La formación
de un imaginario
Giancarlo Stagnaro
La palabra saga proviene
de la mitología escandinava. Actualmente el diccionario la consigna
como el conjunto de relatos de tipo novelesco que tratan sobre la historia
de una familia en circunstancias determinadas. Por ejemplo, saga es la historia
de la familia de los Rougoun-Macquart, escrita por Emile Zola, y también
la de los Buendía en Cien años de soledad.
Por tanto, nos podemos plantear
la siguiente pregunta: ¿vivimos en un tiempo de sagas? La respuesta
es ambigua: sí y no. Por lo general, ello se debe a la confusión
de saga con serie, provocada, en parte, porque ambos términos implican
una sucesión de hechos en el tiempo. Aclaramos, de paso, que La
guerra de las galaxias es una saga, porque relata la vida y obra de la
familia Skywalker; mientras que la serie se la reservamos a películas
como Matrix, X-Men y tantas otras que, aunque concebidas con
el formato de trilogía impuesto por George Lucas, se anuncian como
sagas, cuando realmente son series. Truculencias del marketing del cine.
Con esto no quiero decir que
exista una sola saga de ciencia ficción (en realidad, hay varias),
sino que esta palabra ha adquirido ribetes de algo grandioso, espectacular
e imperdible.
¿Qué tipo de
cine está contribuyendo a crear la ciencia ficción o el género
fantástico? ¿Cuál es el papel de los medios de comunicación
como propagadores y formadores de opinión? En ese sentido, ¿cuál
sería el papel de la crítica cinematográfica, si es que
ésta se atreve a ponderar sus propios fundamentos para ejercer con
justeza su propia labor?
Estas confusiones de términos
a las que hacemos referencia forman parte de un aspecto de cómo se
aprecia el cine de ciencia ficción actual, basado en la exuberancia
de efectos visuales y siempre apuntando al taquillazo o al blockbuster
del fin de semana. Qué contraste con la manera en que se surgió
la ciencia ficción de inicios del siglo XX, aquel subgénero
despreciado y obliterado por los medios y la literatura canónica, cultivado
por los mal llamados "evasores de la realidad", que debió refugiarse
en revistas de bajo presupuesto y desde ahí proclamar su búsqueda
estética como una forma metafórica de concebir el mundo, al
hombre moderno y su tragicomedia científica.
Ahora la ciencia ficción
-y, con ella, el género fant&aaacute;stico-épico- se ha institucionalizado
y es parte de nuestro imaginario social. El portentoso éxito de The
Matrix y el revuelo que causó su osada presentación visual
son muestra de que la ciencia ficción se ha consolidado como parte
de la cultura global contemporánea, cada vez más transgresora
de cercos y límites. Poco a poco sus elementos se incorporan a lo cotidiano
hasta establecer vínculos afectivos que unen a determinados grupos
para compartir códigos, señales y propuestas. Por ejemplo, el
uso de lentes oscuros, acompañado por sacos de cuero negro, se convierte
en una tentación irresistible que no se puede soslayar. Resulta atrayente
ver a Trinity enfundada en ese traje y dando saltos mortales de edificio
en edificio.
La ciencia ficción
ha generado, por tanto, una moda. Recordemos los recientes estrenos de los
episodios I y II de La guerra de las galaxias: soldados imperiales,
caballeros con capucha Jedi, Darth Vaders y Chewbaccas por doquier y niños
blandiendo felices sus sables láser cuando suena el tema de John Williams.
Eso ha ocurrido aquí y en todas partes donde se ha exhibido las películas.
Tanto en 1977 como en 1999 y 2002 se trató de un acontecimiento, aunque
de distinta forma.
Puedo esbozar aquí
algunas inquietudes que, por un lado, he comprobado directamente y otras
se han ido elaborando a partir de ciertas intuiciones. Recuerdo que, de niño,
estaba fascinado por una tienda que vendía juguetes en San Isidro,
en la calle Miguel Dasso para ser más exactos, la antigua colección
de Kennel. Quizás algunos de ustedes han pasado por ahí. En
esa época los juguetes eran impresionantes. Recuerdo también
a un amigo que tenía toda la colección, porque sus padres tenían
mucha plata. La guerra de las galaxias marcó la vida de miles de personas,
no sólo por las películas, sino porque mucha gente creció
en ese entonces, a principios de la década de los ochenta, una época
que recuerdo con luminosidad, por este deslumbramiento que producían
las naves y toda la parafernalia de personajes y escenarios.
Pero cuando uno va creciendo,
y si es seguidor a prueba de todo, se da cuenta de que hay otros valores,
otras cosas. Nos atrae la aventura y la emoción, nos gustaría
subirnos a un caza X para acabar con el mal, pero, parafraseando el maestro
Yoda, ésas son cosas que un Jedi no anhela. Un Jedi es precisamente
alguien que usa la cabeza en vez de la impetuosidad, aquella que tanto le
reclamaba Obi Wan a su padawan Anakin. Para Lucas, y eso es algo que dejan
estas películas, un auténtico héroe sería alguien
que usa su dominio de sí mismo para controlar una situación
determinada.
Por ello, se hace imprescindible
revisar las películas de ciencia ficción y fantasía una
y otra vez para encontrar esos otros premios que nos reservan. Una lectura
primera nos revelaría el valor de la camaredería, de ser recíprocos
con los demás, y la importancia de la verdad, de la honestidad y la
justicia, en otras palabras, el valor de la moral y de la ética. Lo
contrario sería la perdición y el reverso oscuro.
Sin embargo, hay también
otra lectura que se basa no tanto en la "moraleja", sino más bien se
fundamenta en el mundo representado, la ficción, dentro de la pantalla.
Anteriormente hacía mención a que, en el caso de La guerra
de las galaxias, existe una oposición entre el bien y el mal. Lo
interesante aquí es que esta lucha en la trilogía original está
siempre perenne, es una constante. Ahí vemos la raíz del mal
encarnada en el Emperador y Vader, las Estrellas de la Muerte, el deshumanizado
ejército imperial y el intento de Vader por pasar al lado oscuro a
Luke Skywalker. En la trilogía reciente que Lucas ha producido, vemos,
a diferencia de la anterior, la gestación del mal: Anakin Skywalker,
un pequeño niño de nueve años, amable y generoso, se
transforma en un ser "más máquina que hombre". La pregunta
es cómo. La respuesta se halla en las películas. Y al mismo
tiempo, la gloriosa República Galáctica se ha corrompido de
tal modo, se ha pervertido, que debe ser suplantada por un sistema político
más directo, menos
retórico, más pragmático, basado en el poder científico
y tecnológico: el Imperio y su ejército de clones visto al final
del Episodio II. De este modo, hemos pasado de la democracia a la dictadura
y, de manera análoga, en lo particular, de Anakin a Vader.
El lado oscuro de la Fuerza
es la metáfora del mal, como lo es el Anillo Único que ha degenerado
a Gollum y tienta constantemente a Frodo. En este caso, la ambición
de poder ha originado la decadencia de los humanos y su imposibilidad de un
renacimiento, lo que le permite a Sauron volver de su destierro para reclamar
el anillo. La ambición, la locura y el crimen son sus aliados, y en
Las dos torres se aprecia el cambio de Frodo, lo que inevitablemente
lo llevaría a matar a Sam y convertirse en un Gollum.
El avatar fáustico y
la tentación totalitaria -que surgen cuando se denuncia la muerte de
la tradición, de las antiguas formas de vida, en nombre de un supuesto
bienestar general- hace que la tecnología cumpla su papel como agente
del mal: clonación y soldados imperiales por un lado; y creación
de temibles uruk hai por otro.
En una época como la
actual, cuando el poder se manifiesta con toda su violencia y cinismo, la
denuncia contra el mismo poder -encarnado metafóricamente en la Matrix,
el lado oscuro, el anillo o los científicos que experimentan con mutantes-
debería notarse en el cine de ciencia ficción actual. Esa es
una tarea imperativa para la crítica cinematográfica (no en
vano esta crítica forma parte de la crítica cultural), en vez
de apelar al cherry desmesurado, la nota complaciente o a quedar bien
con el star system, sea de acá o de allá. Por supuesto,
la crítica no puede omitir la evaluación de una película,
puesto que ella sólo se revela gracias a su propuesta estética
y a la manera en que articula las alegorías de nuestra sociedad y de
nuestro tiempo.