El monolito
Diego L.Cid
Cuando desperté,
estaba tendido sobre una cama dura y pequeña, tapado hasta el mentón
con frazadas de una extraña lana amarilla, en medio de una habitación
atiborrada de toda clase de objetos coloridos y misteriosos que inmediatamente
llamaron mi atención. El techo parecía estar justo sobre mi
cabeza, y pensé que debería andar agachado para no golpearme,
cuando me pusiera de pie. La cama iba de una pared a la otra, por lo que
calculé que la habitación no mediría más de cuatro
metros cuadrados, si era perfectamente cuadrada. No podía mirar hacia
mi izquierda; tenía el cuello completamente rígido, y tenía
miedo de lastimarlo si movía todo el cuerpo. Pero un murmullo quedo
proveniente de ese lado me hizo intentarlo. Volví la vista lentamente,
girando el torso un poco, y vi un grupo de pequeñas personas que me
miraban con pavor, una muchedumbre en miniatura que guardaba silencio a mi
lado. La sorpresa mi hizo sobresaltar, aunque de alguna manera supe que no
me encontraba en peligro. La habitación no era cuadrada como lo había supuesto,
sino que era larga y angosta, parecía casi un pasillo. Los enanos
eran muchos; llegué a contar una veintena entre hombres, mujeres,
niños y ancianos. Y todos pequeños, la mitad de mi talla aproximadamente,
aunque eso no lo supe hasta que me puse de pie, ya que no recordaba en ese
momento mi propia estatura.
Una mujer sostenía
una taza humeante entre sus manos, de una sustancia que olía dulce
y familiar, pero cuyo nombre en ese momento era incapaz de recordar. Me incorporé
y miré a mi alrededor, moviendo el cuerpo torpemente, como un robot.
Los enanos se sobresaltaron, y los niños salieron corriendo de la
estancia, gritando a pleno pulmón. La mujer, sin embargo, no se asustó.
Sonrió amablemente, revelando una boca por completo desdentada, y
me entregó la taza caliente que tomé de sus manos con cautela,
temiendo que un movimiento brusco la espantara a ella también. Bebí.
Tenía un sabor dulce y acaramelado, y una consistencia espesa. Lo
conocía. Lo había bebido antes, pero era incapaz de pronunciar
su nombre, de imaginarlo siquiera. Mi anfitriona debió entender mi
semblante triste, ya que volvió a sonreír más efusivamente
que antes, y apoyando una de sus arrugadas manos en mi hombro, dijo:
- Xojcolatl. –
Luego, dio media vuelta,
y salió de la habitación.
¿Xojcolatl?. La
palabra sonaba extrañamente familiar. Pensé que quizás
la habría reconocido si hubiera sido pronunciada por algún
enano con dientes, y luego me sorprendí de haber sido capaz de razonar
con tanta lucidez, teniendo en cuenta que no recordaba prácticamente
nada. Nada acerca de mí mismo, o del lugar en que estaba. Miré
a mi alrededor, tratando de advertir algún otro detalle familiar,
algo que, como el Xojcolatl, pareciera haber existido en mi vida anterior.
Nada me resultó conocido. Era una habitación baja, diseñada
para la estatura de mis extraños anfitriones; el piso y el techo eran
de madera, y las paredes estaban adornadas con pósteres de hombres
blancos con grandes bocas rojas y sonrientes.
- Payasos. – Dije, para
mí mismo, contento de haber podido conjurar el nombre esta vez. Un
fuerte alboroto se escuchó desde el pasillo, y dos enanos ancianos
entraron sigilosamente en mi habitación, seguidos por el resto del
grupo. Uno de ellos se señaló la boca mientras me miraba suplicante,
y luego apuntó hacia los pósteres.
- ¿Payasos? – Pregunté.
Los enanos aplaudieron y saltaron de alegría, tomándose unos
a otros de las manos y bailando en rondas, o palmeándose las espaldas
mutuamente. No recordaba haber visto gente tan feliz en mi vida, lo cual
no significaba nada en realidad. Uno de los ancianos se acercó a mi,
y sonriendo amablemente dijo:
- Paxlazoz. – Miré
a mi alrededor y vi a los demás enanos, todos mirándome sonrientes.
Payasos. Intenté
ponerme de pie, pero tuve que aferrarme al respaldo de la cama para no caerme.
Un enano vino en mi auxilio, y me indicó que me apoyara sobre su hombro,
e intentase caminar. Los pies me dolían terriblemente, y apenas podía
conservar el equilibrio. Parecía como si hubiesen pasado años
desde mi último paso. Me detuve, y miré a mi alrededor, confundido.
¿Qué era este lugar? No me resultaba en absoluto familiar,
a diferencia de lo que ocurría con el Xojcolatl. Comencé a
intuir que algo andaba mal.
- ¿Quién
sos?. – Le pregunté al enano que me acompañaba. Éste
miró a uno de los ancianos, evidentemente contrariado. El anciano
asintió con la cabeza, y el enano respondió.
- Ulises. – dijo.
- ¿Quien soy yo?
– Pregunté. - ¿Por qué soy diferente a ustedes?.-
El enano volvió
a consultar con el anciano, quien esta vez no le contestó. Me miró
a los ojos durante un rato, luego dijo:
- Xa jabrá tiempo
para jablar de eio, Xajvar. –
Los enanos me vendaron
los ojos, y me llevaron de la mano durante algunos minutos, hasta que me
ordenaron que me sacara el velo. Me encontraba en una sala circular tenuemente
iluminada, algo más alta que la habitación en la que había
despertado, y mucho más lujosamente adornada. Había al menos
cincuenta enanos en esa habitación, entre mujeres, hombres y ancianos.
No había niños. Supuse que se trataba de una especie de asamblea,
y que discutirían algo relativo a mí mismo. La mesa estaba
rodeada por varios monolitos de colores, colocados en orden alrededor de
ella. Estos monolitos ejercían una extraña atracción
sobre mí, e involuntariamente me acerqué a uno de ellos. Los
enanos notaron mi fascinación, y me tomaron de la mano sonriendo indulgentes,
pero con una extraña firmeza. Me hicieron sentar a la mesa. Un enano
muy anciano apareció por una puerta lateral, y fue recibido con un
respetuoso silencio por los demás, quienes agacharon la cabeza educadamente.
Yo hice lo mismo. El anciano miró a todos solemnemente, se sentó, y comenzó
a hablar.
- Xajvar, te hemos traído
desde tus tiempos. – Dijo, en un castellano perfectamente entendible. Ví
que tenía prótesis. – Hemos orado a la Diosa, y ella te ha
traído desde tus tiempos para que intercedas por nosotros. –
- ¿Mis tiempos?
– Pregunté, aterrado. - ¿En qué año estamos?–
- En el año 652
Después de la Bomba. – El anciano hizo silencio, y todos los enanos
me miraron, expectantes. ¿Después de la bomba? ¿A qué
se refería con eso?. El anciano debió notar mi confusión,
y prosiguió.
- Después de la
bomba que acabó con la civilización de los hombres, con todas
las ciudades y pueblos construídos, con todos los libros, los templos,
los estados e idiomas del mundo. ¡La bomba que arrojaron los hombres
contra los hombres, y que lo borró todo!. –El anciano me miró
en silencio, con una expresión de desprecio y miedo. Yo era un hombre,
yo había arrojado la bomba. Pero incluso así comencé
a sentir un profundo odio hacia la humanidad, aunque desconfiaba de las palabras
del enano.
- Necesitamos que intercedas
por nosotros ante el Monolito de la Sabiduría. – Dijo el viejo, repentinamente.
– Es todo lo que queda de tu civilización. Sabemos que en tus tiempos
era venerado como un Dios. Nosotros lo hemos interpretado hasta ahora, pero
está muriendo, nos está dejando. Sabemos que despierta con
el llamado del Dios Trueno. Somos fieles a su oráculo y le ofrecemos
carne de Xojj en sacrificio, pero está enmudeciendo. Antes marcaba
la época de los frutos, de los símbolos y de los soles de oro.
Los antiguos sacerdotes se congregaban en esta sala y descifraban sus mensajes,
pero eso era cuando el Monolito hablaba. – En este punto se detuvo. Los demás
enanos parecían tristes, y me miraban suplicantes. – Por eso te hemos
traído. Porque sos un hombre, y llevás en tu sangre el idioma
antiguo de los Monolitos, que inútilmente hemos intentado entender.
–
El anciano dejó
caer su cabeza pesadamente hacia delante, y pareció adormecerse. Pensé
que debía ayudarlos. Ellos eran todo lo que quedaba de nuestro mundo,
y yo era el único capaz de descifrar los oráculos del Dios,
de traer la esperanza al pueblo que me había salvado de la bomba.
Era lo único que me redimiría de mi condición de hombre,
de mi naturaleza asesina y destructiva.
Un trueno sonó
a lo lejos. Los enanos se tomaron unos a otros de las manos y se asomaron
a los ventanales. Una tormenta se acercaba; de nubes negras y espesas, cargadas
de electricidad. A mis espaldas, escuché una melodía chillona
y familiar. Los enanos gritaron excitados, y despertaron al anciano, que
inmediatamente me tomó de la mano y me acercó al Monolito.
La melodía provenía de él; cantaba y callaba alternadamente,
en estertores eléctricos provocados por la carga de la tormenta. Encendía
luces de colores, y volvía a quedar muerto. Lo toqué, respetuosamente,
y me incliné ante Él.
- Trata de recordar, Xajvar,
trata de recordar Su idioma. –
Entonces, recordé,
y estuve a punto de romper a llorar. El monolito era una máquina tragamonedas.
FIN
30/10/2004.
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