Introducción
El presente cuento, tiene como
objetivo tratar de explicar alguna de las incógnitas que rodean el
universo. La historia aquí contada, es el reflejo de una sociedad
ignorante todavía de lo que posiblemente ocurrió y ocurrirá.
EL COMIENZO
Por: Iván Paredes Córdova.
Me lo había comprado
en la Galería de Arenales, había ido por un Vikingo y terminé
llevándome un enorme muñeco de extraño aspecto: era
toda una rareza nunca antes vista ni siquiera por Internet, probablemente
ese fue el motivo por el cual quedé cautivado la primera vez que lo
vi.
Tenía dos enormes cuernos
enredados, con colmillos de sable y un rostro de lagarto con gesto repulsivo,
como esas estatuas egipcias de cara grotesca y el mentón siempre arriba.
Era mi predilecto entre toda
mi muchedumbre de guerreros y soldados. Su nombre era Kull Shakar, nadie
se lo puso, lo llevaba inscrito en la parte de abajo y bastaba que lo repitiera
un par de veces para que sonara en mi cabeza como el nombre de una legendaria
estirpe. De solo oírlo un sentimiento de obediencia se agitaba en
mí, ignoro por qué. Yo tenía la costumbre de hablarle
muy a menudo, aun para un niño de trece años resultaba inusual,
pero yo le encontraba un sentido a esas charlas en donde le contaba infinidad
de cosas, desde una riña estúpida en el colegio hasta el divorcio
de mis padres. Por así decirlo, nos habíamos vuelto confidentes.
Un día mi tía
Camila me vio hablándole de lo más entretenido en mi cuarto,
estaba sentado en mi regazo con sus enormes y puntiagudos cuernos mirándome
y vaya sorpresa que se dio, al poco rato en la casa de la familia Gálvez
yo ya era un loco, al cual debían tratar urgentemente, un loco que
habla con su muñeco como si fuera su amigo. Afortunadamente, el psicólogo
no hizo caso a tales afirmaciones, encomendando a mi madre conversar conmigo,
mucho más de lo habitual, ya que esto no podría ser sino una
abrumadora soledad, de la cual huía en las charlas con mis juguetes.
Este diagnóstico significó mi salvación tras una larga
hora de preguntas.
Después de que mi estancia
por un manicomio fuera descartada, mi relación con Kull Shakar empezó
a hacerse mucho más íntima, no sólo conversaba con él,
ahora también adonde quiera que yo fuera lo llevaba conmigo, dentro
de mi mochila de la que sobresalían sus enormes cachos apuntando
al cielo.
El verano de risas y carnavales
se despintó en un triste otoño de resfriados y lloviznas.
Kull Shakar parecía imponente
en mi mesa de noche con sus enormes cuernos brillantes y sus extremidades
corpulentas marcadas al detalle y el rostro magníficamente deforme,
orgulloso. Yo me sentía feliz al verlo, era, si se podría decir,
mi héroe personal.
Cierta vez soñé
que despertaba sumamente inquieto; al instante mi angustia comenzó
a tomar forma: mi gran héroe, mi compañero de aventura, mi
amigo Kull Shakar había desaparecido, no lo hallaba por ningún
lado. Ni en el velador, ni mucho menos en mi caja de juguetes, se había
esfumado dejándome la desazón de su falta. Por mi mente pasó
una infinidad de pensamientos, desde los más inverosímiles
hasta los más razonables. Concretamente pensé lo peor -seguro
mi madre y mi tía habían tramado deshacerse del guerrero, temerosas,
tal vez, de que su amistad me lleve a la locura o quizá les perturbaba
su monstruosa imagen. No dejé rincón sin buscar, sentí
la misma rabia por la que atraviesan los desdichados al perder lo que más
aman, y, créanme, no pude contener el llanto. Sí, lloré
como un desequilibrado, rascándome la frente sudorosa insistentemente
como si bajo la piel fuese el último lugar en donde me restara buscar.
De pronto tuve la urgencia de abandonar mi cuarto y lo que vieron mis ojos
aún me resulta incomprensible: una cantidad de periodistas me rodeaban,
todos con enormes micrófonos y flashes continuos que se estrellaban
en mi rostro como escupitajos; es él, decían unos; tómale
fotos, aquí, en el rostro, eran las órdenes de un tipo gordo
y calvo. Quise gritar, quise escapar de ese infierno, pero las manos curiosas
me tocaban con la punta de los dedos con asco y curiosidad a la vez. Abrí
la boca tratando de detenerlos, pero mis enormes dientes de sable me lo impidieron,
me toqué el rostro y no tardé en comprender que me había
convertido en Kull Shakar. Era acaso una maldición mitológica
que me estaba aprisionando por completo, rechacé esta aterradora posibilidad
y me aferré a la realidad repitiendo para mis adentros que todo esto
terminaría al abrir los ojos, porque todo esto no podía ser
sino una pesadilla, pero el espejo de un enorme mostrador heredado de mis
abuelos maternos instalado a un lado de la sala dibujaba lamentablemente
mi nueva apariencia deforme: inexplicablemente me había transformado
en un pequeño monstruo
de trece años.
Desperté con la cara
empapada de sudor, miré a todos lados, y como si algo me hubiera mordido
me levanté de mi cama y me acerqué desesperado al primer espejo
que divisé. Mi corazón acelerado empezó a palpitar cada
vez más lento, todo había sido un mal sueño, miré
a lo alto de mi velador y ahí estaba Kull Shakar magnífico
en su pequeña plataforma y tuve la impresión de que ese gesto
horripilante que le deformaba aún más la cara era, a la luz
de esa mañana, la inefable sonrisa de Kull Shakar. Probablemente
mi madre tenía razón y empecé a temer que aquella
figura fuera un ser maligno, la reencarnación mitológica de
algún dios, el miedo multiplicaba mis sospechas tornándolas
más alucinantes. Tenía que sacarlo de mi cuarto lo más
rápido posible; me vestí, abrí mi mochila y ese día
no fui al colegio, salí de mi casa sin decir adiós, y subí
a mi bicicleta con Kull Shakar dentro de la mochila pero ahora bien oculto,
pedalee lo más rápido que pude. Había recorrido ya un
buen tramo de la carretera con dirección al río así que no me sorprendió
la hierba ni el barro negro y maloliente de la orilla. Bajé de la
bicicleta y sin pensarlo coloqué la mochila a la altura de mi pecho
y la abrí; mis ojos se posaron nerviosos dentro de ella, saqué
lentamente y temblando a Kull Shakar. Su mirada orgullosa era lo más
humano que habían podido dibujar en su rostro. Pero era la primera
vez que lo veía con miedo, ya no era respeto ni mucho menos cariño,
era un miedo que me erizaba la piel y me hacía morderme los dientes
por un frió que existía sólo para mí. Lo levanté
a lo alto del cielo azul y con todas mis fuerzas de mis trece años,
lo lance al río lo más lejos que pude. Vi como su magnífica
e imponente anatomía se iba hundiendo en las aguas turbias del río,
y tuve la impresión de que sus ojos me buscaban a lo lejos como esperando
más que un auxilio para él, un castigo para mí. Me sentí
aliviado y retrocedí siempre mirando hacia Kull Shakar hasta que
fue completamente tragado por el río. Subí a mi bicicleta y
me dirigí a toda prisa hacia mi casa.
La seguridad que me esperaba
en mi hogar, libre de cualquier deformidad, pudo más que el recuerdo
de los veinte dólares que había perdido por la compra de Kull
Shakar.
Ya casi había salido
del bosque cuando en una mala maniobra fui a parar a unos arbustos, que mala
suerte me dije entre sí, afortunadamente, no había heridas
mayores, sólo una irremediable sensación de miedo que cubrió
mi espacio. Me encontraba sólo en aquel lugar y a lo lejos veía
el río turbio que se bamboleaba al compás del viento. Cuando
quise incorporarme una sombra enorme me paralizó por completo, lo
extraño era que al acercarse el ruido no existía, solamente
esa sombra viniendo hacia mí; no quise voltear por nada del mundo
y pretendí cerrar los ojos en un acto ridículo de protección,
pero ya era tarde, esa sombra se había materializado frente a mí.
-Yo soy el que más ha
dado- me dijo-. Soy el terruño y el estruendo de mil palabras- Soy
la última esperanza de la legión de los olvidados. Habito en
todos y en todos muero. Lo he dado todo en todos los tiempos y en todos los
lugares.
Mis ojos no podían cerrarse
los tenía abiertos como si una extraña fuerza me obligara a
abrirlos, el ser materializado frente a mí me miraba moviendo la cabeza
lentamente de un lado para otro, estaba flotando en el pasto verde de aquel
lugar. Su voz era suave y a la vez melodiosa. Sin duda, era Kull Shakar,
pero, mientras más me esforzaba por convencerme que esto era un sueño,
que ese personaje que levitaba ante mis ojos era Kull Shakar, el rumor del
río me lo negaba. Saqué valor de no sé donde y, sin
haber comprendido nada de lo que había pronunciado hace un rato, pregunté:
-¿Quién eres tú?
-Soy al que se espera después
del fin.
- ¿Pero de dónde
vienes?- arremetí de inmediato, no conforme con su anterior respuesta.
-No soy de acá, ni de
allá.-levantó su mano dirigiéndola hacia el bosque y
luego hacia una de sus sienes.
Yo no comprendía nada
de lo que hablaba, con apenas trece años no comprendía lo que
pasaba, pero lo que me tranquilizaba era el tono de voz que usaba y su empeño
en no parecer aún más monstruoso. Al rato le volví a
preguntar:
-¿Por qué estas
aquí y hablando conmigo?-. Demonio o dios, no entendía que
hacía hablándole a un niño de trece años. De
pronto se acercó más y más hacia mí, Aguardaba
su respuesta tanto como un ataque feroz.
-Yo he habitado desde siempre-
me dijo.
-¿Cómo desde siempre?
-Es como si fuera ayer y pensar
que he estado aquí más de dos mil años.
Yo seguía sin comprender
nada.
-Tú eres el motivo de
mi viaje- me dijo sonriendo bondadosamente.
¿Cuál viaje? -
pregunté.
Kull Shakar descendió
de su levitación y estuvo casi a mi altura mirándome fijamente.
-Yo vengo de Ganicia y he viajado
más de dos mil años para conocerte, el conocimiento es algo
que aprecio y la soledad es algo que desprecio, y la soledad es algo que...
Kull Shakar bajó la cabeza
como aturdido y unas lágrimas brotaron de sus ojos aleonados,
¿Qué pasa? – pregunté
aún más confundido.
-Tu planeta será destruido
y no hay nada que pueda salvarlo-me dijo entre sollozos.
-¿Y por qué te
presentas ante mí con semejante noticia, no te parece que sería
importante que lo comuniques a todo el mundo?-le respondí.
-Tienes razón pero la
legión de los olvidados son ustedes,
¿A que te refieres con
la legión de los olvidados?-le pregunté
-Nosotros en toda la galaxia
somos una infinidad de planetas, y el más pequeño y minúsculo
de todos es la Tierra, ustedes son los únicos que no saben que existimos,
mi planeta te escogió a ti, de entre todos los habitantes.
Yo lo miré más
que sorprendido: estaba ante mi juguete que había comprado meses antes
y ahora me decía que la tierra sería destruida. Por un momento
quise reírme.
-Tu planeta será destruido
por las siguientes razones que te daré a continuación- me dijo-Las
guerras: el hombre mata a otro hombre. Los homicidios: el humano mata a otro
humano. Las violaciones: el humano mata a otro humano. Las aberraciones:
el humano mata a otro humano. La lista es larga ¿Quieres que continué?
No, ya basta- Lo mire piadosamente
y le dije.
-Por favor, entonces, me quieres
decir que toda mi familia va a morir junto conmigo,
-No -me respondió-Tú
no morirás.
-No entiendo-le dije.
-Tú fuiste el único
que quiso llevarme en esa tienda de la galería, yo he estado por más
de dos mil años en la tierra esperando inamovible como un juguete
de plástico ser llevado por alguien a su casa en este tiempo, fui
también una odiosa criatura hace una centuria, y en el origen fui
un hombre sin culpa asesinado por su hermano. Quise ser un juguete de aspecto
atemorizante para significar una victoria cuando me comprara un ser sin
malicia como tú y así saber, por fin, lo que es el trato
humano. A ti no te importó mi apariencia grotesca, intimidante y monstruosa,
tú eres el ser humano que va a vivir solamente, tú en todo
tu género.
Al rato brotó una luz
violeta y apareció junto a mí una niña rubia de ojos
claros. Kull Shakar se acercó y pronunció unas palabras:
-He aquí el comienzo.
Con mis trece años me
era difícil comprender todo lo que había presenciado, pero
el entendimiento había estado ya en mí desde hace mucho y comprendí
que en el universo todo era posible. Me acerqué a la niña y
ella me tomó de la mano, ambos esperamos de nuevo la luz violeta y
antes de desaparecer le pregunté:
-¿Tú también
lo compraste?- y aun antes de que me respondiese tuve la certeza de que era
yo el que tenía mucho que aprender.
-We- me respondió alegremente.
FIN