planeta, en beneficio de la colectividad.
Con la adopción de estos principios racionales, siempre avivados en el espíritu, no hay quien no usufructúe un vivir relativamente ameno y rodeado de agradables perspectivas.
Como dos son las corrientes que envuelven al planeta - una del bien y otra del mal - el ser humano tendrá que vibrar en armonía con una o con la otra, no pudiendo quedar neutro. Lógico es, pues, - y sensato que se muna de los preciosos requisitos que lo mantengan ligado a la corriente del bien.