| Using the Internet as a tool for
recruitment and testing, examined gender and age differences in the emotional
intelligence (as measured by the BarOn Emotional Quotient Inventory - EQi)
of a group of internet users. The final sample consisted of four hundred
seventeen subjects (53.2% female and 46.8% male, aged 16 to 70) from twenty
three hispano-american countries. One-Way Anova and Student-Newman-Keuls
post hoc test were used as statistical procedures. Reliability coefficient
obtained was high (Cronbach alpha = 0.96 for total scale).
Data analysis revealed that there were not significant differences in the overall level of emotional intelligence regarding gender and age. However, significant differences (p ranging from 0.001 to 0.05) in some EQi factors were found. In relation to gender, consistent and significant differences emerged in 9 (out of 15) factors measured by the EQi. Women reported higher punctuations than men in emotional self-awareness, interpersonal relationship, social responsibility, empathy and happiness. Men, on the other hand, obtained higher punctuations in problem solving, stress tolerance and impulse control. With regard to age, though the significant differences were fewer (only in the social responsibility, reality testing and flexibility factors), a consistent pattern of differences was observed along the intergenerational groups, fairly similar through almost all factors, with higher punctuations for the older groups (with a peak in the 40-49 group, and a slight decrement after 50 years). In general, gender and age effects on the different facets of emotional intelligence showed to be varied and modest (only accounting for 1% to 6.9% of variance). Results are discussed with reference to the possible effects of the degree of attachment to gender role and gender stereotypes, and, the effect of aging and maturity in the case of the intergenerational differences; in all, plausible explanations of the observed pattern of differences are suggested. Limitations to this exploratory online study are described and possible future directions are also suggested. |
Empleando la Internet como herramienta
para el reclutamiento y evaluación, se examinaron las diferencias
de género y edad en la inteligencia emocional (medida por el Inventario
de Cociente Emocional de BarOn – ICE) de un grupo de internautas. La muestra
final consistió de cuatrocientos diecisiete participantes (53.2%
mujeres y 46.8%% hombres, de edades entre 16 y 70 años) de veintitrés
países hispanoamericanos. Las técnicas estadísticas
usadas fueron el análisis de varianza (One-Way Anova) y el Student-Newman-Keuls
como prueba a posteriori. El coeficiente de confiabilidad obtenido fue
alto (alfa de Cronbach = 0.96 para la escala total).
El análisis de los datos reveló que no existían diferencias significativas en el nivel de inteligencia emocional general en relación al género y la edad. Sin embargo, sí se encontraron diferencias significativas (p de 0.001 a 0.05) en algunos de los factores del ICE. En cuanto al género, emergieron diferencias consistentes y significativas en 9 (de los 15) factores medidos por el ICE. Se reportaron puntuaciones mayores en las mujeres que en los hombres en autoconciencia emocional, relaciones interpersonales, responsabilidad social, empatía y felicidad. Los hombres, por su parte, obtuvieron puntuaciones mayores en resolución de problemas, tolerancia al estrés y control de impulsos. Con respecto a la edad, aunque las diferencias significativas fueron menos (sólo en los factores responsabilidad social, sentido de realidad y flexibilidad), se observó un patrón de diferencias consistente a lo largo de los grupos intergeneracionales, bastante similar a través de casi todos los factores, con los grupos de mayor edad puntuando más alto (con un pico en el grupo de 40-49 años, y un ligero decremento después de los 50 años). En general, los efectos del género y la edad en la inteligencia emocional resultaron variados y modestos (explicando sólo del 1% al 6.9% de la varianza). Se discuten los resultados en relación a los posibles efectos del grado de apego a los roles y estereotipos de género, y, al efecto del proceso de maduración en el caso de los grupos intergeneracionales. Se sugieren en todos los casos explicaciones plausibles al patrón de diferencias observado. Se describen las limitaciones de este estudio online y se sugieren también su posible dirección futura. |
Extracto de Tesis de Licenciatura:
Aquino Rodríguez, A.E. (2003). Diferencias de Género y Edad en la Inteligencia Emocional de un Grupo de Internautas. Tesis de Licenciatura. Universidad Inca Garcilaso de la Vega.
ENGLISH
TITLE: Gender and Age Differences in the Emotional Intelligence of
a Group of Internet Users.
4.2 DISCUSIÓN DE LOS RESULTADOS
En conjunto, los datos de esta investigación no respaldan la aserción de la existencia de diferencias significativas en el Cociente Emocional general según el género y la edad de un grupo de individuos evaluados a través de la Internet. Sin embargo, se ha encontrado que a nivel de factores más específicos, como aquéllos de los que está compuesta la inteligencia emocional (tal y como es concebida en el modelo factorial postulado por Bar-On –1997a, a través del EQ-i) sí existen diferencias significativas que responden a tales variables. Dichas diferencias son más notables en la variable género, la cual demostró tener efectos significativos (aunque pequeños en magnitud) sobre un mayor número de factores. Si bien la variable edad tuvo un efecto menor sobre la inteligencia emocional (IE) del grupo examinado, arrojó un patrón de diferencias concordante con los hallazgos realizados con anterioridad por otros investigadores.[33]
Discutiremos en primer lugar, los hallazgos que corresponden a la variable género (Tablas 1-3). Al respecto, a la luz de los resultados, encontramos que no existen diferencias significativas en el cociente emocional general del grupo estudiado, pues en promedio hombres (M = 95.4) y mujeres (M = 96.2) obtienen puntuaciones bastante equivalentes. Tal y como lo sugieren los hallazgos previos de Bar-On (1997a) varones y mujeres no se diferencian en la expresión general de su IE, lo cual es coincidente con las observaciones realizadas en otras investigaciones (Derksen, Kramer & Katzko, 2002; Ugarriza, 2001, Bar-On, Brown, Kirkcaldy & Thomé, 2000; Stein, 1997a). Todos los enfoques teóricos sobre IE la conciben como un constructo compuesto por diversos factores, los cuales si bien son vistos como interdependientes, conservan cierta singularidad respecto a los otros. Por ello resulta más útil explorar cada una de las dimensiones y/o factores que la componen, de modo que sea posible observar si hay diferencias a niveles más específicos así como el tamaño del efecto de la variable en cuestión sobre cada uno de estos factores.
Se han hallado diferencias en dos de las cinco dimensiones (Interpersonal y Tolerancia al Estrés) que componen el modelo de IE al que nos hemos acogido, diferencias que se hacen notables en 9 de sus 15 factores.
El área de IE Intrapersonal (Tablas 7-9) no reporta diferencias significativas en cuanto al género, al igual que los factores Autoestima, Autorrealización e Independencia. El factor Autoconciencia Emocional (Tablas 10-12) sí denota diferencias, con las mujeres (M = 101.9) puntuando significativamente más alto que los varones (M = 98.3; a p < 0.05); sin embargo, el género explica sólo el 1.3% de la varianza observada en este factor.
Asimismo, encontramos que en nuestra muestra las mujeres (M = 101.8, Tabla 14) reportaron puntuaciones significativamente más altas que los varones (M = 98.5; a p < 0.05) en el factor Asertividad, lo cual está en disonancia con los resultados de la mayoría de investigaciones; sin embargo, un análisis a nivel de los ítems que componen esta subescala, nos permitió esbozar una explicación plausible, la cual es delineada más adelante.
Nuestros hallazgos en el área de la IE Interpersonal (Tablas 25 al 36) nos indican de manera unívoca la existencia de sobresalientes diferencias inter género en todos sus factores. Nuevamente, las mujeres sobresalen en cada uno de éstos, donde se han encontrado los más grandes efectos, los cuales explican entre el 1.6% (el factor responsabilidad social, Tabla 33) y el 6.9% de la varianza (el factor empatía, Tabla 36). En cuanto al CE Interpersonal (Tablas 25-27), los varones (M = 93.2) obtienen puntuaciones significativamente menores que las mujeres (M = 99.5), con la variable género explicando el 4.6% de la varianza observada (p < 0.001). Las mujeres obtienen mayores puntuaciones (M = 95.1) en Responsabilidad Social que los hombres (M = 91.4); del mismo modo, aparecen como más hábiles en el manejo de sus Relaciones Interpersonales (aventajando a los varones en 5.8 puntos[34]; siendo el género una variable que da cuenta del 3.2% de la varianza, Tablas 28 y 30). Al igual que en los descubrimientos previos de Bar-On, la Empatía resultó ser el factor donde se observan los más grandes efectos (aun así, sólo explicaría el 6.9% de la varianza en las puntuaciones, Tabla 36).
El análisis del efecto del género sobre la escala Adaptabilidad del EQ-i (Tablas 37-39) nos muestra que no existen diferencias significativas entre hombres y mujeres (p > 0.05). De igual manera, en sus factores Sentido de Realidad (Tablas 43-45) y Flexibilidad (Tablas 46-48) las diferencias entre varones y mujeres tampoco se hacen notables. El factor Resolución de Problemas (Tablas 40-42) es el único de esta dimensión donde se reportan diferencias significativas entre los géneros, resultando los varones (M = 101.9) con mayores puntuaciones que las mujeres (M = 98.0), en un nivel significativo (p < 0.05) que denota un efecto del género en el orden del 1.2%.
La escala Manejo del Estrés (Tablas 49-51), es la segunda dimensión donde se reportan los mayores efectos, al nivel de p < 0.001. Aquí, los varones aventajan a las mujeres en 5.9 puntos, observándose que la variable género explica el 2.6% de la varianza de las diferencias encontradas en esta dimensión, lo cual no hace sino reflejar el efecto que tiene el género sobre sus dos factores: Tolerancia al Estrés (Tablas 52-54) y Control de Impulsos (Tablas 55-57). En el factor Tolerancia al Estrés los varones aventajan a las mujeres con una diferencia de 3.5 puntos, a un nivel significativo de p < 0.05, con el género explicando el 1.1% de la varianza observada. En el área de Control de Impulsos, el efecto del género es aun mayor, en el orden del 3.0%, con los hombres (M = 95.15) reportando puntuaciones significativamente mayores (p < 0.001) que las mujeres (M = 88.41).
La dimensión Estado de Ánimo General (Tablas 58-60) no refleja diferencias atribuibles al género a un nivel significativo (p > 0.05), como tampoco su factor Optimismo, uno de los dos que lo componen (Tablas 64-66). Sin embargo, sí fueron halladas notables diferencias entre las puntuaciones de varones y mujeres en el factor Felicidad (Tablas 61-63), donde las mujeres (M = 98.2) obtuvieron un promedio significativamente mayor que el de los varones (M = 93.4) a un nivel p < 0.01, encontrándose que el efecto del género sobre la varianza observada fue del 1.9%.
Sin duda, las diferencias más consistentes entre varones y mujeres fueron halladas en la dimensión Interpersonal del EQ-i, donde las mujeres aventajan a los hombres en un nivel muy significativo, lo cual está en línea con los estudios de Ugarriza (2001) realizado sobre una muestra de peruanos, de Bar-On (1997a, 2000) y de otros investigadores (Smith, 2001; Bar-On, Brown, Kirkcaldy & Thomé, 2000; Stein 1997a), incluso con los de aquéllos que emplearon medidas de inteligencia emocional enmarcadas dentro de otros modelos teóricos, donde dicha dimensión es equiparable con la evaluación de áreas como habilidades sociales o inteligencia social (ver por ejemplo, Saklofske, Austin, & Minski, en prensa; Cavallo & Brienza, 2001; Petrides, & Furnham, 2000a; Bernet, 1996).
Aun más allá del constructo de inteligencia emocional, es sabida la mayor proclividad de las mujeres por otorgar gran importancia a la esfera interpersonal de sus vidas, estableciendo, en comparación con los varones, relaciones personales mucho más estrechas, lo cual –como anotan Cross & Markus (1993)– es posible guarde relación con la tendencia de éstas por incorporar a los demás en su propio yo, contribuyendo con ello a la auto afirmación del esquema de su propio género, que como consecuencia de la socialización está embebido de estereotipos congruentes con los roles que desempeñan en nuestras sociedades con los cuales las mujeres han aprendido a estar en sintonía (no necesariamente de una manera consciente) a fin de seguir el arquetipo femenino.
Para los varones, por el contrario, esta orientación interpersonal puede tener menor prioridad en la configuración de su auto esquema, pues como lo sugieren hallazgos previos en relación al factor Independencia (Ugarriza, 2001, Bar-On, 1997a), para éstos puede ser más importante mostrar mayor autonomía, alineando su conducta con lo que le fue alentado desde la infancia, tiempo desde el que los muchachos aprenden a definir sus identidades en función del grado de independencia que van alcanzando, a diferencia de las mujeres que construyen sus identidades sobre la base de sus conexiones interpersonales (Myers, 2002). Aquí conviene anotar que en esta investigación, si bien las diferencias entre los géneros en el factor Independencia no fueron significativas, los varones en promedio superaron a las mujeres por 2.8 puntos, lo cual no estuvo lejos de la significancia estadística (p = 0.071).
En el área de Relaciones Interpersonales, tampoco puede resultar sorprendente que las mujeres puntúen mejor en el factor Responsabilidad Social, en el que, por definición en el modelo del EQ-i, destacan los individuos cooperativos, que actúan como miembros constructivos de su grupo. A la luz de nuestros resultados, este sería un atributo más distinguible en las mujeres que en los varones, pues como afirman Cross & Markus (1993), los mayores niveles de sensibilidad social que muestran las mujeres se reflejan en el especial cuidado que suelen tener por el bienestar de quienes constituyen su grupo más inmediato. Existe evidencia de que los deseos altruistas, y en especial el deseo de bienestar por los seres queridos, se presentan más en las mujeres que en los hombres (Qwistgaard, 2001). Las ventajas de las mujeres en el factor responsabilidad social pueden hacerse visibles en el estilo que emplean para influir en los demás, por el cual tienden a denotar menor interés por sí mismas y mostrarse más claramente comprometidas con su grupo (Carli, 1999), contribuyendo con ello a la construcción del espíritu grupal.
En el factor Empatía se reportan los más grandes efectos del género, pues éste llega a explicar el 6.9% de las variaciones observadas en dicho factor (Tabla 36). En nuestra muestra, las mujeres aventajan a los varones en 8.2 puntos (p < 0.001). Aquí es posible destacar que este hallazgo corrobora lo encontrado por Bar-On (1997a) y Stein (1997a), quienes señalan a la empatía como el factor donde se ve reflejado el mayor efecto del género (Bar-On reporta que el sexo de sus respondientes explicó el 6.7% de la varianza). En general, han sido muchas las investigaciones que apoyan la aserción de que las mujeres aventajan a los varones en cuanto a sus respuestas empáticas (Myers, 2002), lo cual también ha sido corroborado por algunas investigaciones de corte empírico realizadas en nuestro país (véase, Escurra & Delgado, 2001, Ugarriza, 2001, Qwistgaard, 2001). Esto guarda relación con el hecho de que las mujeres basan la definición del auto esquema de género en sus relaciones interpersonales, razón por la que considerarían importante un cuidadoso monitoreo de los demás a fin de elaborar y comprender mejor las relaciones entre éstos y su propio yo (Cross y Markus, 1993). Esta disposición, en cambio, no es necesariamente prioritaria para los varones.
Las diferencias en los procesos interpersonales y motivos de los varones y mujeres son consistentes con los tipos de auto esquema –independiente versus interdependiente– que los hombres y mujeres tienen como grupo (Cross & Madson, citados por Cavallo & Brienza, 2001). Cross & Markus (1993) sostienen que, para quienes tienen un auto esquema interdependiente, siempre serán representados como parte de su propio yo aquéllos que le sean importantes, por lo cual el individuo puede ser tan sensible al estímulo relevante para estos otros como lo sería a los estímulos más puramente auto relevantes, razón por la que la respuesta empática resultaría casi automática. En relación a las diferencias inter género sobre esta tendencia, Mayer, Caruso & Salovey (1999) señalan a los efectos de la socialización como explicación plausible del hecho de que las mujeres tiendan a prestar más atención que los varones a las emociones y estados de ánimo de otros. Esto conllevaría a que exista una "motivación diferencial" entre varones y mujeres respecto al despliegue de la actitud empática, pues según una investigación sobre "precisión empática" [35](citada por Goleman, 1998), los varones contarían al igual que las mujeres con una habilidad empática latente, pero tendrían una menor motivación para desplegarla, pues para muchos el mostrarla podría ser interpretado como un signo de debilidad que entraría en conflicto con su esquema masculino.
Puede resultar interesante considerar –como Bar-On (1997a) sugiere– que el hecho de que los varones reporten a menudo menores habilidades interpersonales en comparación con las mujeres, y en especial deficiencias en su capacidad empática y una menor responsabilidad social, podría estar asociado con que los cuadros psicopáticos sean comúnmente más observados en los hombres que en las mujeres.
Por otro lado, como señala Bar-On (2000), la habilidad para ser consciente de las emociones de otros está ligada con la habilidad para crear y mantener relaciones interpersonales exitosas y para comprender los sentimientos y emociones en el contexto de esas relaciones. Puede hacerse evidente lo difícil que sería sentir empatía por las emociones de otros, si antes no se cuenta con la habilidad por reconocerlas en uno mismo, por ello la empatía depende de la habilidad para la auto comprensión de las emociones. Aunque el factor Autoconciencia Emocional pertenece al dominio Intrapersonal de la IE, no es de extrañar que guarde relación con las fortalezas denotadas por las mujeres en el área interpersonal, ya que, como Bar-On (1997a) señala, es un factor que no sólo cubre la conciencia de las propias emociones, sino también la "habilidad y la disposición para compartir dichas emociones con los demás" (p. 121). Sutarso (1999) y Cavallo & Brienza (2001) también han encontrado que las mujeres destacan a la vez en sus fortalezas de autoconciencia emocional y empatía. Nuestros hallazgos en el factor autoconciencia emocional del EQ-i –coincidentes con los de Bar-On y otros investigadores– confirman que las mujeres son particularmente fuertes en su capacidad para reconocer en sí mismas los sentimientos y emociones que las embargan, sobresaliendo en promedio con 3.5 puntos más que los varones (a p < 0.05) (Tablas 10-12).
En cuanto al factor Asertividad, también correspondiente a la dimensión Intrapersonal, apuntamos ya que según nuestros hallazgos preliminares, vistas en conjunto las puntuaciones de asertividad de las mujeres son significativamente más altas que las de los varones (con una diferencia de 3.3 puntos, explicando el género el 1% de la varianza; Tablas 13-15), lo cual está en dirección contraria a lo encontrado por Bar-On (1997a, 2000) y Stein (1997a), y a lo tradicionalmente considerado característico de un esquema masculino o femenino (Cross & Markus, 1993). Por tal motivo, a fin de dilucidar mejor el porqué de la dirección de las diferencias encontradas decidimos explorar este factor en mayor detalle, realizando para ello un análisis de varianza (ver Anexo 1, Tabla 131), que buscó indagar qué ítems, al ser agrupados según el género, reportan diferencias significativas. Esto nos permitió observar que sólo uno de los 7 ítems que conforman la subescala aporta a las diferencias observadas en todo el subtest (p < 0.01). Dicho ítem (N° 37) contiene la evaluación de la expresión "Cuando estoy enojado/a con alguien se lo puedo decir".
Conceptualmente Bar-On define la asertividad como la habilidad para expresar sentimientos, creencias y pensamientos, y para defender los propios derechos de una manera no destructiva. Un examen de contenido de los ítems nos permite observar que el resto de ítems se enmarca dentro la concepción asertiva reseñada por autores como Meza (1990): la de defender el propio terreno y/o de ganar terreno, y en menor medida con el de la toma de iniciativa. El ítem 37, en lugar de ello –según nuestro criterio– alude a un comportamiento que no necesariamente tiene que ver con lo asertivo, lo será siempre que el respondiente lo evalúe como una solicitud de cambio en el comportamiento irritante de la otra persona, mas no si es visto como la mera comunicación de un estado de ánimo elicitado. Al respecto, conviene anotar que lo último refiere un comportamiento que denota expresividad a nivel emocional.
Estudios realizados a lo largo de 26 países por Pennebaker, Rime y Blankenship (citados por de Oca, 2000) han encontrado que las mujeres, en el dominio emocional, se perciben a sí mismas como verbalmente más expresivas que los varones. Resulta oportuno advertir también que las diferencias de género en el área de expresividad emocional están ampliamente documentadas por varios autores (Hess y col., 2000). Debido a esto, nos inclinamos a pensar que las diferencias de género observadas en el ítem 37 (que afectan a toda la subescala de asertividad) reflejan la mayor proclividad de las mujeres por comunicar verbalmente su estado emocional, lo cual en el caso de la ira –emoción aludida por dicho ítem– es especialmente cierto pues diversas investigaciones han reportado que las mujeres al ser observadas en sus interacciones expresan mayor ira que los hombres (de Oca, 2000), no obstante que la ira es una emoción que suele ser más consistente con el rol estereotipado de género de los varones.[36]
Aun así, y bajo la consideración de los estereotipos de género, algunos podrían hacer la observación de lo "sorprendente" que resulta no encontrar diferencias en el conjunto de comportamientos descritos por el resto de ítems que componen la escala de asertividad del EQ-i, pues el haberlo hecho estaría en línea con las investigaciones que así lo
reportan y con las creencias estereotipadas que se manejan en nuestras sociedades, donde la asertividad es una característica que forma parte de un esquema considerado masculino (Cross & Markus, 1993). Sin embargo, resulta útil considerar, como lo apunta Yoshioka (2000), que existen variaciones culturales en los determinantes situacionales de la asertividad y en las percepciones del comportamiento asertivo, agresivo y pasivo. Por ello, si tenemos en cuenta que los estudios que reportan diferencias de género en la escala de asertividad del instrumento que hemos empleado han sido llevados a cabo en países no latinoamericanos, es posible que las diferencias entre nuestros hallazgos y los de otros, puedan ser indicativas de la discrepancia de percepciones de lo que constituye un comportamiento asertivo. Conviene señalar que un estudio realizado con el EQ-i en nuestro país, señala la no existencia de diferencias significativas en relación al género en el factor asertividad (Ugarriza, 2001). En todo caso, y a pesar de su significancia estadística, no se puede descartar que la diferencia encontrada en el ítem 37 sea sólo incidental.
Otra de las áreas donde ha sido posible apreciar efectos significativos del género es Manejo del Estrés, donde las puntuaciones de los varones (M = 96.3) son significativamente mayores que las de las mujeres (M = 90.4) (Tabla 50). Los resultados de esta dimensión están en relación directa con lo encontrado en los factores Tolerancia al Estrés y Control de Impulsos, donde se ha observado que los varones superan a las mujeres en sus promedios de CE. Lo encontrado en el factor Tolerancia al Estrés es coincidente con varias investigaciones que emplearon el EQ-i (Ugarriza, 2001; Bar-On, Brown, Kirkcaldy & Thomé, 2000; Bar-On, 1997a; Stein, 1997a): la capacidad de las mujeres para hacer frente a los eventos estresantes es menor que la de los varones. Es interesante anotar que la menor habilidad para afrontar el estrés de las mujeres puede guardar relación con la conocida proclividad de éstas por sufrir de depresión con el doble de riesgo que los varones (Mazure, Keita & Blehar, 2002; Nolen-Hoeksema, 2001; Piccinelli & Wilkinson, 2000).
Una de las explicaciones que se sugiere para ello, es que el hecho de que las mujeres ocupen con frecuencia posiciones de menor estatus y poder en nuestras sociedades las exponga más a experiencias de vida negativas sobre las cuales tienen menor control, pues las diferencias de género en el poder están acompañadas por diferencias en la exposición a eventos estresantes (abuso físico o sexual, pobreza, insatisfacción marital, entre otros) y en el acceso a recursos mitigantes (Lott & Malusso, 1993). Pero ¿acaso los varones no soportan también el influjo de eventos estresantes? La respuesta a lo último es afirmativa, pero hay que considerar como apuntan Piccinelli & Wilkinson (2000), que aunque en muchos casos las mujeres pueden experimentar los mismos factores estresantes que los varones, éstas pueden diferir en la calidad de experiencia ligada a dichos factores que a menudo están asociados a sus circunstancias sociales, en especial cuando las tensiones ocurren en áreas de gran valor para ellas, tales como en sus relaciones interpersonales. Mazure, Keita & Blehar (2002) señalan que la gran importancia que las mujeres asignan a sus interrelaciones (las cuales pasan a ser parte de su autoconcepto) las hace más propensas a experimentar estrés como respuesta a los eventos adversos que tienen lugar en la vida de quienes les rodean.
Al respecto es posible introducir la observación de que si acaso el hecho de contar con buenos lazos interpersonales no sugiere que se cuenta también con una base de apoyo con la que se puede afrontar mejor los eventos adversos. Piccinelli & Wilkinson (2000) aclaran que si bien se ha sugerido que el apoyo social juega un papel importante en la prevención y recuperación de la depresión, éste no parece contribuir a las diferencias de género en su génesis. Las mujeres podrían ser más vulnerables a los eventos que afectan sus vínculos emocionales más estrechos y tender más a desarrollar depresión en respuesta a éstos, como consecuencia de la hipótesis del "costo de la preocupación". Cabe la pregunta de si todo ello afecta necesariamente la capacidad de las mujeres para hacer frente al estrés (o en general, de cualquier individuo con un esquema como el que tienen las mujeres). En relación a ello, Nolen-Hoeksema (2001) plantea que es posible que las experiencias repetidas de estrés y la reactividad al estrés tengan uno sobre el otro efectos recíprocos (a mayor estrés experimentado, mayor responsividad al mismo). Así las experiencias estresantes pueden sensibilizar tanto los sistemas biológicos como psicológicos al estrés futuro, haciendo más probable que los individuos reaccionen con depresión.
Nuestros resultados en el factor de Control de Impulsos, donde los hombres superan a las mujeres en sus puntuaciones a un nivel muy significativo (en promedio una ventaja de 6.7 puntos, a p < 0.001), si bien coinciden con lo encontrado por Ugarriza (2001) y Bar-On, Brown, Kirkcaldy & Thomé (2000), discrepa con lo hallado en otras investigaciones, que aunque no han empleado el EQ-i han hecho uso de instrumentos que exploraban específicamente este factor en sus diversas facetas. Una revisión de varios de esos estudios por Claes, Vertommen & Braspenning (2000) señala que los varones por lo general reportan un comportamiento más impulsivo que las mujeres.
Lo relativamente sorpresivo de nuestro hallazgo –mujeres con menor capacidad para controlar sus impulsos– se hace más evidente al considerar que el control de impulsos ha sido ligado a la baja tolerancia a la frustración y a problemas de control de ira (Bar-On, 1997a; Henley & Long, 1999; Goleman, 1996, 1998), lo cual usualmente ha sido visto como característicamente masculino. Ello resulta aun más intrigante si tenemos en cuenta que estudios en personas con problemas de impulsividad-agresividad han constatado que éstas tienen déficits en su capacidad empática (Goleman, 1996), la cual más bien, como ya hemos visto, es una de las mayores fortalezas de las mujeres. Son varios los estudios que señalan que la empatía se asocia negativamente con la agresión y la ira (Strayer & Roberts, en prensa), razón por la que se le considera un factor de control del comportamiento agresivo[37]. Por su parte Gurian (2001) señala que las mujeres tienen mayor éxito en el manejo del comportamiento impulsivo debido a que tienden a evaluar mejor las situaciones de alto riesgo.
Por estas razones, decidimos conducir otro análisis de varianza a nivel de ítems en el subtest Control de Impulsos del EQ-i a fin de observar en cuáles de éstos se evidenciaba un mayor efecto del género. Este análisis nos confirmó que el efecto y la direccionalidad es prácticamente uniforme a través de la mayoría de ítems[38]: los hombres obtienen mayores puntuaciones que las mujeres (Anexo 1, Tabla 132). El análisis del texto de los ítems donde se observaron las diferencias significativas nos permite observar que éstos aluden a comportamientos de manejo de ira e impulsividad, así como al expreso reconocimiento de un "mal temperamento" en uno mismo.
Como anotamos, los problemas en el control de ira (que está ligada a la impulsividad) pueden dar rienda a comportamientos agresivos. El inferir a partir de esto que las mujeres de nuestra muestra tendrían una mayor tendencia que los varones hacia la agresión sería aventurado e iría más allá de lo que estamos investigando, más aun cuando se conoce que en general los hombres muestran mayor agresividad que las mujeres (Fischer & Rodriguez, 2001; Strayer & Roberts, en prensa). Sin embargo, cabe la consideración de que si bien los varones son más tendientes que las mujeres hacia la agresión (especialmente la física, en que el asesinato es uno de sus extremos), al examinarla en el contexto de estilos de comunicación, se ha observado que las diferencias de género desaparecen, pues como Myers (2002) lo señala, en modalidades menos extremas (como el arrojar objetos, abofetear, o atacar verbalmente), las mujeres no son menos agresivas que los hombres; incluso un resumen de varios estudios señala que las mujeres pueden mostrar una ligera mayor proclividad a cometer actos agresivos de ese tipo.
Teniendo en cuenta el significativo efecto del género en los ítems cuyo texto alude al manejo de ira, creemos que nuestros hallazgos apuntan a la expresión de la ira, a través quizás de modalidades agresivas de comunicación, las cuales estarían siendo reconocidas por las mujeres como un problema sobre el cual no ejercen gran control. Como habíamos ya apuntado, de Oca (2001) señala que las mujeres pueden ser más proclives a expresar a nivel verbal mayor ira que los varones[39]. También es posible que los varones sean menos conscientes del efecto de la expresión de su propio enfado en otros, no considerándolo como significativamente problemático debido a que piensen que dicho actuar es congruente con su esquema masculino de comportamiento; sin embargo, esto último es sólo una conjetura. Asimismo, resulta pertinente anotar que las deficiencias en el autocontrol emocional están ligadas al manejo del estrés (BarOn, 2000; 1997a; Goleman, 1998), en el cual como hemos ya visto las mujeres muestran menor habilidad que los varones. Es probable que en algunas su mayor reactividad a eventos de estrés o tensión las haga más proclives a responder con ira ante ciertas situaciones.
A diferencia de lo encontrado en el factor asertividad (donde el efecto del género se daba únicamente en un ítem que terminaba por afectar toda la subescala), nuestros hallazgos en el factor control de impulsos se muestran distribuidos de manera más uniforme, razón por la que es menos probable que sean circunstanciales. En todo caso, investigaciones futuras podrían aclarar mejor este panorama.
Continuando con la exploración de las otras dimensiones de la
inteligencia emocional, encontramos que no se reporta la existencia de
diferencias significativas en la dimensión Adaptabilidad en relación
al género, como tampoco en su factor Sentido de Realidad. Aunque
los hallazgos de Bar-On (1997a) en el factor Flexibilidad no fueron replicados
–según el cual los hombres serían mejores que las mujeres
en su habilidad para ajustar sus propias emociones y su comportamiento
ante situaciones cambiantes–, nuestros resultados muestran una tendencia
hacia la significancia estadística en la misma dirección
(p = 0.067), observándose que los varones aventajan en su
promedio general a las mujeres en alrededor de 3 puntos (Tablas 46-48).
Se hace evidente que la conceptualización del factor Flexibilidad
denota una relación con el factor Tolerancia al Estrés[40],
en el cual hemos podido apreciar que los hombres obtienen puntuaciones
significativamente mayores que las mujeres.
En el factor Resolución de Problemas la diferencia entre los géneros sí alcanza un nivel significativo, encontrándose que los varones contarían en promedio con una mejor habilidad para definir problemas y para implementar estrategias que los acerquen a soluciones efectivas (la diferencia con las mujeres es de 3.9 puntos, a p < 0.05, con el género explicando el 1.2% de la varianza) (ver Tablas 40-42). Esto también coincide con lo encontrado por Bar-On (1997a) y Ugarriza (2001). Hay quienes podrían preguntarse si acaso las diferencias de género en este factor se asocian o no con algunas de las encontradas en ciertas dimensiones de la inteligencia cognitiva; al respecto, Bar-On informa que –al menos a un nivel global– el factor resolución de problemas del EQ-i no guarda relación significativa con medidas de capacidad y funcionamiento cognitivo (como con el WAIS, o el factor Razonamiento del 16PF).
Bar-On (1997a, 2000) también ha encontrado que existe una relación inversa entre las habilidades de resolución de problemas medidas por el EQ-i con diversas medidas de la ansiedad y depresión, lo cual sugiere que la concentración empobrecida derivada de problemas de ansiedad o depresión, interfiere con las habilidades de resolución de problemas. Dixon (2000) da cuenta que desde los años setenta se ha venido sugiriendo que las habilidades inefectivas de resolución de problemas conllevan a resultados estresantes y a desajustes psicológicos como la depresión. Si tenemos en cuenta nuestros propios resultados y el de investigaciones previas, es fácil advertir un probable vínculo entre la mayor capacidad de los varones para afrontar eventos estresantes y/o ansiógenos y su ventaja relativa respecto a las mujeres para la resolución de problemas. Nezu y Ronan (citados por Marcotte y col., 1999) han observado que ante situaciones estresantes, los individuos con mayores habilidades de resolución de problemas experimentan menores niveles de depresión, al contrario de aquellos cuyas habilidades de resolución de problemas son inefectivas.
Nolen-Hoeksema (2001) refiere que se ha establecido un vínculo entre la reactividad al estrés y la baja capacidad de resolución de problemas (que conlleva a la acumulación o surgimiento de nuevos estresantes). Dixon (2000) anota la existencia de investigaciones que también sugieren esta interacción, señalando a su vez que algunos estudios han dado indicios de que la autoestimación negativa de las capacidades de resolución de problemas (es decir, el no creer en las propias capacidades) puede ser el antecedente que desempeña un rol causal en el desarrollo de futuros síntomas depresivos.
Las diferencias de género observadas en el factor resolución de problemas de nuestra muestra podrían entonces guardar relación con su autorreportada capacidad para tolerar el estrés. Asimismo, considerando que la definición operacional del factor resolución de problemas refiere que guarda una asociación con el deseo de confrontar los problemas en lugar de evitarlos (Bar-On, 1997a) –es decir, la determinación de actuar–, también es posible advertir su vínculo con una característica considerada, a decir de Cross y Markus (1993), como típicamente masculina: la instrumentalidad. De hecho, Marcotte, Alain & Gosselin (1999) anotan que existe evidencia que señala que las habilidades de resolución de problemas cumplen un rol entre la instrumentalidad y la depresión.
Nadeem (1997) apunta que mientras las mujeres tienden a internalizar más sus comportamientos, los varones tienden más a externalizarlos, de ahí que estos últimos tiendan más a la instrumentalización, como cuando en el caso de su respuesta al estrés puede tomar la forma de agresión, todo lo cual tiene que ver con la percepción que ambos tienen de sus roles sociales y del grado de su conformidad con los mismos. Esa internalización, que es más típica de las mujeres, se traduce en pensamiento rumiativo, que no sólo puede incidir de manera directa sobre la depresión, sino también –como reconoce Nolen-Hoeksema (2001)– indirectamente sobre el deterioro de las habilidades de resolución de problemas, dificultando la toma de acciones concretas para superar los eventos estresantes. Son varios los autores que están de acuerdo en que el pensamiento rumiativo hace menos probable la instrumentalización de comportamientos que ayuden a retomar el control (Mazure, Keita; & Blehar, 2002; Piccinelli y Wilkinson, 2000).
No obstante que el vínculo entre las habilidades de resolución de problemas y el manejo de los eventos estresantes puede ser una explicación plausible a las diferencias de género encontradas, cabe también considerar otros aspectos del factor Resolución de Problemas del EQ-i para dilucidar mejor las diferencias observadas así como su dirección (los hombres superando a las mujeres en dichas habilidades). Del análisis del texto de los ítems que componen este factor es posible advertir que tal como la mayoría de éstos está enunciado, enfatizan la acción a un nivel personal, es decir, la autonomía en el comportamiento destinado a encontrar una "solución efectiva" a un problema, obviando el hecho de que el contenido de muchos de los problemas reales de la vida diaria incluyen elementos interpersonales (Strough, Berg & Sansone, 1996) tanto en su génesis como en su resolución.
Berg & Calderone (1994) proponen que las diferencias de género en los variados aspectos que implica el proceso de resolución de problemas (como el planeamiento o las estrategias) pueden ser comprendidas como el desarrollo de las diferencias en cómo los individuos definen sus propios problemas. Añaden que en general cualquier problema de la vida diaria puede contener diversos componentes que no están necesariamente bien definidos. Tomando la fundamentación y el ejemplo citado por Berg y Calderone podemos ver que: un problema de la vida diaria, como la refacción de una casa, implica tanto componentes de competencia (p.e., buscar los mejores materiales, saber afilar la herramienta correcta) como componentes interpersonales (p.e., manejar los desacuerdos con los contratistas o con los otros miembros de la familia). En línea con esta aproximación, estos autores señalan que determinada estrategia puede no ser siempre la más efectiva para la resolución de problemas, sino que su efectividad dependerá de cómo el problema es definido.
La orientación interpersonal de los esquemas de pensamiento, que es más característico de las mujeres, puede hacer que éstas también se inclinen más hacia una orientación interdependiente en la resolución de problemas. Como Strough, Berg & Sansone (1996) lo señalan, las diferencias de género en las autocaracterizaciones pueden también estar relacionadas con las metas del individuo para resolver los problemas de la vida diaria, siendo más probable que las metas de las mujeres sean más interdependientes que las de los varones, quienes pueden tener una mayor tendencia a reportar metas de independencia.
Por ello, también es posible que los ítems del factor Resolución de Problemas del EQ-i, al estar centrados básicamente en una orientación independiente de resolución de problemas, promuevan la emergencia de diferencias de género que favorecen a los hombres, puesto que tal como lo hemos revisado anteriormente, el accionar autónomo suele ser más característico de éstos. Quizás las diferencias de género en este factor se verían disminuidas si se consideraran ítems que exploren aspectos más amplios de las habilidades de resolución de problemas, ya que por ejemplo, debido a su mayor orientación interpersonal es probable que las mujeres se inclinen por soluciones efectivas que impliquen la participación de otros, balanceando así el mayor éxito de los varones en el uso de estrategias individualistas. La inclusión de ítems con contenidos de esa naturaleza sería deseable, pues como afirman Strough, Berg & Sansone (1996), la comprensión del proceso de resolución de problemas se ve enriquecido cuando se considera la naturaleza interpersonal de la resolución de problemas de la vida diaria y cuando se reconoce la multiplicidad de metas que los individuos tienen en estas situaciones.
Resta entonces, concentrarnos en la última diferencia significativa hallada entre los géneros. Como habíamos adelantado, no se ha observado efecto alguno del género sobre la dimensión Estado de Ánimo General (Tablas 58-60). De igual manera, si bien Bar-On (1997a, 2000) y Ugarriza (2001) reportan la existencia de diferencias de género en el factor Optimismo, en el presente estudio dichos hallazgos no fueron replicados (como tampoco en los de Stein, 1997a; Smith, 2001, y, Bar-On y col., 2000). Cabe mencionar que otras investigaciones que exploraron el factor optimismo en el contexto de otras conceptualizaciones de la inteligencia emocional (ver por ejemplo, Saklofske, Austin & Minski, en prensa) tampoco encuentran diferencias en el factor optimismo atribuibles al género. Donde sí hallamos diferencias significativas entre hombres y mujeres es en el factor Felicidad. En la mayor parte de investigaciones que han empleado el EQ-i no se reporta la existencia de diferencias de género en este factor, sin embargo, un claro y muy significativo efecto del género emergió en nuestra muestra: las mujeres obtienen puntajes más altos que los hombres en este factor (aventajándolos en el promedio con 4.8 puntos, a p < 0.01, siendo el género una variable que explica 1.9% de la varianza).
Nuestra revisión de la literatura académica nos ha permitido observar que el factor felicidad –tal como es conceptualizado en el EQ-i– puede ser equiparado por distintos teóricos con conceptos tales como "bienestar psicológico subjetivo" (Diener, Lucas & Oishi, 2001) y/o "satisfacción con la vida" (Veenhoven, 1994). Al respecto, si bien Myers & Diener (1995) anotan que son diversas las investigaciones que señalan que no existe un claro vínculo entre el género y la felicidad (y que el género explicaría menos del 1% del bienestar general de las personas), estudios de meta-análisis sobre muestras de aproximadamente 40 naciones realizados separadamente por Lucas y Gohm (citados por Diener, Lucas & Oishi, 2001) han encontrado diferencias de género en el bienestar subjetivo, que aunque pequeñas en su efecto, señalan que las mujeres reportan mayores niveles tanto de afecto placentero como desagradable. Por su parte Veenhoven (1994) da cuenta de que los resultados de diversas investigaciones alrededor del mundo permiten concluir que las diferencias en la satisfacción con la vida según el sexo tienden a ser pequeñas y variables: mientras los varones reportan sentirse más felices en algunos países, las mujeres lo hacen en otros. En nuestro país, mientras un estudio de Alarcón (2001) encontró que el género no es una variable determinante en los niveles de felicidad, otra reciente investigación enmarcada en el modelo de IE de Bar-On ha encontrado que los hombres tienen puntuaciones significativamente más altas que las mujeres en el factor felicidad (Ugarriza, 2001).
No obstante, en nuestro estudio el género emerge como una variable cuyos efectos son altamente significativos sobre la felicidad, según el cual las mujeres aventajan a los hombres. Teniendo en consideración todos estos hallazgos, cabe una inquietud que guarda relación con algunos otros de nuestros resultados: si como hemos visto, las mujeres tienen menores habilidades para afrontar el estrés y para la resolución de problemas (lo cual ha sido asociado con su proclividad a la depresión), por qué éstas reportan mayores puntuaciones de felicidad que los hombres; pues a la luz de esas desventajas se esperaría que los varones sean quienes obtengan mejores puntuaciones en felicidad, o, por lo menos, que no existan diferencias significativas entre los géneros en este factor.
Esto último es en realidad una cuestión que varios investigadores intentan aclarar en sus estudios sobre bienestar subjetivo y felicidad. Lu (2000) sostiene que análisis más profundos en el nivel general de bienestar psicológico señalan que aunque las mujeres pueden no ser muy diferentes que los varones o pueden obtener mayores puntuaciones que éstos, existen significativas y profundas diferencias de género en algunas facetas específicas del constructo de bienestar. Lu refiere que las mujeres señalan obtener mayor felicidad a partir de sus relaciones interpersonales armónicas, sobre todo cuando involucran a los miembros de la familia, mientras, los hombres afirman obtener mayor felicidad de sus logros materiales y del éxito profesional. En sus estudios sobre diferencias conyugales y de género en la felicidad, Lu encontró que si bien las mujeres mostraban mayores índices de felicidad que los hombres, ello no se veía reflejado en diferencias en la salud mental reportada, es decir, a pesar de que las mujeres podían sentirse más felices que los hombres ello no garantizaba que se vieran menos afectas a síntomas relacionados a la depresión, ansiedad o síntomas somáticos, hallazgos consistentes con los de otros investigadores referidos por Lu.
Al respecto conviene recordar, como apuntan Piccinelli & Wilkinson (2000), que el mayor estilo afiliativo de las mujeres y el consecuente apoyo social que de éste se deriva no es necesaria garantía para la evitación o superación de síntomas depresivos debido al costo de la preocupación (es decir, a los costos que a uno le acarrea el sentirse más conectado con otras personas y sus problemas, que pasan a convertirse en eventos estresantes para uno mismo).
Considerando lo anterior, así como nuestros hallazgos en el área de relaciones interpersonales (donde las mujeres tienen sus mayores fortalezas) y de manejo del estrés (donde los hombres las superan), los resultados del factor felicidad parecen tornarse aún más paradójicos. A fin de examinar mejor el efecto del género sobre este factor, decidimos realizar otro análisis de varianza a nivel de ítems (Anexo 1, Tabla 133). Los resultados de dicho análisis nos revelan un casi unánime efecto del género visible a través de 7 de los 9 ítems examinados. Se aprecia que en un único ítem (el N° 91, que evalúa la frecuencia del sentirse contento con la propia vida) el género no tuvo efecto alguno. De manera interesante, se observó que en el ítem 77, que explora directamente la tendencia a la depresión, el efecto del género fue inverso: los varones obtienen mayor ventaja que las mujeres. Lo último clarifica mejor el panorama: las fortalezas denotadas por las mujeres en el factor felicidad pueden tener lugar a pesar de su mayor tendencia hacia la depresión.
Los recientes trabajos de Schimmack, Oishi, Furr & Funder (2002) nos brindan evidencia que apuntala aun más nuestra aserción. Teniendo como base los múltiples estudios que dan cuenta que las medidas de Extroversión y Neuroticismo[41] han resultado ser predictores confiables de la felicidad, Schimmack y col. se propusieron determinar qué facetas de estas dimensiones contribuyen más a la felicidad. Otros investigadores habían resaltado el hecho de que aunque las mujeres puntúan más en neuroticismo reportan niveles superiores o al menos similares de satisfacción con la vida que los varones. Algunos han sugerido que las también altas puntuaciones de las mujeres en extroversión compensan sus altas puntuaciones en neuroticismo, sin embargo se había visto que lo último no siempre ha sido consistente: en otros casos los varones puntúan más en extroversión y ello no se refleja en sus niveles de satisfacción.
Schimmack y col. (2002) parecen haber resuelto esa inconsistencia, encontrando que de las diferentes facetas de las dimensiones neuroticismo (ansiedad, ira, depresión, autoconciencia, inmoderación y vulnerabilidad) y extroversión (afabilidad, sociabilidad, asertividad, nivel de actividad, "búsqueda de emociones"[42] y animosidad), sólo dos facetas muestran un poder predictivo que indica que se bastan por sí mismas para explicar las diferencias en la expresión del nivel de felicidad: la depresión y la animosidad (o "buen talante"), factores en los cuales las mujeres siempre ostentan altas puntuaciones. Si bien otros estudios habían sugerido que las emociones negativas asociadas a las diversas facetas de Neuroticismo contribuyen al detrimento del bienestar psicológico del individuo, Schimmack y col. señalan que la depresión tiene los efectos más severos[43].
En el estudio referido, las mayores diferencias de género se presentaron justamente en facetas como la ansiedad, por ejemplo, faceta que en realidad, según se descubrió, no contribuye mayormente a la satisfacción con la vida. Se ha observado que los varones puntúan más alto que las mujeres en algunas otras facetas de la extroversión, pero en facetas sin mayor peso sobre el nivel de bienestar psicológico. Schimmack y col. concluyen que las diferencias de género en las facetas depresión y animosidad, que guardan fuerte relación con la satisfacción con la vida, exhiben diferencias que se cancelan las unas con las otras, lo cual es consistente con la ausencia –en muchos casos– de diferencias en los niveles de felicidad de varones y mujeres.
Lo anterior es una buena pista para la mejor comprensión de la relación entre el género y el factor felicidad hallada en el presente estudio, sin embargo, también es pertinente mencionar que existen otros estudios que han tratado de dilucidar hallazgos como el nuestro. Fujita, Diener, & Sandvik (1991) han examinado la contribución de las variables intensidad del afecto[44] y género sobre los niveles de felicidad, encontrando que mientras el género sólo explica el 1% de la varianza observada en dicho factor, la intensidad del afecto explica el 13%. Ello permite entender porqué los estudios sobre depresión en los que se encuentra un mayor afecto negativo en las mujeres no se contradicen con los hallazgos sobre niveles equivalentes de felicidad entre géneros (o donde las mujeres puntúan más, como en nuestro estudio), pues a menudo el hecho de que las mujeres experimenten emociones positivas de manera muy intensa, balancea su también alto afecto negativo. Aunque por lo general las mujeres son más reactivas a los estímulos negativos que a los positivos, las mujeres experimentan ambas emociones de manera más intensa que los varones, lo cual para Bryant, Yarnol & Grimm (1996) refleja diferencias de género en términos de socialización diferenciada según lo cual, las mujeres son más proclives a expresar sus emociones negativas. Grossman & Wood (1993) por su parte señalan que la mayor intensidad emocional de las mujeres en relación a los hombres proviene de las expectativas normativas sobre diferencias de género que tiene lugar como resultado de los roles sociales de hombres y mujeres.
Sin duda, nuestros hallazgos sobre los efectos del género en la IE han mostrado en su mayor parte coincidencias con los resultados de investigaciones previas. En algunos factores no fueron replicados anteriores descubrimientos, habiéndose realizado incluso hallazgos discrepantes y/o, aparentemente, paradójicos. Sin embargo, creemos que todo marco explicativo elaborado guarda coherencia con el argumento de que las expectativas de género se constituyen en variables que podrían haber mediado en las diferencias que hemos encontrado.
En este punto, discutiremos los resultados correspondientes a la variable edad, con la introducción de nuestros hallazgos preliminares, los cuales reportaremos de manera menos extensa. Así, hemos podido observar que no existen diferencias en el CE total atribuibles a la edad (Tablas 4-6), como tampoco en gran parte de los componentes de la IE (Tablas 67–130), habiendo sido posible comprobar que existe un patrón más o menos común en cada uno de los factores que componen la IE (ver Gráfico 10) que coincide con los hallazgos de Bar-On (1997a) donde se observaron niveles ascendentes según la edad con un máximo pico en la mediana edad (40-49 años) y un relativo descenso después de los 50 años, lo cual ha sido también confirmado por los estudios de Derksen, Kramer & Katzko (2002) y Ugarriza (2001). Cabe destacar que estudios enmarcados en modelos de IE como habilidad mental (ver por ejemplo, Mayer, Caruso & Salovey, 1999) sugieren de igual manera que los adultos tienden a tener mejores niveles de IE que los adolescentes.
Las diferencias relacionadas a la edad emergieron en sólo en 3 de los 15 factores que componen el EQ-i. De esos tres factores, dos contribuyeron a que el efecto de la edad se vea reflejado en la dimensión que componen.
No se encontraron diferencias significativas de edad en la dimensión Intrapersonal de la IE ni en ninguno de sus factores (Autoconciencia Emocional, Asertividad, Autoestima, Autorrealización e Independencia) (Tablas 67-84). Aunque se hicieron evidentes ciertas diferencias entre los diferentes grupos de edad (las cuales fueron más notorias para los factores autoconciencia emocional e independencia), en promedio, todas las diferencias estuvieron lejos de ser significativas; el único factor que estuvo más próximo a la significancia estadística fue Independencia (p = 0.085, Tabla 83).
El efecto de la edad tampoco se reflejó en la dimensión Interpersonal (Tablas 85-87) ni en sus factores Relaciones Interpersonales (Tablas 88-90) y Empatía (Tablas 95-97). El factor Responsabilidad Social (Tablas 91-93) sí reportó diferencias bastante significativas (p < 0.01), observándose que la variable edad explica el 3.3% de la variación en las puntuaciones obtenidas. El análisis post hoc test realizado (Tabla 94) nos permitió conocer cómo los grupos de edad diferían entre sí. De esa manera, ha sido posible apreciar que las personas de mayor edad aventajan a los más jóvenes. Aunque no hay diferencias estadísticamente significativas entre los grupos de individuos de 40-49 años, de 50 a más años, de 30-39 años y de 20-29 años, existen algunas diferencias entre las puntuaciones alcanzadas por los mismos (de más altas a menos, que guarda correspondencia con el orden cómo aquí son presentados). El grupo con las menores puntuaciones es el de 16-19 años, el cual se diferencia significativamente con los grupos de personas de 40 a más años, pero no con aquellos comprendidos entre los 20 y 39 años.
Las diferencias significativas en relación a la edad en la dimensión Adaptabilidad (p < 0.001, con un efecto sobre el 5.2% de la varianza observada) (Tablas 98-101) reflejaron las diferencias encontradas en 2 de sus 3 factores. En esta dimensión se pudo apreciar un patrón de diferencias de edad algo similar a lo visto en el factor Responsabilidad Social (los de mayor edad puntuando más). Sin embargo, en la dimensión Adaptabilidad, los grupos de mayores puntuaciones resultaron ser (en ese orden) el de personas de 40-49 años, 30-39 años, 50 a más años y 20-29 años, los cuales pese a las relativas ventajas de unos sobre otros, ostentan puntuaciones estadísticamente equivalentes. El grupo con las puntuaciones más bajas resultó ser el de 16-19 años, el cual aunque se diferencia de manera significativa con los grupos de 30 a más años, mantiene similitudes con el grupo de 20-29 años. Encontramos, asimismo, que la edad no parece tener efectos significativos sobre el factor Resolución de Problemas (Tablas 102-104).
También ha sido posible apreciar que la edad tiene un efecto muy significativo sobre los factores Sentido de Realidad (p < 0.001, explicando el 4.9% de la varianza) (Tablas 105-108) y Flexibilidad (p < 0.01, influyendo sobre el 4.2% de la varianza) (Tablas 109-111). En el factor Sentido de Realidad el patrón de diferencias entre los grupos de edad es idéntico al descrito para la dimensión Adaptabilidad. En el factor Flexibilidad, en cambio, es posible apreciar que a pesar de que no existen diferencias significativas entre los grupos correspondientes a las personas –en orden de puntajes promedio– de 40-49 años, 30-39 años, 20-29 años y 50 a más años, este último grupo está bastante por debajo de los otros grupos en término de puntos CE. El grupo de menor edad (16-19 años) obtiene las puntuaciones más bajas, y aunque difiere significativamente con los grupos comprendidos entre los 20 y 49 años, sus puntuaciones son estadísticamente equivalentes a las del grupo de 50 años a más.
No fueron encontradas diferencias significativas en la dimensión Manejo del Estrés ni en ninguno de sus factores (Tolerancia al Estrés y Control de Impulsos) (Tablas 114-122), como tampoco en la dimensión Estado de Ánimo General y sus dos componentes (Felicidad y Optimismo) (Tablas 123-130).
En general, nuestros hallazgos nos revelan que aunque en la mayoría de factores no hay diferencias significativas atribuibles a la edad, emerge un patrón de diferencias menores que sugieren que existe un aumento progresivo en las puntuaciones de IE hasta una mediana edad (40-49 años) y un ligero descenso después de los 50 años. Si bien este patrón de incremento (no significativo a nivel estadístico) es relativamente consistente a través de todas las áreas de la IE, factores como la asertividad, relaciones interpersonales, empatía y felicidad, por ejemplo, tienden a mostrar un perfil irregular que revelaría su mayor autonomía respecto a la variable edad (ver Gráfico 10). Las investigaciones de Derksen, Kramer & Katzko (2002) también han revelado que los diferentes factores del EQ-i no siguen necesariamente el mismo patrón –sobre todo en términos de proporción– de incremento y/o decremento en función de la edad.
El análisis realizado por Bar-On (1997a) sobre los efectos de la edad sobre la IE le permitió encontrar diferencias significativas en 12 de los 15 factores del EQ-i, a saber, autoconciencia emocional, asertividad, autorrealización, independencia (dimensión Intrapersonal), responsabilidad social, empatía (dimensión Interpersonal), resolución de problemas, sentido de realidad, flexibilidad (dimensión Adaptabilidad), tolerancia al estrés, control de impulsos (dimensión Manejo del Estrés), felicidad y optimismo (dimensión Estado de Ánimo General); según Bar-On el cociente emocional total reflejó también diferencias significativas atribuibles a la edad. Sin embargo, en el presente estudio, no ha sido posible replicar sus hallazgos en todas las áreas, observándose que las únicas coincidencias se dan en los factores responsabilidad social, sentido de realidad y flexibilidad. Por su parte, el examen sobre las diferencias de edad en el EQ-i referido por Stein (1997b), señala que la edad tuvo efectos notables sólo en los factores autoconciencia emocional, independencia, responsabilidad social, y que las diferencias de edad encontradas en los factores resolución de problemas y optimismo se vieron reflejadas en las diferencias reportadas en las dimensiones que componen (Adaptabilidad y Estado de Ánimo General, respectivamente). Ugarriza (2001) en cambio, reporta la existencia de diferencias significativas atribuibles a la edad en todos los factores y dimensiones de la IE.
La existencia de un perfil de incremento de la IE conforme los individuos se van haciendo mayores, ha sido también sugerido por Goleman (1996, 1998) quien sostiene la tesis de que la IE se desarrolla con la edad, utilizando para ello un antiguo concepto psicológico: la madurez. Según Goleman "la inteligencia emocional tiende a incrementarse en la medida que aprendemos a estar más conscientes de nuestros estados de ánimo, a manejar mejor las emociones aflictivas, a escuchar y ser más empáticos –en otras palabras, al hacernos más maduros" (1998, p. 240). Esto, como vemos en el presente estudio, no es consistente para todas las áreas de la IE.
El marco explicativo que sustenta estos resultados puede basarse en mucho de lo que también a priori suponemos. Podemos tomar como punto de partida lo sostenido por Alarcón (2001), quien comentando sus hallazgos de los efectos de la edad sobre la felicidad y el bienestar subjetivo[45] se vale del argumento de que las personas mayores tienden a regular mejor sus emociones, debido a que han aprendido a "maximizar los afectos positivos y a minimizar los afectos negativos" (p. 42). Así también es posible que las personas de mayor edad tiendan a puntuar significativamente más alto que las menores en el factor Responsabilidad Social debido a que a través de su más largo vivir hayan aprendido a actuar de manera más responsable en el contexto de sus interrelaciones, sintiéndose más comprometidos con el bienestar de quienes los rodean y más apegados a las reglas sociales que regulan las relaciones de grupo.
De manera análoga, las puntuaciones más altas de las personas mayores en el factor Sentido de Realidad podrían tener relación con el hecho de que durante esa etapa de la vida las personas tienden más a replantearse su trayectoria de vida y reajustar sus metas de acuerdo a lo que han ido alcanzando, poniendo mayor énfasis en el pragmatismo y la objetividad, siendo más propensos a conservar una perspectiva amplia y realista, buscando la correspondencia entre lo que sienten y desean con aquello que les es realmente posible. Resulta interesante anotar, que esto resultaría aun más cierto para los individuos de entre 30-49 años, y algo menos acentuado para los mayores de 50, ya que es posible que estos últimos, progresivamente, tiendan a dar más rienda suelta a su capacidad para el análisis retrospectivo de su vida, razón por la que no siempre puedan conservar el mismo nivel de contacto con las situaciones de la vida diaria, y se sientan en cambio más identificados con aquellos eventos más añorados. También es destacable que según nuestros resultados, los grupos de menor edad –sobre todo los adolescentes– serían más tendientes a idealizar sus posibilidades respecto a perspectivas futuras, razón por la que obtienen un bajo promedio de CE en este factor.
Los hallazgos en el factor Flexibilidad resultan asimismo ilustrativos sobre los efectos de la edad en la habilidad para el reajuste de las emociones, pensamientos y comportamientos a las situaciones cambiantes. Aquí encontramos que los grupos que comprenden a los individuos de entre 20 y 49 años obtienen las más altas puntuaciones, seguidos por el grupo de los mayores de 50 años, y, más abajo por el de menores de 20 años. Este patrón de diferencias resulta interesante, pues los grupos de "edad intermedia" (20-49 años) tenderían a tener posturas más flexibles, y mostraría cómo las personas mayores de 50 años, que comúnmente en esa etapa de su existencia han estructurado ya una "visión de vida" más acorde con los valores a los que por sí mismos se han adscrito, podrían encontrarse más sujetas a los convencionalismos de su generación (en comparación con aquellos de "edad intermedia"), por lo cual estarían menos inclinados a enfrentar lo nuevo o impredecible, y menos aun a aquello que desafíe su forma de ver el mundo, razón por la que su actuar sea menos flexible.
Los adolescentes en cambio, podrían contar con menores niveles de flexibilidad no porque estén cerrados de plano a las ideas u orientaciones nuevas (sobre todo si se trata de romper esquemas de lo "viejo" o de asumir una actitud rebelde), sino porque su relativa poca experiencia los haga sentirse más seguros en la medida que se apeguen a las prácticas que han aprendido, ya que podrían sentirse menos capaces de manejar cambios imprevistos o asimilar ideas contrarias a las que le fueron inculcadas, razón por la que tendrían una inicial mayor resistencia a afrontar y/o tolerar lo no familiar o aquello que rete sus estereotipos, en algunos casos por un apego a sus esquemas, en otros por prejuicios e incluso por capricho, lo cual es algo que llegarán a manejar mejor en su adultez.
En general nuestros resultados en relación a la variable edad sugieren que sus efectos sobre la IE son escasos. Aunque Stein (1997b) señala que hallazgos como los reportados confirman el saber popular de que la "madurez emocional" llega con edad y la experiencia, el grado en que esta variable influye sobre el conjunto de factores del EQ-i, (que en el mejor de los casos contribuye a explicar poco más del 5% de la varianza), nos sugiere que otros serían los factores de mayor preponderancia sobre el patrón de diferencias observado en la presente investigación. Resulta evidente de que la edad per se (con el cúmulo de experiencias que conlleva la vivencia de más años) no es una variable definitoria de un buen nivel de IE. Más importante que la cantidad de experiencias lo es su calidad y la forma en que éstas son asimiladas.
De igual manera hemos visto cómo el género es un factor relevante en algunos factores que componen la inteligencia emocional según el modelo de Reuven Bar-On; sin embargo, su efecto sobre las puntuaciones de la muestra evaluada es bastante modesto (explicando sólo entre el 1% y 6.9% de la varianza). Ello está en línea con lo reportado por Bar-On (1997a), y coincide asimismo con lo que Eagly y Wood (citados por Lott & Maluso, 1993) concluyen en relación a que el efecto del género sobre muchas de las variables psicológicas investigadas suele explicar no más del 5% de las diferencias halladas; diferencias especialmente coincidentes en áreas sensibles a las expectativas estereotipadas de género.
En suma, la presente investigación nos ha permitido conocer que
tanto el género como la edad tienen efectos que, en mayor o menor
medida, inciden sobre determinados factores que componen la IE, los cuales
al ser debidamente sopesados resultan útiles en la comprensión
de la dinámica psicológica subyacente a la expresión
de la inteligencia emocional.
RESUMEN, CONCLUSIONES,
LIMITACIONES, IMPLICANCIAS Y DIRECCIÓN FUTURA
El presente estudio ha tenido como objetivo determinar si existen diferencias de género y edad en la expresión de la inteligencia emocional (IE); para lo cual nos hemos valido de una muestra conformada por individuos reclutados y evaluados a través de la Internet.
Si bien el empleo de la Internet en una variedad de actividades es un fenómeno ya ampliamente extendido (calculándose que hacia el 2002 el número de usuarios alrededor del mundo bordeaba los 600 millones; en el Perú, los 3 millones), no muchos conocen sus aplicaciones en la investigación psicológica, no obstante que no sea difícil deducir el surgimiento de una "Psicología del Ciberespacio", que se presta para una rica exploración y escrutinio científico. La comprensión de estos temas resulta central a fin de conocer la viabilidad de la metodología empleada en el presente trabajo y de sopesar, como se ha hecho, las ventajas y desventajas del uso de la Internet en la investigación.
Una revisión de la literatura sobre inteligencia y emociones sirve como base para comprender el vínculo entre estas dos variables así como el estado actual de su estudio. En el caso de la inteligencia podemos advertir cómo, a pesar de que su estudio científico lleva casi un siglo, no existe aún consenso sobre su naturaleza. Especial atención merecen la "teoría de las inteligencias múltiples" y la "teoría triárquica de la inteligencia" ya que ambas, desde el campo cognitivo, tienen evidentes correlatos con la IE y su emergencia como constructo psicológico. Un repaso de las principales teorías sobre las emociones sirve como base para la comprensión de la importancia de éstas en la supervivencia y en la configuración de nuestra naturaleza como seres humanos; una introducción a las aproximaciones contemporáneas sobre las emociones –que profundizan en sus fundamentos neurológicos– nos permite conocer su dinámica y su interacción con las capacidades cognitivas.
El nexo entre la emoción y la razón queda aun mejor establecido y comprendido en el contexto de las teorías sobre inteligencia emocional. Entre los modelos más destacados de IE figuran, el que la aborda como "habilidad mental", aquel otro que la considera dentro de una "teoría del performance" (de competencias emocionales), y el que la concibe en el marco del bienestar psicológico (en un modelo factorial). La presente exploración de las diferencias de género y edad en la IE es tomada desde la perspectiva de este último modelo, delineado por Reuven Bar-On.
Un examen del estudio de las diferencias de género nos ilustra sobre las dimensiones psicológicas sensibles a denotar diferencias, tanto en el área de habilidades cognitivas como del comportamiento social, y nos introduce algunos argumentos que se han ensayado para explicar la fuente de tales diferencias, lo cual contempla tanto factores biológicos como ambientales; al respecto, el papel del rol y de los estereotipos de género resultan especialmente interesantes.
Haciendo uso de la Internet como plataforma para el levantamiento de información, una versión electrónica –especialmente preparada para esta investigación– del Inventario de Cociente Emocional de BarOn fue publicada en una página web. La inclusión de dicha página en los principales buscadores, así como la invitación a participar en el estudio realizada a través de foros y comunidades virtuales, atrajo a un número considerable de participantes. La muestra de internautas analizada estuvo conformada por 417 personas de ambos sexos, de edades comprendidas entre los 16 y 70 años, de habla hispana, provenientes de un total de 23 países. El tratamiento estadístico de la data recolectada se llevó a cabo con el software SPSS; la técnica elegida para el descubrimiento de diferencias significativas fue el Análisis de Varianza (One-Way ANOVA), empleándose también, complementariamente, medidas de tamaño de efecto y de análisis post hoc test (de exámenes a posteriori).
Definidos el género y la edad como variables independientes y las puntuaciones de cociente emocional como variable dependiente procedimos a procesar nuestros resultados. En relación al género se pudo conocer que, aunque su efecto no se hace ostensible en la inteligencia emocional general del grupo estudiado –es decir, que hombres y mujeres reportan promedios similares en su cociente emocional total–, las diferencias de género sí se hicieron notables en varios de los factores que componen la IE del modelo de Bar-On. En general, se hallaron diferencias significativas en 2 de sus 5 dimensiones (a saber, en las puntuaciones de CE Intrapersonal y CE Manejo del Estrés), y en 9 de sus 15 factores. Se encontró que los factores en los cuales las mujeres muestran promedios significativamente más altos que los varones son los siguientes: autoconciencia emocional (dimensión Intrapersonal), relaciones interpersonales, responsabilidad social, empatía (dimensión Interpersonal) y felicidad (dimensión Estado de Ánimo General). Los varones por su parte obtuvieron puntajes más altos en los siguientes factores: resolución de problemas (dimensión Adaptabilidad), tolerancia al estrés y control de impulsos (dimensión Manejo del Estrés).
Un análisis en detalle de las diferencias de género encontradas en el factor asertividad, en el cual de manera preliminar se encontró que las mujeres obtienen puntuaciones más altas que los varones, permitió constatar que dicha diferencia, si bien estadísticamente significativa, no era consistente, llegando a ser explicada no en términos de una mayor asertividad sino de una mayor tendencia a la expresividad emocional (de comunicación de un estado de ánimo). En general, todas las diferencias de género encontradas son explicadas en el marco de roles y estereotipos de género, en el que se destaca la orientación interpersonal en el esquema de pensamiento de las mujeres.
Los análisis sobre los efectos de la edad sobre la IE también señalaron la no existencia de diferencias atribuibles a dicha variable en el CE total de la muestra investigada. Sin embargo, significativas diferencias de edad emergieron a lo largo de 3 factores y en una de sus dimensiones. Los factores fueron los siguientes: responsabilidad social (dimensión Interpersonal), sentido de realidad y flexibilidad (dimensión Adaptabilidad). Las diferencias de edad en estos dos últimos indujeron a que se observaran también diferencias en la dimensión que componen. En general, las diferencias favorecieron a los individuos de mayor edad. Aunque las diferencias de edad sólo fueron significativas en los factores mencionados, fue posible apreciar un patrón de diferencias en los promedios de los grupos bastante similar a través de casi todos los factores, observándose puntuaciones ascendentes que alcanzan un pico máximo en la mediana edad (40-49 años) y un relativo descenso después de los 50 años.
Los hallazgos respecto a la variable edad son explicados en relación a la madurez psicológica, sin embargo, se pone en relieve que, en contraste a las investigaciones que reportan diferencias de edad en un mayor número de factores de la IE, resulta probable que el patrón de diferencias observado en nuestra muestra podría ser mejor explicado por otras variables con mayor peso que la edad per se.
De hecho, se ha podido constatar que si bien tanto el género
como la edad tienen efectos relativos sobre la expresión de IE,
dichos efectos son pequeños en magnitud (explicando sólo
entre el 1% y 6.9% de la varianza), lo cual sugiere que en gran parte el
patrón de diferencias encontrado podría ser atribuido a factores
más determinantes (como el nivel de apego a roles y/o estereotipos
de género, el nivel de apoyo a los convencionalismos de las normas
sociales, la exposición diferencial de experiencias de vida y su
asimilación, entre otros). No obstante ello, los hallazgos del presente
estudio sugieren que el género y la edad son variables que se constituyen
por sí mismas en atributos a tener en cuenta en la comprensión
de la dinámica psicológica subyacente a la expresión
de la inteligencia emocional. Por otro lado, la ejecución del presente
trabajo ha permitido demostrar que el uso de la Internet como herramienta
para el desarrollo de la investigación psicológica es viable.
Luego de haber analizado la información recolectada y discutido sus implicancias, hemos llegado a las siguientes conclusiones:
5.3 LIMITACIONES, IMPLICANCIAS Y DIRECCIÓN FUTURA
En general, bajo la consideración del carácter exploratorio de esta investigación y de la naturaleza descriptiva de la misma, los resultados aquí presentados no pretenden ser concluyentes. El presente estudio se ha planteado de manera cualitativa, por lo que el propósito no ha sido la cantidad y la estandarización, sino la riqueza, profundidad y calidad de la información. La fuente de las diferencias grupales en la expresión de la inteligencia emocional aquí encontradas podrá ser mejor precisada en la medida que en investigaciones ulteriores se controlen otras variables que podrían tener influencia sobre aquella porción de la varianza no explicada por el género y la edad, más aun teniendo en cuenta –como ha sido constatado– que los efectos de estas dos variables sobre la IE son modestos. En tal sentido, se espera que la información obtenida por medio de nuestra investigación coadyuve a generar datos e hipótesis que se constituyan en material útil de futuras investigaciones.
A través del análisis y discusión de los resultados correspondientes a la variable género, se ha hecho evidente nuestra inclinación por marcos explicativos basados en la probable influencia de los roles y estereotipos de género. Si bien nuestra investigación tiene un diseño descriptivo, consideramos conveniente ensayar explicaciones que puedan dar dirección a trabajos futuros que eventualmente consideren otros modelos (de exploración predictiva o experimentales) que controlen aquellos factores socialmente moldeados que a nuestro parecer tienen un peso significativo en la emergencia de las diferencias encontradas (especialmente en la variable género).
Aunque creemos que los factores biológicos pueden predisponer el comportamiento de todo ser humano, compartimos la perspectiva de teóricos como Geis (1993) quien anota que nuestro elaborado sistema cognitivo (con su alta plasticidad para el aprendizaje –apego a las normas y expectativas sociales– y su susceptibilidad para sesgar el juicio) tiene una fuerte influencia sobre las predisposiciones biológicas, en muchos casos minimizándolas. Es un hecho que hombres y mujeres difieren en buena parte de la expresión de su comportamiento y en sus esquemas de pensamiento; la tarea es dilucidar el origen de esas diferencias e identificar los factores que más influyen en su aparición.
Kelly & Hutson-Comeaux (1999) apuntan que para muchos investigadores, las diferencias en el estereotipo basado en el género que se tiene sobre las emociones, se deben a diferencias en la expresión de las emociones y no en la capacidad de experimentar tales emociones, es decir, que las reportadas diferencias según el género en el campo emocional tienen lugar sólo en la dimensión de la expresividad emocional. Ello se hace más notorio en estudios que emplean métodos de autorreporte, pues es en éstos donde generalmente se encuentran diferencias que se alinean con los estereotipos de género; las investigaciones que emplean medidas fisiológicas, por su parte, tienden a reportar pocas diferencias de género.
Los experimentos de Grossman y Wood (1993) han dado evidencia de que el apego a las expectativas normativas sobre las diferencias género se relaciona con las diferencias de género en las emociones que se experimentan, demostrando que cuando las expectativas son manipuladas los resultados suelen ser similares tanto para varones como mujeres. El hecho de que resultados como éstos se obtengan principalmente a través de instrumentos de autorreporte sugiere que los mismos contribuyen en alguna medida a la aparición de estas diferencias; observación también referida por de Oca (2000) al señalar que los autorreportes globales o los autorreportes sobre eventos pasados podrían reflejar estereotipos de género.
Un reciente estudio de Petrides, Furnham & Martin (en prensa) sobre rasgos y habilidades de inteligencia emocional autoestimados[46] muestra como hombres y mujeres basan sus autoestimaciones en estereotipos sobre fortalezas y/o debilidades asociadas al género; sesgo que también se observa cuando ellos mismos juzgan la IE de sus padres. En dicho estudio se indagó también por las estimaciones que éstos hacían de su propio cociente intelectual y el de sus padres (anteriores trabajos han dado evidencia de que al autoestimar su capacidad intelectual, en promedio los hombres creen ser más inteligentes, y las mujeres creen serlo un poco menos).
Petrides, Furnham y Martin encontraron que en general las autoestimaciones de la IE siguen el mismo patrón observado en la autoestimación del CI, sólo que en el caso de la IE las mujeres salen más favorecidas. Las mujeres se dan a sí mismas autoestimados significativamente más altos que los varones, quienes se otorgan menores puntuaciones. De manera interesante, los participantes de ambos sexos juzgan a sus madres como más emocionalmente inteligentes que sus padres (en concordancia con la asociación que se hace de la "racionalidad" con lo masculino y la "emocionalidad" con lo femenino). Entre las conclusiones de dicho estudio se advierte que las percepciones sobre IE suelen estar mucho más ligadas a lo femenino en comparación con las percepciones sobre el CI, que es asociado con lo masculino. Esto se constituye en fuerte evidencia de cómo las expectativas basadas en el rol de género contribuyen a las diferencias observadas entre varones y mujeres.
Resta entonces considerar los sesgos que podría tener el instrumento que hemos empleado: el BarOn EQ-i, el cual aunque no mide un autoestimado directo o "crudo" de las propias habilidades de la IE, es al fin y al cabo un instrumento de autorreporte, en el que más allá de la discusión sobre el riesgo de que un individuo pueda manipular sus respuestas, cabe la inquietud de en qué medida el reporte retrospectivo que hombres y mujeres hacen de su propio comportamiento se ve afectado por los estereotipos de rol de género con la que sus expectativas viene cargadas. Será interesante ver el tamaño de estas diferencias al controlar aspectos como los comentados (el nivel de apego a dichas expectativas o el método de medición), así como los contextos en que se hacen notorios.
Por otro lado, paralelo al método de recolección de información psicológica que empleamos, está el de la plataforma sobre la cual se basó: la Internet. Si bien cada vez son más numerosos los investigadores que usan este medio debido a sus grandes ventajas y beneficios en la investigación (ver por ejemplo, Birnbaum, 2000; 2001); hay quienes sostienen que no se debe dar por sentado que las propiedades psicométricas de una prueba publicada online serán las mismas que las de su versión de lápiz y papel. A pesar de que en nuestro estudio no se llevó a cabo un análisis exhaustivo que explorara esta cuestión, sí hicimos un examen del nivel de confiabilidad (consistencia interna) de la versión electrónica del EQ-i que preparamos (usando para ello las respuestas obtenidas de nuestra muestra), según el cual el coeficiente alfa fue altamente satisfactorio: 0.96 según el método de Cronbach.
Respecto a la modalidad que empleamos para el reclutamiento de participantes de esta investigación, por la cual convenimos en establecer una suerte de "muestra abierta", que si bien da pie a la oportunidad de contar con la participación potencial de un gran número de respondientes, puede de igual modo atraer a personas que no tomen en serio el estudio y sus respuestas restar precisión a los resultados. Quizá el empleo de claves para un acceso restringido a la web donde se monte un estudio online permita que en investigaciones posteriores se tenga un mayor control sobre ello. No obstante, la modalidad que empleamos con seguridad promovió la participación de un mayor número de internautas de manera más dinámica; además, creemos que el hecho de haber ofrecido retroalimentación a los participantes los motivó a responder con mayor sinceridad.
Existen, de igual manera, algunas consideraciones respecto la composición y naturaleza de la muestra investigada en relación al hecho de que los individuos participantes provinieran de diferentes países, donde la peculiaridad de cada cultura afecta de manera diferenciada las características de hombres y mujeres. Es preciso subrayar que en cuanto seres humanos, varones y mujeres compartimos una serie de características comunes, características que a nivel psicológico incorporamos a nuestro yo como consecuencia de la socialización. Si bien tal proceso de socialización tiene lugar de manera diferenciada según la cultura, lo cual puede resultar en peculiaridades en la expresión de determinados comportamientos o esquemas de pensamiento, cuando tomamos la variable género, estamos tratando con una variable que según investigaciones interculturales realizadas (Best & Williams, 1990; Williams y Best, 1993) suele estar impregnada de estereotipos o roles compartidos –en mayor o menor grado– en prácticamente todas las culturas estudiadas, de ahí que se acepte la existencia de similitudes panculturales en el área de estereotipos de género que sobrepasan en mucho el argumento de diferencias culturales.
Debido a que nuestra muestra está conformada por individuos provenientes de diversos países (ver Cuadro 10 y/o Gráfico 9), podría objetarse su variabilidad intercultural. Sin embargo, hay que tener en cuenta que pese a su localización geográfica, los sujetos de nuestra muestra, pertenecen a países que comparten cierta idiosincrasia en común (la hispanoamericana) y ostentan además cierto nivel educativo (inferible a partir del Cuadro 14) que homologa relativamente su exposición a los parámetros básicos que rigen su sociedad (constituidos por roles, prejuicios y/o estereotipos de índole diversa). Esto redunda en el argumento de que estamos tratando con individuos que no diferirían significativamente a nivel cultural. Respecto al género, por ejemplo, cada individuo ha sido expuesto según su sexo a un conjunto de normas culturales que han configurado la expresión del mismo. Al ser cada sujeto de nuestra investigación representante de su propio sexo, se constituye en un exponente legítimo del conjunto de características adscrito a su género. Por tal razón consideramos, en nuestro caso, válida la agrupación que realizamos en atención al género de los individuos de nuestra muestra, más aun cuando evaluamos el razonamiento aquí expuesto a la luz de los hallazgos sobre similitudes panculturales encontradas a nivel de roles y estereotipos de género comentados con anterioridad.
De otro lado, para efectos de la discusión de nuestros resultados hemos optado por tomar de manera no crítica las similitudes encontradas entre los grupos estudiados, y mantener una posición más cautelosa al momento de reportar toda diferencia observada (concentrándonos en esbozar un marco explicativo para tal hallazgo), ya que toda variación observada ocurre a pesar de las similitudes que mantenemos como seres humanos.
En el presente estudio no se analizó cómo la interacción entre las variables género y edad podría afectar la expresión de la IE, decisión que tomamos considerando que los trabajos de Bar-On (1997a) habían ya mostrado que la interacción de ambas variables no era relevante, pues se constató que cuando había diferencias de edad las mismas eran constantes para ambos sexos; sin embargo, creemos que ése es un tema en el cual se podría ahondar en otras investigaciones.
Confiamos que investigaciones futuras puedan aclarar mejor el panorama respecto a los factores específicos de la inteligencia emocional donde reportamos resultados que algunos aún consideren paradójicos y/o controversiales, sobre todo a aquéllos en relación con el género (específicamente los factores asertividad, resolución de problemas, control de impulsos y felicidad), y, en la medida que se repliquen o no nuestros hallazgos, delinearse explicaciones alternas a las diferencias encontradas. De igual manera, esperamos que en estudios sucesivos cada grupo de edad esté mejor representado, pues en nuestra muestra la composición de individuos por grupos no fue proporcional (Cuadro 12). Ésta es la razón por la cual nuestros resultados con relación a la edad deben ser considerados tentativos, sin menoscabo a que lo aquí presentado se constituya en información preliminar válida.
Deseamos precisar que compartimos con Geis (1993) la consideración que en el estudio de las diferencias de género los estereotipos de género pueden operar como expectativas inconscientes o (auto)profecías sobre las habilidades de uno mismo y los demás; y que, como lo anotan Petrides, Furnham & Martin (en prensa), el estudio de rasgos y habilidades autoestimados o autorreportados será siempre útil en la comprensión de las profecías autocumplidas, de las aspiraciones y logros, y del bienestar psicológico. Esperamos asimismo que los resultados correspondientes a los efectos de la edad en la IE puedan guiar exploraciones más profundas sobre dicha variable.
Finalmente, creemos que el material presentado en este trabajo puede
ser de especial utilidad como fuente de consulta para otras investigaciones,
pues su revisión permitirá constatar, por ejemplo, que buena
parte del amplio marco teórico aquí incluido –en especial
el que corresponde a la inteligencia emocional, a la psicología
del ciberespacio y el empleo de la Internet como herramienta de investigación–
es inédito en cuanto a la manera en que ha sido articulado, por
lo menos en cuanto a las investigaciones de habla hispana disponibles a
la fecha.
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Notas
* Referencias bibliográficas correspondientes sólo a las citas de este extracto.
Aquino Rodríguez, A.E. (2003). Diferencias de Género y Edad en la Inteligencia Emocional de un Grupo de Internautas. Tesis de Licenciatura. Universidad Inca Garcilaso de la Vega. Lima, Perú.
I n
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e
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