"Guerra
con las salamandras" de Karel Capek (1)
Cuando un mal lector de novelas
-yo lo soy sin remedio por pereza o neggligencia y a causa de la proliferación
de las anodidas que ahogan la literatura presente- elige una entre ciento
porque lo atrae a ella un extraño conjuro, ajeno precisamente al cotejo
que norma la apreciación del género, corre sin duda el riesgo
de dar de manos a boca con alguna de autor que abigarra el relato, lo sume
en mar especulativo y lo consume a buchadas lentísimas, dentro de
lugares comunes del sentimiento y la pasión, y los disfraza con trato
realista e intento de tesis. Ni hablar, por supuesto, de la vulgar de aventuras
o la confesional tan monótona cuando carece de genio. Hallar, por
eso, ante estos peligros una que discurra libre y distinta, es verdadera
fortuna y merece que, como en mi caso, el lector, aunque lego en la materia,
le dedique unas líneas de comentario. Porque tengo de veras por virtud
el rechazo del volumen que carga su contenido argumental con el dislate del
neurópata - recurso bien manido, por cierto- y disquisición larga y sombría.
Si lo angustioso - lo angustioso tan antiguo y tan contemporáneo-
se ha de lograr por dicho camino por mengua de la paciencia atenta y vigilante
del lector, el artificio de que se compone la novela se torna detestable.
Lo curioso está en no descubrir el procedimiento de que se ha valido
el autor, el truco. Le bastan a Kafka, tan auténtico, pocas páginas,
a veces ni una entera, para sobrecogernos dentro de lo suyo y retenernos
sin escape en el mundo infinito y feroz que crea. Si el relato lo sentimos
y lo damos, por más absurdo que sea, como experiencia en la que nos
incluimos, es que se ha obtenido el eficaz objeto de la obra y la angustia,
cualquier otra vivencia que descubramos en ella, será sincera, válida.
No así cuando con desnudez comprobamos, al cabo de leer unas páginas,
que la razón se ha ajustado a disponer como en un tablero de ajedrez
las piezas y a señalarles una ruta mecánica, fatal, que siguen
los personajes como autómatas. Sucede en esos casos que vemos actuar,
moverse, existir en una
palabra a peleles o maniquíes plenos de una inteligencia extraordinaria
y mortificante. No es raro hallar en tales ocasiones la sombra de los dedos
del titiritero que los menea.
En Karel Capek, a pesar del
derroche de la imaginación, todo fluye cierto y natural. Un mundo
nuevo e intransitado, elaborado con materia conocida, surge de Guerra con
las salamandras. De la angustia - repito, no la mentida - del mundo occidental
al borde de la ruina bélica, intuyendo de cerca la catástrofe,
extrajo sin alarde teórico ni pretensión moralizante, con acre
ironía, una original ficción novelesca. Por cauce novedoso,
dentro de poco común estructura, el argumento equilibra, en términos
sumamente felices, la fantasía - actuando sobre elementos propios
del mundo que habitaba el autor y de cuya organización surgía
lentamente el germen de su daño - y el humor acidulado de quien se
encuentra en medio del caos y desamparado. No hay, sin embargo, propósito
ético en la novela; mas bien espíritu pesimista del que no
ha encontrado una fe digna en la cual hacer fincar esperanzas de vida mejor;
el espíritu, en fin, del hombre europeo de pre-guerra. Sus personajes,
por eso, no son las personas individuales, singularizadas, sino los hombres, las naciones, la
humanidad en general.
Las salamandras (la especie
del Andreas Scheuchzeri) que forman un misterio (sic) grupo prehistórico
salvado en un recodo de las islas del Pacífico y que constituyen una
familia animal superior a la humana, dotada de extraordinarias facultades
de creación, cuya reproducción se debe a la explotación
mercantil de los hombres, se convierten en despiadadas enemigas del hombre
y concluyen por destruirlo, a él y a su civilización. No hay
duda que ellas ahí prefiguran la amenaza brutal que se cirnió
sobre la cultura y que Capek intuyó creando la imaginaria y horrorosa
guerra. En torno al asunto giran las vidas de Van Toch, iluso capitán
que descubrió el nuevo ser y pensó en su explotación
provechosa; Bondy, el capitalista que auspició la corporación
que sacó de su oscuridad a las salamandras; y el ingenuo Provondra
que al introducir al marino al despacho del comerciante fue el irresponsable
causante de la plaga. Sobre ellos, sobre sus vidas y sobre sus ambiciones,
recae la culpa, como sobre los tres géneros que representan recae la del estado ruinoso de la
sociedad actual.
Pero los tres también
son, de uno u otro modo, las principales víctimas de la cruenta guerra.
Y así como a la culpa de estos se une la de todos los demás,
víctimas del novísimo enemigo han de ser también todos.
Un complicado conjunto de intereses sujetos los unos a los otros de intrincado
modo, se teje en el pingüe negocio de las salamandras y a la postre
tanto el millonario y frívolo joven Abel, que de paseo en su yate
tiene un grave encuentro con los bichos, como el filósofo Wolf Meynert,
que construye una tesis sobre la futura servidumbre del hombre, así
como los sabios, sacerdotes, políticos, intelectuales y curiosos que
alrededor de ellos intrigan, son sacrificados en la contienda. El tono desconsolado
de la novela, la incisiva delectación en mostrar a la sociedad, sin
pérdida de la calidad literaria, en todas sus lacras, componen un
conjunto cargado de inquietud y zozobra. Ni siquiera el último capítulo
- El autor habla consigo mismo- en el qque pergeña un alegato para
defender todo lo que en el conflicto de su novela ha dado fin, a modo de contricción,
consigue destruir el angustiado clima que ha creado. Queda al final como
un oscuro e incierto ánimo que prevé, más allá
de lo puramente novelesco, un trágico final de todo.
Capek hizo de Guerra de
las salamandras (sic) un libro, característico de la época,
que como documento no disminuye lo que como obra literaria, llena de un respiro
hondo y extraño, constituye. En ella el hombre contemporáneo
encuentra, como en muy contadas, la imagen cabal del contemporáneo
"mal du siécle".
Sebastián Salazar
Bondy
(Artículo publicado
originalmente en la revista "Las Moradas", dirigida por César Moro
y Emilio Adolfo Westphalen. Lima, 1947.)
(1) KAREL CAPEK. "GUERRA
CON LAS SALAMANDRAS". Colección NOVELAS EXTRAÑAS. Revista
de Occidente. Madrid, 1945. Traducido del inglés por Carmen Diez Oñate
y Mildred Forrester.