José Donayre Hoefken (Lima, 1966), estudió
Literatura y Lingüística en la PUCP. Ha publicado la novela La
fabulosa máquina del sueño (1999) y el libro de cuentos
Entre dos eclipses (2001). El Fondo Editorial de la Pontificia
Universidad Católica editó su novela La trama de las moiras
en el año 2003.
EL SECRETO
DEL LABERINTO
Llegó tarde como la
estrella que muere al pie de la gran montaña, de acuerdo con la metáfora
de los galdeanos. Para colmo, un desperfecto en la base somática de
la nave no permitió que ésta cuajara a tiempo, por lo que tuvimos
que esperar más de dos horas en una sala llena de cosmopolitas iracundos.
El rostro de Donjo Seho no mostraba ninguna culpa. Sólo iba de un lado
a otro sin apuro, con las piezas de gelaplén frío en una alforja.
Donjo siempre se mostró
como un tipo rudo y poco ilustrado. Le complacía ser percibido como
un pragmático hecho a fuego y golpes en las bocas de caldera de muchas
naves privadas y algunas de las Fuerzas Navales. Sus noventa y tres años
como explorador con privilegio del Mar de la Leche lo acreditaban no sólo
como un gran aventurero, sino también como un sujeto muy afortunado.
Al menos para Kelan Manara, Li Quierquigardo, Velt Castaña, Omar Parker
y Ulrica Félix, su presencia en el equipo de exploración arqueológica
Minos III era una garantía, a pesar de su hosquedad.
—Dan Iscariote, viejo zorro
—masculló Kelan vanidosa y coqueta, gracias a un reciente y costosísimo
rejuvenecimiento—, haz algo con este miserable boicoteador.
—Juro que verás la lengua
de Donjo colgada de los travesaños del puente si no partimos en diez
minutos —prometí.
Kelan había sido mi
amante durante tres años. En ese entonces, yo era profesor principal
en la Universidad de Moncreba, y algo así como un líder espiritual
entre los jóvenes que veían la arqueología no sólo
como una disciplina fundada en un conjunto de disposiciones técnicas,
sino como una doctrina que propugnaba cruzar puertas que conducirían
al pasado gracias a la acertada elección de una llave mágica.
La vigencia de la teoría de la trama espacial (como siglos atrás
hizo lo propio la teoría de las cuerdas cósmicas) inquietó
a varias docenas de académicos, mientras enloquecía respectivamente
a sus asistentes. Kelan era una de sus víctimas y estaba convencida
de que yo era el guardián de alguna clave.
Jamás he sido bueno
para guardar secretos, pero sí para fingir que soy un celoso custodio
cuando no los hay. En realidad no puse mucho de mi parte; las preguntas y
las respuestas fueron aportes de Kelan. En la intimidad, yo sólo sonreía
y asentía. Gracias a esta farsa, no fue difícil que ella me
susurrara al oído sus fantasías sexuales como premio a mis
"revelaciones", y que yo las cumpliera a la brevedad posible, si éstas
se circunscribían a lo que no prohibía mi religión.
Así transcurrió
el primer año, hasta que Kelan, mi vigésimo tercera amante,
dejó de ser un misterio para mí. Cuando se asomaba la presencia
de mi futura vigésimo cuarta, Kelan me sorprendió con algunas
preguntas que inmediatamente contestó ante mi prolongado y angustiante
silencio. La discípula no sólo superaba al maestro, sino que,
además, lo asombraba con un par de respuestas enmarcadas en una amplia
sonrisa de inseguridad. El sexo pasó rápidamente a un tercer
plano y nuestro amorío devino en una sociedad de colegas. A partir
de entonces sólo esperé que me susurrara hipótesis.
Aquella luna de miel académica
duró dos fructíferos años. Se quebró de un día
para otro a causa de lo único que no nos habíamos permitido:
la infidelidad intelectual.
Apenas Donjo empezó
a girar el manubrio de la sirena, todos ocupamos nuestros puestos. Comprimimos
el tejido estelar en tres grandes ondas y atravesamos el pliegue sin mayores
trastornos en instante cero. La sensación de haber dormido durante
un mes y envejecido cien años se diluyó rápidamente,
porque quedamos absortos al reconocer el planeta gris. La secreta ruta a través
de tres perfectos pliegues era el resultado de veinticinco años de
investigaciones que resumen incalculables horas de trabajo, incontables onzas
de oro en sobornos y cuatro sospechosas muertes (un presidente corporativo,
una prostituta y dos policías). Mi gran sueño como arqueólogo
se materializaba gracias a un dedicado estudio paleográfico a partir
de una de las respuestas de Kelan.
—Allí está el
continente negro —dijo Velt con su característica frialdad (se trataba
de una mancha bruna de forma cónica que apuntaba con torpeza hacia
uno de los polos)—. Tal como fue descrito por el poeta Vadis, miles de generaciones
atrás.
—Vadis, padre de Moris —musitó
Ulrica—, y éste de Lica. Vadis, tatarabuelo del gran Mánberg.
Y a partir de él: Cehon, Bismar, Borg, Gracién padre, Gracién
hijo, Landy, los gemelos Coctó…
—Querida, es suficiente —dijo
Omar mientras consultaba la trasonda de popa—, ya no somos niños para
creer en esta saga psicosocial.
—¡Puerco descreído!
¿No tienes vergüenza?
—Tú eres la menos indicada
para tal reproche.
Todos miraron a Ulrica en el
más absoluto silencio. Ella sólo atinó a dejar la cámara
de observación a paso lento y empuñar su ira.
Su verdadero nombre se había
perdido en pocas generaciones tras la Guerra de las Catervas (no mucho tiempo
después de la tercera gran migración, es decir, después
de la destrucción de los Archivos Corporativos, que albergaban toda
la información producida hasta entonces por nuestra especie). Académicos,
eruditos y compiladores de leyendas no se ponían de acuerdo con el
vocablo. Algunos especulaban que se trataba de la palabra "lazawárd"
y otros de "gaia".
Velt y Kelan tenían
la certeza de que era imposible incluso especular. Como consuelo aplicaron
la vieja fórmula de denominar al todo a partir del nombre de una de
sus partes.
—He ahí Creta, señores
—dijo Velt con voz cavernosa una vez que Omar y Ulrica dejaron de discutir—.
He ahí el mundo que nos dio origen.
Lo primero que hice apenas
la nave tocó suelo cretense fue desplegar y erigir mi pequeño
altar de cremación en el fondo de la nave, en medio de un círculo
formado por los miembros de la tripulación. Una vez que acabaron los
murmullos, abrí devotamente una lata con porciones de muslo de cien
bestias puras para sacrificio y llevé a cabo una emotiva hecatombe.
El humo gris de la carne chamuscada se mezcló, mediante un sistema
de salida de determinados gases, con la rala atmósfera del planeta
madre (ésta sí, una feliz denominación) y sólo
entonces me sentí gratificado por el descubrimiento.
Kelan y Ulrica bailaron y cantaron,
semidesnudas, rapsas y silvas melancólicas, mientras derramaban aguavino
en una urna con tierra consagrada. Luego, completamente desnudas, en tanto
que recitaban los doscientos versos del poema de la papisa Freda, introdujeron
sus manos en la urna y amasaron el contenido hasta conseguir una pasta uniforme.
Kelan fue la primera en lanzar el alarido de éxtasis y embadurnar su
cuerpo con frenesí.
En menos de un minuto, ambas
estaban cubiertas del aliento material de Greba. Un rapto intenso las hizo
convulsionar hasta que cayeron rendidas cerca del altar. Mientras eran sacudidas
por esporádicos furores, las cubrí con el lienzo que cruzaba
mi pecho y pedí a los presentes que empezaran la tarea de levantar
el campamento Minos III.
—¿Y la orgía?
—reclamó Li Quierquigardo.
—Insensato —lo reproché—.
¿Acaso no has oído el verso de la papisa que anuncia que no
habrá más apareamiento sobre este mundo?
Tres horas después, a
doscientos pasos, la cúpula de gelaplén en suspensión
se veía brillante y hermosa, en contraste con la atmósfera opaca
del planeta madre. Ésta albergaba tres hangares, una fosa sanitaria
y media docena de vehículos multiusos. De acuerdo con las disposiciones
técnicas y religiosas, la nave coronaba la cúpula apuntando
constantemente hacia la estrella más cercana. En este caso, un sol
siempre oculto tras espesas nubes envenenadas.
Kelan, ya recuperada del desgaste
de la ceremonia, me acompañó a recorrer las inmediaciones del
campamento. Esta práctica habitual en todas mis misiones resultaba
ser un símbolo de que todo marchaba bien.
—Por fin lo conseguimos —dijo.
—No. No hemos conseguido nada…
aún.
—Para mí, después
de dos fracasos, estar aquí ya es suficiente. ¿Tienes una idea
de lo que darían Mansur, Trevan y Galves por dejar las huellas que
vamos imprimiendo sobre esta ladera?
—No me interesa ganar un simple
párrafo en la Enciclopedia moncrebana. Deseo un volumen, ¿entiendes?
—Pedante… ¿y en qué
capítulo crees que apareceré?
—Mejor no pienses en eso.
—Eso no me quita el sueño,
te lo aseguro.
—¿Algo te molesta?
—¿Acaso me he quejado?
—Conozco a la perfección
tus giros y construcciones sintácticas. ¿Qué te quita
el sueño?
Kelan miró innecesariamente
de un lado a otro y verificó que la señal de audio hacia el
cerebro del campamento estuviese desconectada. Frunció su ceño
y dijo a quemarropa:
—Hay un traidor.
—Eso es obvio.
—¿Ya lo sabías?
—Desde luego.
—Sé que no me dirás
quién es, pero al menos prométeme que contarás conmigo
cuando llegue el momento de decidir.
—Prometí que jamás
te prometería nada, ¿recuerdas?
—Dan, ¿hay algo que
deba saber?
—Sí, dos cosas: duerme
con un ojo abierto y lo otro... eso dependerá de Donjo.
—Algo me dice que soy la insignificante
pieza de una gran maquinaria.
—En este planeta no valen títulos,
estirpes, caudales, prebendas ni prejuicios, sólo nuestro instinto
para sobrevivir.
—¿Salir con vida? ¿De
eso se trata?
Ulrica Félix era una
temida campeona de lucha cuerpo a cuerpo. Pero su locuacidad —particularmente
durante las sobremesas— superaba con creces la aprensión de caer vencido
ante una de sus llaves. Ella y Velt habían dedicado cerca de veintitrés
años a interpretar las sagas que se generaron cuando nuestros antepasados
fundaron las Trece Colonias Corporativas. El trabajo de ambos fue paralelo;
sin embargo, se comunicaron ocasionalmente, para manejar el mismo criterio
exegético ante nuevas dudas e incertidumbres. Tras una ardua y pareja
competencia, fue Velt quien consiguió gran parte del esclarecimiento,
a partir de algunos versículos de La Cretiada. Por ello, dos de los
tres ojales que, entonces, debíamos cruzar para cumplir nuestra misión
recibieron su nombre (Veltaire y Veltumen). Para sorpresa de todos —e indignación
de Ulrica—, Kelan aportó el tercer nodo (Kelania), cuando entendió
que cierta cláusula de la epopeya del gran Mánberg no era ni
símil ni metáfora, sino una simple ironía.
El consejo de inversionistas
de la expedición, regido por Salomón Galves, un poderoso líder
de la Coalición Holística, aprobó el presupuesto, pero
además se encargó de convencer a Ulrica de seguir en el equipo.
Nadie creyó que la avasalladora personalidad de éste, como él
se encargó de propalar, pudo deshacer la coraza de Velt. Por el contrario,
el rumor que trascendió en los círculos de investigación
fue que Galves empleó un simple chantaje para desbaratar la renuncia
irrevocable de Ulrica.
Al parecer, el poderoso había
escarbado en el sinuoso pasado de la campeona de lucha y comprobó lo
que ya era un secreto a voces: las tres herejías tesiánicas
que venían subvirtiendo el orden eran obra de Ulrica. Sin duda, Galves
ganó, pero también se llevó el recuerdo, durante más
de una semana, de un ojo morado.
—Nadie es tan poderoso —le
dijo Ulrica a Kelan en un encuentro que todos pensamos que concluiría
en tragedia—. Después de todo, en el ínterin descubrí
otras tres verdades que terminarán cortando los hilos que utilizan
sujetos como Galves para aumentar sus arcas y doblegar a los independientes.
—Basta… no tienes que explicarme
nada. Recuerda que uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que
habla.
Ulrica sonrió ante la
discreción de Kelan y —sin dejar de hacerlo— le inoculó a ésta
el veneno de la desazón:
—Lo que aún no me queda
claro es el motivo que esconde este miserable. ¿Por qué desea
que forme parte de Minos III?
Después de dos horas,
mi acompañante y yo regresamos en el más absoluto silencio al
campamento. Los miembros de la expedición se hallaban inquietos, alrededor
de Omar, y no nos prestaron mayor atención.
—La transonda de suelo ha ubicado
cuatro posibles ruinas —informó Li.
—¿Quién ordenó
el sondeo? —pregunté con calma.
Un breve desconcierto de miradas
seguido de reproches entre dientes fueron aparentemente la antesala de una
respuesta inesperada:
—Fui yo —dijo Galves saliendo
del círculo que rodeaba a Omar—. He venido a ver cómo se invierte
mi dinero.
—Esa es una buena razón
—retruqué.
—Dan, hermano, ¿podríamos
hablar a solas?
Frente amplia, labio leporino
corregido con esmero, extremidades largas y musculosas. Fuera de estos detalles,
Salomón Galves era un sujeto que pasaba desapercibido hasta que empezaba
a hablar. Entonces destilaba su ruin encanto y nada lo detenía hasta
lograr sus objetivos. Después de tratar con él en varias oportunidades,
quedé inmune a su embrujo. Pero Galves no supo de mi comodín
si no hasta muy tarde.
—Es un mundo extraño
—dijo mientras trataba de reemplazar las huellas de Kelan por las suyas sobre
la ladera—. Aún no puedo creer que aquí empezara todo… todo
lo que somos nosotros.
—He estudiado el asunto durante
casi toda mi vida —dije— y estoy completamente convencido de que aquí
comenzó lo más inmundo que somos… quiero decir, aquí
nació lo peor de ti y de mí.
—¿Estás seguro
de que nadie nos oye?
—Verifícalo tú
mismo.
Galves revisó la pantalla
de los canales de audio y volvió rápidamente su mirada al camino
dejado por Kelan.
—¿Por qué diste
la orden, Salomón?
—Sé cuál es tu
juego, Dan. Recuerda que yo te puse aquí y que sin mí no serías
nada.
—¿Cómo resolviste
la clave del código de la ruta?
—Muy sencillo: a mi despacho
llegó un filambre con la matriz de cada nodo.
—Sólo un puñado
de especialistas tiene acceso a esa tecnología.
—No es necesario que pierdas
tiempo en especular acerca del remitente: fue Ulrica Félix. Al igual
que tú, esa hembra me debe la mitad de sus logros —aseveró Galves
y se detuvo por instinto cuando las huellas de Kelan se interrumpieron.
Aquella zona del planeta madre
era un extenso desierto de arena con algunas rocas desperdigadas, a excepción
de una veintena de monolitos que insinuaban una pequeña ruina circular.
Al centro, una boca de piedra emanaba un espeso hilo de humo rojo que subía
en espiral hasta confundirse con la eterna noche de Creta.
—Se trata evidentemente de
una señal —afirmó Galves tratando de no sonar tonto.
—Muy evidente, demasiado fácil.
—Quizá sea un antiguo
ducto; un desfogue de aguas termales subterráneas.
—Eres un buen hombre de negocios
—aseveré burlonamente—. Kelan y tú llegaron hasta. ¿Qué
les impidió examinar de cerca aquella ruina? ¿Por qué
no continuaron?
—Porque no tenía sentido
seguir.
—¿Cómo?
—No nos esperaban a nosotros,
sino a ti.
Galves controló su turbación.
—Se trata de una verdad ingrata.
Una revelación humillante, para ser más preciso -agregué
con sincera gravedad.
—¿Qué me ocultas,
Dan?
—Para qué explicarte,
no me creerás.
—Inténtalo —insistió
y extrajo de su cinto un tubo de coacción calibrado a máxima
intensidad.
—No seas ingenuo -dije antes
de mugir y caer adolorido.
—Te escucho…
—Observa, ahí está
la respuesta que esperas —balbuceé después de sobreponerme mientras
intentaba señalar la boca de piedra.
Mi inquisidor giró su
cabeza y entendió todo en una fracción de segundo. El ser que
horas antes nos capturó y liberó a Kelan y a mí ya no
se encontraba desnudo; una corta túnica blanca cubría su débil
y espantoso cuerpo, y mostraba sin pudor alguno su monstruoso rostro lampiño.
Mientras aquella hórrida entidad penetraba en la psiquis de Galves
a fin de comprobar que él era el elegido, pude leer en sus ojos que
su especie, por miles de años, a partir de un mito, consideraba el
mundo exterior como un laberinto fantasmal del que intentaba escapar… yo-soy-el-cuerpo
que se obsesiona con el pensar para serse y para hacerse... Y seguí
leyendo en su mirada, porque la verdad escapa a la conciencia, y fluye, en
la medida en que ésta yace siempre como proyecto de algo... No importa
lo materializado que estemos, siempre —y mientras nosotros existamos— estaremos
alumbrados por este claroscuro. Ustedes, por fin, han emergido del estanque
del universo como lo Otro. El soy se halla minotáuricamente en el laberinto
colectivo de nuestra
nación. Sus ojos se cerraron y me vi arrastrado hacia un profundo sueño.
Después de un largo
y escandaloso proceso judicial, el Consejo de los Nueve me halló culpable
de los tres cargos que me imputó la Federación Corporativa:
negligencia, barbarie y herejía. Antes de partir al vergonzoso exilio,
Ulrica consiguió enviarme un mensaje tras sobornar al alcaide de mi
prisión. Se trataba de una antiquísima vasija de cerámica
decorada con un espantoso grabado. En éste aparecía Galves mientras
era victimado por el ser que lo raptó en Creta. Esta evidencia, que
hubiera determinado mi ejecución inmediata, parecía murmurar
una revelación desde su interior. Llevé su embocadura a mi oreja
y creo recordar que oí que la subjetividad resulta tan profunda como
ese espacio curvo expandido en el tiempo relativo.
—Desgraciadamente la verdad
es una grieta que se abre al misterio del ser —mascullé antes de destrozar
aquella pieza entre mis pezuños.
© José Donayre,
2003