La
estación de la Calle Perdido
China Miéville
Perdido Street Station
La Factoría de Ideas
Madrid, 2001.
594 páginas.
Precio en Perú: 130 soles
Jorge Luis Borges escribió
un magistral relato fantástico llamado "El libro de la arena", en
el cual da cuenta de un volumen cuyas páginas eran infinitas, y todas
y cada una de las hojas eran únicas e individuales. "La estación
de la Calle Perdido" tiene en común con el libro de la arena borgiano
esta característica: que uno lo puede coger por cualquier página
con la seguridad de que esta página es única e irrepetible,
en el sentido que tiene valor por sí misma. Quiero decir, el libro
es tan bueno que cualquier cosa que uno lea de él tiene un sentido,
provoca una emoción en el lector. Como los cabalistas decían
de su libro sagrado, hasta la última coma tiene un sentido, aunque
sea oculto.
La mención a la cábala,
es decir, al esoterismo hebreo, no es gratuita. En esta novela, se funden
la ciencia y la magia, el retrato social a lo Dickens y la biología,
la imaginería de las películas de monstruos japonesas con la
acción de las películas de gangsters norteamericanas.... unidos
en un Todo que funciona, aunque parezca imposible.
La novela es extensa, pero no
aburrida. Hacer una reseña de la misma es relativamente difícil,
por que lo que para mi pudiera parecer irrelevante respecto al develamiento
de la trama, para otro lector podría ser el dato que hubiera
querido descubrir por sí mismo. Así de "plena" es ésta
novela.
Tanto los protagonistas como
la ciudad en la que transcurren las acciones merece un estudio propio. Estoy
seguro que en un futuro cercano, Nueva Crobuzón será un referente
para el mundo de la ciencia-ficción y la fantasí, como el Macondo
de Gabriel García Márquez lo es para la literatura mainstream.
Nueva Crobuzón no está en la Tierra, pero es una ciudad muy
terrestre a su manera, con sus instituciones de gobierno, fuerzas de seguridad,
políticos corruptos, bandas de criminales, estudiantes universitarios
expertos en magia, seres de otros mundos (kephri, vodyanoi, garuda, cactos)
y de otros ámbitos (la Tejedora, el Embajador del Infierno)... Las
páginas en las cuales aparecen cada uno de los mencionados no tienen
desperdicio.
Se puede decir, y esto es simplificar
demasiado, que la novela tiene dos partes: en la primera, Isaac Grimnebulin,
estudiante universitario, recibe la visita de un ser pájaro que desea
volver a volar. Mientras tanto, LIn, su novia kephri (un ser que del
cuello para abajo es mujer, y del cuello para arriba un escarabajo completo)
es contratada por un extraño criminal para que le haga una estatua
con la saliva que las kephri segregan... Mientras Isaac investiga
cómo hacer que Yagharek, el ser-pájaro que ha contratado sus
servicios, pueda volver a volar, aparece un paquete conteniendo algo que
será la clave de un horror que todos hubieran preferido no conocer.
Precisamente, esta característica
hace que no se pueda avanzar más en una reseña, pues contar
algo más significaría quitarle todo el misterio a la novela.
Sólo diremos que para enfrentar ese horror, se buscará recurrir
a seres tan extraños como el Embajador del Infierno (un demonio que,
efectivamente, es el representante diplomático del mundo de las almas
condenadas) y la Tejedora, un ser que podría formar parte tanto de
una novela de horror, de una novela de ciencia-ficción hard o de un
cuento infantil...
Uno puede leer esta novela desde
cualquier punto de vista. Tanto como la trama, valen las descripciones de
la ciudad, al punto que también se puede leer como una "guía
de la ciudad de Nueva Crobuzón". Cualquier punto geográfico
de esta megalópolis imaginaria es fascinante: los edificios públicos,
el domo en el que moran los cactos, el barrio de las kephris, las
residencias de los personajes, las referencias a la prensa escrita... al
igual que "Rayuela" de Julio Cortázar, esta novela puede leerse de
muchas maneras (¿lo he dicho ya?).
En toda esta construcción
fantástica, hay un lugar que, irónicamente, no nos suena tan
fantástico a los peruanos. La estación de la Calle Perdido
es la estación de un tren que no lleva a ninguna parte, pero que cuando
se construyó, se pensó que llegaría a algún sitio...
Esta descripción aparentemente absurda nos recuerda a esos puentes
de cemento que nunca sustentaron las vías de un tren eléctrico
que nunca funcionó (salvo en un tramo de unos 10 kilómetros),
producto de la gestión de un ex - presidente del Perú que amenaza
con volver... y cuando eso suceda, no habrá quien nos pueda salvar.
Daniel Salvo (c) 16
de Julio de 2003