CAPÍTULO XIII
EL CARÁCTER
El carácter es representado or la suma, de cualídades morales del individuo, en que se destacan sus virtudes y el conjunto de vallores espirituales, conquistados de encarnación en encarnación.
Ese valioso atributo expresa el nivel de espirituatlidad. del ser humano, que puede ser aferído.por la firmeza y rectitud con que procede en sus actos cotidianos.
Más de que por la honestidad de la conducta en las transaciones comerciales o en el
ejercicio de cualquier función, ele caráter se revela por la intransigente repulsión a la
pusilanimidad, a la intriga, a la envidia, a las actitudes dudosas, a la prevaricación, a
la deslealdad, a los movimientos traicioneros, en fin, a todas las acciones indignas.
En la realidad, son pocos los seres poseedores de caráter verdaderamente íntegro. Esto porque solamente en las últimas encarnaciones terrenas, esa integridad podrá ser
considerada perfecta.
Ni siempre el individuo culto posee mejor carácter, pues un gran número de ellos hacen de la cultura un instrumento de viveza.
No se puede negar, mientras tanto, la ventaja, y más de que ventaja, la necesidad de la instrucción y de la cultura, por proporcionaren una amplia contribución para el desarrollo de la inteligencia y de la capacidad de raciocinar - medio por el cual el espíritu analiza, confronta, deduce y concluye, para poder llegar al conocimiento de la verdad de la vida.
Es el caráter uno de los más ricos y preciosos bienes del espíritu. Sin embargo, su adquisición no es muy fácil Por el contrario, exige prolongados períodos de meditación, en numerosas encarnaciones, a lo largo de las cuales las conclusiones van sazonándose, bajo lá dura prueba de la experiencia.
Solamente después de incontables desengaños y de sufrir muchos agravios, injusticias e ingratitudes, es que el individuo mide, en lo íntimo de su naturaleza espiritual, la extensión de las miserias humanas y contra ellas se rebela, asqueado de esas bajezas - hecho que lo lleva a sentir repugnancia por la práctica de las mismas.
Asi, de repugnancia en repugnancia a las perversidades reconocidas y experimentadas, el espíritu se va liberando de las acciones inferiores, para ubicarse, por convicción absorbida del esclarecimiento, en las rígidas líneas de un conducta ejemplar.
En cualquier sector de la actividad - y no apenas en las lides literarias y científicas - puede el ser humano ejercitarse en el desarrollo de la inteligencia: en las fábricas, en el comercio, en la agricultura, en la escuela, en la oficina o en el hogar. Cualquier ambiente de trabajo honrado predispone excelentes oportunidades para el perfeccionamiento del caráter, siempre obedeciendo a un progresivo normal, en que no hay lugar para transformaciones radicales ni regeneraciones muy rápidas.
Sin embargo, jamás podrá operarse, sin medir el esfuerzo, la buena voluntad y, por arriba de todo, la conciencia esclarecida aunada a la noción del deber y al firme propósito de cumplirlo.
Los padres y maestros que estuvieren en condiciones de transmitir a los hijos y a los discípulos - en lo referente a la rectitud del carácter - el lenguaje vivo y altisonante del ejemplo, ejercerán excepcional influencia en el espíritu de éstos, que se traducirá en acatamiento obediencia y respeto.
No hay exagero en la afimación de que el mundo carece notablemente de padres y profesores competentes y honrados. Porque los que son realmente honrados, poseen en sus manos prodigiosos instrumentos de pulimiento, con los cuales en mucho contribuyen para el perfeccionamiento del carácter de los adolescentes que tienen a sus cuidados.
Hay padres cuyo carácter se revela inferior a de los hijos, asi como existen profesores y maestros que lo son, apenas, por sus dotes intelectuales. Los malos ejemplos, entretanto, no son imitados por los que tienen discernimiento espiritual para sentirlos y condenarlos. Padres y maestros de mal carácter, por un lado, e hijos y alunos de mayor evolución, por el otro, marchan siempre por rutas diferentes, buscando, cada uno, satisfacer sus anhelos, sean estos enfermizos y viciosos, o benéficos y purificadores.
La tarea del profesor no debe limitarse a la instrucción pedagógica de los alumnos. La escuela, por complementar al hogar, le impone a los maestros el irrecusable deber de llevar conceptos constructivos a los discípulos, capaces de tornarlos buenos ciudadanos.
Si la acción de los profesores es altamente meritoria en el perfeccionamiento del carácter de los alunos, de mayor relieve es, todavía, la de los padres, a quien compete el inexcusable deber de observar las líneas generales del carácter de los hijos, cuando pequeños, por ser esa la faz en que la corrección ofrece mejores resultados.
POSICIÓN EQUIDISTANTE DE LOS EXTREMOS
En la definición de las líneas del carácter, todos deberán considerar la posición equidistante de los extremos, donde predomina, el equilibrio. El criterio, la equídad, el buen sentido, la puntualidad, la lealtad, la armonía, el coraje, la hombría, el buen humor, la dignidad, la gratitud, la urbanidad, la fidelidad, el comedimiento, la veracidad, el respeto propio y del semejante y, finalmente, el celo, son atributos que,
Cultivados debidamente, constituyen virtudes primaciales, ennoblecedoras del espíritu, para las cuales se dirige el ser humano deseoso de conquistarlas para moldeamento y enriquecimiento de su complejo espiritual, del cual depende el carácter aprimado.
El miedo e la temeridad son dos extremos, en cuyo punto medio está el coraje - virtud componente de la fisionomía del caráter.
Todos los atríbutos morales están equidistantes de esos dos extremos. Aunque en posiciones extremas, se sitúan el derrochador y el avariento, pero el comedido queda en el centro que representa la posición ideal. para todos los seres.de carácter bien formado.
En esas mismas posiciones extremas, están las cualidades negativas que inferiorizan al espíritu, mientras que en el centro, al contrario, refulgen las positivas, ideales, constructivas, que lo engrandecen, haciéndolo crescer en la escala ascendente de la evolución.
Al igual que el perdulario y el avariento, tambíén, la malquerencia y la adoración ocupan puntos extremos, pero la amistad y la virtud tienen lugar destacado en el centro.
Hombres y mujeres se despeñan por los flancos de peligrosos abismos, por no querer comprender que entre dos fuerzas iguales y opuestas existe siempre, un punto central de equilibrio, en el cual deberían mantenerse para poder disfrutar de las ventajas que él ofrece.
Tanto la malquerencia como la adoración generan situaciones repudiables: mientras la malquerencia despierta el sentimiento de adversión, de odio y de venganza, con los más perniciosos efectos para el agente, la adoración conduce al temor, a la humildad servil y subalterna, a la subyugación de las iniciativas, a la alienación de la voluntad, a la falta de confianza del individuo en si mismo, siempre en desprestigio del espíritu y en flagrante anulación de su propio valor.
En ambos sentimientos, apenas citados como ejemplo, la evolución sufre un retardo, o bien no se produce, lo que en mucho perjudica al carácter. Trabajar para perfeccionar, cada vez más, ese gran, ese incomparable atributo, es acumular riqueza espiritual de insuperable valor.
Los bienes materiales, ya se hizo ver, quedan en la Tierra, los espirituales, nó. Estos nunca se separan de quien los supo acumular. Y la mejor fortuna que el ser humano puede aspirar, es la que se forma a través de acciones nobles, que reflejan siempre la grandeza del carácter.