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Cuando Octavio Paz abandonó a sus compañeros de viaje

Siempre asumió que el ser intelectual conllevaba un compromiso con la  integridad, algo que terminó por separar al poeta mexicano de sus colegas, más aun cuando aceptó trabajar en la televisión privada. A tres lustros de su partida, vemos cómo Octavio Paz, terminó alzándose sobre sus envidiosos detractores

JULIO, 2013. Uno de los aciertos más notables de la Academia Nobel fue haberle otorgado la presea en Literatura al poeta Octavio Paz, hasta hoy el único mexicano que la ha conseguido. Fue un reconocimiento justo: por décadas Paz había curtido y cultivado el español hasta conseguir en ello la trascendencia universal. También ensayista, polemista y autor de brillantísimos ensayos, sin embargo, Paz fue objeto de envidias y críticas con fuerte tufo a envidia, las cuales se acentuaron cuando el poeta reconoció ser amigo de Emilio Azcárraga Milmo. 

Pero como refiere Enrique Krauze en su libro Redentores, Octavio Paz nunca renegó ser de izquierda y, más aún, la consideraba como la mejor opción viable para la humanidad. ¿Entonces por qué sus colegas lo ataviaron con epítetos tales como "pinochetista", "pronazi", "agente de la CIA" y otros desgastados clichés? Seguramente por la misma razón que se atacó ferozmente a Orwell, a Camus e incluso al mismo Krauze. La explicación también la dio Mario Vargas Llosa, otro "agente del imperialismo", según sus detractores: "Dejé de ser 'compañero de viaje' y dejé de recibir invitaciones para asistir a las peñas literarias", escribió Vargas Llosa en Pez en el Agua, sus Memorias.

Como otros tantos intelectuales, Paz fue ferviente defensor de la revolución cubana en sus inicios. Festejaba sus logros en materia educativa y celebraba el rechinido de dientes desde Washington en señal de frustración. Ni siquiera la represión contra el poeta Ariel Padilla, a quien se obligó a comerse el papel donde había escrito un poema (hecho que marcó el principio del desencanto de Vargas Llosa con los barbudos) consiguió que el literato nacido en Mixcoac cambiara de opinión y, antes bien, la reforzó cuando los sandinistas derrocaron a Anastasio Somoza en Nicaragua. 

Pero la caída del Muro de Berlín cambió radicalmente sus perspectivas: el "experimento socialista" de Moscú había fracasado con un estruendo tal que sorprendió incluso a quienes arrojaban profuso incienso a la URSS. Paz recapacitó e hizo lo mismo que cualquier intelectual con integridad: exigió a Cuba que comenzara a desarmar su sistema comunista y se abriera a la democracia. Pero Castro lanzó su consigna de "socialismo o muerte", lo que le ganó el aplauso de cientos de intelectuales, desde Benedetti en Uruguay hasta Noam Chomsky en Estados Unidos. Paz, en cambio, había dejado de ser "compañero de viaje".

Cuando Paz se acercó a la TV, la respuesta de la izquierda mexicana fue incongruente hasta la comicidad. Por años se había exigido a Televisa que ofreciera espacios culturales en vez de enfocarse, como llegó a decir el analista de medios Raúl Trejo Delarbre, en "contenidos bajísimos en calorías". No bastó que la televisora abriera el Museo de Arte Moderno, creara la Fundación Cultural Televisa ni que pusiera al aire un canal enteramente cultural, por las razones que hubiera tenido Azcárraga para hacerlo. La reacción fue peor, más aún una vez Paz obtuvo un programa semanal de debate. Cuando la TV privada produce basura, en opinión de esos intelectuales, debe ser "nacionalizada", pero cuando produce emisiones culturales igual se le debe atacar... a menos que ellos crean poseer un derecho divino para realizar televisión de alta calidad únicamente cuando ellos la manejan.

La serie México en la Cultura de programas de Octavio Paz tuvieron mediano rating pero eso se debió a que, ya para 1991, el nivel educativo en México se encontraba bastante deteriorado y, en segundo, era prácticamente imposible que un público acostumbrado a Raúl Velasco súbitamente mostrara interés por la prosa de Baudelaire o el surrealismo de Breton. De modo que, de haber sido manejado el asunto por una televisión en manos del estado los resultados no habrían variado gran cosa.

Cuando finalmente Paz obtuvo el Nóbel de Literatura, en 1991, corrió el absurdo rumor de que el premio se le había otorgado como medida de presión de Washington, vía el jurado de Estocolmo, hacia Cuba para que aceptara la reformas que ya habían derribado el Muro de Berlín, como si exigir la libertad de un pueblo sometido por un dictador representara una imperdonable denuncia. Paz no necesitaba ese tipo de ridículas vejigas para navegar.

Las enormes envidias de las que fue objeto Octavio Paz durante buena parte de su vida hoy nos sirven, a 15 años de su partida, para respaldar su grandeza. Lastima que no hayamos escuchado muchas de sus advertencias, entre ellas una que hizo a Andrés Oppenheimer y que aparece en el libro México en la Frontera del Caos: "Si los mexicanos dejamos de asombrarnos sobre la corrupción, enfrentaremos su lado violento, incluso en las grandes ciudades", una declaración que hizo, increíblemente, en 1996.

 

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