Este admitido sistema, no hay ya sobre la tierra, ni * moral, ni orden público, ni sombra de probidad. - La justicia se desnuda de su sanción, la conciencia es un prejuicio, la virtud y el sacrificio son un esfuerzo estúpido. - Retiran a la humanidad el temor de los castigos eternos, el mundo se llena con crímenes, los delitos más execrables se convierten en un deber, toda vez que pueden halagarse de escapar a la prisión y a la espada. El infierno se anticipará; en vez de remitirse a la vida futura, se inaugurará para la humanidad, a partir de la vida presente. Un escritor de hoy día dijo: "Sólo ha habido un remedio para la sociedad: o Dios o el revólver. - Si no hay ninguna sanción más allá de esta vida, la fuerza prevalece sobre el derecho, el verdugo se convierte en la clave y el pivote del orden social, y la justicia se declarará en nombre de la muerte, a falta de ser declarada en nombre de Dios." - "Por otro lado, observa otro moralista, en virtud de qué derecho los tribunales castigarían el crimen, cuando tienen para si la consagración de la impunidad divina, y que la justicia eterna se compromete a no salir de su descanso, para infligirle su legítimo castigo" [ 8 ].
"La conciencia del pueblo se alzó contra esta consecuencia monstruosa. En medio del desencadenamiento de los errores, de la caída de las verdaderas creencias, la doctrina de un estado futuro de castigos y recompensas permaneció en pie. * Se encuentra en los paganos. Virgilio fue el intérprete de la creencia en estos versos famosos: Sedet aeternumque sedebit infelix Theseus. (En vi, 618.) Rostroque immanis vultur obunco Immortale jecur tondens... Nec fibris requies datur ulla renatis. (vi, 597.) "los pobres malvados cuya alma es incurable", dijo Platón (Phd., p. 144) "se atormentan con castigos que los agitan sin curarlos. - Las almas que cometieron grandes crímenes se precipitan en el abismo que se nombra como el infierno. - Tal es el juicio de los Dioses, que viven en el cielo: los buenos son reunidos con los buenos y los malvados con los malvados. "
Es una cosa asombrosa, este acuerdo entre todos los hombres, poetas, filósofos, pueblos, reyes, civilizados y bárbaros sobre esta verdad que perturba nuestros pensamientos y que los hombres tendrían siempre tanto interés en negar. Sería el momento de detenernos bajo la autoridad y el peso de este axioma fundamental: Quod semper, quod ab omnibus, quod ubique; lo que ha sido creído siempre, por todos, y por todas partes, es necesariamente la verdad. Se alteró todo dogma excepto éste; todos los puntos importantes de la teología católica dieron lugar a debates; el infierno escapó a esta ley común; vino hasta nosotros, sin encontrar, sobre esta larga carretera, un espíritu que impugnara la justicia, al menos que quebrantase esta formidable certeza. * "Los protestantes que negaron tantas cosas, no negaron ésta." Destructores de aquello que llevaba más sombra al corazón humano, de la penitencia, la virginidad, la eficacia de las buenas obras, no desnudaron el infierno de su fisionomía terrificante. Su mano se detuvo a este límite máximo del dolor, ellos que no habían respetado la puerta del Tabernáculo, donde descansa, en la bondad y el sacrificio, la carne del Hombre Dios [ 9 ]... "
Sólo el racionalismo contemporáneo ha cuestionado hasta esta negación, y, cosa extraña, lo hizo refugiándose en el seno mismo de las perfecciones infinitas. Se armó contra la justicia de Dios, Su grandeza, Su sabiduría; y el que niega la Redención, recurre a este exceso de amor, que Jesucristo, al expirar, hizo estallar sobre la cruz.
"Dios, -dicen- es un ser demasiado perfecto, demasiado sublime, demasiado desinteresado para querer aplastar eternamente, bajo los rayos de Su potencia, una frágil criatura, inducida al mal por inducción externa o por fragilidad." Sería esta una venganza, una represalia indigna de Su gloria y Sus perfecciones."
"Responderemos que si el crimen quedase impune, la grandeza dejaría de ser el atributo de Dios, ella pertenecería automáticamente al hombre malévolo." Entonces tendría él, por un solo acto de su voluntad, hacer triunfar la rebelión ante el Gobierno divino. Dios entonces se habría mecido * de un sueño, el día en que, al salir de su descanso para Su gloria, hubo establecido esta ley fundamental, que la criatura debe tender hacia él por cada una de sus aspiraciones, servirlo y gustarlo por actos constantes de alabanza, dependencia y adoración. Dios no sería ya nuestro final esencial y último.
Admitamos, en efecto, como se atrevieron a sostenerlo algunos, que el infierno es un lugar simplemente de miseria y tristeza, donde el alma cautiva sólo se somete a un sufrimiento blando y limitado. - Figuran, en esta suposición, Satanás y sus cómplices colmando la medida de su rebelión y su orgullo, diciendo a Dios que los rechazó: "Estamos en un estado y en posesión de una existencia bastante tolerable para estar de acuerdo en prescindir eternamente de Ti." En verdad, distamos mucho de poseer la beatitud perfecta, pero tenemos una medida de vida y descanso que es nuestra exclusivamente, y nos satisfacemos; si no somos radiantes como Tus ángeles, al menos no estamos sujetos a Ti, no Te servimos, no Te obedecemos. "
Tal sería la lengua de toda criatura excluida del seno de Dios si llegara a escaparse a su destino, sin experimentar un dolor inmenso, infinito, como el beneficio que libremente despreció obstinadamente. Para ablandar la miseria de los demonios y réprobos, Dios sólo les dejaría una sombra de bien, una frágil esperanza, una * gota de agua destinada a restaurarlos; adherirlos a esta sombra, a esta aparición, con toda la energía de su voluntad agotada y anhelante; se armarían de ardor en esta parcela de alivio, pretendiendo seducirse y equivocarse con la amplitud y la profundidad de su infortunio. - Y es necesario no conocer el corazón del hombre, para figurarse que no se renunciaría a este infierno mitigado, antes que doblar la rodilla y plegarse.
Si pues el infierno no es un diluvio y un abatimiento de inefables y eternos sufrimientos, haciendo sentir al culpable todo el peso de la mano que lo castiga, en la lucha el bien y del mal, el hombre seguirá siendo victorioso y superá al Amo del Cielo; entonces toda rodilla no se doblaría ante Él, como Él habia predicho. - Es pues de toda necesidad, para la gloria divina, que el hombre que Lo ultraja mostrándose obstinado y sistemáticamente rebelde, se someta a tormentos extremos, sin final, incomprensibles y en ecuación con la gloria divina ofendida. Es necesario que aguante desgarramientos y dolores sin mesura, acompañados de una separación absoluta y total de toda criatura en estado de reconstruirlo y distraerlo, dolores que lo envuelven, no dejándole entrever, sobre su cabeza, a sus pies, en torno él, más que desolación y terror; y eso a fin que reconozca la grandeza del Dios al que no hizo caso, y que en el exceso de su desamparo le otorgue el homenaje que no pudo obtener la bondad, al modo de Julian el Apóstata a su muerte: Tú has vencido, Galileo. *
Seguramente, este estado de un suplicio sin reblandecimiento terrifica nuestros pensamientos, pero es la sanción necesaria del Gobierno divino; un infierno temporal, como el Purgatorio, no podría bastar para garantizar el orden y la sanción. ¿- En efecto, cuántos hombres existen, en esta vida, que tengan preocupación del Purgatorio? Cuántos cristianos sin generosidad y sin valor, se suscribirían de buen grado a mil Purgatorios, con el fin de satisfacer sus deseos de un momento. - Un filósofo Alemán que discutía un día con uno de sus amigos decía: "Para obtener la realización de tal deseo, de tal proyecto de ambición por el cual suspiro, daría voluntariamente dos millones de años de mi felicidad eterna." "Su interlocutor le respondió:" "Eres singularmente moderado en el sacrificio que ofreces." - El hombre sólo considera lo que es infinito: si una criatura se ofrece él con la sonrisa y el encanto de la seducción, inmediatamente la dota de todo este infinito, contenido en su afecto y en sus sueños, hace basar en ella el ideal y el encantamiento de una felicidad gigantesca e ilimitada; y bien, en frente de este infinito sensible, vivo, palpable, que da esta fiebre a su corazón, que arde con un fuego que devora sus sentidos, pongamos como contrapeso un dolor de una duración infinita, cuya amenaza se muestra a él en un futuro alejado e indeterminado, representado de una manera confusa, y del cual se jacta de poder conjurar su rigor antes de la muerte; él, decimos, este infierno temporal aparecería ante este hombre como una compensación modesta * de los disfrutes sin medida que le prometen unos minutos de poder o de voluptuosidad. - Arriesgará todo, pondrá todo lo que está en juego, miles, millones y miles de millones de siglos que lo amenazan, y se figurará ganar una buena parte; a menos que se trate de toda la eternidad, no dudar� ni sobre el grado ni sobre el tiempo de su castigo. El que no admite esto nunca investigó en las profundidades de la naturaleza humana. A un ser inmortal, es necesario darle esperanzas y temores que estén a su nivel; todo lo que no es eterno desaparece ante la irrefrenable inmensidad de sus deseos [ 10 ].
Nuestra demostración de la eternidad queda ya establecida, digamos ahora cuáles son las penas, cuál es su intensidad, y el lugar donde los demonios y réprobos los aguantan.
II
Las penas aguantadas por los réprobos son: las unas privativas, las otras positivas. - Las penas privativas consisten en el suplicio del daño, es decir, en la pérdida de Dios; las penas positivas en el suplicio del fuego.
San Agustín nos dice que la pena del daño es de todos los dolores del infierno el más terrible y el más incomprensible; ante los pesares y de desesperación que suscita, los otros sufrimientos * ni siquiera merecen el nombre: Plus torquetur c�lo quam gehenna.
El réprobo tiene la certeza de que perdió a Dios, que no puede ya unirse al que lo creó; él está privado de la posesión del Soberano Bien y de la vista de la Infinita Belleza, y esta consideración le causa un dolor tan amargo, que bastaría, por sí solo, para encender las llamas que lo consumen. Durante la vida presente, entorpecidos por nuestro envoltorio terrestre, desatentos y extraviados por el espectáculo de las cosas sensibles, no podemos apreciar la inmensidad de tal pérdida; esto es debido a que cuando el alma, por la muerte, se separa de la universalidad de las criaturas, ella no tiene ya ningún objeto sobre el cual se pueda complacer; Dios aparece ante ella como el único tesoro y el único final; se precipita hacia él con toda la impetuosidad de sus deseos; concentra, sobre esta divina Belleza, toda su fuerza, todas sus ansias y plenitud de sus aspiraciones.
Figúrense un pez lanzado fuera de su elemento líquido, una aguja magnetizada oscilando con una oscilación incesante, sin llegar a fijarse en la dirección de su polo, una locomotora descarrilada, y lanzada a toda velocidad fuera de las vías; todas estas semejanzas sólo nos describen imperfectamente el inefable estado de un alma desviada, extraviada lejos de su Final, y en la impotencia de volver a entrar nunca en su vía. - Ya no hay futuro para ella. - El poeta teólogo de la Edad Media veía escritas en caracteres negros *, a la puerta de los lugares oscuros y malditos del infierno estas significativas palabras: "Por mi se va a la ciudad de las lágrimas, por mi se va al abismo de las penas. La justicia animó a mi sublime Creador; soy la obra de la divina Potencia, de la alta Sabiduría y del primer Amor... �Oh, los que aquí entrais, abandonad toda esperanza! [ 11 ]. "
Lo que hay establecido, y lo que enseñan todos los teólogos, es que se ve privados a los demonios y los réprobos de toda gracia y toda luz sobrenatural. De esta forma, se hunden en las oscuridad abatidos de una incurable ceguera; pero no decaen de ninguna manera en sus fuerzas y el uso de sus facultades naturales, permanecen en posesión de las ciencias empíricas que habían adquirido, pueden incluso adquirir experimentalmente nuevos conocimientos.
En medio de sus tormentos, su memoria no pierde su firmeza, su inteligencia conserva su penetración, y su voluntad su energía y toda su actividad; sin embargo todas estas facultades y todas estas aptitudes naturales, que Dios deja en ellos a fin de aumentar sus castigos, est�n falseadas en su objetivo y en su dirección, ya no pueden tender más hacia objetivos honestos, útiles y * serios. La razón es que lo honesto, la belleza, lo útil, son reflejos y una participación de los divinos atributos, y el alma separada de Dios sin remedio no es ya susceptible de esta participación. - Como dice Suárez, el juicio de los condenados está sin rectitud práctica para todo lo que se refiere a la norma sus de pensamientos, de sus deseos y a la sabia resolución sus de acciones [ 12 ]. -
Curvados bajo el peso de la maldición, los demonios y réprobos no pueden ya dedicarse a la verdad, y su espíritu sólo aspira a alimentarse con ilusiones y con mentiras; su corazón desreglamentado no puede abrirse al amor y permanece corroído por el odio; su imaginación es sitiada por espantosos fantasmas y por terrores que reaparecen sin interrupción.
En los siglos de fe, cuando un Ministro de los Altares había traicionado sus compromisos sagrados y se había vuelto seriamente culpable, se conducía al santuario y se sometía al dolor de la degradación. - El Pontífice lo desnudaba de sus insignias: le retiraba la paleta, símbolo de inocencia; la estola, firma de su jurisdicción sobre las almas; la casulla, misterioso emblema de su personificación con Jesucristo, y le decía: Sé desnudo de estos ornamentos de los cuales eres indigno. - Se somete a los cristianos réprobos a una degradación similar; Dios, al abandonarlos en el momento en que se consumó * su final infeliz, les retira todo lo que permanece en ellos de virtudes teologales, como la fe y la esperanza. Los desnuda de sus virtudes morales, la fuerza, la prudencia, la justicia, la templanza, de todos las otras cualidades naturales, como el generosidad, la fidelidad a las leyes del honor, la amenidad y la distinción de las maneras, virtudes de las cuales abusaron para mantener en ellos el orgullo y sus complacencias culpables. No deja subsistir ningún rastro de perfección en aquéllos que Él rechazó. Así los condenados son seres profundamente deteriorados; no son ya susceptibles de ningún respeto, ningún amor, ninguna compasión. Como separados del Soberano Bien, se vuelven soberanamente aborrecibles, y, como los demonios, ya no podrían inspirar otro sentimiento, el horror y la execración.
- Con el fin de concebir mejor su suerte lamentable, describen una ciudad donde se aglomerarían el Caín, el Nerón, todos los malvados que mancharon la tierra, y de quienes la justicia humana se deshace relegándolos en el fondo de las prisiones y calabozos; suponen además que, en esta ciudad, no hubiese ni policía, ni soldado, ni fuerza pública, a fin de impedir a estos infelices matarse y rasgarse los unos los otros. �Y bien! Esto es el infierno, tal como nos lo describe el profeta Job: "Ubi nullus ordo, sed sempiternus horror inhabitat [ 13 ];" una estancia en la que no hay orden y donde reina un horror eterno. "*
Tal es el la pena del daño, habiendo perdido a Dios, los condenados perdieron, de hecho, toda esperanza, toda dignidad, toda consolación.
El segundo dolor del infierno, es el del fuego; ¿este fuego es de la misma sustancia y misma naturaleza que el nuestro, o bien, como algunos lo sugieren, es un fuego inmaterial, un simple efecto del vivo dolor causado al alma por los pesares de su pérdida?
- Como dijimos, las santas Escrituras designan constantemente el dolor del fuego, cuando hablan de los suplicios de los réprobos. Como emplean esta expresión sin acompañarla de ningún término restrictivo, no hay ninguna razón para interpretarlo en un sentido metafórico y desfigurado. Sobre este punto, la doctrina de Santo Tomás es de una precisión notable. "De alguna manera que se imagina el fuego del infierno, es cierto que, considerado en sí mismo, y en cuanto a su sustancia, es material, y de la misma naturaleza que el nuestro, en cuanto a sus efectos, y por el resultado en los cuerpos sujetos a su acción, puede ser que sea de una diferente especie." - Así el carbón y la llama, la madera en brasas y el hierro enrojecido e incandescente, no difieren, en cuanto al elemento calorífico que los penetra y en cuanto a su estado de ignición, sino, en cuanto al método de recepción. - El hierro es enrojecido y entrado en fusión por el efecto de una comunicación exterior; el azufre, al contrario, entra en combustión en virtud a un principio que le es * íntimo e inherente; así no hay duda de que, considerado en sí mismo, el fuego del infierno sea de la misma especie que el nuestro; pero en cuanto a decir que subsiste en sí mismo, o en una sustancia extraña, no podemos afirmar nada sobre este punto [ 14 ]. "
Según el Doctor angélico, el fuego del infierno tiene el mismo principio que el fuego terrestre, sin embargo se distingue del nuestro por sus propiedades y su finalidad. El fuego de la tierra es un don de la Providencia, se creó para nuestro uso; el fuego del infierno es un instrumento de la divina Justicia, se crea para castigar. - El fuego de la tierra quema y consume, el fuego del infierno quema sin destruir ni consumir. - El fuego de la tierra divide los órganos, y convierte las carnes en ceniza y en vapor, San Marcos compara el fuego del infierno a la sal, omnis enim salietur [ 15 ], es decir alimenta y consolida las carnes quemándolos. - El fuego de la tierra es propenso a apagarse, si no es mantenido * por la madera o por otros combustibles; el fuego del infierno habla de sí mismo, y subsiste sin abastecerse, y si es necesario aceptar el testimonio de Lactance, "no deja emanar ningún humo, es puro y líquido, similar a un lago y a un estanque [ 16 ]".
El réprobos se hundirán allí como el pescado en el mar, empapados de fuegos devoradores que no embotarán nunca su sensibilidad. Quis poterit habitera de vobis cum igne devorante [ 17 ].
Una dificultad queda por aclarar: ¿Un fuego de un carácter material puede actuar sobre las almas separados del cuerpo y sobre puros espíritus?
San Agustín, liv. xxi de la Ciudad de Dios, Cap. x, pretende solucionar la objeción: ¿"Por qué diríamos que no aunque el método sea incomprensible e inefable, que el dolor corporal del fuego puede afectar a los espíritus incorporales?" ¿Si, en efecto, los espíritus de los hombres puros de toda materia pueden, a partir de aquí abajo, encerrarse en miembros corporales, si, después de la muerte, pueden de nuevo unirse a estos mismos cuerpos por vínculos indisolubles, los espíritus de los demonios, aunque sin cuerpo, no pueden ligarse para sus suplicios a fuegos corporales [ 18 ]? "
El teólogo Lessius, en su Tratado de las divinas perfecciones, da esta otra explicación: "La facultad sensible de la cual somos dotados no es distinta de la esencia de nuestra alma, y subsistirá muy entera después de la muerte." ¿Si el fuego, por su propio calor, puede hacer sentir su acción al espíritu del hombre por medio del cuerpo, por qué este mismo fuego, actuando como un instrumento de Dios, no podría afectar al espíritu directamente? - Cuando se quema a un hombre, el cuerpo no es más que un medio de transmisión para aplicar el calor al espíritu; ya que en el orden actual, sin la presencia del cuerpo, el alma no podría ejercer la facultad que tiene de sentir; pero Dios actúa directamente cuando lo quiere, y Él mismo puede voluntariamente compensar la ausencia de un medio o reemplazar el efecto de un medio cualquiera [ 19 ]. "
Finalmente, la última cuestión, cuál es el lugar del infierno?
Si se toma al pie de la letra distintos pasajes de las Escrituras y si atiene al sentimiento general * de los teólogos, el centro de la tierra es el lugar donde estarían los réprobos y donde, después de la resurrección, vivirán con los demonios. - San Lucas, Cap viii, llama al infierno Abyssus, el abismo. - San Juan, en el Apocalipsis, dijo "el ángel encerró al diablo en las profundidades del abismo.[20 ]".
- Lo llama aún "el estanque de fuego[21 ]" - "el infierno inferior. "- Santo Gregorio el Grande dijo: "Esta estancia se llama el infierno, porque realmente, es el lugar situado más bajo: lnfernum appellari, eo quod infra sit." - Hugues de Saint-Victor añade: "Este lugar inferior, preparado para las penas de los condenados, se encuentra en el interior de la tierra [ 22 ]."
Santo Tomás enuncia el mismo sentimiento: "a menos que el Espíritu Santo informase a alguna persona", dijo, "directamente, no se puede saber de una certeza absoluta el lugar donde están los réprobos." "Pero en cuanto a su opinión personal, lo expresa en su estilo nervioso y didáctico, y con una argumentación incomparable." "las muertos condenados", dice, "se perdieron por el amor desordenado a los placeres carnales, es pues justo que la misma suerte que venció a sus cuerpos, venza también a sus almas. Los cuerpos se enfangaron en la tierra, es pues justo que el alma también esté encerrada en las profundidades de la tierra. - Además la tristeza es al espíritu lo que la gravedad es al cuerpo: la alegría * al contrario es al alma lo que la ligereza es a la materia. - Así como, en el orden de los cuerpos las partes más bajas son dónde los cuerpos tienen más gravedad, así en el orden de los espíritus, en las regiones más bajas están también los más tristes: por tanto, pues, el lugar que conviene a la alegría es el cielo empíreo y el lugar que conviene a la tristeza el centro del Tierra [ 23 ]. "Citemos finalmente el razonamiento de Suárez que completa, y da una nueva claridad al de santo Tomás." "el infierno", dice, "es una prisión que servirá al mismo tiempo de estancia, a los ángeles rebeldes y a los demonios;" esta estancia no puede ser sino la más incómoda, más indeterminada, la más ingominiosa de todas las estancias creadas; conviene que esté en el polo opuesto y a la distancia extrema del destinado a los elegidos. Ahora bien los elegidos reinarán eternamente en la parte más elevada del cielo, que es el cielo empíreo, y por consecuencia la parte más baja de la tierra es dónde Lucifer y condenados sufrirán sus eternos tormentos. "
Observemos, no obstante, que no es cierto de una * certeza de fe, que el infierno esté situado al centro de la tierra; la Iglesia no definió nada sobre este punto, es la opinión simplemente más probable basada en el testimonio de la casi unanimidad de los Doctores y Padres. En cualquier caso por lo tanto, la parte fundamental, dice San Juan Crisóstomo, no es de ninguna manera conocer dónde se encuentra el infierno, sino tomar las medidas pertinentes para no precipitarse en sus profundidades, ne igitur qu�ramus, ubi sit, sed quomodo eam (Gehennam) effugiamus [ 24 ].
Tal parece pues ser el lugar del infierno [ 25 ]. - El fuego que tortura a los renegados y réprobos es un fuego material: este fuego material hace sentir su acción a los espíritus y a las almas separadas. - Nos queda por considerar cómo la severidad implacable de la Justicia Divina puede reconciliarse con Su misericordia infinita.
III
Un hombre de espíritu decía un día hablando de los malévolos: Son un gran desconcierto en este mundo y en el otro. Este desconcierto extremo, que las sociedades humanas experimentan respecto a algunos culpables, se puede decir, que en un sentido, Dios lo experimenta aún más vivamente respecto al hombre pecador.
Es de fe que Dios quiere dar la bienvenida a todos los hombres, y que en tanto como depende de Él, no excluye a nadie de los frutos de la Redención. No creó el infierno de buen grado; al contrario, agota todos los medios de Su sabiduría y todos los secretos de Su ternura, con el fin de asegurarnos contra tal desdicha; Él dijo por la boca de Isaías: Quid est quod debui ultra facere vine� me� et non feci [ 26 ] - Si Dios puede sufrir, ninguna angustia sería comparable a las que experimenta Su Corazón, cuando debe condenar un alma. El santo Cura de Ars dijo un día: "Si es posible para Dios sufrir, condenando un alma, seria presa del mismo horror y del mismo estremecimiento, que una madre condenada a dejar caer ella misma la cuchilla de la guillotina sobre el cuello de su hijo."
Ved a Jesucristo en la Última Cena; comtempla a Judas con miradas donde se mezclan la tristeza y la más amarga desolación, está en un desorden convulsivo, y en un último exceso de consternación; comprende mejor de lo que nosotros nunca llegaríamos a concebir, cuán horrible cosa es el estado de un hombre desviado, perdido sin remedio, dejado sin ningún medio de volver de nuevo * a sus vías y de recobrar su destino. Intenta todos los medios concebibles para conjurar la pérdida de este miserable; se lanza a sus pies, los besa; lo admite, a pesar de su indignidad, al banquete de su carne consagrada... Y cuando las tineblas que invaden cada vez más el alma obstinada de Judas bloquean todas las avenidas por dónde la gracia divina podía obtener acceso, Jesucristo llora, parece olvidar que el traidor lo eligió como víctima de su floja avaricia; sólo ve el horror de su suerte, dice con angustia: "Bien habría sido mejor para este hombre que no hubiese nacido jamás [ 27 ]." "
Oh quienes acusan el Creador de dureza, y Le acusan no ir hasta el límite extremo de Su Omnipotencia, con el fin de impedir a su criatura morir eternamente, indiquen pues su medio y enseñen su secreto. ¿Qué quieren que haga Dios?
Pedirían que suprimiera el infierno?... Suprimir el infierno, sería suprimir el Cielo. Creen que los mártires, los anacoretas, las vírgenes, los santos que disfrutan a esta hora de las alegrías de la beatitud, se habrían apartado de las seducciones, que habrían pisoteado las tentaciones mundanas, buscado las soledades, soportando las persecuciones, enfrentado los verdugos y la espada, si no hubieran tenido presente la palabra del Amo: "No teman a aquéllos que sólo pueden hacer morir el cuerpo; sino temed a Aquél que puede precipitar * el alma y el cuerpo "en las llamas de la hoguera [ 28 ]." "El amor divino se despertó solamente en ellos cuando, por valientes violencias, se habían apartado del pecado y las prácticas sensuales." El inicio de su justificación fue el temor: ¿Initium sapienti? timor [ 29 ]. El trueno que los sacudió de su sueño y su letargo, fue la palabra temible: ETERNIDAD... Echaron entonces un vistazo sobre sus suntuosas viviendas, sobre los entablados dorados de sus palacios, y dijeron: Allí acumulamos todos los días los tesoros de la cólera, y todas las seducciones se dan cita para perdernos. El odio de Dios, las llamas, una maldición sin final por el placer de un día, he aquí lo que nos espera...
Al día siguiente estos hombres se hallaban con los pies desnudos, estaban cubiertos con un saco y buscaban el camino que conduce a las soledades y los desiertos. - Sin estos compasivos terrores, la ciudad de Dios nunca se habría llenado; todos nos habríamos extraviado en nuestras vías; ningún hombre habría hecho el bien, non est qui faciat bonum, non est usque ad unum.
¿Puede Dios suprimir el infierno sin suprimir el Cielo? ¿Queremos que espere, que perdone, que perdone sin cesar? Pero es lo que hace. - En esta vida, no se retira nunca de aquél que Lo rechaza. Lo prersigue en * el santuario de su conciencia, por una voz interior que no deja ni un único momento de hacerse oír. En frente de la tentación que llama al mal, esta Voz resuena con resplandor y nos grita: Ponte en guardia... Si estamos sordos, no se apresura, como tendría el derecho, a cortar el hilo de nuestros días; Él no espía el momento de nuestros incumplimientos para convertirlo en el momento supremo de nuestra muerte; vuelve de nuevo a nosotros; nos hace sentir el aguijón del remordimiento, no se ofende con nuestras negativas, espera años. Deja la madurez de la edad suceder al entusiasmo de la adolescencia, los hielos de la vejez a las ilusiones que seducen aún en la edad viril, y todos Sus esfuerzos son inútiles... La última hora de este hombre suena finalmente; generalmente va precedida de una enfermedad, presagio y anuncio de su final próximo.
Este hombre se endurece siempre. Unos minutos antes de su último suspiro, Dios se ofrece aún a recibirlo en Su seno y a salvarlo de las llamas del abismo... Su palabra no tiene fuerza, su estado es desesperado. �Y bien! basta que en el intimidad de su corazón, deje escapar esta simple palabra: Yo Te amo, Me arrepiento;" "esta palabra sería su tabla de salvación..." el pecador lo rechaza con obstinación... ¿Nos lo preguntan, que puede hacer Dios? Debe, para consagrar el endurecimiento de Su criatura invertir todo el plan y todos los consejos de Su sabiduría, destruir la oscuridad por un acto de omnipotencia que sería estúpido, porque un hombre extraviado se estalló los ojos, con el fin de no participar * en la divina Luz... �Ah! Dios tiene el derecho a lavarse las manos y a decir: "Oh hombre, tu perdición es tuya, y no Mía." Perditio tua ex te, Israel. "
¿Pero, por qué la gracia y la redención se excluirían de los infiernos? ¿- Cuando el hombre desengañado vio fallecer sus últimas ilusiones, y mide con pavor toda la profundidad y el alcance de su miseria, por qué Dios no dejaría caer sobre él un último rayo de Su misericordia, y no tendería a este desafortunado una mano que se agarraría con un amor, una gratitud proporcionada a la inmensidad de la entrega? Respondemos sin vacilar, que Dios no lo puede hacer; que no lo puede hacer sin al menos derogar Su Infinita dignidad. Sería necesario que renegase de Su propia esencia por una criatura rebelde y obstinada, que, lejos de alabarlo, Lo odia y Lo maldice. - La muerte puso al pecador en un estado que no le deja más elecciones: sabe, est� seguro con una certeza que abruma a su libre allbedrío; permanece confirmado en un odio, en un orgullo grosero de sus lágrimas y su desesperación. Para suscitar en él un pesar salvífico y loable, necesitaría una gracia. Ahora bien, esta gracia, no la pide, no la desea, no la quiere; en verdad odia su dolor, pero odia soberanamente a Dios, y al mismo tiempo los dones y las luces que emanan del Corazón de Dios.
¿Pero Dios es justo y no excede todas las proporciones, castigando con una eternidad de suplicios, una falta transitoria consumida en unos solos momentos? - Aquí el razonamiento es impotente, ya que Dios es el más grande de los misterios; el pecado es un misterio tan insondable que la majestad de Aquél que ofende, y el dolor debido a su malicia es aún un misterio sin término que el espíritu humano nunca llegará a explorar.
Todo lo que podemos decir, es que si se considera a la Persona de Dios, la injuria que Le es hecha por el pecado es una injuria infinita; ahora bien el hombre, debido a su naturaleza limitada, no pudiendo sufrir un dolor infinito en rigor y en intensidad, es de toda justicia que él sufra un dolor infinito en duración. - La justicia humana es la imagen y el proyecto de la justicia divina. El derecho a castigar y ejecutar al condenado a muerte se confiere a los tribunales de la tierra para la utilidad y el bien de los hombres. Condenan los crímenes, no debido a su deformidad intrínseca y porque ofenden a Dios, sino porque son reprobables y perjudiciales al bien y a la buena resolución de las sociedades humanas. Y sin embargo, tienen el derecho a castigar con un dolor perpetuo a un criminal cuyo crimen sólo duró un momento, de suprimirlo para siempre de la sociedad, porque violó el orden moral y humano. A fortiori, Dios tiene el derecho a castigar con un dolor perpetuo y a rechazar para siempre de la sociedad celestial, a aquél que violó el orden universal y divino.
No repugna de ninguna manera, observa San Agustín, que Dios limite Su misericordia a los años de la * vida presente, de tal clase que, pasada ésta, no habrá ya lugar al perdón. ¿Los príncipes de la tierra no actúan del mismo modo, cuando se niegan a conceder la gracia a hombres encerrados en las prisiones, y que sin embargo muestran su arrepentimiento y un aborrecimiento sincero de los crímenes que cometieron?
Entre los distintos sistemas elaborados para reconciliar la misericordia de Dios con la justicia, el más racional, el más admisible, el que, a primera vista, parece dar una solución satisfactoria al formidable problema del destino humano, es el sistema que se imaginaba Pitágoras y las sectas de Oriente, que admiten, que en vez de precipitar al hombre en una infelicidad sin final, Dios lo introducirá en una segunda fase de pruebas, en que habrá para él como en las anteriores, mezcla de sombras y luces, donde el campo de la libertad se le abrirá, dónde habrá tentaciones, divisiones, lucha entre Dios, que se ve a medias, y Sus criaturas, que titubean ante Sus seducciones.
Reconozcámoslo, sin dudas, entre todas las doctrinas opuestas a la del Cristianismo, la doctrina de la metempsicosis o de la transmigración de los almas, es indiscutiblemente lo preferible. Al examinarla superficialmente, parece que deja intacta la creencia a una vida inmortal, ella no parece un ataque a los atributos divinos, ni desnuda la ley humana de su * sanción; pero, si se estudia esta doctrina de cerca, es fácil reconocer que nos pone de nuevo en todas las dificultades previas y que levanta otras más insolubles aún, "ya que" como observa un famoso filósofo cristiano, cuyas palabras cito, "si esta segunda vida donde hicieron entrar al hombre, no es más pura que la primera;" ¿si su alma allí muere una segunda vez por el pecado, en dónde Dios se detendrá entonces? ¿Será necesario que reanude, con un inagotable derecho, el curso de sus migraciones, sin que Dios pueda nunca someterlo y castigarlo, de otro modo que dándole el derecho a ofenderlo por siempre?
En vez de esta espantosa perspectiva que hace, del juicio, el escollo solemne de la vida, el pecador se iría a la tumba con la seguridad de un guía que cruza un pórtico, y se diría en la ironía de su impunidad: El universo es grande, los siglos son largos, acabemos en primer lugar la circunnavegación de los mundos y el tiempo. Pasemos de Jupiter a Venus, del primer cielo al segundo, del segundo al tercero, y sucede que después de espacios y períodos de tiempo sin número, cuando los soles nos empiecen a faltar, nos presentaremos a Dios para decirle: Aquí estamos, ha llegado nuestra hora, haznos nuevos cielos y nuevos astros, ya que si Tú estás cansado de esperarnos, nosotros no lo somos de maldecirte y prescindir de Ti� [ 30 ] "*"
En fin, nos diremos, el Amor es Omnipotente, tiene secretos, excesos que nuestros corazones ni siquiera sospechan, y, algunos dicen, no puede estar de acuerdo en perder eternamente la criatura obra de Sus manos y readquirida por Su sangre. �Ah! el amor, podríamos oponerlo a la justicia, si fuera la justicia la que castigara; pero la justicia se desarmó, hace diecinueve siglos, sobre el Calvario; al pie de la cruz firmó recibo a la humanidad de las deudas que ésta había contraído por sus crímenes, rompió la espada de Sus rigores para no resarcirse.
¿Escuchemos a San Pablo ' "Quién es Aquél que acusará delante de los elegidos de Dios? El Dios que justifica. ¿Cuál es el que condena? El Cristo Jesús, el que murió, que resucitó, que está sentado a la derecha de Dios y que no deja de interceder "por nosotros" [ 31 ]." "
Ahora bien, es porque la condenación viene del Amor por lo que no hay redención.
Si fuese la justicia la que castigara, el amor podría interponerse aún una vez sobre la montaña y decir: �Gracia, piedad, Padre mío, salva al hombre, y coge a cambio de la muerte que le se debe, el homenaje de Mi carne y Mi sangre! ...
¿Pero, cuando Aquél incluso, que es para nosotros más que un hermano, más que un amigo, el más * tierno... que estrecha este corazón devorado de ternura, y lo convierte en un horno inagotable de odio, cómo la ingratitud del hombre que operó esta transformación, tanto más horrible cuanto que está además en contra de la naturaleza, se atrevería a prometerse una esperanza y un refugio?
Oh vosotros, quienes una vez y otra más, sobre esta tierra, gustaron de un amor sincero, extremo, ilimitado, conocen las exigencias y las leyes del amor... El amor se ofrece mucho tiempo, se ofrece con insistencia y con exceso, sufre, se sacrifica sin reserva, se reduce, se hace pequeño... Pero hay una cosa que lo vuelve implacable y que no perdona nunca, es el menosprecio obstinado, el desprecio hasta al final.
Vayan pues, malditos, dirá el Salvador al día de Su Juicio Ite maledicti. Había hecho todo por ustedes, les había dado Mi vida, Mi sangre, Mi divinidad, Mi ser; y a cambio de Mis liberalidades infinitas, sólo les pedía esta simple palabra: Yo Te obedezco, Te amo. Constantemente Me despreciaron, y sólo respondieron a mis anticipos, por estas palabras: "Vete prefiero mis groseros intereses y mis brutales voluptuosidades..."
Sean ustedes mismos sus jueces, añadirá el Salvador: ¿Qué frase argumentarías para contradecir al Ser más amado y adorado, que te hubiese opuesto la misma indiferencia y la misma dureza?
No soy Yo Quén los rechaza, Son ustedes los que se condenan. Eligieron, con su plena voluntad, la ciudad donde el egoísmo, el odio, la rebelión asentaron su imperio. Vuelvo * al Cielo donde están Mis ángeles, y está este Corazón, objeto de sus insultos y sus desprecios. Sean los hijos de su elección, permanezcan con ustedes mismos, con este gusano que no muere, con este fuego que no se apaga.
�Temblemos, y también agarrémonos con viva e enquebrantable confianza! La condenación eterna es el obra del amor. Esta Misericordia personificada que fijará nuestra suerte y ejecutará la eterna sentencia. Es pues fácil conjurarla durante el tiempo que dura la vida presente. El amor, aquí abajo, no exige una paridad perfecta entre la falta y el dolor. Se satisface poco más que con un suspiro, con una orden, con querer... Jesucristo nos abre Su Corazón, somos el precio de Su sangre y Su conquista; nos destina a la eternidad, no una eternidad de lágrimas y sufrimientos, sino una eternidad de beatitud que poseeremos con Él, en el seno de Su Padre, en unión con el Espíritu Santo y en el hogar mismo de Su gloria. Así sea.
[1] Et qui bona egerunt, ibunt in vitam æternam, qui vero mala in ignem æternum. Hæc est fides catholica, quam nisi quisque fideliter, firmiterque crediderit, salvus esse non poterit. (Symbol. Athanas.) Si quis dixerit etiam post mortem hominem justificari posse, aut p�nas damnatorum in gehennâ perpetuas futuras esse negaverit, anathema sit. (Concil Vatican., Schem., const. dogm. de fide cathol.)
[2] Et fumus tormentorum eortun ascendet in sæcula sæculorum.
[3] August., ad Orosium., ch. vi.
[4] Ibunt hi in supplicium xternum, justi autem in vitam oeternam. (Mt, xxv, 46.)
[5] Poenitere de peccato contingit dupliciter, uno modo pet se, alio modo pet accidens. Per se quidem de peccato poenitet, qui peccatum quantum est peccatum abominatur. Per acciden,;, qui illud odit ratione alicujus adjuncti utpote a poenoe vel licujus hujusmodi. Mali igitur non poenitebunt per se loquendo de peccatis, quia voluntas malitiie in eis remanet ; poenitebunt autem Per accidens, in quantum affligentur de poenâ, quant. pro peccato sustinent. (S. Tomás Quxst. xcviii, Art. 11.)
[6] Fit ergo miseris mors sine morte, finis sine fine, defeclits sine defectu : Quia et mots vivit, et finis semper incipit, et deficere defectus nescit. (S. Greg. Moral., 1, IX, ch. lxvi.)
[7] Miseria sempiterna, quoe- etiam sccunda mors dicitur ; quia nec anima ibi vivere dicenda est. quoe à vitâ Dei alienata erit ; nec corpus quod Tternis doloribus subjacebit , le per hoc durior ista secunda Mo;-r, erit, quia finiri morte non poleril. (De civit. Dei, lib. xix, ch. xxviii.)
[8] Lacordaire : De la Sanction du Gouvernement divin.
[9] Lacordaire : De la sanction du Gouvernement divin.
[10] Nicolas : Études sur le Christianisme.
[11] Per me si va nella città dolente; Per me si va nell'eterno dolore ; Per me si va nella perduta gente. Giustizia mosse l'mio fattore; Fecemi la divina potestate. La somma sapienzia, e il primo amore. Lasciate ogni speranza voi che intrate. (Dante, L'Enfer, chant. iii.)
[12] Dicendum est, Dæmones (idem dicatur de reliquis damnatis) in inferno privatos esse rectitudine judicii de rebus agendis, ita ut numquarn habeant verum judicium practicuni in ordine ad affectum et opus moraliter bonum. (Suarez, de Angelis, 1,viii, ch. v.)
[13] Job, x, 22.
[14] Quocumque autem modo ignis inveniatur, semper est idem in specie quiinturn ad naturam ignis pertinet. Potest autem esse divertitas in specie, quaptum ad corpora quoe sunt materia ignis : Unde flamma et carbo differtint specie, et similiter lignum igneurn et ferrum ignitum. Nec diffeït quantum ad hoc, sive ignita sint per violentiam ut in ferro apparet , sive ex prin,~ipio intrinseco naturali, ut accidit in sulfure. Quod ergo ignis inferni, quantum ad hoc quod habet de naturâ ignis. sit ejusdem speciei curn igne qui apud no; e,;t, manifestuan est. Utrum autem ille ignis sit in propriâ materiâ existens, aut sit in alieni, in quâ materiâ sit, nobis ignoturn est et secunduni hoc, potest ab igne qui apud nos est, specie differre. (Quoest. xcvii, art. 6.)
[15] S. Marc, ix, 48.
[16] Ignis scitipiteini nitura iliversa est ab hoc nostra, quo ad vitæ necesaria utimur, qui nisi, alicujus materke fonlite alatur, extinguitur. file divinus pcr scipsum semper vivit ac viget, sine ullis alimentis, nec admixtum liabet fumurn, sed est purus ac liquidus, et in aquæ modum fluidus. (Lactane, Divin Instit., liv. vii, ch. xxi)
[17] Is, xxxiii, 14.
[18] Cur non dicamus, quamvis miris tamen veris modis, etiam spiritus incorporeos posse poena corporalis ignis affligi. Si spiritus hominum etiam ipsi profecte, incorporei et nunc potuerunt corportim suorum insolubiliter ailligari ? Adhoerebunt ergo, etsi eis nulla sunt corpora, sipiritus doeinonum, imo spiritus doemoncs, licet incorporci, corporeis ignibus cruciandi. (Aug., De civit. Dei, XXI, X.)
[19] Si ignis naturaliter per suum calorern potest affligere spirituni hominis, mediante corpore, cur idem ignist ut instrumentum Dei non poterit ailligere spiritum sine ullo corpore medio 7 Corpus enim solum se habet ut medium, per quod immediate calor spiritui applicatur, ut ejus presentià vi sentiendi percipiatur. Deus autem non eget aliquo medio, omnern medii effectum et refectum supplere potest. (Lessius, de Divin, Perfect., 1, XIII, ch. xxx.)
[20] Angelus misit et clausit Diabolum in abyssum. (Ap. xx.)
[21] Stagnum ignis. (Apoc. xx.)
[22] Est inferior locus in imo terroe positus, poenis damnatorum proeparatus. (Hug. de S. Victor., lib. 11, de sacram.)
[23] Augustinus in libro XII. Sup. Gencs., duits rationcs langerc vidctur, quare co~gruum est infernurn esse sub terra. Una est, ut, quoniani defunctorurn ;inim;c carnis more pecciverunt, hoc eis exhibeatur quod ip;i carni mortum solet exhiberi, ut scilicet sub terra recludantur. Alia est quod, sicut est gravitas in corporibus, ita tristitia in spiritibus, et loetitia ~,icut levitas ; unde sicut, secunduin corpus, si ponderis sui ordincin tencant, infeiiora sunt onini-i graNiora, ita secunduin spiritum, inferiora sunt tristiora. Et sic, sicut comeniens locus gaudio efectorum est coelurn evipyveurn, ita comeniens locus tii,,66oe damnatoruin est infimum terroe. (D. Th. Somm., Qwes. xcviu, art. 7..)
[24] Chrysost.. Hom. in Epist. a Rom., 4, 5.
[25] Se opone que el centro de la tierra no podrá contener la multitud de los hombres condenados. Pero, como observa Suárez, después de la resurrección, el infierno se ensanchará de todo el espacio del Purgatorio y los limbos de los niños muertos sin bautismo, que seguirán estando vacíos. Los niños muertos sin bautismo no verán nunca a Dios: pero varios Doctores emiten el sentimiento que vivirán en la superficie de la Tierra, donde gozarán de una felicidad simplemente natural. En cuanto a la tierra, su volumen puede aumentarse, y el abismo dilatarse tanto que será necesario, según esta palabra de Isaías: Dilatavit infernus animam suam.
[26] Isaïe, v, 4.
[27] Bonum erat ei si natus non fuisset homo ille. (Mt., xxvi, 24.)
[28] Et nolite timere cos qui occidunt corpus, anirnarn non possurit occiderc: sed potius timete eum qui potest et animam et corpus perdere in gchennarn. (Mt., x, 28.)
[29] Eccl., I, 16.
[30] Lacordaire, De la Sanction du Gouvernement divin.
[31] Quis accusabit adversus electos Dei ? Deus qui justificat. Quis est qui condemnet ? Christus
Jesus, qui mortuus est, imo qui et resurrexit qui est ad dexteram Dei, qui etiam interpellat pro nobis.
(Rom., vii.)
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