CAPITULO IX

EL LIBRE ALBEDRIO

El libre albedrío es una facultad espiritual controlada por la voluntad y, cuando bien usada, orientada por el raciocinio.

Cuanto mayor fuere el poder de raciocinar, tanto más fácil se torna el gobierno del libre albedrío. Libre albedrío quiere decir libertad plena de acción, tanto para el bien, cuanto para el mal.

Practican el bien los que trabajan para promover su evolución. Los que, por acciones o pensamientos, hacen retardar esa evolución, incurren en el mal que acabará, tarde o temprano, por involucrarlos con mayor o menor dureza.

La facultad del libre albedrío comienza a despuntar cuando la partícula inteligente asciende a la faz evolutiva que le da condiciones para encarnar en cuerpo humano. En esa faz, como es comprensible, el desconocimiento de la verdad a respecto del proceso de la evolución es completo.

Sin embargo, la criatura humana ya posee la conciencia del bien y del mal.

El mal uso del libre albedrío resulta de la corta capacidad de racionar, de la adquisición de vicios y malas costumbres y del cultivo de sentimientos inferiores, entre los cuales tiene papel de destacado relieve la perversidad.

Bajo la influencia de esas perniciosas adquisiciones enemigas de la salud y de la evolución espiritual, la mente humana queda saturada de vibraciones animalízadas, que hacen el ser humano perder el respeto de si mismo y lo llevan a cometer los más reprobables desatinos. Todo mal crece de culpabilidad cuando practicado conscientemente, y los que asi proceden, tendrán, sin la minima duda, un triste y doloroso despertar.

Usar el libre albedrío como arma contra él semejante, utilizarlo para injuriar, intrigar, escarnecer, calumniar y desmoralizar el prójimo, constituye crimen de la más alta condenación.

Huyan los hombres, cuanto les sea posible, de la justicia terrena, tantas y tantas veces padeciendo dolo en el enjuiciamiento de los hechos humanos, pero jamás podrán escapar a las sanciones espirituales que los harán cosechar, en su debido tiempo, el fruto de las semillas que hubieren sembrado sobre la Tierra.

No es un tribunal astral, como podrá suponerse, que irá imponerle al delincuente la justicia espiritual. Es el propio espíritu que a élla voluntáriamente se somete, en el momento en que, - libre de todas las influencias de este mundo - procede a un detenido exámen de sus actos, en cuyas circunstancias ni uno solo de ellos escapa a su apreciación y juicio.

En esa ocasión, el remordimiento le quema la conciencia, como sí sobre ella hubiese sido puesto un hierro candente. Dominado por el arrepentimiento, anhela nueva encarnación, dispuesto a dar lo máximo de si para recuperar, lo más posible, el tiempo que perdió en la Tierra.

Es la quemadura de alto grado producida por el atrito de la lucha íntima entre la constatación del mal practicado y la conciencia del deber que nó fué cumplido, que hace trabajar el raciocinio, ejercitándolo y desarrollándolo..

La perversidad es una demonstración inequívoca de inferioridad espiritual. Significa ella no estar el espíritu todavía convenientemente educado, tornándose evidente que sus vibraciones son análogas a las de las camadas espirituales de incipiente desarrollo en la grey humana.

El libre albedrío, en tales circunstancias, debe reflexionar en el desconcierto de la orientación, y en el estado de ignorancia del propio espíritu.

El espíritu es luz y, como tal, brilla con la intensidad correspondiente a su grado de progreso. Intensidad de luz quiere decir intensidad de vibración. Cuanto mayor fuere esa intensidad, más acentuado es el conocimiento de la vida, más evidente la acción dinámica espiritual, más seguro el control de los actos humanos y más perfeccionado el uso del libre albedrío.

En la medida que crece la intensidad de la vibración del espíritu, va disminuyendo la posibilidad de dejarse dominar por las corrientes vibratorias de inferior especie, y de praticar acciones que su propia conciencia repudie.

La evolución - nunca es demás repetirlo - es regida por leyes naturales que jamás se alteran en el Tiempo y en el Espacio. A sus normas imperativas nadie puede substraerse.

Esas leyes colocan a todos en el mismo riguroso píé de igualdad en lo tocante a los medios de que cada cual dispone para hacer uso, con toda la libertad, del patrimonio espiritual que fuere conquistando, de manera más rápida o más lenta, conforme la dirección que haya dado al libre albedrío.

CONSTRUIR EL PROPIO FUTURO

La evolución no solo puede ser retardada, como hasta paralizada por la indolencia, displicencia o negligencia del ser humano. Esa situación de indiferencia, de relajamiento y abandono de los deberes que la vida impone, es muchas veces atribuída a una supuesta predestinación o al yugo de un destino inexorable y cruel, contra los cuales muchos suponen que sería inútil luchar.

Ese modo falso de encarar cosas tan serias es de consecuencias desastrosas. El espíritu encarnado tiene suficiente poder para mudar, en cualquier tiempo, los rumbos de la vida, manejando, correctamente, el líbre albedrío. De su futuro bueno o malo, del triunfo o del insuceso, es él el artífice.

El hombre esclarecido prepara hoy el dia del mañana. Esto significa que el futuro será lo que estuviere siendo proyectado y trabajado en el presente.

Como hay mucho lo que hacer, cúmplele estar siempre atento a sus deberes, procurando utilizar el libre, albedrío en lances que protejan su futuro y le faciliten la jornada.

El dolor moral - cuando acompañado por la desorientación - produce vibraciones susceptibles de atraer o retener influencias y flúidos deletéreos.

Sin embargo, desde que la persona posea algun conocimiento de la vida y perciba las asociaciones existentes entre el cuerpo y el espíritu - sin perder de vista lo precario y transitorio de los valores terrenos - comprenderá la necesidad de oponer reacción inmediata al sufrimiento, para no dejarse dominar por él, asi como, a los pensamientos débiles, que podrán conducirlo a la depresión espiritual y física, causa de tantos avasallamientos.

A nadie le es solicitado más de lo que puede dar. El buen uso del libre albedrío está dentro de la capacidad de cada uno. Por qué, entonces, cometer errores que hacen de la vida un tormento? Por qué dejarse tantos absorber por las peligrosas emociones de los sentidos materiales, tan precarias como engañadoras?

Es, pues, de máximo interés humano el conocimiento de la responsabilidad que cada uno tiene en el gobierno de la facultad arbitral. Esa responsabilidad hace parte integrante de la vida, siendo, por eso, irrecusable e intransferible. Es inútil negarla, como es inútil la tentativa de escapar a sus consecuencias.

La mística del perdón para los crímenes, fraudes y prevaricaciones, no tiene ningún sentido en la vida espiritual.

Lo que se impone, por arriba de todo, es la necesidad imperiosa e impostergable de que cada persona enfrente, con coraje, determinación y valor, los problemas y las responsabilidades de la vida.

El peligro precisa ser conocido para poder ser evitado. Son incalculables los males que resultan de la ignorancia de lo que representa el libre albedrío en la existencia humana, pues con esa facultad bien conducida, no tendríamos tantas encarnaciones perdidas.

Largas son, sin duda, las jornadas que deberá recorrer el espíritu por la Tierra, en sucesivas etapas. Sin embargo, todas ellas podrán ser superadas, sin inútiles repeticiones, desde que los principios racionalistas cristianos fueren rigurosamente observados y cumplidos, y de ellos hace parte destacada e importante el tema de este Capítulo.

Gran parte de la humanidad poco sabe a respecto del libre albedrío. Muchos lo desconocen, y hasta mismo su existencia. Para esa ignorancia ha contribuído, decisivamente, el error multisecular de limitar la vida a una única encarnación - error por el cual los seres humanos han pagado un altísimo precio.

Cuándo se decidirá la humanidad a despertar para la realidad de la vida? Cuándo se sentirá con fuerzas para romper con las cadenas que la aprisionan, como esclava, a concepciones falsas?

Esto tendrá que acontecer un dia. Quando, no importa... !

Capítulo X - LA AUREOLA

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