And me
who forgets, will be destined to remember
Eddie Vedder
¿Cómo
había llegado a ello?
Una tarde cualquiera, sentado en su lugar favorito de la playa, Fernando
pensaba en lo inexplicable de algunos de sus sucesos recientes.
Sabía, como había sabido desde hacía demasiado
tiempo, que Marisa lo observaba desde lejos tan rígida como
él, absorta y ausente para el resto del mundo.
El mismo pensamiento lo recorría incesantemente, metiéndolo
más dentro de sí mismo, contemplando rígido el mar,
intrigado:
¿Cómo había comenzado todo?
La memoria (maldita palabra) regresaba al mismo parque algunos días
antes. Marisa había cruzado ese mismo Océano para verlo,
para ver al que podía ver a través del cristal de un ayer
a la vez brumoso e inmarcesible o tal vez sencillamente ficticio, sepultado
entre la invención de la memoria y la invencible esperanza.
Habían caminado juntos sin hablar, sin querer romper el hechizo
que dice que si no dices nada lo entiendes todo, a fin de cuentas otro
disfraz adicional para el miedo.
En un momento y sin dar seña alguna, interrumpió toda
comunicación apartándose de ella, quien –inexplicablemente-
no dijo nada. La plazoleta circular del parque (Que debía su nombre
a un difunto político hebreo) lucía más extrañamente
desolada que cualquier otro día de ese 2040.
Tampoco él sabía qué hacer, había llegado
a ese tiempo en el cual “la resaca de todo lo vivido que se acumula en
el alma” rebosa, y con esto, amenazaba su integridad.
Había Caminado sin demasiada decisión por entre los
viejos parques del Acantilado, viendo convertirse al faro en no más
que una estaca abandonada a los elementos, y los edificios, afectados por
la humedad y la brisa salobre, comenzaban ya a dar signos de desgaste,
después de todo, no habían sido diseñados para estar
frente a la playa.
Tomó un colectivo y el tren sin meditarlo mucho, no tenía
ganas de hablar y mientras iba al puesto de Adolfo, a otra rutinaria sesión
de juego de rol con la “gente”, sólo divagaba. Los grafittis en
las paredes eran una mancha borrosa, exquisitamente coloreada, cercana al
abigarramiento a esa velocidad.
Recordaba como cuando, más valiente y más tonto, había
planeado con la gente hacer un graffiti que la gente del tren pudiera leer,
y lo que decía, en grasosas y enormes letras:
“NO HAY VIDA FUERA DE LA RED”
Una vez apeado del tren, inició su rutina de observación
de los “increíbles niños antena” a los cuales miraba con
una combinación de reverencial respeto y acendrara envidia, y es
que la invisible mano del mercado (que era de Silicio y propiedad de Sony
según decían otros) era taxativa: quién tuviera aparatitos
circulando de forma notoria había pasado a ser un ciudadano de segunda,
los implantes de acceso, con tecnología de Banda Ancha, multiprocesos
y encriptación fractal en ADN, hacían ver a las tan extraordinarias
(en su tiempo, claro) PDAs, teléfonos móviles 4G y otros
gadgets como simples briznas de polvo, olvidados en la marea del tiempo
tecnológico y su hija la obsolescencia planificada.
Sujetó, entre humillado y beatifico, su orgullosa Sony Ericsson
C370 (pantalla a color, 65000 colores RGB, matriz LCD y un precursor del
chip célula dentro, junto con el “enorme” almacenamiento de 2 GB)
claramente una reliquia más que un objeto de uso común en esta
época.
“Y sin embargo sirve”, se defendía de los “niños”,
parafraseando a Galileo.
Todo había comenzado en Ciudad de Dios, el último refugio
para los ferreteros del Hardware Arqueológico.
En el recuerdo el mercado se abría frente a él a la
salida de la estación del tren, la ley de ciberdélitos había
sacado a casi todos los comerciantes del centro de la ciudad con la celeridad
de una remesa de chips de datos pirata en día de requisa, ahora,
en el viejo mercado de Abasto, esperaban pacientemente el día del
cambio de giro.
La “gente” -o los que quedaban de ellos.- se reuniría esa noche,
indefectiblemente en el puesto de Adolfo, amo del Silicio de segunda mano.
Su puesto, el 12C, quedaba lo suficientemente lejos de la puerta principal
para no llegar allí por casualidad, y eso era casi una regla general.
Así habían sobrevivido juntos, andando entre coders como
ellos, usuarios dejados atrás por la sofisticación de los
plutócratas del silicio y sus secuaces biotecnócratas.
Adolfo estaba como siempre, reposando su voluminoso cuerpo en su sillón
de agua, dándose laboriosamente a la tarea de revisar, línea
por línea del último módulo del Hurd 8.5, riendo para
sí cada vez que hallaba un error “infantil” de código, una
tarea inútil sólo por amor a un arte desaparecido.
- Otra brecha de seguridad, ya entiendo porqué los propietarios
ganaron.
- No ganaron, sólo los absorbió el negocio.- repliqué
– Ahora todos ven pueden ver el código.
- Ya, claro, pero ¿el código de qué? Me sigo
quedando con mi Hurd, al menos sé de qué pie cojea-. Fernando
rió de buena gana.
El movimiento de Software libre, que había sido una eclosión
creativa tan intensa como breve -afectando incluso los destinos del mercado
del software- no había sabido ganar las simpatías del usuario
promedio, engatusado con el marketing de las grandes corporaciones.
Desde el deceso de Stallman, su fundador, comenzaron a dividirse y
perder presencia. Diez años después, cuando la Organización
Mundial de Comercio aprobó la ley de liberación del código,
unos pocos creyeron que la cosa mejoraría, pero no fue mucho, los
Sistemas Operativos de entonces ya se habían vuelto demasiado inteligentes,
corporativamente inteligentes.
- ¿Y qué te cuentas?-. Había dicho, mientas se
tomaba un vaso de chicha morada, acaso rancia, que había allí.
Haciendo un esfuerzo por sacarlo de su aparente nirvana.
Adolfo, sin embargo, no carecía de recursos ni era reacio al
arte de la retaliación verbal.
-¿Aún sigues deprimido? –preguntó, casi riéndose
en su cara.
Fernando bostezó.
-No, ya no, a Marisa no le gusta verme así.
-Oh, me parece bien ¿y ya lograste decirle algo?
-Estoy... trabajando en ello.
-Excusas, sólo excusas.
Echó la carcajada, casi desternillándose sin motivo.
Fernando lo miró, ceñudo.
- Algunos nunca cambian.- dijo, resentido. Adolfo sólo siguió
riéndose, mientras el resto de la “gente”, Diego, Matías
y Sara, llegaban al puesto, su habitual punto de encuentro.
En uno de sus pocos arrebatos de comportamiento perfectamente inteligible,
Adolfo se paró, como oficiando de Anfitrión, y luego, al
parecer atraído por una urgencia mayor, cogió una hoja de
papel impreso y se la alcanzó a Fernando, retornando luego a su poltrona.
Los demás ya tomaban sus lugares acostumbrados, haciendo sitio entre
las antenas, los chips, las tarjetas de interfaz y los emisores, los libros
de papel y las bibliopantallas, cachivaches de otra era.
-¿Y esto?
-Míralo por ti mismo.
Fernando leyó el papel con avidez y al terminar, sobresaltado
y con los ojos como platos, exclamó:
-¡Lo han terminado! ¡Ha pasado el Test Turing!-
-No te precipites.- contestó Matías, restándole
importancia al asunto –Es sólo una especulación del v-log
de NEC, publicidad, nada más.
Mientras terminaba de leer el papel (un fragmento de un reportaje
publicitario acerca de corporaciones buscando la primera IA auto-consciente,
lleno de retórica, pero ausente de hechos) los demás ya se
enfrascaban en la preparación del tradicional juego de “La Caída
del Dragón” el primer sim-RPG, donde tus errores –literalmente-
duelen, poco popular por ello, era una de las piezas más preciadas
de la colección de Adolfo.
Sara, como siempre, llevaba la delantera, su cabello, originalmente
negro y aclarado por sus diversos experimentos lucía demasiado
apagado, sus ojos como queriendo gritar.
Matías, visiblemente incómodo, luchaba con su dolor
y el juego para ganarle a Sara la posesión de sus preciosas ciudades,
sin éxito aparente.
El mapa mundial del Sim se veía colmado de detalles, que le
daban a cada jugador la oportunidad de crear su estrategia.
Adolfo, siempre el menos dotado para esos juegos; sufría estoicamente,
casi como si lo hiciera sólo por el dolor.
-¡Chester!-, dijo, engarrotado –hay algo que no te he dicho.
Fernando miraba el salvapantallas de la pantalla, líneas caóticas
convergiendo, una y otra vez, en formas confusas, esparciéndose
incesantemente como una catarata de colores y formas rugosas por encima
de un elipsoide de relieve vagamente natural.
-Fernando.- dijo Adolfo, entrecortadamente, sobándose los miembros
adoloridos
-¿Eh?- reaccionó Fernando -¿Qué es eso
de la pantalla?
-Eso es lo que quería decirte, estuve trasteando con la Antena,
y está rastreando las variaciones del campo magnético.
-¿Cómo?- preguntó Diego, anonadado.
- Es por los cambios en la resonancia Schumann. Mira, si pudiéramos
eliminar todos los ruidos de la tierra y tuviéramos oídos
lo suficientemente sensibles, sería lo único que oiríamos.-
dijo orgulloso -de hecho, casi doctoral- Adolfo –Varía porque está
conectada al campo magnético, y tú sabes, con todo lo que
le cae encima al planeta...
-Ah... ¿y se puede hacer algo más con él?
-No lo sé, pero... - y se cortó, volviendo al juego
y al dolor.
Fernando introdujo coordenadas nuevas para el sistema, cambiando la
forma del atractor extraño, ayudado por Diego, embutieron más
información, dándole definición a la figura, casi
como una fruta extraña y multicolor, que, repentinamente, abandonó
su desordenado patrón de catarata y se tornó en un amasijo
de superficies yuxtapuestas que, con los cambios de color, daban la impresión
orgánica de un latido.
-Este... – dijo Diego y Adolfo, haciendo una pausa, fue a mirar.
-¿Qué han hecho?
-Cambiamos unos valores, nada más.
Mirando inquisitivamente a la pantalla, sólo dijo:
- Parece vivo.
Diego y Fernando se miraron las caras sin saber qué decir.
Horas más tarde, camino a casa en el tren, Fernando pensaba
en aquella especie de corazón virtual, latiendo en la pantalla de
Adolfo, quizás a la cadencia de aquella oculta rítmica de
la Tierra.
Sus pensamientos se combinaban con los recuerdos de la última
parte de la reunión:
-¿Sabías que hubo una batalla aquí?- Recordaba
decir a Adolfo con su típico tono de ingenuidad.
-Em... si.- había dicho Fernando –Hace como 200 años,
durante la guerra con Chile.
-¿Qué, lo sabías?- dijo Sara, mientras terminaba
de apoyar la consola del RPG, visiblemente sorprendida. Había ganado
de nuevo.
-¿Si? Bueno, yo recién me enteré ayer, estaban
cavando una fosa para unas tuberías, y aparecieron unas cuantas
cosas.- señaló Adolfo, en tono meramente informativo.
- Si, así es.- contestó Fernando, viendo su oportunidad
de lucirse.-Fue en la batalla por Lima en la última parte de la
guerra con Chile, la línea de defensa era todo el distrito de San
Juan y Chorrillos.
-¡Vaya!- respondió Matías sorprendido –No sabía
que te gustaran tanto las curiosidades pre-silicio.
Una carcajada general llenó el puesto, claramente Fernando
no había logrado su cometido.
El ruido del tren moviéndose en dirección al norte,
llevándolo a casa le daba a Fernando una sensación de intranquilidad.
El viejo grafitti de su juventud estaba ahora algo desteñido
sobre el muro de una playa de estacionamiento, “¿Sería cierto?”
pensó, “¿Es que la red lo era todo?”
- No lo sé.- Se dijo en voz alta.
Adolfo había trasladado una versión ligera del programa
a su móvil, la venerable C370, con los últimos datos
introducidos por él “a ver qué sucede” La Antena de Adolfo
sólo recibía, y quería probar qué ocurría
si las ponía en un emisor.
¿Un cambio de color?
Un instante en blanco, lleno de un sentimiento de anticipación
e incertidumbre y luego…
…La oscuridad de la acelerada noche fue reemplazada por una visión
de desierto, de hombres atrincherados bajo el sofocante calor, armas en
ristre, aunque no muchas, al otro lado, una muralla de camisas azules y
cuellos rojos se acercaba bayonetas al frente. Aquí y allá,
descargas de fusilería se sucedían y de pronto, un gran
estruendo y gritos de rabia y desesperación.
-¡Cuerpo a tierra!- gritó un cabo cuyo nombre sintió
que sabía, pero que no conseguía recordar.
Aterrado, preparó su fusil, al igual que el resto del regimiento,
la retirada había sido demasiado sangrienta, y presintió
que estaban rodeados, y que esta vez no se salvarían del cerco…San
Juan y Chorrillos quedarían solamente como una matanza sin par.
¿Presentir?
Las palabras de Adolfo “¿Qué has hecho? Ahora quiere
una antena para transmitir, ¿sabes? Quédatelo, no lo quiero.”
Resonaban claramente en un espacio entre el negro y el blanco….
Su asiento del tren lo había despertado.
“Avenida Canadá, su parada.” Decía a su oído
mientras que el atractor que había en la pantalla del móvil
había cambiado sensiblemente de forma.
Asustado, apagó el móvil y se incorporó.
-¡Vaya que eres impresionable!- dijo Adolfo en su esfera de
video Conferencia, apareciendo sólo como una cabeza en el cubículo
de Fernando, junto con figuras análogas de Sara y Matías.
Su trabajo como técnico de soporte lo había acostumbrado
en algo a los nuevos sistemas, aunque no dejara de tener una sensación
de incomodidad evidente al respecto.
-¿Pero cómo sabes que era una transmisión? –
dijo Matías, rascándose la cabeza con una mano imaginaria.
-No lo sé, pero es mucha coincidencia ¿no creen?
-No lo creo.- dijo Sara –eso tiene una explicación perfectamente
razonable, te acordaste de la batalla y soñaste con ella.
-Ya, ya.- replicó resignado Fernando ¿y cómo
explicas lo vívido del sueño?
Sara fingió no haber oído la pregunta.
-Entonces fue eso.- hizo una pausa –Adolfo, ¿puedo reenviarte
los datos? A ver si sacas algo en claro de ellos.
-Hazlo, no te prometo nada.
-Por cierto.- dijo Matías -¿En qué frecuencia
está transmitiendo la antena?
-7,5 Hz - dijo Fernando.
-Oh.- dijo Adolfo, pensando “demasiada coincidencia” para sí
mientras su holo miraba a otra parte.
El resto del día se dedicó a buscar más datos
en la red sobre rarezas de ese tipo, no encontraba nada satisfactorio y
que no cayera dentro del terreno de lo inexplicable o lo desquiciado,
por lo general, nada que no tuviera de por medio una droga o algún
grado de locura.
En su pieza, escuchando música minimalista, decidió
olvidarse de todo mientras en la misma Sony Ericsson que Marisa le había
devuelto -su otra reliquia- leía el último capítulo
de Gravity Rainbow (sin cortes ni insertos comerciales) …
…Una casa.
Había ocurrido de nuevo, los colores cambiando repentinamente
y se encontraba otra vez en un lugar que desconocía. En realidad
era demasiado espaciosa para ser una casa, un patio cuadrangular, abierto
al cielo, coronado en su centro por una pileta colonial y ambientes
de dos pisos abriéndose a los costados, todo ello tenía un
cierto sabor a antiguo, un portón de madera cerrado dejaba ver un
cielo gris detrás.
Caminó hacia adentro, había oído voces.
-¿Lo terminaste? ¡Qué bien!- la voz de una mujer,
joven por el timbre y alegre.
-Calma hija, es sólo un prototipo.- repuso otra voz, masculina
y madura.
-Pero papá, ¡será como en la novela de Julio Verne!
¡Dime que si papá!.
-Si, Almudena, si, pero no te entusiasmes demasiado, aun hay demasiadas
pruebas que hacer.
Fernando ya los podía ver, el hombre, más alto que él
y al parecer preparado para salir, usaba un sombrero de copa y un traje
azul marino, un par de alas doradas relucían en su solapa.
La joven, en un vestido largo, con vuelo y un lazo azul atando su
pelo castaño, sonreía con un brillo que no podría
hacer descrito en palabras, que, como dándose cuenta de una presencia,
miró alrededor, como buscando a alguien y luego se paralizó,
con una expresión en su rostro que lo horrorizó…
-¡Hija! ¿Es ese terror de nuevo?-.
…
La alarma de conexión de datos se había activado en
su máximo volumen, regresándolo a la conciencia.
- Fernando ¡levántate!- sonó la voz de Adolfo
por el comunicador -¡tienes que ver esto!
Adolfo, por lo general imperturbable, casi nunca hacía cosas
así, pensó Fernando y se catapultó fuera del camastro.
De todos modos, tendría algo que contarle.
-¡¿Qué demonios ocurre?!- exclamó azarado,
la imagen de Adolfo apareció de cuerpo entero en la habitación.
-Ven a la casa, de inmediato, no puedes perderte esto.- dijo Adolfo,
recuperando su calma
-¡Un momento! ¡Tengo algo que decirte!.
–Te espero.- Agregó, cortando después.
Fernando, demasiado intrigado para ponerse a pensar, se cambió
y salió. Ir a casa del gran Adolfo era toda una ocasión,
independientemente de lo excepcional de las circunstancias.
Contrariamente a lo que pensaba, lo halló leyendo un libro
al llegar, una novela de misterio, cuyo autor empezaba por H, no lo reconoció.
Adolfo se incorporó, tan masivo como era, y leyendo un par
de líneas más le dijo:
-Sígueme.
Llegaron a su “Gran Salón.” La casa, que había heredado
de sus padres, rebosaba de animales en tomas estáticas, holografías.
En sus rostros ausentes Fernando creyó leer expresiones de terror,
sorpresa y desagrado, que ignoró tras ceder al miedo por un par
de segundos más.
-Aquí está.- dijo Adolfo y le presentó a su cluster,
10 chips célula en una sola caja, con almacenamiento óptico
multi-paralelo y una interfase orgánica generando tejido de almacenaje
en un tanque con nutrimentos.
-Lo llamo el Homúnculo.- dijo. -Es lo mejor que he armado,
bueno, a los hechos.
Abrió el entorno gráfico de su sistema operativo y la
habitación entera se iluminó con una proyección en
3D.
-Notable.- Dijo Fernando. –Notable.
-Como decía, a los datos.- y sin detenerse, con un parpadeo
y cambiando la mirada de dirección, activó un gráfico.
-El atractor ¿no?
-Así es.- ahora mira –y con un gesto imperceptible aumentó
la imagen.
La imagen aumentada, alcanzaba ya a revelar en detalle la estructura
de la “superficie” del atractor, una masa escabrosa y voluble, en ciclos
de incesante transformación, sin embargo, sin que ello fuera
una epifanía, la finalidad de las ondulaciones parecía clara,
al menos para Adolfo:
-La superficie resuena según las oscilaciones de la resonancia
Schumann.- hizo una pausa
-Hasta allí sabemos.- Lo interesante viene aquí.- Y
al decirlo, aumentó aun más la imagen, hasta una serie de
cumbres y valles muy pronunciados, una mancha negra al lado de estos.
-Esa mancha es la clave ¿no?-, dijo Fernando con un tono demasiado
confiado.
-En realidad no.-respondió Adolfo –Es sólo una sobrecarga
de memoria, mira acá.- mientras señalaba con un punto de
luz al enredo de cumbres y valles en oscilación permanente.
-Aislé el patrón de ondulación del gráfico.-
Prosiguió –Y está modulando.
-¿modulando?
-Si, Fernando, está respondiendo.
Anonadado y sin saber que decir, miró a otro lado y luego,
fijamente, al atractor, se había sentido estúpido después
de lo de la mancha, pero esa sensación no podía comparársele.
-Al parecer, alguien quiere hablar contigo, muchacho.- dijo Adolfo,
apagando la simulación.
-¿Y cómo hago para averiguar quién es?-, preguntó
Fernando, casi exaltado, sintiendo un intenso sentido de anticipación
¿era ella la de las visiones quién quería hablar con
él?
-Um... no queda otra.- respondió Adolfo, más para sí
que otra cosa
-¿Qué?- insistió Fernando
-Tenemos que aumentar la capacidad de procesamiento de tu móvil,
un chip célula será suficiente, el problema es que ya no
llegan aquí.
-¿Y ahora?- Preguntó Fernando, al borde de la desesperación
-Pues tendremos que buscarlo, anda mañana al mediodía
al puesto, allí veremos.
Fernando asintió y sin ceremonia alguna, se retiró de
la habitación y de la casa mientras Adolfo cargaba un nuevo modelo
en la holografía, y la apariencia de una piel femenina se atisbaba
por el rabillo del ojo.
Había sido incapaz de decirle lo ocurrido antes de hablar con
él por el holo, las imágenes aun se distinguían, nítidas,
en su mente.
Minutos después y sin poder dormir, Fernando pensó demasiado
en la serie de hechos, sin poder hilar un motivo común o una serie
de coincidencias que lo hicieran creer que su caso era, por mucho, otro
más de la larga lista, una estadística, sintiéndose
repentinamente asustado por ello. Toda la vida había creído
no ser ni tener nada especial, aunque tampoco se había molestado
en envidiar a aquellos que si lo tuvieran o parecieran no ser del montón,
nunca le había importado. En ese sentido, había llenado su
vida de un silencio casi impenetrable, que ya nadie, ni siquiera Marisa,
podía desentrañar.
Encendió el móvil, “la verdad,” pensó “es demasiado
tarde para todo, incluso para tener miedo.” Y luego cerró los ojos,
esperando verlos de nuevo.
Esta vez la sensación fue notoria, pero no veía a otros,
era como si hubiera tomado prestados los ojos de otra persona sin poder
hacer nada al respecto.
-Ten la espada, hijo.- había dicho su padre –Es la posesión
más preciada de la familia.
-Gracias padre.- sonrió, casi por compromiso –estaré
a la altura de ella.
-¡Eso no importa!- exclamó su madre, sollozando -lo que
importa es que no te dejes matar ¡mentecato!-.
José Eduardo cargo la espada al cinto, y alejándose
sin mirar atrás, se dirigió al Reducto 3, sus compañeros
lo esperaban. La noche se iniciaba y el humo de las hogueras de Chorrillos
y Barranco se veía aun a esa distancia.
Se estremeció, tenía un mal presentimiento al respecto.
Cuando Adolfo lo despertó vía com, eran las nueve y
media de la mañana, no le tocaba ir a trabajar, y se había
ido de largo.
-Finalmente... - dijo al verlo levantado en la sala –date una ducha,
hijo, te ves lamentable. Y entonces comenzó a reírse tan
sarcásticamente como siempre. Fernando sólo ensayó
una mueca de desagrado por toda respuesta, antes de cortar la comunicación,
no se había repuesto del todo de la visión.
Huayro, el “Rey de la Chatarra” informática los esperaba más
tarde con sus partes desperdigadas en su corralón de Pamplona Alta,
ahora convertida en un pueblo fantasma, Fernando –recordaba- había
hurgado infructuosamente entre viejas consolas de Videojuegos hasta hallar
una Playstation 3 en buen estado, portando un chip célula útil,
aunque ello hubiese costado más suciedad y aparatos destrozados
de los recomendables.
Adolfo pagó el viaje de regreso, Fernando, saliendo del baño
tras varias duchas, observaba a Sara instalando la Bahía de expansión
de su móvil.
-No te preocupes.- dijo Adolfo, bastante amical. – No le pasará
nada.
Fernando sólo se quedó allí, sin mirar realmente
a ninguna parte, recordaba la cara de perro apaleado de Huayro cuando
le mostró la Playstation 3 de donde sacaría el chip y más
aún, tras pagarle el precio –leonino, en opinión del comerciante.-
convenido y abandonar el corralón, satisfecho consigo mismo.
En el viaje en tren, recordó algunos otros detalles, las protestas
de Diego, el asombro de Matías, las lamentaciones de Sara, que quería
una consola de esas para sí, todo oído como un eco lejano
mientras otras imágenes refulgían con más fuerza…
Comenzaba de nuevo.
… Era ya mediodía.
En el Reducto nº 3, los médicos agrupados se preparaban
para afrontar la antítesis de la misión para la cual habían
sido entrenados, el regimiento de Cáceres, que les cubría
la espalda, había sido diezmado tras quedarse sin balas y el mando
estaba en completo caos.
Por todos lados se oían gritos confusos con órdenes
ininteligibles y tonos desde imprecatorios hasta desesperados, a lo lejos,
en los cerros, más reservas de jóvenes peruanos aguardaban
su turno para la inmolación.
Dentro de una de las barracas del reducto, un grupo de jóvenes
se hacía chanzas mientras esperaban lo inevitable.
- Al demonio.- dijo uno de ellos -¿Dónde están
los refuerzos? Estos ya nos caen encima.
- No exageres-, respondió otro –están en San Cosme y
en los otros reductos, ya vienen.
- Por Albarracín que así sea.
Los sonidos de los cañones se habían hecho menos notorios
en medio del griterío y el ruido de las balas silbando por todas
partes, era temporada de muerte. Uno de los jóvenes de aquel grupo
se irguió, yendo hacia la barricada de sacos que protegía
el reducto, los hombres allí apostados disparaban lo mejor que podían,
por lo general sin suerte, a un enemigo cuya formación se acercaba
a ellos por todas partes, estaban rodeados.
Apuntó su fusil, que apenas había aprendido a usar,
y colocó el cartucho de papel en la recamara, como le habían
enseñado.
Disparó.
La marea de uniformes blancos en repliegue, cuando no en fuga desordenada
abarcaba todo el espacio que pudiera ver uno, desde lo lejano de la Quebrada
de Armendáriz y el Pueblo de Miraflores hasta donde se encontraba
ahora, mientras preparaba el fusil para disparar, los chilenos al frente
cargaban con las bayonetas por delante, una muralla azul y roja, endemoniadamente
bien ordenada.
-¡Preparen!- gritó la voz del sargento.
Fernando sacudió la cabeza, sin poder dejar de tener la sensación
de desencuentro, de no estar en el lugar correcto, el tren seguía
su camino hacia la avenida Canadá y él se sentía embotado.
Allí iba de nuevo, un cambio de colores en el atractor,
otra puerta abierta.
Una calesa.
Esta vez había sido diferente, se sentía algo mareado,
y sin poder creerlo del todo, se miró a sí mismo, su ropa
había cambiado, haciéndole recordar una película de
Cine mudo como las de Chaplin que iba a ver con Marisa cuando todo era
felicidad, una ligera aura le sugería que el atractor, el sello del
oficiante en este hechizo, se estaba transformando.
Había pensado que los trenes eran más rápidos,
pero la lentitud y cadencia del movimiento le hicieron pensar distinto,
sólo había dos bancas en el carromato, una familia ocupaba
la otra, él iba sólo.
Don José Eduardo de Lavalle, su esposa Isabel y sus hijas Lucía
y Patricia parecían escrutarlo con la misma mirada de asombro al
unísono, él también sorprendido, dibujó en su
rostro una expresión de incredulidad completa. ¿Qué
había pasado?
Anonadado, abrió los cortinajes de la calesa, la ciudad que
esperaba ver era muy diferente, casas de tres pisos de estilo afrancesado,
calles adoquinadas en vez de asfaltadas y el humo de mil chimeneas, junto
con el vapor, lanzado al aire.
Luego volvió a mirar.
La misma joven, Almudena, estaba sentada ahora al lado de Patricia,
al parecer más invisible que él a los ojos de los Lavalle,
la miró, ya no era una niña a la que veía, las formas
y gestos de una mujer prevalecían en ella, se detuvo en sus ojos
color Almendra…
Volvió brevemente al tren, un terror innombrable le oprimía
el pecho y boqueaba, no quería volver, el atractor no dejaba de
transformarse, ¿sería que?…
Mar, mar por los cuatro costados. Una isla.
La transición, a pesar de lo violenta, se había sentido
más invitadora, tranquilizante, como sí alguien quisiera,
expresamente, mostrarle algo y que lo viera sin temor.
¿Por qué?
A menos de un kilómetro de allí, una torre articulada
sostenía a una estructura que el sólo podía llamar
cohete, varios hangares y un edificio que –dedujo- era un centro de control.
De pronto, un enorme estruendo lo sacudió, Una columna de fuego
y humo se alzaba de la zona de la torre, el humo se acercó a él
como una marea y lo traspasó, haciéndole muy difícil
respirar, se tendió en el suelo, soportando el ruido y el humo lo
mejor que podía, Fernando permanecía en un estado de indecible
asombro.
¿Cómo era eso posible?
Unos cuantos segundos después, cuando el cohete era sólo
un punto inconmensurable impulsado por una emisión luminosa
hacia el éter y el rumor del mar golpeando la orilla era el único
ruido existente, Almudena, parada a unos metros de él, le sonrió:
-¿No crees que era algo digno de verse?
Él, incapaz de hablar, dio un paso hacia ella y otro, como
sabiendo que ella era la clave de lo que fuera que estaba ocurriendo.
Desesperado, la miraba; ella, le sonreía con una expresión
de compasión infinita, casi dulce.
Fernando sacudió su cabeza, no entendía lo que pasaba.
El tren ya se había pasado de su parada, el asiento le había
avisado, sin éxito al parecer, tenía que pararse para bajar
en la siguiente…
La imagen del atractor, proyectada en la pantalla del C370 no había
dejado de transformase, ahora comvulsionaba en una llamarada de colores
disonantes,
Entró de nuevo.
Había vuelto a aquel cuerpo, invadido ahora de una sensación
de ansiedad como no había experimentado nunca, de pronto una rajadura
se abrió en ese silencio que se había cuidado tanto de proteger
y pensó en donde querría estar, en aquel rincón de
la playa…
…Cuarenta y cinco hombres sostenían la puerta de la barraca,
empujada por los invasores, que tenían orden de repase obligatorio,
temblando de miedo y tratando de olvidar lo terrible de la derrota, José
Eduardo sacó un daguerrotipo de su bolsillo, una mujer joven sonreía
inexpresivamente en él; “Es que no son tiempos para sonreír”
había dicho ese día, haciéndolo reír de buena
gana, sólo un subterfugio más para ocultar lo evidente.
El esfuerzo de los hombres parecía ser sobrepasado, en vez
de ir a ayudarlos, y presintiendo el momento definitorio, desenvainó,
la espada que le pertenecía y que había visto Trafalgar,
no era digno de su sangre ni su linaje, ya que no había conocido
ningún antepasado que fuese corajudo guerrero, salvo que él
inaugurara la tradición.
Sabía en el fondo que no volvería a ver a Isabel.
Los soldados de la puerta cayeron, y del fondo de la pieza se oyó
un grito ensordecedor.
-¡Albarracín!-
En un último instante antes del frenesí del combate,
José Eduardo pensó por primera vez que tal vez el fin era
ese, y que, terminado todo, los chilenos lo entregarían a las llamas,
todo.
Incluso al ayer, yaciendo entre flamas.
Fernando recuperó la conciencia en la última estación
del tren, tendría que tomar otro más para ir a casa, ¿había
valido la pena? ¿lo había recordado por algún propósito?
Había algo que no entendía del todo, en medio de la cacofonía
de sonidos que alimentaban la ciudad y el recuerdo, ¿qué
eran esas imágenes?
Miró al móvil, quería saber qué tan tarde
era, la pantalla del móvil, parpadeando, mostraba:
“LO BATT”
La puerta del tren se abrió, y al salir el recuerdo emergió
claramente, confundiéndose con la realidad, Almudena sonriendo,
mirándolo con la misma expresión de compasión enorme.
Fue lo último que vio de ella…
… O al menos eso creía.
Parado casi en el límite de la playa, miraba al mismo mar,
algo más plomizo que la última vez, en la misma provincia
de lo eterno.
“¿Por qué? ¿Por qué pasar por todo esto?”
pensó mientras descendía de nuevo, a su lado el C370 mostraba
una imagen caótica que sólo era vagamente similar a la original.
Poco a poco la conciencia de hallarse de nuevo en aquel mundo lo invadía,
conocía aquel lugar.
Almudena, a quien no había visto desde aquella visita a la
isla, estaba parada a poca distancia de él, era de noche y alrededor
de ellos, los restos del Reducto 3 y sus defensores.
Ella miraba inexpresiva a la nada, Fernando nunca había
sido bueno para comprender expresiones, pero esta definitivamente era de
una tristeza inenarrable ¿Qué lacerante dolor la había
causado?
Se acercó.
Ella ni siquiera parecía notar su presencia y su expresión
de tristeza parecía denotar una compasión más allá
de las palabras y un dolor demasiado profundo, paralizante
-¿Por qué?
Entonces él estuvo lo suficientemente cerca para verlo.
José Eduardo de Lavalle yacía abatido a los pies de
su hija, una expresión de terror había quedado esculpida
en su rostro, ahora una gélida máscara, a su lado, lo que
había sido una brillante y casi legendaria espada yacía
rota y ensangrentada.
La miró.
Ella, sin decir palabra alguna, correspondió su mirada, alrededor
extrañas formas fractales danzaban, incrustándose en el espacio
venidas de ninguna parte, o al menos, esa era su forma de describirlo.
-Deja que el ayer arda.- le dijo y soltando una lágrima, desapareció.
Fernando sólo vio la lágrima caer, venida desde la nada,
sobre el rostro de José Eduardo. Era, al final, exactamente lo que
necesitaba ver.
Volvió, la imagen había mutado nuevamente, mostrando
ahora un espacio plegado sobre si mismo en convoluciones concéntricas,
una exótica flor virtual.
Marisa, que había llegado en medio de su trance, lo abrazaba.
El se decidió a hablar y hablaron, mucho, como cuando ya no
importa ocultar nada, como si sólo hubiera que recuperar tiempo
perdido en recuerdos y sueños. Tomaría más tiempo recomponer
los lazos una vez perdidos, pero por primera vez, desde lo profundo de
sí mismo que se esforzaba en negar, Fernando creyó que tal
vez valiera la pena.
Los recuerdos, no sabía si dejaría de tenerlos desde
entonces, pensó en apagar el móvil y refundirlo en lo más
recóndito de su armario, pero todo dependía –había
cavilado en el último instante que vio a Almudena- si le quedaban
aun preguntas que hacer.
Los ojos de Marisa lo traspasaban, inquisitivos, le había terminado
de contar sobre lo que había visto, pensó que sólo
lo creería como otra historia más, otra invención.
Pero ella, en su expresión y atención, le daba a entender sin
decirlo que sabía que eran – o habían sido, de algún
modo- reales.
Caminaron después tomados de la mano, la primavera apenas comenzaba
y podría decirse que el tiempo era favorable para todos, lo cual
era irónicamente cierto para él. Ya que aunque nunca hubiesen
estado allí, él los había visto y los vería,
estaba condenado a recordar esa posibilidad…
… Un giro del destino.
Se estremeció de nuevo, sintiendo la anticipación de
la visión y el abrazo de Marisa, que lo miraba sin comprender del
todo, pero presintiendo el origen de esa expresión.
“¿Por qué? ¿Por qué?” pensaba ahora, mientras
los colores cambiaban y las formas en el móvil mutaban a otra configuración,
comprendió entonces que no todo estaba dicho y que quizás
nunca lo estaría, y si así fuera, tendría que volver
una y otra vez, hasta saberlo, o…
-¿Por qué?- le oyó decir a ella, casi llorando,
comprendiendo la magnitud de su pesadilla.
Todo se iniciaba de nuevo.
EL RECORDARÍA.
Isaac Robles
(Publicado originalmente en Velero 25)