CAPÍTULO XIV
LA FAMILIA
Las sociedades bien constituidas tienen como base, como fundamento, como suporte, la familia.
Cuando esta se distingue por el cultivo de las superiores cualidades del espíritu, sin dejarse contaminar por el virus destruidor de la corrupción, su contribución para elevar los índices de perfeccionamiento de las colectividades es de alto relieve.
Asi como la fuerza de cohesión mantiene unidas las células de los cuerpos, en la faz utilitaria y en el medio en que se encuentran, también las familias necesitan de esa fuerza de cohesión para ligar-se unas a las otras como células de un todo, y componer una sociedad homogénea, progresista y pacífica, inclinada al desarrollo de las más significativas virtudes.
Esa fuerza de cohesión solo podrá resultar de la afinidad de sentimientos elevados, de las nobles aspiraciones alimentadas, de la solidaridad en los actos de perfeccionamiento y en la mancomunión de los esfuerzos empleados en beneficio general.
Cuanto mayor fuere el número de esos núcleos familiares a desarrollar esa fuerza de cohesión, tanto más alto serán los índices de moralidad y honradez del medio ambiente.
El comportamiento de la colectividad, reflejando el estado de la mayoría de sus componentes, representa el nivel medio del perfeccionamiento de un pueblo y revela su capacidad productiva y realizadora, tanto en el campo material, como en el espiritual.
En estas condiciones, crece de importancia, como un gran problema social, la constituición de la família, como tal entendida no la unión de los seres en la desunión de los espíritus, pero el verdadero entrelazamiento espiritual y material de los cónyuges para las responsabilidades del hogar y la perpetuación de la especie.
A los que se casan, es indispensable la comprensión de los deberes y derechos de cada cónyuge, que no son, en regla, iguales, pero si complementarios.
Es en la asociación de intereses dirigidos hacia una misma finalidad, sentidos con inteligencia y realizados con dedicación, que se forman y consolidan los lazos espirituales que atraen el marido a la mujer y ésta al marido, poniendo, en segundo lugar, el interés apenas físico que, cuando deturpado, tanto inferioriza a la humanidad.
Al encarnar, trae el espíritu, entre otros deberes, el de constítuír familia, decidido a honrarla y a dignificarla, mismo a costa de cualquier sacrificio.
Cometen, pues, grave delito espiritual los que, por acción u omisión, contribuyan para la ruina del hogar y el desmoronamiento de la familia.
Las colectividades, de que se forman las naciones, serán grandes y respetadas, siempre que los fundamentos de su constitución moral - representados por los eslabones espirituales que entrelazan las familias unas a las otras - posean ligaduras suficientemente fuertes para repeler los efectos de las corrientes malignas, por las cuales pasan las vibraciones de la corrupción, del sensualismo desenfrenado, de la egolatría y de la inmoralidad.
La familia es el núcleo en que deben ser ejercitadas las virtudes del afecto, de la lealtad, del desprendimiento, de la renuncia, de la fidelidad, del sacrificio, del respeto y de la comunión de sentimientos.
Como corolario, el hogar es una escuela de perfeccionamiento espiritual y un campo de desarrollo psíquico.
Como los errores son fáciles de ser cometidos y difíciles de ser reparados, se impone una permanente vigilancia del ser humano sobre si mismo, para evitarlos.
LIBRO ABIERTO
Aunque grandes sean las responsabilidades en el hogar que pesan, por igual, sobre un matrimonio, ellas nunca son mayores a la capacidad de que disponen para soportarlas.
De marido para mujer, y de esta para el marido, es imprescindible que haya absoluta confianza. Para eso, es necesario que el alma de uno esté siempre en condiciones de poder presentarse a la del otro, como un libro abierto. No deben practicar ningún acto del que se puedan avergonzar, íntimamente, preocupándose en esconderlo.
La situación de reserva, el hecho de tener que ocultar faltas, de sentir necesidad de mentir para sostener buenas apariencias, es altamente perjudicial al carácter, además de dificultar la evolución espiritual. La vida en el hogar será mucho más feliz, si cada cónyuge se hiciere acreedor de la confianza, sin restricción, y el apoyo moral del otro.
La infidelidad y la prevaricación son actos que, más allá de herir la decencia, maculan indeleblemente, la conciencia proyectada en el plano espiritual para una encarnación.
Pensamientos honestos y fuerza de voluntad en acción son armas poderosas que el ser humano debe usar para protegerse de las embestidas de las fuerzas inferiores que intenten envolverlos en los flúidos perniciosos de sus corrientes, tan prontamente perciban la afinidad de un sentimiento inclinado a la prevaricación.
La mujer y el hombre se complementan en el hogar como dos medidas de compensación, en el equilibrio de una situación que debe y precisa ser permanente.
Asi como el espíritu se liga al cerebro y al corazón por cordones flúidicos, afirmándose en esos órganos para posibilitar el equilibrio de las funciones humanas, también la acción espiritual, se desdobla en la constitución del hogar, para delegar al hombre atribuciones de la más alta capacidad del pensamiento y de esmerado ejercicio, y a la mujer funciones que más se identifican a la sensibilidad y docilidad de su sentimiento, sin excluir los dotes del intelecto, tantas y tantas veces por ella.
De esa manera, es necesario que cada cual se esfuerze por desempeñar bien su papel. Unidos, cumpliran la árdua y dignificante tarea; distánciados en espíritu, sembrarán la discordia, el desentendimiento, y la obra quedará por hacer.
ENTENDIMIENTO Y COMPRENSIÓN
Asi como el violín y el arco son dos cuerpos diferentes que se unen para producir sublimes sonidos musicales en las manos del artista, también los dos seres que se unen por el pensamiento - no obstante dotados de cualidades y atribuciones diferentes - tienen el deber de auxiliarse mútuamente, bajo la influencia de las vibraciones armónicas del entendimiento y de la comprensión.
Hombres y mujeres nunca deben preocuparse con los valores de la contribución que aporten, por seren ellos aferidos por medidas diferentes. Los líquidos son medidos por unidad de volúmen, mientras que los tejidos lo son por unidades de longitud. No puede, por lo tanto, haber comparación y equivalencia entre los dos cuerpos.
De igual modo, es imposible establecer comparación equitativa entre la producción masculina y la femenina, por faltarle la unidad fundamental, donde se concluye que las atribuciones de la mujer y del hombre, no obstante de igual valor, no pueden ser invertidas, sin contrariar a las leyes naturales y sin producir el desequilibrio correspondiente a esa inversión.
El espíritu no tiene sexo, a pesar de que se constatan en la Tierra tendencias y acciones masculinas y femeninas. Es él propio quien delibera a respecto del sexo que va a adoptar, cuando se decide a encarnar.
En regla general, si encarna como mujer, es para ser madre. Y esa tendencia es tan acentuada, que mal comienza a dar los primeros pasos en la vida terrena, manifiesta especial interés por las muñecas, cuyo cuerpo acaricia, como si fuese la madre a mimar el hijo.
No ocurre lo mismo con el niño, cuya propension se dirige a los caballitos, los automóviles o caja de herramientas.
El instinto materno se manifiesta en la mujer desde los albores de la infancia, y ser madre - de cuerpo y alma consagrada a esa misión - es lo más noble y elevado de sus deberes en la Tierra.
Las atenciones que fueren dispensadas a la esposa, para auxiliarla a cumplir sus obligaciones en el hogar, y a la hija, para que se torne buena madre, por mayores
que sean, jamás podrán ser consideradas exageradas. La mujer precisa recibir atento y delicado tratamiento, para no fallar en sus altos ideales, sintetizados en la grandeza, del hogar y de la prole.
En la obra de la regeneración de las costumbres de la humanidad, desempeña ella un papel del más alto relieve, para cumplimiento del cual precisa estar en contacto permente.con los hijos - que serán los padres y dirigentes del mañana - esforzándose por educarlos en los moldes de una conducta moral impregnada de virtudes.
Los niños poseen un subconsciente plasmable, que los torna sensibles a recibir la influencia de la orientacion que les fuere suministrada - educación que debe ser consubstanciada en los principios de honestidad y de amor al trabajo y a la verdad - para que se tornen, en el futuro, buenos ciudadanos, excelentes marido y mujer y padres ejemplares.
BUEN-HUMOR
A los componentes de un hogar, jamás deberá faltarles la serenidad y el buen-humor, cuyo cultivo es de mayor necesidad. Inconciliable con el pesimismo, del que es gran enemigo, el buen-humor abre el camino, para el triunfo, ya que desarma a los pensamientos derrotistas y a los recelos infundados, auyentando al nervíosismo.
El individuo bién-humorado refleja alegría en el semblante, confianza en si mismo y dispone de lo esencial para gozar buena salud.
El hogar exige de sus integrantes desprendimiento y tolerancia, para que no falten, entre ellos, la armonía y el entendimiento, y no sé debiliten los, lazos de amistad que deben unirlos, cada vez más sólidamente.
Téngase siempre en vista que siendo todos imperfectos, susceptibles de incurrir en errores, estos deben ser encarados no con indignación o revuelta, pero con calma y comprensión, para lo que es necesario dominar el temperamento impulsivo, violento e intempestivo.
El temperamento de un matrimonio puede diferir del hombre para la mujer, asi como, de un modo general, difiere el de los hijos, de unos para con los otros, pero esa diferiencía es perfectamente comprensible, desde que se tome en cuenta las diversas categorías espirituales existentes en los miembros de una misma familia.
Una de las grandes virtudes humanas consiste en saber respetar el punto de vista ajeno, y jamás perder el, hábito cortés.
El hombre debe contribuír con una parcela de esfuerzos, tan pesada como el de la esposa, para mantener la unidad de la familia. En la sombra de su nombre honrado, todos, en el hogar, deberán sentirse felices.
La autoridad moral de los padres tiene como fundamentos más importantes, más profundos, los actos de su vida, y esa autoridad será mayor o menor, consonante a la lisura, la sensatez y la honestidad de su procedimiento.
Los buenos padres procuran los ejemplos en la indesviable rectitud de su conducta, cuando es necesario dar lecciones a los hijos, no admitiendo que estos adquieran vicios, no economizando esfuerzos para que se miren en el espejo de su propia vida y los imiten en el comportamiento, en la dedicación a la familia y en el trabajo.
Los hijos necesitan oír los ponderados consejos paternos, para precaverse contra los riesgos y peligros a que estarán expuestos durante la vida.
La remodelacíón de la humanidad comienza por la remodelación de las costumbres de la familia. Es principio confirmado que cada individuo es lo que quiere serlo, dentro de las posibilidades humanas. Del mismo modo se confirma el adagio de que cada pueblo tiene el gobierno que merece.
De ahí la necesidad de seren elevados, siempre, los índices de constituición de la familia, para que las naciones puedan tener una dirección a la altura de su desarrollo espiritual y de su conciencia moral.
El bienestar y la felicidad de un pueblo, fácilmente es aferido por los sentimientos de dedicación al hogar y a la familia. Los que rehuyen, sin causa justificada, a constituírla, desobedecen al cumplimiento de sus deberes, ofenden a la sociedad y no pueden ser considerados como buenos ciudadanos.