La perspectiva
cinematográfica
Giancarlo Stagnaro
"Había una vez,
en una tierra muy lejana." "En el país de Nunca Jamás."
Quien no recuerda estas frases que, cuando niños, nos transportaban
a regiones mágicas y misteriosas, que abrían sus puertas donde
lo fantástico ejercía su poderosa y entrañable fascinación.
Ahora, si cambiamos algunos términos de estas frases y los trastocamos
por "Hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana", caeremos
en la cuenta de que el prodigio y la emoción que nos atraían
de los cuentos de hadas vuelven a fluir de manera similar, como un encantamiento
que queremos que perdure para siempre.
Eso ocurrió con la
respetable platea desde un ya lejano 25 de mayo de 1977, cuando se proyectó
en las sales de cine lo que se convertiría años más tarde
en todo un monumento cinematográfico, un clásico de nuestra
época. Hablamos de las películas que conforman La guerra
de las galaxias, puesto que, como fenómeno cultural, es tan fundamental
como lo fueron los Beatles o Woodstock en su época, por ejemplo,
o como lo es actualmente, salvando sus distancias, el boom de Harry Potter.
No obstante, lo que sí es indiscutible es que La guerra de las galaxias
marca un antes y un después en la historia del cine. A continuación,
pasaré a fundamentar las razones de esta afirmación.
Para ello hay que volver
al pasado, a un pasado no tan lejano, sólo 27 años atrás,
cuando el joven director George Lucas, compañero de Spielberg y Francis
Ford Coppola, deambulaba por Hollywood, de estudio en estudio, llevando
el guion de su disparatado proyecto. Nadie quería aceptar su excéntrica
proposición de aventuras en el espacio con espadas láser.
Los ejecutivos dudaban de su viabilidad. Finalmente, Lucas recala en la
20th Century Fox, que asume el presupuesto general de la filmación
bajo ciertas condiciones. Lucas debe ceder los derechos de taquilla, salvo
en una cláusula que fijaba que el merchandising correspondía
exclusivamente al director.
Se puede filmar, entonces,
la primera película, no sin muchos problemas. Los sets de Túnez
-donde se ambientaron los exteriores del planeta Tatooine, hogar de Luke
Skywalker- fueron destruidos por una tormenta de arena. Luego hubo muchos
problemas con los actores, como en el caso de Harrison Ford (Han Solo), cuyas
líneas no le convencían. De otro lado, la sección de
los efectos especiales no se daba abasto para los requerimientos de Lucas,
quien posteriormente reconoció que los efectos no lo habían
dejado satisfecho y que tuvo que esperar más de veinte años
para plasmar una visualidad más acabada gracias a los novedosos programas
de diseño gráfico. En fin, en 1977 hubo tantos problemas que
la 20th Century Fox dudó hasta el final de la acogida de la película.
Pero, como sabemos, sucedió
todo lo contrario. La guerra de las galaxias prendió como
el estallido de la Estrella de la Muerte y Lucas, gracias a la dichosa cláusula,
adquirió un poder inusitado, casi imperial. Hasta entonces gozaba
de cierta fama como director de buenas películas, como THX-1138
y American Graffiti. Sin embargo, gracias a La guerra de las galaxias,
comenzó a tener el control total, en buena parte gracias a la publicidad,
los juguetes, los juegos, la música, los libros (publicados en 1978,
por lo que no se puede hablar de un texto en que se basó la película),
los cómics, las franquicias...
Todo esto otorgó un
aura particular a la película. Su expansión a otras áreas
comerciales - y, recordemos, su transformación en una industria del
entretenimiento - la diferenciaba de algunas predecesoras, como 2001:
Odisea del espacio, la cual había impactado a toda una generación
inspirada por la psicodelia y el destino superior de la humanidad. Sin embargo,
La guerra de las galaxias estructura su propia diferencia a partir
de la combinación de géneros, citas y formas: el cinematográfico,
desde el western, las películas bélicas basadas en
la segunda guerra mundial, el cine de Kurosawa, las cintas de aventuras
de los años 20 y 30, las seriales de tipo B... y de otro lado, la
tradición literaria, al reasumir la leyenda artúrica, los
grandes relatos mitológicos -no sólo clásicos, sino
también los pertenecientes a la tradición budista-, el ciclo
de Tolkien y las space operas publicadas en las revistas de ciencia
ficción de las primeras cuatro décadas del siglo XX. La apropiación
de los mitos externos contribuyó a forjar el propio mito cultural de La guerra
de las galaxias.
En ese sentido, Lucas apela
a un sincretismo de raigambre posmoderna que no hace distingos de espacio,
tiempo y origen. Sus campos significativos, su semiosfera, se podría
decir -si tomamos prestado el término de Yuri Lotman-, no termina
de agotarse al no acabar las posibilidades de lectura de los subtextos que
la forman. Es cierto, La guerra de las galaxias es un condensado cuyo
punto de partida son las películas y que, como tal, puede caer en
dilaciones de las que todo fenómeno cultural ciertamente no carece,
pero su magia visual, aunada a una consistencia referencial con nuestro tiempo
a la que contribuye no sólo su creador, sino también un imaginario
social y un horizonte de expectativas elaborados por sus seguidores, constituye
un impecable síntoma de vigencia y vitalidad.
No hay que restar mérito
también el valioso aporte de la música de John Williams, uno
de los más importantes compositores de soundtracks y siempre
asociado con los nombres de Spielberg y Lucas. Sus películas ganan
enormemente con el score épico de Williams, elaborado a partir de
motivos que se reiteran, como el tema principal, la famosa Marcha Imperial
y los emocionantes acordes que subyacen en la puesta de los soles binarios
o en la cremación en la luna de Endor, punto culminante de la película.
Si hablamos de motivos y temas,
tenemos un esquema típico ofrecido por un oscuro villano, una princesa,
un héroe, un bandido, su peludo compinche, un caballero Jedi retirado
y el entrañable maestro ancestral de la Orden. Entre éstos,
naves espaciales, planetas diversos y pintorescos alienígenas (recordemos
las antológicas escenas del bar en Mos Eisley o el palacio
de Jabba the Hutt). La guerra de las galaxias retoma estos
elementos para congregarlos en la sempiterna lucha del bien contra el mal,
pero desde una perspectiva que se aleja de lo convencional. Los rebeldes
que buscan restaurar los códigos y las normas de vida que hicieron
próspera y justa a la República Galáctica; y los designios
totalitarios de un Imperio caracterizado por el "terror tecnológico",
la deshumanización y el "nuevo orden" concebido por el Emperador y
su discípulo Vader: todo ello compone la trama de un universo imbuido
también por la concepción mística la Fuerza, como impulso
vital de los seres vivos que mantiene unido a la Galaxia, en palabras de Obi Wan Kenobi, y que es
capaz de restablecer el delicado equilibrio entre la luz y la oscuridad a
través del conflicto final entre Vader y Luke Skywalker.
Por tanto, sería descalificado
aquí hablar de un maniqueísmo. Lo que se ha simbolizado en
el duelo de sables láser entre padre e hijo, es una dialéctica,
esto es, la búsqueda de una mirada, la del otro, que pueda devolver
a Darth Vader su humanidad, su vuelta al pasado como Anakin Skywalker, y
de este modo desembarazarse de la terrible malignidad que le poseía
y así cumplir la profecía de la que se habla en el Episodio
I: de aquel que dará balance a la Fuerza.
Estas correspondencias impresionaron
y siguen impresionando a toda una generación a la cual La guerra
de las galaxias proporciona una experiencia cinematográfica irrepetible
como ha habido muy pocas en la historia del séptimo arte.
2
El espacio, la frontera
final..., reza la consigna de Viaje a las estrellas, que ha imperado
en más de treinta años de series televisivas y 10 películas.
El gestor de las hazañas y vicisitudes de la tripulación del
Enterprise, Gene Roddenberry, se inspiró en la leyenda del
Lejano Oeste para componer lo que sería la búsqueda de nuevos
límites, más allá del planeta Tierra, en los ignotos
y remotos mundos de la Vía Láctea.
Debo confesar que, aunque
no he sido seguidor de la serie original, con el capitán Kirk y el
doctor Spock, me gustaron, en cambio, las primeras cuatro películas,
que versan sobre dos temas centrales, a mi entender: la relación entre
el hombre y sus productos, así como con la naturaleza. En la primera,
denominada solamente Viaje a las estrellas se refiere justamente
a la sonda que la NASA envió al espacio a fines de los 70, y que
provoca una turbulencia que se aproxima a la Tierra para destruirla. Cuando
los miembros del Enterprise presumen que se trata de un complot de
los Klingon, la evidencia resulta insoportable: que un producto tecnológico
de la humanidad sea capaz de su propia destrucción.
Esta relación, muy
marcada en la ciencia ficción de los años 50 a causa del peligro
nuclear y en buenos ejemplos de la cinematografía reciente (como
el HAL 9000, las máquinas de Terminator e incluso la
Matrix), advierte los peligros del desarrollo tecnológico
exacerbado. La metáfora se puede leer de la siguiente manera: una
vez que la tecnología se independiza del hombre, es capaz de volverse
contra su propio creador, como el Frankenstein de Mary Shelley o
el replicante de Blade Runner. Es necesario, por tanto, mantener
un equilibrio entre ambas instancias, ¿pero de qué manera?
Las respuestas no son sencillas, no hay manera de renunciar al avance y
al desarrollo, por lo que se debe preservar cierta humanización para
mantener el balance de poderes. Y de esto se ocupan los intachables guardianes
humanos y vulcanianos del Enterprise.
En segundo lugar mencioné
la relación con la naturaleza, como el proyecto Génesis o
las ballenas que deben ser trasladadas en el tiempo para consolar a sus
congéneres del siglo XXIII. En el caso de Génesis, lo que
ocurre es una terraformación, es decir, el proceso de conversión
de una ecología hostil a una más propicia y semejante a la
del planeta Tierra o, mejor dicho, a los requerimientos de la civilización.
Ray Bradbury y más directamente Isaac Asimov son autores que concibieron
dicho proceso. En Viaje a las estrellas: La búsqueda por Spock
se aprecian las dimensionas grandiosas y a la vez trágicas de la
terraformación: finalmente, el planeta que debía vivir se
transforma en un alojamiento de la muerte. Esto significa que, cuando el
hombre quiere jugar a ser Dios, las consecuencias pueden invertirse de manera
funesta.
Las alusiones a nuestros
dramas contemporáneos -la contaminación ambiental, el peligro
nuclear, la deshumanización por la tecnología, la guerra y
la exploración espacial- son temas que han hecho tremendamente populares
a la serie de películas de Viaje a las estrellas y a sus diversos
derivados en la televisión. Esta popularidad no se debe únicamente
a la atracción de sus personajes o los complicados enigmas que deben
enfrentar en nombre de la federación de planetas, sino también
porque tocan en clave ciertos aspectos sociológicos y políticos
que reclaman una mayor atención de los habitantes de nuestro pequeño
y valioso mundo.
3
Desde que se anunció
como proyecto cinematográfico a mediados de los noventa, El Señor
de los Anillos no ha dejado de concitar la atención de seguidores
y no seguidores de la obra tolkiniana, sólo comparable con la expectativa
que generó el anuncio de la filmación de los episodios I,
II y III de La guerra de las galaxias.
Aunque también debo
admitir que no he leído los tres libros que conforman El Señor
de los Anillos, creo que el trabajo que ha hecho Peter Jackson con el
trabajo de producción es francamente inmejorable. Como el propio
director reconoció, tuvieron que pasar cincuenta años para
trasladar la visión de Tolkien a los cines.
Por supuesto, la traslación
de un texto literario al audiovisual implica tomar ciertos elementos en
detrimento de otros. Eso es inevitable, es más, diría que
es hasta recomendable. No se puede meter todo un texto en una película,
lo que, además de engorroso, sería irrelevante. De esto se
trata lo que conocemos como adaptación, y en el caso de El Señor
de los Anillos, su resultado ha sido más que satisfactorio.
En este procedimiento, que
algunos teóricos conocen como relato ecfrástico -es decir, el
acto por el cual se traslada un relato a un soporte diferente al original,
en este caso, del papel al celuloide-, las exigencias del guion y de la producción
obligan a lo que muchos erróneamente consideran como un cercenamiento.
Más bien, lo reiteramos, de lo que se trata es de plasmar la visión
de Tolkien, es decir, la Tierra Media en su tercera edad, con sus características
primordiales: la comunidad hobbit y su vida cotidiana, las pugnas entre
los humanos de Gondor, la decadencia del reino de Rohan, la idílica
Rivendale, el mundo subterráneo de Mordor y, puntualmente, la transformación
del entorno natural de la Tierra Media en un paraje de salvajismo y destrucción
en nombre del proyecto racial y político de Saruman y, a la vez,
del oscuro señor Sauron.
Todas estas características
se manifiestan logradamente en las películas de Jackson, las cuales,
como muy bien ha anotado Andrés Cotler, crítico de la revista
Somos, corresponden al paradigma fáustico del progreso,
tan bien descrito por Marshall Berman en el libro Todo lo sólido
se desvanece en el aire. Lo fáustico significa aquí el
afán de progreso ilimitado, insaciable, capaz de acabar con cualquier
forma de vida en aras de su propio beneficio, sea económico o político.
En el caso de El Señor de los Anillos, ello se concentraría
en la creación de un orden basado en la manipulación.
Contra el avatar fáustico
del renegado Saruman se alza, guiada por Gandalf, la comunidad del anillo
-la alianza entre las razas: humanos, elfos, enanos y la participación
clave de los hobbits que, como Frodo, son portadores del Anillo Único-
que, a pesar de que se disgrega al final de la primera cinta, construye
lazos de fraternidad indestructibles, tanto así que siguen conscientes
de la importancia de su misión y no la abandonan, como bien le recuerda
Sam a Frodo cuando alude a su valentía y a cómo serán
recordados cuando acaben todas sus peripecias y sufrimientos. Esta parte
-que ejerce una notable delicadeza porqque muestra secuencias de los héroes
y villanos luego de la batalla en los Abismos de Helm y en los alrededores
de la maligna fortaleza devastada por los ents- es un rendido homenaje a
la tradición épica y a la urgencia muy propia de los seres
humanos de siempre contar historias y de permanecer en la memoria de los
demás. En mi opinión, aquí radica el aporte cinematográfico
de Jackson para enriquecer aún más los innegables valores
estéticos de la obra de Tolkien.